Publicado el 16/12/08 a las 4:19 pm

Autobiografía (falsa e incompleta) V

5.

Entonces se inició un extraño ritual. Por decreto de las autoridades municipales, la universidad de Ghana se dividió en dos zonas. Cada noche, a las ocho, la electricidad se apagaba en un lado, mientras se prendía en el otro. Los alumnos se quejaron y hasta se habló de organizar una protesta pero, comparando nuestra situación con la del resto del país,  era claro que renegar era de mal gusto. Ciertos barrios de Accra vivían sin electricidad varios días durante cada semana, otros no tenían agua y, por supuesto, miles de residentes de las zonas más periféricas jamás habían contado con lujos de ese tipo. Algunos de estos barrios pobres quedaban al lado de la universidad, y los niños lugareños llegaban al campus, todos los días, buscando trabajo. Se juntaban delante de los dormitorios y, desde sus terrazas, los estudiantes les tiraban plata, mandándoles a cumplir una u otra tarea. Con unas monedas sueltas era posible contratar un niño para lavarte la ropa, o traerte el almuerzo, o hacer cola para sacar copias en la única fotocopiadora de la universidad. (En realidad eran dos pero, con los cortes eléctricos, sólo funcionaba una máquina a la vez). Todos estos chicos, que podrían ser varios delante de cada edificio, respondían a un solo nombre: “Anywork boy”. La traducción literal –niño de cualquier trabajo– no logra captar lo chocante que me sonaba ese apodo antes de que me acostumbrara a escucharlo. Chibolo multi-chamba, quizá se diría, en peruano. O niño-obrero, en un español más clásico. No lo sé.

La línea que separaba las dos zonas universitarias era muy confusa, siempre estaba bajo negociación. Algunos juraban que iba cambiando día a día, y algunos edificios parecían haberse perdido entre las zonas y se quedaban sin electricidad por varios días antes de que las autoridades reaccionaran a las quejas. Los chicos de teatro, por ejemplo, se quedaron varias veces en un salón oscuro, hasta que optaron por hacer todos sus ensayos al aire libre: depender de la electricidad parecía un capricho. Salvo en algunos casos, la verdad es que era una universidad rústica, en todo sentido, donde apenas se dependía de la electricidad. No había un gran centro de computación, o laboratorios científicos de alta tecnología, o aire acondicionado en las aulas. Si necesitabas hacer un trámite en las oficinas administrativas de la universidad, lo primero que la secretaria hacía era buscar tu nombre y apellido en un inmenso cuaderno de tapa dura, lleno de datos estudiantiles escritos a mano. De día la universidad funcionaba casi igual con o sin electricidad. Quizá el ventilador del salón de clase ya no daba sus habituales vueltas lacónicas pero, al margen de eso, en lo académico, poco cambió.

Pero donde sí se hizo notoria la falta de electricidad fue en un par de dormitorios estudiantiles llamados –con una decepcionante falta de imaginación– Legon A y Legon B. Esos mellizos se alternaban la electricidad, un hecho que sólo aumentó cierta rivalidad histórica que ya tenían. Era medio en serio, medio en broma, pero nadie me explicó el por qué de la rivalidad. En todo caso, a los extranjeros como yo se les perdonaba la ignorancia. Cada noche, uno de los edificios caía en oscuridad y el otro renacía.  Uno celebraba la llegada de la electricidad con gritos estruendosos, mientras, desde los balcones del otro, los residentes lamentaban su mala suerte.

Antonio y yo vivíamos en el A, una estructura netamente funcional, sin adorno alguno, sobrepoblada y venida a menos, con paredes carcomidas por la humedad tropical. Nuestra habitación estaba en un sexto piso (sin ascensor) con vista hacia el descampado que separaba los dos edificios. El calor era apabullante día y noche y, como muchos estudiantes, aprovechábamos de nuestro pequeño balcón, pasando largas horas ahí, esperando que llegue el viento. Teníamos varios ventiladores que nunca apagábamos, y la puerta quedaba abierta todo el tiempo.

Siempre había cierta tensión en el A minutos antes de las ocho: entusiasmo si nos llegaba la electricidad; inquietud o, incluso, desesperación si es que nos tocaba el apagón. Eran noches memorables: nosotros, los residentes de Legon A, corríamos de aquí para allá, terminando cualquier tarea doméstica que requería luz, preparando las velas, buscando baterías para las linternas. Todas las lámparas del edificio se encendían, cada ventilador se prendía, y el edificio entero brillaba con luz y energía artificial. Veías chicos apurándose en terminar la materia, o planchando con prisa sus camisas para el día siguiente. Escuchabas el zumbido de una afeitadora corriendo a todo dar. Un vecino nuestro, Kwame, siempre tocaba su guitarra eléctrica en los instantes antes del apagón, canciones tristes, lentas, de melodías melancólicas, un lamento anticipado. La gente iba tarareando su canción, como despidiéndose de la electricidad. Kwame no era el único, claro. En cada habitación, los estudiantes prendían sus radios o cualquier aparato eléctrico capaz de hacer ruido, todo al enchufe y el volumen a full, ¡luz! ¡bulla!, como si necesitáramos esa sinfonía caótica para soportar el silencio y la oscuridad que pronto llegaría. 

Prefería las noches que perdíamos la luz. No es que me gustara estar sin electricidad, al contrario. Lo que quiero decir es que me gustaba el espectáculo del cambio eléctrico, algo que se apreciaba más en las noches que nos tocaba el apagón. Para mí, lo más importante de esas noches de apagón era estar en balcón unos minutos antes de la hora. Detrás de mí, Legon A se apuraba, se agitaba, y yo ignoraba todo eso, manteniendo los ojos fijos sobre el descampado, una pampa llena de insectos y animales, que nadie cruzaba, abandonada hasta por los heroicos trabajadores de mantenimiento universitario.  Me gustaba mirar esta cancha, esta tierra de nadie, y más allá el Legon B aún oscuro, chequeando mi reloj. El cambio eléctrico era lo único puntual que vi en seis meses en Ghana. A las ocho de la noche, exactitud, todo se detenía para nosotros. Instantes después, el edificio B se iluminaba enterito, decenas de radios enchufadas de pronto se prendían, se encendía todas las luces en las habitaciones y en las escaleras. Mientras nuestro edificio se hundía en un silencio triste, al frente se escuchaba una polifonía de voces alegres, de gritos y cánticos, la fiesta interrumpida de hace dos noches, de pronto cobrando vida otra vez.

Es imposible explicarlo,  pero la sensación de mis compañeros de Legon A era de derrota, así de simple. Ganaríamos mañana, por supuesto, y lo sabíamos, pero por el momento, uno sentía la cólera de perder, y algo más raro, un sentido de culpa. La gente se ponía de mal humor. A lo lejos se escuchaba la música, se veían las luces, y entonces nos poníamos a gritar:

Legon B! Eat me!

(Legon B! Có-me-me!).

Mañana nos tocará la luz, decía la gente. Se concretaban planes para el día siguiente, cómo íbamos a pasarla, aprovechando la electricidad. Cada noche, la gente de Legon A odiaba a la de Legon B. Por unos minutos, claro, no más, pero los odiábamos. Como era de esperar,  la noche siguiente ellos nos odiarían a nosotros. 

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Publicado el 09/12/08 a las 1:36 pm

Autobiografía (falsa e incompleta) IV

4.

Entonces me fui a Ghana a estudiar. Fue mi amigo Antonio quien me lo propuso, y de inmediato me gustó la idea. No sabía mucho sobre ese país, y jamás había contemplado viajar al África, pero cualquier excusa para escaparme de un invierno neoyorquino era convincente. Hice algunos cálculos: pagando la matricula de Ghana, ahorrándome el gasto de la universidad en Nueva York y alquilando la habitación donde vivía, más la plata que tenía guardada… me sobraba dinero. O, por lo menos, me bastaba. Les avisé a mis padres que dejaría mis estudios, y por supuesto que no les pareció buena idea. Pasamos largas semanas conversando sobre el tema, dándole vueltas al asunto. Inventé varios motivos intelectuales y académicos justificando un semestre en Ghana, pero mis motivos eran otros, o no existían, y creo que todo era muy transparente. No lograba convencerlos. Discutimos mucho, hasta el absurdo, pero todo terminó una noche de diciembre cuando mi padre argumentó que, para aprender sobre un país como Ghana, era mejor ir a Inglaterra, el poder colonial, y meterme en las bibliotecas y los archivos de Londres. Es decir, leer sobre África. Escuché su voz por el teléfono y supe que él mismo no creía lo que me estaba diciendo. Me vi sobreviviendo a duras penas a un invierno inglés, caminando bajo la fina garúa de Londres, por sus puentes lúgubres sobre el Thames, enflaqueciendo aún más por su comida apenas soportable. Londres podría ser una de las pocas ciudades más tristes que Nueva York.

Lanzé una pregunta.

­–Entonces –le dije a mi padre–, ¿para conocer el Perú uno debe ir a Madrid?

No recuerdo bien lo que me respondió.

La Universidad de Ghana queda en las afueras de la capital, Accra, en un distrito llamado Legon. No se le podría llamar una ciudad universitaria, ni un pueblo universitario. Una hacienda universitaria, quizá. Tampoco era eso exactamente, más bien era unos veinte edificios coloniales de paredes blancas y techos rojizos, esparcidos dentro de un bosque tenaz. Todo quedaba lejos, o por lo menos así lo recuerdo. Caminaba media hora para llegar a mis clases. Los obreros de mantenimiento madrugaban cada mañana, y con machetazos violentos recuperaban el terreno que el bosque y la malahierba había ganado el día anterior. Eran nuestra salvación; dependíamos de los esfuerzos de estos hombres. Uno tenía la sensación de que bastaría sólo una semana, o un mes, a lo mucho, para que la universidad desaparezca completamente dentro del verdor tropical. Los veía cada mediodía, descansando bajo la sombra de un árbol inmenso, como soldados agotados, sobrevivientes de una batalla sanguinaria e inacabable.

A diferencia de los gringos –especialistas en no tomarse nada muy en serio–, los estudiantes africanos eran muy formales. Para el asombro de los gringos, muchos de los africanos entraban al salón de clase vestidos en terno, saco y corbata, secándose el sudor de la cara con pañuelos de un blanco impecable. Abrían el maletín, y luego anotaban todo lo que el profesor escribía en la pizarra, demasiado respetuosos para interrumpir la presentación con una pregunta o pidiendo una aclaración. El calor era espeso y no perdonaba. Cada salón tenía un par de ventiladores lerdos que no ayudaban mucho. A veces uno cabeceaba sin querer, y yo no podía imaginar soportar el clima vestido en terno oscuro. Era, supuestamente, la época de lluvias, y cada día el cielo nublado amenazaba, pero no llovía. Mis compañeros africanos me aseguraban todo sería mejor cuando comenzaran las lluvias, pero ya era tarde en la temporada y estaban claramente preocupados. Los veía mirando al cielo mientras caminaban, o juntos en un grupo, analizando el color prometedor de una u otra nube. Corría el rumor que los campos de cultivos del norte no aguantarían una semana más sin lluvia, que toda la cosecha se echaría a perder. Los pobladores de la zona estaban desesperados y pedían que los ciudadanos del país se reunieran a rezarle a sus respectivos dioses pidiendo auxilio, una tarea a la que los estudiantes universitarios se unieron con dedicación. Es que somos un país solidario, me decían, y me invitaban a rezar con ellos.

Una mañana de marzo se anunció que el Lago Volta había bajado tanto que la represa proveedora de toda la electricidad del país ya no podía funcionar a su ritmo normal. El gobierno iniciaría el racionamiento de la electricidad en la zona urbana, incluyendo, por supuesto, la ciudad universitaria.

Ningún funcionario o decano explicó al alumnado exactamente lo que significaría esto, o cómo se pretendía repartir la electricidad que nos quedaba. El informe del periódico era muy vago y nadie entendía bien lo que vendría. ¿Cortes eléctricos en la universidad nacional? «¡Impensable! –me decían mis compañeros africanos– ¡Si la universidad es lo único que funciona en el país! Muchos de ellos habían llegado de pueblos muy alejados, muy pobres, e ingresar a la universidad representaba el cumplimiento de un sueño familiar. Era un lugar casi mítico, y se lo imaginaban como un fuerte protegido de los problemas ordinarios que arrebataban el resto del país.

Es que la universidad tenía en esa época la reputación de ser la mejor de toda la región del oeste de África –un detalle que repetí muchas veces durante las polémicas conversaciones con mis viejos–. Llegaban los alumnos más brillantes de todo Ghana, y jóvenes de los países anglófonos africanos, atraídos por la promesa de estudiar con los mejores profesores del área, muchos de ellos educados en Inglaterra. Venían desde Nigeria, Gambia, y muchos de Liberia, donde la guerra homicida de Charles Taylor había interrumpido sus estudios. Hasta había sudafricanos. También llegaban gringos –como Antonio y yo–, algunos europeos, y una media docena de japoneses. Había cursos de lo más variados: yo estudiaba dramaturgia, Islam, y la historia de la colonización en Ghana. Antonio estudiaba ritmos africanos, baile, historia política de la región y Twi, un dialecto local. Investigadores europeos llegaban a ver los archivos de la biblioteca –a leer sobre África, en África– y no pude resistir la tentación de mencionarle este detalle a mi padre en una de las primeras cartas que mandé. La Universidad de Ghana era un centro de estudios importante para toda la región, y un orgullo para todo el país.

Y de pronto, un día, no había electricidad.

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Publicado el 24/11/08 a las 10:03 am

Autobiografía (falsa e incompleta) III

3.

Un mañana de octubre de 1997 llegó a nuestras oficinas un periodista del New York Post junto a su fotógrafo. Era muy temprano y ni siquiera había tomado mi café. Entraron sin pedir permiso y de inmediato el fotógrafo se puso a tomar fotos —no sabría decir de qué–. Era un lugar sin gracia, no había nada que valdría la pena fotografiar. Yo estudiaba fotografía en esa época, y me consideraba —sin serlo— un experto en el tema.

Sin embargo, ahí estaba el hombre, clic, clic, clic. Fotos de las máquinas, de la puerta, del letrero que decía University printing Services. Todo me parecía muy raro y me puse de mal humor. La verdad es que no estaba contento en Nueva York. Tenía un examen ese día y estaba algo estresado. Me gustaba una chica, pero yo, a ella, le daba igual. El trabajo pagaba bien, pero el horario era matador y mis clases, en general, una decepción. Estaba considerando seriamente dejar los estudios, salir de la universidad por un ciclo o dos. Quizá ir de viaje, como mochilero, o a estudiar en el extranjero. Sería bonito ir al Perú, pensé, y ver a mi familia. De vez en cuando me encontraba con un gringo, algún compañero de estudios que había estado de vacaciones en mi país. Hablaban maravillas del Perú y me entristecía saber que ellos habían visto más de mi tierra natal que yo. El invierno amenazaba y la simple idea de enfrentarme a cinco meses de viento y nieve me causaba una flojera tremenda. Y ahora venían estos tipos del New York Post a joder.

Finalmente el periodista se acercó y me preguntó si conocía a un tal Enrique Pérez. Tenía cara de sospechoso y preguntón y, por lo tanto, no dudé: le dije que no. No se rindió, soltó otros tres o cuatro nombres más, pero tampoco me sonaban. Luego me miró dubitativo.

—¿Cuánto tiempo tiene usted trabajando aquí?

—Dos años —dije.

Era la verdad.

Metí la cabeza en un libro para que deje de fastidiar. Él pidió hablar con mi jefe. Riccarelli, ni bien vio al periodista y a su fotógrafo, los echó de la tienda. Así, con ese mismo tonito de amenaza apenas escondida que usó con la mujer venezolana aquella vez. Cuando le pregunté de qué se trataba, se hizo el loco. Me explicó que se venía un escándalo, que lo mejor sería que me prepare. «No hables con nadie», me aconsejó, sin darme más detalles. Pronto llegaron los alumnos de posgrado, como siempre, en una ola humana que nos ponía locos a todos. Era igual cada día; entre 8:50 y 9:00 de la mañana, la tienda parecía una estación de metro, o un bar repleto en una noche de fin de semana. La gente se acercaba a caja para pagar, sin hacer cola, todos empujando, todos con prisa, los futuros dueños del Tercer Mundo demostrando sus raíces proletarias.

Las clases comenzaban a las 9:00 en punto, y todos lo sabíamos. Si alguien cometía el error de anunciar que estaba apurado, pues, ¡qué pena! Los obligábamos a esperar, así de simple. Eso lo había aprendido de Enrique, quien disfrutaba de atrasar a los estudiantes, gente que consideraba arrogante y despreciable. Guardaba rencor especial contra los latinoamericanos, con sus acentos de telenovela, muy diferentes al español de un puertorriqueño del Bronx. Cuando él hablaba español, por lo general nadie le entendía. Hacía un esfuerzo especial con las mujeres, eso sí: en su imaginación, Enrique seguía siendo el galán latino de su juventud, perdonando a cualquier mujer bonita, sin darle importancia alguna a su acento o a su país de origen.

Para las 9:15 ya había pasado todo, sólo que el periodista y su compinche no se habían ido. Seguían afuera, justo en la puerta, intentando entrevistar a los alumnos que salían corriendo, atrasados, hacia sus clases.

Riccarelli sacudió la cabeza. No había nada que hacer. Silbó. «Oye, tú, ¡ven!», gritó, y el periodista, algo cauteloso, entró.

—Mira —dijo Riccarelli—. Lo que ha sucedido es serio. A Enrique no lo hemos visto ni lo vamos a ver. Es un buen tipo. Nadie sabía nada, ¿me entiendes? Ahora, lárgate.

El periodista intento indagar más, pero Riccarelli lo cortó. Se acabó la entrevista.

Era un lunes y en realidad no era tan rara la ausencia de Enrique. Luego de un fin de semana de juerga, hasta podía volver al mediodía del martes. Los lunes, por lo general, yo iba a recoger papel de la otra oficina, pero ese día estaba cerrada. Lincoln se pasó el día entero especulando sobre el lío en el que pudiera estar metido el sinvergüenza de Enrique.

Al día siguiente estalló la noticia. Claro, Riccarelli ya lo sabía. Resulta que algunos empleados de la otra oficina, con la ayuda y la experiencia de Enrique, habían usado sus máquinas de lujo para fotocopiar billetes de veinte dólares. Eran unos cinco involucrados y, aparentemente, uno de ellos —no Enrique, un hombre que sabía muy bien como vivir al margen de la ley— usaba los billetes falsos en el mismo bar cada fin de semana. Qué imbécil. El bar había llamado a la Policía y una larga investigación los llevó a mi universidad, a mi trabajo. El periodista estaba medio despistado: los otros cuatro del grupo trabajaban en la otra oficina. Los nombres que mencionó eran de empleados de la otra oficina. Fue todo un escándalo; salió en todos lo periódicos. Enrique ya se había fugado. Lo encontraron cinco meses después en Florida, viviendo en el sótano de la casa de su hijo. Estuvo preso dos años.

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Publicado el 14/10/08 a las 5:39 pm

Autobiografía (falsa e incompleta) II

2.

En mi segundo año universitario, en Nueva York, conseguí un trabajo en una tienda de fotocopias en el departamento de Estudios Internacionales. Me quedé ahí tres años, y calculo que quemé más de mil quinientas horas de mi vida en ese triste lugar, bajo unas luces fluorescentes que pintaban todo con una palidez desagradable. Era el trabajo perfecto para un alumno: me pagaban bien, era muy fácil y, más allá de mi sueldo, ahorraba muchísimo copiando libros enteros en vez de comprarlos. A veces hasta vendía fotocopias por lo bajo, y así salía de apuros económicos, o financiaba algún fin de semana de juerga. Entiendo que estos pecados del pasado me condenaron a ser pirateado en el futuro, y confío en que seguirá siendo así. Entraba a las ocho y media de la mañana, y es de suponer que llegaba medio dormido a las clases. Por obvia necesidad, le encontré el gusto al café.

En la tienda de fotocopias entraba y salía gente de todo el mundo –los alumnos del posgrado en Política Internacional– y me encantaba observarlos. Venían de África, de Medio Oriente, de Asia, de Europa, y de América Latina. Los extranjeros se vestían con una elegancia notable, mientras los gringos andaban en shorts y chancletas. Uno que otro sufría de una condición fascinante: leían y escribían el inglés perfectamente, pero no hablaban ni una palabra. Quizá se inhibían, o quizá les daba vergüenza su acento. No sé. Sonreían mucho, tartamudeaban una que otra frase. En los Estados Unidos, el año académico comienza en la última semana de agosto; generalmente para la quincena de octubre ya todos hablan algo, pero en esas primeras semanas, cuando menos me lo esperaba, entraba un nuevo alumno nervioso, con su pasaporte exótico, haciendo muecas y garabateando breves instrucciones en hojas arrancadas de un cuaderno.

Con pocas excepciones, cada alumno era dueño de su país natal, o al menos lo parecía; representaba la clase educada, algún futuro gobernante del Tercer Mundo, y se comportaba tal como uno espera que se comporte la gente que piensa entrar en política. Estoy hablando de una universidad prestigiosa (y, por supuesto, muy cara) en Nueva York, entre los años 1996 y 1999. Sacando la cuenta, muchos de estos alumnos ya deben estar de vuelta en sus respectivos países, negociando tratados internacionales, dirigiendo ONGs, preparando su primera campaña al Congreso. En esa época yo era su empleado. Me tiraban la plata. Me gritaban. Si sus copias salían mal, por alguna falla mecánica o humana, lo tomaban como un insulto personal. Una vez una alumna venezolana le tiró una grapadora a mi jefe, un italiano de Brooklyn de apellido Riccarelli. Casi le dio en la cabeza al chato. Riccarelli mantuvo la calma, tranquilo nomás.

–Tome sus copias, señorita; no, no le voy a cobrar.

Hablaba muy despacio.

–Pero si entra a mi tienda otra vez, aunque sea sólo para botar su chicle en mi basurero, juro que lo pagará caro. Le aconsejaría que no se arriesgue.

Lo dijo calmado, pero con un tono de voz que apenas ocultaba el gran cariño que le tenía a la violencia. Era un señor tan amable; confieso que me sorprendió. Luego me contó: «Es algo que aprendí de chiquillo en las calles de Brooklyn».

La pobre señorita se puso pálida, y nunca regresó.

Había varios alumnos como yo y, por pasar tantas horas juntos, nos hicimos amigos. Ahisha, Yiyun, Marcel. Había una chica de pelo amarillo cuyo nombre se me escapa, que sólo vestía jeans negros y camisetas blancas. Estudiaba teatro, obviamente. Se vestía así por conveniencia, me explicó un día. Nunca desperdiciaba energía o tiempo pensando en qué ropa vestir. Es más, el blanco era algo nuevo, un color recién incorporado a su vestuario. Hasta hace poco su clóset era exclusivamente negro. Le pregunté un día si se sentía a gusto con el blanco, si quizá un día, si le iba bien, ampliaría su visión –¿una camisa azul, una bufanda verde?–.

–No es muy probable –me dijo.

Aparte de los alumnos y de Riccarelli, había dos empleados a tiempo completo: Enrique y Lincoln. El nombre completo de Lincoln incluía tres apellidos de presidente: Lincoln Kennedy Washington. Sus padres eran estudiosos de la historia americana, un campo que no parecía interesarle demasiado. En verdad, Lincoln era un tipo bastante frívolo, y hundirse en preocupaciones vacías era su forma de protestar contra el peso histórico de su nombre. El pobre estaba siempre a punto de casarse, siempre enamorado de una u otra mujer, siempre pensando que sí, ésta era su reina, y me contaba todos los detalles sórdidos de su relación como quien relata el trama de una película que uno ve mientras dormita en un avión. En los tres años que trabajé ahí le propuso el matrimonio a tres mujeres diferentes, pero siempre rompía con ellas poco después. Nunca llegó a casarse, y aunque era él quien terminaba con ellas, siempre las culpaba por haberle dicho que sí.

Enrique había sido una estrella de béisbol en Puerto Rico antes de meterse en droga –un error que lamentaba cada día–. Como para revindicar esa mala apuesta, el man seguía dedicado a la droga, esperando que por fin su vicio le recompensara los años y las esperanzas que le había confiado. Por lo tanto, Enrique se metía coca con el apetito feroz de un adicto mucho más joven e inexperto. Llegaba a la tienda volado y se echaba a dormir a mitad de la tarde. Complementaba su salario vendiendo coca a algunos trabajadores universitarios y de vez en cuando tomando apuestas sobre partidos de los Yankees o los Mets, los dos equipos de béisbol neoyorquinos. Además, se las ingeniaba para trabajar horas extras, atrasando trabajos para hacerlos «afterhours», cuando cobraba un sueldo mayor. Cerraba la puerta, subía el volumen de la radio, y acababa la jornada de trabajo a solas en la oficina, acompañado de las máquinas y unas cervezas. Tenía todo tipo de jugadas para sacarle provecho al negocio.

Enrique y Lincoln no se hablaban. En verdad, se odiaban. Ricciarelli, por su parte, me confesó que le hubiera gustado despedir a los dos.

Yo hacía lo posible para mantenerme neutro.

La tienda de fotocopias pertenecía a la universidad; era parte de un servicio de imprenta que tenía dos oficinas. La nuestra era la sucursal, la más pequeña, y por eso nuestras máquinas eran de segunda. Enrique había trabajado antes en la oficina principal, que quedaba en el sótano del departamento de Periodismo, al otro lado del campus. Ahí las máquinas eran de última tecnología y las veíamos como si fueran de la NASA.

A veces Riccarelli me mandaba a hacer un delivery, recoger unas cajas de hojas bond, algún repuesto para nuestras máquinas, o lo que sea. Los empleados de la oficina central me atendían sin cariño, y más de una vez me tocó esperar media hora en ese sótano, sentado en una silla incómoda, respirando un aire sazonado de tinta y químicos, soportando una bulla admirable, la música industrial de la imprenta. Los empleados de la oficina central eran profesionales, no alumnos, y corrían entre las máquinas con agilidad y destreza. Si estaban de buen humor, me mostraban con orgullo sus máquinas, como quien te enseña el interior de un automóvil lujoso. Esas fotocopiadoras de la oficina principal tenían miles de botones, pantallas iluminadas y un manual de uso del tamaño de una guía telefónica. Cuando cumplía mi recado, se despedían, mandando saludos a Enrique y, entre risas, felicidades para Lincoln, el novio. Nadie se preocupó por enterarse de mi nombre. Tampoco aprendí los suyos.

 

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Publicado el 01/10/08 a las 3:41 pm

Autobiografía (falsa e incompleta) I

1.

Nos fuimos del Perú dos veces. La primera vez fue a fines de los 60, cuando mis viejos pasaron una temporada en USA, en una ciudad llamada Baltimore. Yo no había nacido, claro, quienes realmente se fueron del Perú fueron ellos. Mis viejos regresaron a Lima con dos hijas, mis hermanas, y creo que nunca pensaron volver a los Estados Unidos. Yo nací en 1977. En esa época, un compañero de estudios de mis padres se fue a trabajar a una universidad de Alabama. Los invitó. ¿Alabama? Mis padres buscaron un mapa, lo conversaron, pensaron durante años antes de aceptar.

Salimos rumbo a USA, por segunda vez, el año 1980, primero mi padre y mis hermanas, y luego mamá y yo. Ellos nunca se imaginaron que se quedarían en Alabama. Uno nunca se suele imaginar lo que le espera. Es mejor así.

Alabama, al sur de los Estados Unidos, tiene su lugar en la historia por el conflicto entre los negros y los blancos, por el sistema de apartheid que existía hasta los 60. Martin Luther King, Sixteenth Street Baptist Church, Bull Connor, The Montgomery Bus Boycott, etcétera. Cuando llegamos, Alabama era un lugar bastante provinciano (en algunos sentidos, todavía lo es), con esas heridas bien frescas, un racismo que se respiraba a fondo, y muy pocos inmigrantes. Todos los blancos de Birmingham se habían mudado a los suburbios, y todo estaba divido: o eras negro o eras blanco. No existía otra opción. Los pocos inmigrantes vivían en medio de un cálculo racial que funcionaba, más o menos, así:

Chinos = Blancos. Hindúes = Blancos. Judíos = Bueno, ya, blancos, ok. Peruanos =¿Cómo Méxicanos, verdad? Hummm, blancos, por ahora. Negros = Negros, carajo.

Vivimos en un suburbio muy tranquilo, rodeado de árboles y parques y white people que trabajaba en mecánica, o eran ex-militares, o administradores en algún negocio, y ninguno tenía idea dónde quedaba el Perú. ¿África? Qué raro, you don’t look like a nigger… (una vez me dijo eso un compañero del equipo de fútbol del barrio). Pero mi viejo, si bien tiene piel morena, decidió nunca darse por enterado si la gente lo trataba mal. Mi madre, de latina no tiene nada –sólo el acento–, y más parece alemana o checa con ojos azules, y yo me parezco a ella, en sepia.

Por lo general, nos trataban bien. Aprendí a ser blanco: toda la vida, cuando me miro al espejo, es lo que veo. Soy más claro que mis hermanas y, como no soy negro, bueno, ya expliqué cómo funcionaba toda esa vaina racial en Alabama. Fui a buenos colegios; colegios de pitucos, de niños ricos, familias bien con hijos fumones, y yo era uno de ellos.

Jugaba fútbol, hasta fui brevemente capitán del equipo, pero quise ser mucho mejor. Nunca fui un gran jugador. Sacaba buenas notas sin demasiado esfuerzo, leía un montón y escribí mis primeros cuentos. Malísimos. Teníamos plata, éramos, como se dice en el Perú, acomodados, pero había gente en mi colegio que era realmente rica, que chorreaba dinero. Gente con unas casas alucinantes y con entradas privadas y rejas y jardineros y cocineros. No todos, pero algunos. Nosotros no éramos así, pero tampoco nos iba mal. La casa era bonita. Un barrio tranquilo, gente nice, y no viviría ahí otra vez ni de broma. Cuando visito ese barrio me siento incómodo casi de inmediato, y no sé bien por qué. Crecí con mis viejos inculcándome la idea de que no, no somos de aquí. Somos del Perú. Eres Limeño. Eres Arequipeño. Estás de paso acá. Aunque nunca me lo dijeron directamente, yo lo entendí así. Tienes que estudiar para salir de acá. No te juntes demasiado con esos gringos, gente sin cultura, gordos, analfabetos, ni siquiera hablan bien el inglés.

Tengo que muchos recuerdos de cosas que probablemente nunca sucedieron. Por ejemplo: un día mi viejo nos escuchó hablando inglés a mí y a mis hermanas con el acento sureño. Se espantó, y de ese día en adelante, nos obligó a escuchar la radio nacional para aprender bien el accento de los gringos educados. Cuando tenía siete años ya sabía que no iba hacer mi vida en Alabama. En el colegio miraba el reloj –¿cuánto tiempo más me falta?– como cumpliendo una condena carcelaria. Sólo postulé a una universidad, en Nueva York, y no por motivos académicos, sino musicales: era fanático de jazz, del hiphop, y Nueva York es la capital de esas dos tradiciones. Punto. Lo de universidad fue una casualidad, una excusa.

Ahora hay latinos en Alabama, y en algunos sentidos todo ha cambiado.

Es parte de la historia.

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