Nuestro último dÃa
La niña metió sus pies descalzos entre el montÃculo de lodo húmedo y los dejó allà escondidos y calientes mientras yo rompÃa la bolsa de plástico negro del pequeño pino y luego trataba de peinar con mis dedos la espesa telaraña de raÃces.
“¿Y cuánto va a crecer, pues?â€
“Mucho,†le dije.
“¿Pero cuánto mucho?â€
“Bastante mucho.â€
La niña soltó un suspiro. SeguÃa con sus pies entre el lodo, y sus rodillas elevadas, y su Ãndice derecho jugando con el tablero de ajedrez en el césped, hecho de las luces y sombras que se filtraban entre las hojas del viejo encino.
“Es que un árbol, mientras vive,†le dije, “nunca para de crecer.â€
“¿Nunca?â€
“Un árbol crece toda su vida. Mucho al principio y luego cada vez menos, claro. Pero siempre está creciendo, hasta que muere.â€
Pensativa, seria, su boquita medio abierta, se quedó observando cómo yo limpiaba con la mano el fondo del agujero, cómo insertaba el pequeño pino, cómo lo ajustaba, cómo ordenaba un poco las raÃces.
“¿Y si nunca muere?†preguntó.
“Un árbol siempre muere.â€
“¿Y si crece y crece y nunca para de crecer?â€
“Siempre muere, y entonces siempre para de crecer.â€
“¿Pero y si no?â€
Las ramas del encino crujieron en la brisa.
“PodrÃa llegar hasta las nubes.â€
Lo dijo con travesura, volviendo su mirada hacia arriba y sorprendiéndose ante un cielo infinito y celeste.
“O podrÃa llegar hasta las estrellas.â€
Me salpicó estrellitas invisibles con los dedos.
“O podrÃa llegar hasta el sol.â€
Juntó las manos encima de su medusa de rulos dorados, formando un cÃrculo grande y angelical.
“¿Verdad que un árbol podrÃa, a lo mejor?â€
“Mira,†le dije con paciencia mientras agarraba puños de lodo y los echaba y compactaba en el agujero. “Un árbol es como tú y como yo, que algún dÃa es nuestro último dÃa y entonces ya no crecemos más.â€
La vi hacer un puchero, arrugar un poco la frente.
“Algún dÃa todo se detiene, todo para de crecer,†le dije.
“Ay,†pareció desahogarse, luego sacó rápido sus pies enlodados del montÃculo, se puso de rodillas y se acercó al agujero. “¿Por qué usted siempre me habla en gris?â€
Casi triste, casi maternal, la niña acariciaba las agujas del pino.


