Golpeando a Hemingway
El próximo 2 de julio se cumplen 48 años del día que Ernest Hemingway se pegó un tiro con una escopeta. Varias décadas después, y a modo de homenaje, le golpeé la cara.
Son las siete de la mañana de un 8 de julio, aquel día que le pegué a Hemingway. Estamos en Pamplona, y los que vamos a correr en San Fermín nos tienen encerrados, encajonados. Por los parlantes salen indicaciones de seguridad en varios idiomas (si te caes al suelo, tápate la cabeza con las manos, nunca toques a los toros, no te subas a las barandas mientras escapas). Algunos se acaban de levantar, para correr más despiertos, y casi todos son estadounidenses que traen zapatillas especiales, camisetas alusivas al viaje, gorras de San Fermín, y que han llegado en tours organizados con meses de anticipación. Sin embargo, la mayoría de los que vamos a correr no hemos dormido. Durante toda la noche el centro de Pamplona ha sido un desfile interminable de fiestas, bares bailables, carnaval por las calles, todo sumergido en esa mezcla de vino y Coca Cola que aquí llaman calimocho.
Antes de largar, la policía saca a los corredores borrachos. También está prohibido lanzarse a la aventura con cámaras. Por los parlantes se indica que estamos a punto de comenzar la carrera. Acá abajo somos pocos. La mayoría de los visitantes prefiere ver la escena desde las tribunas o desde esos balcones que se arriendan a los turistas durante esta semana de encierro.
Un bombazo anuncia que han soltado a los toros, que ya vienen hacia nosotros. Todos comenzamos a correr desesperadamente hacia adelante. A correr sin importar si aplastamos a alguien en el camino. A salvarse quien pueda.
La carrera termina en la plaza de toros de Pamplona, pero para eso falta mucho. Unos pocos minutos, que aquí parecen un siglo. Y sigues corriendo. El grito es ensordecedor. De los balcones lanzan papel picado y sobre tu cabeza cae una lluvia infinita de flashes. Las cámaras de Televisión Española despachan en directo las imágenes al mundo. Y sigues corriendo. Corres mirando hacia atrás. Corres como un ladrón de carteras, como un roba collares. Corres de los toros. Que ya se sienten. Cada vez más cerca. Se escuchan, porque traen en el cuello unas campanitas que anuncian su presencia policial. Corres como nunca corriste en tu vida. Tus piernas corren más veloces que tú. Estás en San Fermín, los toros te pasan a pocos centímetros, el latido de tu corazón te parte la cabeza y sientes miedo de verdad.
Cuando entras corriendo a la plaza de toros, te recibe un estadio lleno de gente vestida de blanco y pañuelos rojos que te aplaude a rabiar por lo que acabas de hacer. Miles de personas sentadas en las tribunas, que esperaron pacientemente tu muerte, y que ahora te lanzan vítores y disparan fotos.
Cuando termina la carrera, en la plaza de toros sueltan unas vaquillonas para que los corredores se entretengan jugando a ser toreros. Del calimocho que bebiste no queda nada. Todo se ha ido con la adrenalina de la corrida. Aunque ya han pasado unos minutos del fin, te sientes eufórico, con ganas de gritar al cielo, y gritas, gritas en el centro de la plaza de toros de Pamplona, gritas entre el público aplaudiendo y gritas a la salida de la plaza donde hay una estatua de Hemingway.
En medio de esa euforia post corrida en San Fermín, me subo a la estatua en homenaje a Ernest Hemingway. Me acerco a su cara, y se la abofeteo mientras le digo: “Tu nunca la corriste, maricón”. Desde su cara de marmol creo que me dice: “Pero me pegué un tiro”.
















