Autobiografía (falsa e incompleta) V
5.
Entonces se inició un extraño ritual. Por decreto de las autoridades municipales, la universidad de Ghana se dividió en dos zonas. Cada noche, a las ocho, la electricidad se apagaba en un lado, mientras se prendía en el otro. Los alumnos se quejaron y hasta se habló de organizar una protesta pero, comparando nuestra situación con la del resto del país, era claro que renegar era de mal gusto. Ciertos barrios de Accra vivían sin electricidad varios días durante cada semana, otros no tenían agua y, por supuesto, miles de residentes de las zonas más periféricas jamás habían contado con lujos de ese tipo. Algunos de estos barrios pobres quedaban al lado de la universidad, y los niños lugareños llegaban al campus, todos los días, buscando trabajo. Se juntaban delante de los dormitorios y, desde sus terrazas, los estudiantes les tiraban plata, mandándoles a cumplir una u otra tarea. Con unas monedas sueltas era posible contratar un niño para lavarte la ropa, o traerte el almuerzo, o hacer cola para sacar copias en la única fotocopiadora de la universidad. (En realidad eran dos pero, con los cortes eléctricos, sólo funcionaba una máquina a la vez). Todos estos chicos, que podrían ser varios delante de cada edificio, respondían a un solo nombre: “Anywork boy”. La traducción literal –niño de cualquier trabajo– no logra captar lo chocante que me sonaba ese apodo antes de que me acostumbrara a escucharlo. Chibolo multi-chamba, quizá se diría, en peruano. O niño-obrero, en un español más clásico. No lo sé.
La línea que separaba las dos zonas universitarias era muy confusa, siempre estaba bajo negociación. Algunos juraban que iba cambiando día a día, y algunos edificios parecían haberse perdido entre las zonas y se quedaban sin electricidad por varios días antes de que las autoridades reaccionaran a las quejas. Los chicos de teatro, por ejemplo, se quedaron varias veces en un salón oscuro, hasta que optaron por hacer todos sus ensayos al aire libre: depender de la electricidad parecía un capricho. Salvo en algunos casos, la verdad es que era una universidad rústica, en todo sentido, donde apenas se dependía de la electricidad. No había un gran centro de computación, o laboratorios científicos de alta tecnología, o aire acondicionado en las aulas. Si necesitabas hacer un trámite en las oficinas administrativas de la universidad, lo primero que la secretaria hacía era buscar tu nombre y apellido en un inmenso cuaderno de tapa dura, lleno de datos estudiantiles escritos a mano. De día la universidad funcionaba casi igual con o sin electricidad. Quizá el ventilador del salón de clase ya no daba sus habituales vueltas lacónicas pero, al margen de eso, en lo académico, poco cambió.
Pero donde sí se hizo notoria la falta de electricidad fue en un par de dormitorios estudiantiles llamados –con una decepcionante falta de imaginación– Legon A y Legon B. Esos mellizos se alternaban la electricidad, un hecho que sólo aumentó cierta rivalidad histórica que ya tenían. Era medio en serio, medio en broma, pero nadie me explicó el por qué de la rivalidad. En todo caso, a los extranjeros como yo se les perdonaba la ignorancia. Cada noche, uno de los edificios caía en oscuridad y el otro renacía. Uno celebraba la llegada de la electricidad con gritos estruendosos, mientras, desde los balcones del otro, los residentes lamentaban su mala suerte.
Antonio y yo vivíamos en el A, una estructura netamente funcional, sin adorno alguno, sobrepoblada y venida a menos, con paredes carcomidas por la humedad tropical. Nuestra habitación estaba en un sexto piso (sin ascensor) con vista hacia el descampado que separaba los dos edificios. El calor era apabullante día y noche y, como muchos estudiantes, aprovechábamos de nuestro pequeño balcón, pasando largas horas ahí, esperando que llegue el viento. Teníamos varios ventiladores que nunca apagábamos, y la puerta quedaba abierta todo el tiempo.
Siempre había cierta tensión en el A minutos antes de las ocho: entusiasmo si nos llegaba la electricidad; inquietud o, incluso, desesperación si es que nos tocaba el apagón. Eran noches memorables: nosotros, los residentes de Legon A, corríamos de aquí para allá, terminando cualquier tarea doméstica que requería luz, preparando las velas, buscando baterías para las linternas. Todas las lámparas del edificio se encendían, cada ventilador se prendía, y el edificio entero brillaba con luz y energía artificial. Veías chicos apurándose en terminar la materia, o planchando con prisa sus camisas para el día siguiente. Escuchabas el zumbido de una afeitadora corriendo a todo dar. Un vecino nuestro, Kwame, siempre tocaba su guitarra eléctrica en los instantes antes del apagón, canciones tristes, lentas, de melodías melancólicas, un lamento anticipado. La gente iba tarareando su canción, como despidiéndose de la electricidad. Kwame no era el único, claro. En cada habitación, los estudiantes prendían sus radios o cualquier aparato eléctrico capaz de hacer ruido, todo al enchufe y el volumen a full, ¡luz! ¡bulla!, como si necesitáramos esa sinfonía caótica para soportar el silencio y la oscuridad que pronto llegaría.
Prefería las noches que perdíamos la luz. No es que me gustara estar sin electricidad, al contrario. Lo que quiero decir es que me gustaba el espectáculo del cambio eléctrico, algo que se apreciaba más en las noches que nos tocaba el apagón. Para mí, lo más importante de esas noches de apagón era estar en balcón unos minutos antes de la hora. Detrás de mí, Legon A se apuraba, se agitaba, y yo ignoraba todo eso, manteniendo los ojos fijos sobre el descampado, una pampa llena de insectos y animales, que nadie cruzaba, abandonada hasta por los heroicos trabajadores de mantenimiento universitario. Me gustaba mirar esta cancha, esta tierra de nadie, y más allá el Legon B aún oscuro, chequeando mi reloj. El cambio eléctrico era lo único puntual que vi en seis meses en Ghana. A las ocho de la noche, exactitud, todo se detenía para nosotros. Instantes después, el edificio B se iluminaba enterito, decenas de radios enchufadas de pronto se prendían, se encendía todas las luces en las habitaciones y en las escaleras. Mientras nuestro edificio se hundía en un silencio triste, al frente se escuchaba una polifonía de voces alegres, de gritos y cánticos, la fiesta interrumpida de hace dos noches, de pronto cobrando vida otra vez.
Es imposible explicarlo, pero la sensación de mis compañeros de Legon A era de derrota, así de simple. Ganaríamos mañana, por supuesto, y lo sabíamos, pero por el momento, uno sentía la cólera de perder, y algo más raro, un sentido de culpa. La gente se ponía de mal humor. A lo lejos se escuchaba la música, se veían las luces, y entonces nos poníamos a gritar:
Legon B! Eat me!
(Legon B! Có-me-me!).
Mañana nos tocará la luz, decía la gente. Se concretaban planes para el día siguiente, cómo íbamos a pasarla, aprovechando la electricidad. Cada noche, la gente de Legon A odiaba a la de Legon B. Por unos minutos, claro, no más, pero los odiábamos. Como era de esperar, la noche siguiente ellos nos odiarían a nosotros.


