Publicado el 19/06/09 a las 12:18 am

Golpeando a Hemingway

El próximo 2 de julio se cumplen 48 años del día que Ernest Hemingway se pegó un tiro con una escopeta. Varias décadas después, y a modo de homenaje, le golpeé la cara. 

Son las siete de la mañana de un 8 de julio, aquel día que le pegué a Hemingway. Estamos en Pamplona, y los que vamos a correr en San Fermín nos tienen encerrados, encajonados. Por los parlantes salen indicaciones de seguridad en varios idiomas (si te caes al suelo, tápate la cabeza con las manos, nunca toques a los toros, no te subas a las barandas mientras escapas). Algunos se acaban de levantar, para correr más despiertos, y casi todos son estadounidenses que traen zapatillas especiales, camisetas alusivas al viaje, gorras de San Fermín, y que han llegado en tours organizados con meses de anticipación. Sin embargo, la mayoría de los que vamos a correr no hemos dormido. Durante toda la noche el centro de Pamplona ha sido un desfile interminable de fiestas, bares bailables, carnaval por las calles, todo sumergido en esa mezcla de vino y Coca Cola que aquí llaman calimocho.

Antes de largar, la policía saca a los corredores borrachos. También está prohibido lanzarse a la aventura con cámaras. Por los parlantes se indica que estamos a punto de comenzar la carrera. Acá abajo somos pocos. La mayoría de los visitantes prefiere ver la escena desde las tribunas o desde esos balcones que se arriendan a los turistas durante esta semana de encierro.

Un bombazo anuncia que han soltado a los toros, que ya vienen hacia nosotros. Todos comenzamos a correr desesperadamente hacia adelante. A correr sin importar si aplastamos a alguien en el camino. A salvarse quien pueda.

La carrera termina en la plaza de toros de Pamplona, pero para eso falta mucho. Unos pocos minutos, que aquí parecen un siglo. Y sigues corriendo. El grito es ensordecedor. De los balcones lanzan papel picado y sobre tu cabeza cae una lluvia infinita de flashes. Las cámaras de Televisión Española despachan en directo las imágenes al mundo. Y sigues corriendo. Corres mirando hacia atrás. Corres como un ladrón de carteras, como un roba collares. Corres de los toros. Que ya se sienten. Cada vez más cerca. Se escuchan, porque traen en el cuello unas campanitas que anuncian su presencia policial. Corres como nunca corriste en tu vida. Tus piernas corren más veloces que tú. Estás en San Fermín, los toros te pasan a pocos centímetros, el latido de tu corazón te parte la cabeza y sientes miedo de verdad.

Cuando entras corriendo a la plaza de toros, te recibe un estadio lleno de gente vestida de blanco y pañuelos rojos que te aplaude a rabiar por lo que acabas de hacer. Miles de personas sentadas en las tribunas, que esperaron pacientemente tu muerte, y que ahora te lanzan vítores y disparan fotos.

Cuando termina la carrera, en la plaza de toros sueltan unas vaquillonas para que los corredores se entretengan jugando a ser toreros. Del calimocho que bebiste no queda nada. Todo se ha ido con la adrenalina de la corrida. Aunque ya han pasado unos minutos del fin, te sientes eufórico, con ganas de gritar al cielo, y gritas, gritas en el centro de la plaza de toros de Pamplona, gritas entre el público aplaudiendo y gritas a la salida de la plaza donde hay una estatua de Hemingway.

En medio de esa euforia post corrida en San Fermín, me subo a la estatua en homenaje a Ernest Hemingway. Me acerco a su cara, y se la abofeteo mientras le digo: “Tu nunca la corriste, maricón”. Desde su cara de marmol creo que me dice: “Pero me pegué un tiro”.

Publicado el 09/06/09 a las 11:41 am

De perros, televisión y mentiras


Sucedió hace más de diez años. Ese día y como siempre, mi mejor amigo salió a trotar con su perro: un boxer llamado Tyson. Tomaron la avenida principal, recorrieron el parque, doblaron por el río y cuando ya volvían a casa, tras una hora de trote, pasó lo increíble. En la esquina del semáforo dobló un tipo con luz roja. A lo primero que atinó mi mejor amigo fue a saltar a la vereda. Tyson, que no miraba más allá de sus pies, no logró subirse a la acera: la camioneta de vidrios polarizados lo tragó como si fuera una caja de cartón.
Un ladrido muy agudo, una frenada larga, un golpe seco como bofetada metálica, y Tyson arrastrado por más de media cuadra antes de quedar vacío.

En un segundo mi amigo pasó de una placentera mañana deportiva con zapatillas de suela espumosa, a una escena de truculencia pura. Su querido Tyson; el boxer que llegó a la casa cuando yo tenía cinco años, el perro que había mordido a tres carteros, su mascota, su mejor amigo, su socio en el trote, ahora estaba tomando su último baño en una posa de sangre espesa.

El tipo que lo atropelló se estacionó cincuenta metros más allá del Tyson desinflado, y luego se acercó caminando hacia mi amigo. Le dijo que cómo se le ocurría salir a trotar con un perro, le gritó que los ojos eran para mirar, que era un idiota por no haber visto la camioneta doblar, que lo mínimo era llevar al animal con una correa, le dijo a mi amigo que era un irresponsable, un niñito trotón y luego le pegó un empujón. Cuando mi amigo logró juntar fuerzas para lanzarle un puñetazo, el tipo le dijo:

-Tranquilo, tranquilo compadre, esto es una broma.
- ¿Ahhh? -Sí, es una broma ¿Ves esos vidrios polarizados? Bueno, detrás de esos vidrios negros de la camioneta hay unas cámaras de televisión. Estamos grabando un nuevo programa que saldrá dentro de un mes. ¡Saluda a la cámara!.
-¡Hola! – saludó mi amigo, llevándose las manos a la cabeza porque no podía creer lo que pasaba.
-Sí, es una broma. Nuestro equipo de producción te ha seguido durante una semana… ¡¡Fran, estamos listos!! -gritó el animador hacia los vidrios polarizados, y de la camioneta se bajó una modelo rubia, ropa ceñida, escote dorado, tacos españoles, y un perro boxer en sus brazos.
-Ohhh, no puede ser- mi amigo no podía creer que estaba sucediendo esto, que estaba saliendo por televisión.
-Toma, y gracias por el sentido del humor- le dijo la modelo mientras le cerraba un ojo. Así le entregaron su nuevo Tyson.

Luego todo vino rápido: firmó un documento donde aceptaba la transmisión de la broma, le sacaron en cámara el collar al perro muerto y se lo amarraron al nuevo. Mi amigo se despidió de beso de la modelo y le dio un fuerte apretón de manos al animador y volvió a casa trotando con su nuevo Tyson. Nos llamó a todos para contarnos que iba a salir en la tele, a las diez de la noche por toda la televisión nacional. Esperamos nerviosos la transmisión de la broma.

El día que pasaron el programa se sintió muy importante. Hace un tiempo me mando un mail desde Chile, donde me cuenta que el nuevo Tyson está muy enfermo. También me cuenta que desde esa vez, no ha vuelto a salir en televisión. Al final me pide que, por favor, nunca escriba su nombre.

Publicado el 31/05/09 a las 7:10 pm

Fiesta de disfraces

Es de noche y por la ventana de la habitación sólo se ven las luces del hotel, la piscina iluminada y las estrellas. Todo el resto está a oscuras: la playa, los guardias de seguridad que caminan armados y el mar, que se escucha cerca cada vez que rompen las olas. Por atrás de todo se cuela música, una salsa que está de moda en República Dominicana, y que viene del teatro al aire libre del resort. “Hoy en el teatro: noche de disfraces”, decían los afiches que aparecieron colgados esta mañana, pero no tengo idea de qué disfrazarme. Por un momento pienso en disfrazarme de turista –estoy en este hotel de Bayahibe trabajando como redactor de viajes–, pero desecho rápido la idea. Disfrazarme de turista es una manera de seguir trabajando: en eso consiste el trabajo de los periodistas de turismo.

Por un remoto viaje familiar, tengo un viejo y vago y alegre recuerdo de estas fiestas de disfraces en los hoteles. Estaba de vacaciones con mi familia y había llegado la hora del concurso. Yo no me disfracé –no recuerdo si por ser muy chico o por timidez–, pero mi hermano mayor se llenó de toallas blancas, mi madre se las amarró con una corbata de mi padre, y de pronto quedó vestido como un adolescente árabe que camina con túnica y turbante. La empresa familiar dio sus frutos: todavía existe esa foto en blanco y negro donde mi hermano recibe un premio por el disfraz.

Esta noche, la fiesta de disfraces parece diferente. En el resort, frente a una playa que de día tiene color esmeralda y aguas tibias y arena blanca y palmeras de postal y entretenedores y entretenedoras que bailan y saltan y se mueven todo el tiempo, la fiesta parece profesionalizada. Hay gente, como una pareja de amigas francesas, que trajo su disfraz de conejitas desde París. Y unos recién casados españoles que se consiguieron, con alguien del resort, un traje de Batman y Batichica: los dos caminando de la mano, enmascarados y enfundados en estrechos trajes de látex.

Finalmente, decido ir al teatro disfrazado de periodista: llevo la cámara de fotos y una libreta de apuntes. El periodismo se ha transformado en una pofesión del disfraz.

Camino hacia la música y las risas dentro de un resort iluminado dentro de una playa y una ciudad a oscuras: Bayahibe. Sobre el escenario hay seis gordos, vestidos como Village People, que doblan la canción “In The Navy” mientras sus mujeres –disfrazadas de distintas cosas– se ríen y les toman fotos y los filman desde abajo. El animador, vestido como El Zorro, los despide con aplausos y bromas. Por el escenario revolotean las entretenedoras, disfrazadas como odaliscas.

Los únicos que no están disfrazados son los mozos. Que toman pedidos y se mueven cargando bandejas con tragos de colores. Aunque seguramente, si sus vecinos del pueblo de Bayahibe los ven con estos zapatos brillantes y el corbatín negro, también les harían burlas por el disfraz.

Publicado el 11/05/09 a las 4:14 pm

Nuevo taller de la Escuela Móvil

Uno de los principios del periodismo portátil es poder escribir desde cualquier lugar, y para todos lados. Esa misma esencia, de movilidad y equipaje ligero, es parte de los talleres online de la Escuela Móvil de Periodismo Portátil.

De esa manera, un alumno puede seguir el taller estando en mitad de un viaje, o desde su casa en la ciudad de la que nunca ha salido. Como si fueran compañeros de un gigantesco ciber, los alumnos portátiles suelen conectarse de diferentes países con la idea común del Periodismo Narrativo.

Hasta ahora, el taller on-line de la Escuela Móvil ha tenido alumnos que se conectaron desde 18 países diferentes. Algunos de ellos (incluido el profesor), estuvieron en distintas ciudades y países durante un mismo curso.

Ahora, ya están abiertas las inscripciones para el próximo taller.

Su fecha se inició será el 25 de mayo.

Las clases son teóricas, prácticas, incluyen Chat, clínicas personales.

Toda la información, del programa y los costos, lo pueden encontrar en periodismoportatil.com

Publicado el 02/05/09 a las 9:05 am

Epidemia de humanos

Hace poco más de 10 años conocí el mundo de los muñecos de la televisión. Todavía vivía en Chile, y escribí para la revista ”Zona de Contacto” la historia de quienes trabajaban dentro de un disfraz de esponja. El reporteo transcurría con normalidad hasta que llegué a Epidemia, el muñeco chileno más famoso de los programas infantiles de los 90. Entonces, la historia giró.

Epidemia era un muñeco políticamente incorrecto: sucio, burlón, que se reía del animador y al que siempre le revoloteaba una mosca. Era el personaje menos pensado para un programa de niños y rápidamente se convirtió en éxito. Sin embargo, por dentro, al interior de la esponja, la historia era otra.

El primer actor dentro de Epidemia se llamó Beto Espinoza, quien me aseguró sentirse estafado con el dueño del programa. Me dijo que él le puso la voz y el alma al muñeco, y que estuvo deprimido cuando lo despidieron de un día para otro. Bastó que llegara alguien que le imitara la voz, para que nadie notara que Beto había sido descartado. El mundo de las personas dentro de las esponjas es duro. Pocos humanos deben trabajar sintiéndose tan descartables.

Sus anécdotas eran todas tristes, y mezclaban jornadas de calor inhumano con el anonimato más absoluto. Cuando salían de gira, los que daban la cara en pantalla se quedaban en un hotel, y los que estaban dentro del muñeco en una oscura pensión.

En Cachureos, el programa infantil donde Epidemia fue la estrella, la mayoría de los protagonistas eran muñecos. Por eso, todos hablaban mal de Marcelo, el animador y dueño de la productora, y casi el único que daba la cara. No sólo eso: Marcelo, además de la fama por su cara descubierta, era dueño de todos los muñecos.

Beto decía “Yo le puse el alma a Epidemia”. Otro, llamado Jorge Garrido, decía que a él se le ocurrió la idea de Epidemia. Otro, aseguraba que Epidemia era la idea de varios en una reunión de pauta. Todos juntos, con más o menos furia, coincidían queMarcelo se había adueñado de Epidemia y que no los dejabana ganar mucho dinero.

En la época, que escribí de los monos de TV, la persona que estaba dentro de Epidemia se llamaba Enrique Parraguirre. Lo llamé por teléfono y me dijo: “No puedo hablar, disculpa, pero no nos dejan dar entrevistas. Se rompería la magia”. Todos los días, Parraguirre entraba al canal en el anonimato más absoluto, mientras veía a Marcelo firmando y firmando autógrafos en la puerto de la televisora.

Dos días después que salió el artículo recibí una llamada telefónica. Era pasada la medianoche. Al otro lado, una voz angustiada. Era Parraguirre, la persona dentro de Epidemia. Al comienzo me habló contra los otros testimonios, me dijo que su vida de muñeco no era tan dura y que él era actor profesional. La llamada era de madrugada, y no pude dejar de imaginarlo solo, frente a un vaso de whisky, un revolver sobre la mesa y con la cabeza de Epidemia tirada sobre un sillón. Después de las quejas y sus descargos, terminamos hablando de la vida de los muñecos de TV. La llamada duró bastante. Epidemia quería que lo escucharan. Seguramente, como el artículo ya había salido, se sentía más a salvo.

Nunca conté de aquella conversación íntima. Pero desde esa vez, hace ya más de diez, hay algo que no olvido: dentro de cada Epidemia hay tipos que, con mayor o menor culpa, se ganan el pan.

Publicado el 19/04/09 a las 6:38 pm

Crónicas argentinas

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El día que fui al encuentro con los comentaristas anónimos estaba nervioso. Sólo sabía que les diría: “muchachos, ustedes van a ser los protagonistas de mi próximo libro”. Han pasado unos meses y, finalmente, desde esta semana está a la venta CRÓNICAS ARGENTINAS, en libro en cuya contratapa dice: “Una crónica escrita en tiempo real, entre Meneses y los comentaristas anónimos”.

El libro está basado y tiene parte del blog “Crónicas argentinas”, del diario Clarín, donde llevo 3 años tratando de darle una nueva mirada a los mitos de siempre: con el Che, Evita, Maradona, el tango y el psicoanálisis a la cabeza.

Una mirada extranjera, inmigrante, a la que se suman las voces de miles de comentaristas anónimos.

No fue fácil juntarme con los comentaristas anónimos. Buena parte del libro está dedicado a la difícil tarea de darle cuerpo y cara y voz a las voces más famosas e influyentes del momento: los comentaristas anónimos. Más de alguno dirá que los verdaderos protagonistas del libro son los mitos argentinos, pero imagino que después de leerlo la idea cambie.

Me gusta la idea de los comentarios como elemento narrativo, pero además, me atrajo el comentarista anónimo (y la suma de ellos) como personaje de una crónica. Y me gusta creer que eso ha sido uno de los aportes de CRÓNICAS ARGENTINAS (además de la mirada distinta a los mitos de siempre).

En tiempos en que los nuevos cronistas cada día escriben más parecidos entre sí (igualitos a la vieja guardia). En épocas en que la gran innovación del género tiene que ver con los temas (más o menos miserables, más o menos marginales), me gusta la idea de trabajar con las formas. De buscar nuevos formatos. De experimentar con nuevos elementos narrativos.

-¿En serio saldremos en un libro?- me dijo esa vez, uno de los comentaristas anónimos.

Y desde esta semana, su historia se puede comprar en cualquier librería de Argentina.

Publicado el 06/04/09 a las 4:43 pm

La última guerra de los medios

 

En estos momentos, mientras todos hablamos de crisis económicas y de derrumbe financiero y de muerte del papel y de aumento del desempleo, en los medios se está desarrollando una secreta, sucia y oscura guerra.

Es una guerra más compleja que la que se libra en Irak, y más cruel que la narcoguerra mexicana. Un conflicto sin códigos de guerra, ni avances de la Cruz Roja, ni emisarios internacionales que llamen al diálogo. Es una guerra que nadie ve, a la que nadie le da importancia, y que está dejando muchos en el camino. Se trata del gran combate entre los líderes de opinión y los opinadores de blogs.

Y esa guerra, para desgracia de los líderes de opinión, la está ganando por paliza el comentarista anónimo.

Las estrategias están claras. Los comentaristas anónimos, sabiendo de su abrumadora mayoría, van tomando terrenos lentamente, diariamente, sin pausa. Ganando espacios, hasta ahora exclusivos de los líderes de opinión,  a punta de reflexión e insultos y, sobretodo volúmen.

Por su parte, los comentaristas conocidos, que saben que diariamente pierden terreno frente a las hordas de milicianos anónimos, usan como principal arma el desprestigio. Los comentaristas conocidos acusan públicamente a los opinadores de blogs de xenófobos, de nerds asexuados, de idiotas pervertidos, de parásitos sin cerebro, de discriminadores, nacionalistas y fachos… como si esto último fuera algo inventado por Internet. Basta ver la transmisión de un partido por las eliminatorias, para entender que todas esas características negativas el comentarista las recibe y aprende y absorbe de los opinadores oficiales.

El triunfo –hasta ahora- del comentarista anónimo es el gran fracaso y la gran crisis terminal del opinador público ¿Quién informó y formó a los comentaristas mediocres, malos, agresivos e ignorantes de los blogs? ¡Los medios!

La maravilla de los comentaristas anónimos es que nos reflejan tal cual somos. Nos desnudan, y esa es parte de su victoria. Muchos opinadotes oficiales dicen: “La gente valiosa no comenta y sólo escriben los peores y arman discusiones estúpidas” A favor de los comentaristas anónimos está la respuesta obvia: Eso pasa en Internet, pero también fuera de la red.

Pero, la peor noticia para el comentarista conocido, el golpe de gracia al líder de opinión, se lo dieron los anunciantes. Ellos funcionan por el consumo, y la masa de comentaristas anónimos es toda consumidora. Hoy, el dueño de una empresa de cerveza, a quien prefiere auspiciar ¿al comentarista conocido o a los comentaristas anónimos?.

La guerra parece ganada.

Publicado el 31/03/09 a las 12:15 am

El pianista de hotel (una teoría-blogger): SEGUNDA PARTE

 

  

 

 

 

 

 

Hace unas semanas publiqué aquí mismo El pianista de hotel (una teoría-blogger). Resumiendo, ahí planteaba que tanto el blogger de un medio masivo como el pianista de hotel, se enfrentan a una audiencia que no les pertenece. Llegaron muchos comentarios, el post se destacó en varios sitios, y muchos blogger dieron su opinión. Sin embargo, uno de los comentarios más llamativos fue de una pianista de hotel.

Eli Angeleri escribió desde Italia para decir que no estaba en absoluto de acuerdo con la teoría, y calificó a su autor (sin conocerme) de “frustrado”. También contaba en su comentario que ha trabajado en muy buenos hoteles, que viaja mucho y que su público es maravilloso.

Un punto de vista interesante, por el cuál decidí contactarme con ella. Eli, que nos manda esta foto junto a un piano, fue muy amable en las respuestas. Pide disculpas porque no escribe bien el castellano, y a veces dice cosas que no quiso decir. Y se muestra entusiasmada para hablar de su oficio. Ella está aquí, para entrar al debate como voz de los pianistas de hotel.

Pongan atención los blogger de medios masivos. En las respuestas de Eli vienen muchos secretos y consejos sobre el oficio. Y estoy seguro que más de alguno, y esto es fundamental para la teoría, se verá reflejado en ella.

¿En qué hoteles trabajaste?
Trabajé en diferentes hoteles, en EE.UU. de América, América Latina, y Europa. No puedo nombrarlos a todos, por que no me bastaría una página. Entre ellos, en Italia el Hotel Cavagliere, Hilton, Hotel La Fontana de Roma. Hotel Igea Suisse, en Abano Terme. En Suiza, Hotel Schweizerhof en St. Morritz. Hotel Maison Blanche, en Leukerbad, Grand Hotel, en Locarno. Hotel Splendid Royal, Grand Hotel Eden, en Lugano. Grand Hotel Beau Rivage, Interlaken, y tantos otros, todos de 5 estrellas.

¿Cuál fue el hotel más importante de tu carrera?
Todos los hoteles en los cuales trabaje, para mi son importantes, pero el hotel que mas tengo en mi corazón, es el Hotel Cavaglieri Hilton de Roma, donde me dieron el premio por mis actuaciones pianisticas; Premio Nacional David de Michelangelo, otorgado del Honorable Senador, Giulio Andreotti, periodista y político del partido Democrático Cristiano.

¿Cual es tu carrera, además de los hoteles?
Además de los hoteles, trabajo en salas de conciertos, casinos, TV y restaurantes. Restaurante Largo, en Los Ángeles. Centro del periodista, y radio TVrete2, en Caracas, Venezuela. En Italia; Restaurant Piper, en Roma. En Suiza, Restaurant Il Faggiano, en Ascona. Restaurant Pegasus, en Biell. Sala de concierto San Roco, en Lugano. Casino Kursaal en Locarno. Compongo música. Actualmente trabajo con mis composiciones, con ediciones musicales Adamello, en Italia.

¿Por qué tocas en los hoteles?
Mis actuaciones en hoteles son muy satisfactorias, y me fascina el ambiente de los hoteles. En los hoteles ejecuto un repertorio mixto, del clásico, Chopin, Lizt, Mozart, al Jazz, al tango y a la música internacional. En los hoteles, me siento admirada, y me emociono, por los aplausos de este público selecto.

¿Cómo es la vida de un pianista de hotel?
La vida de un pianista de hotel es brillante. Si trabaja en un hotel, que no es de su ciudad, el hotel le da una habitación, almuerzo y cena, además de su sueldo. El pianista viaja y cambia de hotel al menos, cada tres meses. No puede estar más de tres meses en el mismo hotel, por que el público, siempre quiere novedad. El pianista debe ausentarse por un tiempo indeterminado, de dos a tres meses, y luego regresar., siempre con un nuevo repertorio, agregando temas musicales actualizados. Son hoteles, que tienen un ambiente turístico, que cambia constantemente, y en este caso el pianista puede trabajar hasta 6 meses, como en Las Vegas. El pianista, debe ser siempre elegante, y aunque si viste casual, debe ser con ropa de calidad, buen gusto, y clase.

¿Cómo es el público del pianista de hotel?
El público de hotel, es un público culto, y por ser culto, es educado, y sabe escuchar, y el ambiente de un hotel de clase se adapta a la música mágica del piano. Un buen pianista hace hablar al piano. Generalmente, el pianista toca en el bar, a la hora del aperitivo, y al restaurant, a la luz de las velas, y las pequeñas llamas de las velas parecen bailar con la música del piano. Este ambiente, romántico y mágico, colabora a la atención del público hacia el pianista.

¿La teoría es que el público muchas veces no escucha al pianista?
El público que no escucha al pianista, es porque el pianista no tiene un repertorio adapto, o no tiene carisma. El pianista además de ser un buen pianista debe tener psicología, y estudiar al público que lo escucha.

Publicado el 23/03/09 a las 4:04 pm

Historias mexicanas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El avión despega de Ciudad de México y se puede ver, por la ventanilla, millones y millones de luces encendidas allá abajo. Así termina el viaje a la ciudad con más lámparas de todo el mundo.

Pese a las alarmas sobre su violento presente, México sigue iluminado. Alguien dijo que cada historia puede ser una luz, y en éste país lo que sobran son historias.

Finalmente, al taller/presencial de la Escuela Móvil de Periodismo Portátil llegaron periodistas de Chiapas, Guadalajara, Tabasco, Oaxaca, Sonora, Sinaloa, Guanajuato, Coahuila, Ciudad Juárez y del Distrito Federal. Todos juntos, varios días, hablando en el DF de cómo contar mejor el hoy.

Entre las historias que se trabajaron (con la teoría EL GRAN GOLPE, y el método EL TREN), estuvieron “el circo más chico de México”, “la mujer que trabaja en la fábrica de billetes”, “el pueblo sin niños”, “la peor escuela de México”, “la madre de un famoso narco”, “el niño paseado desnudo por el pueblo donde robó”, “el día que se abrió la tierra”, “los romances de 7 minutos en el DF”, “la historia de amor de una mazatleca” y “los paleros de Ciudad Juárez”.

Diferentes temas, para tratar de explicar lo mismo: México.

Es posible que pronto vuelva a México, y que la Escuela Móvil desarrolle otro taller y hasta existe el plan para que este mismo blog tenga su filial mexicana. De todo eso, ya irán sabiendo próximamente. Cuando haya pasado la sobredosis de tacos, tequilas, atochamientos y esas millones de historias insólitas que los mexicanos te cuentan a cada instante, como si en cada uno de ellos habitara la mayor defensa del periodismo: no hay con que ganarle a la realidad.

Por ahora, sólo queda mirar por la ventanilla esas millones de luces allá abajo. Sabiendo, con dicha y desdicha, que pese al despegue seguiré viviendo con el DF en la cabeza.

Publicado el 17/03/09 a las 12:41 am

DF Portátil

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Soy un fanático del DF.

Y no lo digo ahora, que acabo de aterrizar aquí, sino de hace mucho tiempo, años. Es más, soy fanático del DF desde antes de haber venido a Ciudad de México. No tengo la fecha exacta, pero supongo que fue cuando descubrí que vivía con el DF en mi cabeza.

Vivir con el DF en la cabeza, aunque no conozcas DF, te lleva a comprar todo con DF.

Si vez una fila interminable de autos, dirás que eso no es nada comparado con DF. Si vas a un restaurante comida mexicana, dirás que la sirven mejor en el DF. Si el metro está lleno de gente, sabrás que nada comparado con DF. Si un policía te pide soborno, si te emborrachas con tequila, si tu ciudad está contamina, nada, nada, nada como en DF.

Vine a DF a dar un taller presencial de la Escuela Móvil. Serán 4 días hablando de periodismo portátil con periodistas mexicanos y estudiantes de periodismo. Viendo la teoría de “El gran golpe” y el método “El tren” para armar estructuras de textos portátiles. Pero, más allá de todo eso, será una semana en el DF.

Días caminando por el DF, para recordar todo lo que me llevó a construir esa ciudad tan gigantesca, latinoamericana y agresiva en mi cabeza.