Publicado el 26/08/09 a las 12:15 am

Nuestro último día

La niña metió sus pies descalzos entre el montículo de lodo húmedo y los dejó allí escondidos y calientes mientras yo rompía la bolsa de plástico negro del pequeño pino y luego trataba de peinar con mis dedos la espesa telaraña de raíces.

“¿Y cuánto va a crecer, pues?”

“Mucho,” le dije.

“¿Pero cuánto mucho?”

“Bastante mucho.”

La niña soltó un suspiro. Seguía con sus pies entre el lodo, y sus rodillas elevadas, y su índice derecho jugando con el tablero de ajedrez en el césped, hecho de las luces y sombras que se filtraban entre las hojas del viejo encino.

“Es que un árbol, mientras vive,” le dije, “nunca para de crecer.”

“¿Nunca?”

“Un árbol crece toda su vida. Mucho al principio y luego cada vez menos, claro. Pero siempre está creciendo, hasta que muere.”

Pensativa, seria, su boquita medio abierta, se quedó observando cómo yo limpiaba con la mano el fondo del agujero, cómo insertaba el pequeño pino, cómo lo ajustaba, cómo ordenaba un poco las raíces.

“¿Y si nunca muere?” preguntó.

“Un árbol siempre muere.”

“¿Y si crece y crece y nunca para de crecer?”

“Siempre muere, y entonces siempre para de crecer.”

“¿Pero y si no?”

Las ramas del encino crujieron en la brisa.

“Podría llegar hasta las nubes.”

Lo dijo con travesura, volviendo su mirada hacia arriba y sorprendiéndose ante un cielo infinito y celeste.

“O podría llegar hasta las estrellas.”

Me salpicó estrellitas invisibles con los dedos.

“O podría llegar hasta el sol.”

Juntó las manos encima de su medusa de rulos dorados, formando un círculo grande y angelical.

“¿Verdad que un árbol podría, a lo mejor?”

“Mira,” le dije con paciencia mientras agarraba puños de lodo y los echaba y compactaba en el agujero. “Un árbol es como tú y como yo, que algún día es nuestro último día y entonces ya no crecemos más.”

La vi hacer un puchero, arrugar un poco la frente.

“Algún día todo se detiene, todo para de crecer,” le dije.

“Ay,” pareció desahogarse, luego sacó rápido sus pies enlodados del montículo, se puso de rodillas y se acercó al agujero. “¿Por qué usted siempre me habla en gris?”

Casi triste, casi maternal, la niña acariciaba las agujas del pino.

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Publicado el 19/08/09 a las 12:01 am

En estado interesante

De rodillas, pasando un trapo inmundo por el tanque negro y rojo fuego y en forma de lágrima, me dijo que su mujer había resultado en estado interesante.

“Una noche, allá en la aldea, se me puso muy malita. Así. De la nada.”

Extendió el trapo sucio. Lo sacudió un par de veces. Después lo dobló y empezó a limpiar el asiento de cuerina.

“Cinco meses llevaba,” dijo. “Ni siquiera nos habíamos dado cuenta.”

Aún de rodillas se detuvo unos segundos, los suficientes para ladear un poco la cabeza y secarse el sudor de la frente con la manga de su antebrazo.

“Por suerte andaba allí mi señora madre, que tiene su experiencia con esas cosas.”

Limpiaba las partes del motor, minuciosamente, con su dedo índice envuelto en el trapo.

“Ella primero le sacó a mi mujer un varoncito de cinco meses, ya muerto. Después cortó el cordón umbilical y se lo amarró a mi mujer alrededor del muslo, bien duro, bien apretado. Y así nos la llevamos al hospital.”

Había desempolvado el chasis de acero negro. Luego, sin ponerse de pie, caminó de rodillas hacia el frente de la moto.

“Cuando el médico salió de la sala de emergencia nos dijo que mi mujer había tenido lo que se dice un embarazo ectópico, o algo así. Que estaba agotada por la pérdida de tanta sangre, nos dijo, pero bien.”

Frotaba el trapo a lo largo de las manecillas plateadas, las palancas de los frenos, la cobertura plástica del farol.

“Sólo déle usted gracias a Dios que yo recién había hecho el último pago de esta mi 125.”

Paró de limpiar.

“Enterramos al varoncito.”

Aún arrodillado, se irguió por completo, se volvió hacia mí.

“Tuvimos que ponerle su nombre. Así nos dijeron en el cementerio de la aldea. Que para poder enterrarlo, aunque nunca vivió, había que ponerle su nombre.”

Continuaba arrodillado y muy recto. Parecía estarme viendo sin realmente verme o acaso viendo alguna cosa más lejana. Se pasó el trapo inmundo por la frente y la nuca sudada.

“Le pusimos Mario,” dijo de pronto. “Como yo soy Mario.”

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Publicado el 12/08/09 a las 12:00 am

Los espacios irónicos

Me acosté boca abajo y metí el rayo de luz en la estrecha ranura entre el piso de parqué y el refrigerador.

“No puedo creerlo.”

Sentado, observándome curioso, sólo bostezó.

“¿Cómo es posible?”, le pregunté sin realmente esperar una respuesta.

Algo se movió. Mantuve quieta la linterna. Fijé un poco la vista. Una mota en el aire, nomás.

“Dime,” le dije, poniéndome de pie.

No me dijo nada. No me miraba. Se estaba rascando el costado.

“Pero qué bárbaro.”

Caminé a la sala. Busqué en el área debajo de la mesa, atrás de un cofre, entre las patas de una vieja banca de pino y mimbre. Había más bolitas oscuras sobre los cojines del sofá blanco.

“Ven a ver esto”, le dije, y llegó despacio, cauteloso, quizás arrepentido.

Iluminé el rincón entre el sofá y la pared.

“¿No te da vergüenza?”

Se me pegó. Traté de ignorar sus roces en mis tobillos.

“¿O es que no entiendes que tu responsabilidad aquí es ahuyentarlos?”

Usando la linterna sacudí las pequeñas heces negras de los cojines. Me tumbé derrotado, confundido, y casi de inmediato me brincó encima. Se acomodó perfecto y caliente en la hendidura de mi regazo. Se lamió los bigotes. Me miró con ojos medio cerrados. Había encendido ya su débil motor.

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Publicado el 05/08/09 a las 12:02 am

A veces Micaela

Estaba ella en calzón blanco y sostén blanco y peinándose frente al espejo su largo cabello trigueño y me dijo que sus papás le mandaban cartas entre el pan.

“Cuando ellos estaban en la montaña.”

Eufemismo, por supuesto.

“Y yo era una niña, creciendo con unos tíos fuera del país.”

Había terminado de peinarse. Bajó el cepillo. Se acercó al espejo, mucho, como para verse bien el cutis.

“A los nueve meses de haber nacido, mis papás me sacaron del país. Por seguridad. Porque en los años ochenta no se podía tener hijos en la montaña. Era prohibido. Entonces, a veces, me llamaba Micaela.”

Yo estaba fuera. Me sentía fuera. Me quedé callado y observándola medio desnuda y con sus calcetitas blancas abultadas en los tobillos y bien encuadrada por el marco de la puerta.

“Desde la montaña mis papás me escribían cartas y se las daban a un compañero que tenía una panadería.”

Elevó el brazo derecho.

“Chimeco. Así se llamaba el panadero. No sé si siempre o a veces.”

Su axila, en el espejo, me pareció más pálida, más lampiña y tersa. Se untó desodorante. Cambió de brazo.

“Y pues este Chimeco, en su panadería, doblaba el papel y lo metía entre la masa cruda y horneaba la masa con la carta de mis papás escondida adentro.”

Se puso una ligera blusa de lino, color crema, con florecitas azules alrededor del cuello.

“Luego alguien más, algún familiar o compañero de ellos en la montaña, supongo, sacaba ese pan del país, clandestinamente.”

Se puso unos jeans viejos y gastados.

“Era un pan rústico, recuerdo, como de campesino.”

Se quitó las calcetitas blancas y las dejó tiradas sobre la fría cerámica del baño. Alcanzó sus sandalias.

“Cuando de pronto llegaba alguien con aquel bollo de pan, mis tíos me lo daban para que yo misma lo partiera en dos y metiera mis deditos entre la miga blanca y suave y buscara allí la carta de mis papás.”

Se contempló entera en el espejo.

“Y yo entonces era Micaela. Y como Micaela me sentaba en el suelo y escuchaba atenta a mis tíos leyéndome las palabras de mis papás. Unos papás invisibles, algo abstractos, que yo apenas conocía, y que siempre me imaginaba viviendo en una montaña verde y frondosa y donde todo olía a pan recién horneado.”

Volvió su mirada hacia fuera.

“Lista.”

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Publicado el 29/07/09 a las 12:00 am

En peligro de extinción

La estaba acariciando suave con el dedo. Me había dicho que era una especie muy rara llamada Moreleti, que estaba casi extinta o en peligro de extinción, que era la segunda vez que esta misma amanecía pegada al mismo vidrio de su casa.

“Me enteré por teléfono cuando mataron a mi hermano.”

La pequeña rana parecía de mentira. Era de un verde intenso y claro, un verde limón. Seguía inerte y bien apretada sobre una baldosa de cerámica. Como para resguardarse, con cada roce en el lomo cerraba sus grandes ojos negros.

“¿Dónde lo mataron?” le pregunté.

“En la costa.”

Estábamos sentados en el suelo. De frente.

“Era casi medianoche cuando me enteré. Nos metimos todos a un solo carro y manejamos los cien kilómetros de la capital a la costa. Eterno. Horrible. La mayoría gritaba o lloraba. Yo no lloré. Aún no lo creía.”

La rana se despabiló, se hizo un poco hacia delante.

“Por fin llegamos a la morgue. Una morgue húmeda y asquerosa. Allí estaba tendido el cuerpo de mi hermano. Me quedé viendo su cara y no sé por qué vi en su cara la mía.”

De pronto la rana brincó y me cayó en el brazo y allí permaneció bien estirada y mostrando sus ventosas color naranja.

“Fue extraño. Mi hermano y yo éramos muy diferentes. Físicamente no nos parecíamos. Pero en ese momento me vi en su cara, o tal vez en sus facciones, o tal vez en su sangre. Y sentí profundamente que un pedazo de mí moría con él.”

Agarró a la rana con cuidado y la sostuvo en su palma mientras volvía a acariciarla.

“Ya no tenía mano.”

“¿Cómo?”

“Mi hermano. Ya no tenía su mano derecha. Lo enterramos con un guante de algodón blanco en vez de su mano derecha.”

Iba a preguntarle cómo la había perdido, qué había pasado con su mano, pero él de inmediato simuló a su hermano y levantó el brazo derecho.

“Defendiéndose”, dijo, “de los machetazos.”

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Publicado el 22/07/09 a las 1:00 am

Dale duro

Sostenía sobre el hombro un palo de madera largo y delgado y cubierto todo de listones de papel china marrón y amarillo.

“Papa…”

Su hijo llegó corriendo y le abrazó la pierna. Se quedó así, medio hincado en el césped, abrazándole una pierna.

“Papa…”

“¿Qué pasa, hijo?

El niño sonrió. Tenía el rostro color rojo fucsia y muy pecoso, como media pitaya.

“¿Empezamos?”

“Ajá.”

Tres o cuatro niños jugaban algo atrás de nosotros. Otros brincaban en un pie. Otros hacían vueltegatos. Todas las mamás, bajo una pérgola, fumaban y tomaban agua de canela y horchata helada.

“Es que desde chiquito,” me explicó, levantando su mirada hacia el jardín, “a éste le encantan las jirafas.”

En alto, oscilando un poco en un lazo de mimbre atado a los troncos de dos eucaliptos, colgaba una piñata fabricada de alambres y del mismo papel china color marrón y amarillo. Tuve que hacer un esfuerzo para encontrarle semejanza a una jirafa.

“Duerme con una jirafa de peluche. Y lo primero que quiere ver en el zoológico es el recinto de las jirafas. Y cuando fuimos al centro a comprar la piñata, ni modo, rápido eligió esta jirafa.”

El niño lo contemplaba hacia arriba, con carita de orgullo.

“Vamos, pues.”

Alzó a su hijo del césped y, cargándolo, empezó a llamar a todos los demás niños y todos los demás niños gritaron y llegaron al instante y formaron un círculo alrededor de la piñata.

“Parate acá, hijo.”

Lo situó.

“Agarrálo así, ve.”

Colocó las manitas de su hijo en la base del palo.

“Ahora pegále, pues,” dijo tomando un paso hacia atrás.

El niño se quedó quieto, muy serio, alternando la mirada entre su papá y la piñata. Parecía no entender. Parecía a punto de echarse a llorar. Buscó a su mamá entre el gentío. Lejos, ella tomaba fotos.

“¡Dale duro!” volvió a gritar su papá.

El niño entonces se cuadró y se llevó el palo hacia atrás y asestó el primer golpe en el costado de la piñata, después el segundo y el tercero, cada uno más fuerte que el anterior. Todos aplaudían. El niño continuó despedazando la jirafa.

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Publicado el 15/07/09 a las 12:00 am

Las cabras de Mussolini

El viejo italiano estaba lijando un trozo de ámbar rojo mientras me decía que el ámbar rojo en realidad no era rojo.

“Los indígenas tzotzil lo extraen de las montañas de Simojovel, aquí cerca, en el norte de Chiapas.”

Lucía una barbita de chivo muy fina, de un gris casi blanco. Su poco pelo tenía ese mismo tono entre gris y blanco y a mí se me ocurrió que la suya era una calvicie lenta y progresiva. Hay calvicies más nobles.

“También tenemos anillos,” me susurró la chica joven y flaca que hacía de vendedora.

“Pues allí, en las montañas de Simojovel, la tierra es muy roja,” dijo el italiano, aún ocupado con el papel de lija, “y entonces se tiñe de rojo la superficie del ámbar.”

La chica estaba sacando del exhibidor unos grandes anillos de ámbar y plata.

“Pero sólo la superficie, eh.”

“Todos éstos tienen descuento. Diez por ciento.”

“Si ese ámbar rojo se lija lo suficiente, así, bien suavecito, en el fondo es siempre color amarillo.”

Me entregó el trozo de ámbar. Era mucho más ligero de lo que había imaginado.

“Es muy ligero.”

“Debe ser ligero, y no frío,” dijo. “No es una piedra.”

“También hay collares,” susurró la chica con una mezcla de pena y compromiso.

“Fíjate tú,” dijo el italiano recibiendo el trozo de vuelta y sosteniéndolo en alto como si fuese evidencia. “Veinticinco millones de años metido entre la tierra roja y sólo se logra teñir la superficie un poquito.”

“Necio el ámbar,” opiné.

“Más que necio. Terco. Testarudo. Como Mussolini.”

Quizás hice un gesto de confusión o de intriga porque el viejo rápido levantó una mano abierta, deteniéndome.

“Yo era entonces un niño, viviendo con mis padres y hermanos en la campiña afuera de Milán, pero recuerdo muy bien cuando Mussolini anunció lo de las cabras.”

“Hay aretes.”

“Que las cabras, anunció, no eran apropiadas para un país fascista, y que había que matarlas.”

Ella colocaba aretes en fila sobre el vidrio del exhibidor.

“Mussolini ordenó matar a todas las cabras de Italia.”

Continuaba enfilando aretes.

“Yo no entendía nada, claro, era un niño, pero igual ayudé en casa a sacrificar nuestras cabras.”

“También hay bonitas pulseras.”

Acaso sin darse cuenta, el viejo italiano estaba sobando con sus pulgares el trozo de ámbar, fuerte, como si fuera un amuleto rojo.

“Mussolini eliminó a dos tercios de las cabras de mi país.”

Siguió un silencio.

La chica aprovechó ese silencio y me entregó una frágil y hermosa pulsera de abalorios de ámbar amarillo y ámbar rojo que en realidad no era rojo y yo percibí la ligereza de esa pulsera en mis manos y supe de inmediato, pero lo supe de una manera primitiva, de una manera casi prehistórica, que estaba obligado a comprarla.

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Publicado el 08/07/09 a las 12:00 am

Mal fario

“¿Dónde vas, bella judía?”

Lo interrumpió un muchacho de piel muy oscura y brillante que llegó cargando una tetera de bronce y tacitas de bronce y colocó todo sobre la mesa baja y redonda y nos dijo que era una especie de té negro con especias y miel.

“Té etíope,” dijo luego, sonriendo como si fuese una broma, y se marchó.

Yo me acerqué a la mesa. Llené las tacitas. De inmediato todo se perfumó de clavo y naranja y pétalos de rosa.

“¿Cómo iba, entonces?” le pregunté.

Él se peinó el fleco rubio con los dedos, alzó un poco la mirada como buscando las palabras escritas en el aire o en el techo, y volvió a cantar:

“¿Dónde vas bella judía, tan descompuesta y a deshora?”

Hizo una breve pausa entre pregunta y respuesta, tomó aliento y cantó:

“Voy en busca de Rebeco, que espera en la sinagoga.”

Se rió, quizás elegante, quizás apenado por su voz.

“Es de la Petenera, un antiguo cante flamenco, muy pausado y emotivo, que muchos sostienen vincula la música flamenca con el judaísmo.”

Bebió de su té.

“Cantarlo, decía mi padre, tiene mal fario.”

“¿Qué es eso?” le pregunté.

“Mala suerte.”

Volvió a reírse.

“Yo crecí en Jaén,” dijo, “escuchando a mi padre entonar saetas y coplas y el cante jondo de los andaluces, y no tengo la menor duda de la influencia que tuvo en éstos la música judía, los cantos judíos, el hermoso y poderoso Kol Nídrei, por ejemplo.”

“¿Tu padre canta flamenco?”

“Cantaba.”

Bebí un sorbo dulce y aromático.

“Ya murió.”

Bebí otro sorbo.

“Durante años, después de su muerte, yo no lograba escuchar un cante flamenco sin ponerme a llorar.”

Ya no tenía más té y sólo me quedé sosteniendo con ambas manos la tacita de bronce. Pronto llegó el muchacho negro. Colocó sobre la mesa una bandeja grande, circular, hecha de mimbre o quizás de hojas secas de palma, y se retiró. Había allí cinco o seis montículos de distinta comida etíope, todos los montículos muy coloridos y todos sobre pedazos de un pan plano, redondo y denso, con un suave aroma fermentado.

“Probamos,” me dijo o quizás me preguntó.

Sonreía entre gris y celeste.

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Publicado el 01/07/09 a las 12:00 am

El enemigo del pobre

Estiró la delgada lámina amarilla y manteniéndola recta y horizontal se acercó para leer la medida y me dijo que a un buen cliente no había que matarlo.

“Así es la cuestión, usted.”

Soltó la lámina y ésta de inmediato hizo un crujido y se enroscó entera.

“Hay que saber mantener vivo a un cliente.”

Sacó de su bolsillo medio lápiz y apuntó la medida en una página ya manchada de su libreta. El lápiz, entre sus gordos y engrasados dedos de herrero, me pareció aun más frágil, aun menos lápiz.

“Hay que saber tratar bien a un cliente para mantenerlo vivo, o sea, para mantenerlo contento y satisfecho con el trabajo de uno.”

Colocó la punta de la lámina amarilla en el suelo y la estiró hacia arriba. Todo él se estiró hacia arriba. Noté que en su cintura, sobre el traje azul marino, tenía prensado un gran cincho de cuero café, como de fisiculturista. Anotó la medida vertical.

“Le pongo las bisagras de este lado.”

No dije nada.

“Y el cerrojo de éste.”

No entendía si me estaba preguntando o explicando.

“Pues hay que tratar a un cliente con respeto, le digo. Y por eso me ha ido tan bien con todo esto,” dijo señalando con la quijada la puerta de metal aún imaginaria. “Gracias a Dios.”

Guardó la cinta métrica en el bolsillo de su traje azul marino.

“Pero no crea, usted. Por irme tan bien he tenido mis problemas.”

Se reclinó un poco sobre la libreta y se puso a garabatear algo.

“Allá en la colonia donde vivo y donde tengo mi taller,” dijo sin verme, “los muchachos rápido se dieron cuenta de que me estaba yendo bien, de que empezaba a ganarme mis centavitos.”

Seguía garabateando.

“Y trataron de extorsionarme.”

Alzó la libreta. Me mostró unos números casi incomprensibles.

“A esto le sale, ve.”

Se restregó las manos en los costados de su traje.

“Imagínese, uno sudando y trabajando duro para que los muchachos le hagan eso,” me dijo mientras guardaba lápiz y libreta y adoptaba un semblante más comprensivo. “Pero así es la cuestión, ¿verdad, usted? El enemigo del pobre es el más pobre.”

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Publicado el 24/06/09 a las 12:00 am

Una estatua de sal

Se quitó el saco y lo dejó sobre otra silla y con el pecho todo inflado y plano, y asegurándose de que los vaqueros también lo escucharan, me mostró su camiseta blanca mientras leía en inglés lo que allí, en letritas negras, llevaba escrito.

“I Don’t Even Think Straight.”

Sin dejar de reírse, levantó la mano para llamar a la joven camarera, quien de inmediato llegó cargando una jarrilla de café caliente, y llenó nuestras tazas.

“Qué sabroso.”

En la mesa vecina, los cuatro hombres nos observaban serios, fumando circunspectos o quizás enojados en sus sombreros y botas de cuero y en sus camisas de franela gastada.

“También yo de niño quería ser pianista,” dijo mientras le echaba un chorrito de crema a su café. “Mi madre me lo prohibió.”

Se quedó callado y revolviendo su café excesivamente con una cucharita.

“¿Y por qué te lo prohibió?”

Regresó la camarera. Sobre la mesa colocó dos platos con huevos estrellados y tocino frito y una canasta con dos bollos de pan. Le agradecimos y ella se marchó.

“Niño de mano partida,” dijo.

Tenía la mano derecha elevada, los dedos hacia abajo.

“Así.”

Sonriendo, se volteó y pareció también mostrarles el gesto a los cuatro hombres de la mesa vecina.

“Mi madre era una tremenda homofóbica, pero tan tremenda como estos hombres marlboro,” dijo un poco recio, “y entonces simplemente me prohibió estudiar piano.”

Tomó un bollo de la canasta y lo partió a la mitad y se puso a remojar una punta entre la yema líquida.

“Una estatua de sal, mi madre.”

Los hombres habían perdido interés. Fumaban y murmuraban entre ellos.

“Una mujer vanidosa, bella, adúltera, conversa, beata pútrida, inmaculada, violenta.”

Espesas gotas amarillas caían desde su trozo de pan.

“¿Ya dije bella?”

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