Publicado el 20/12/09 a las 1:20 pm

Una tienda para piratas de verdad (adelanto de la edición 79)

En una calle de San Francisco hay una tienda para piratas. No es el clásico caso de un negocio destinado a la memorabilia con sello Made in China. Es una tienda que ofrece artículos de primera necesidad para piratas en actividad. El espacio parece una ventana en el tiempo. A un costado hay una pequeña sección de ropa donde uno puede escoger pañuelos negros, camisas rayadas, sombreros que parecen sacados de una escena de El Corsario Negro. Hacia el interior, hay una pared cubierta por cajones de madera en los que uno puede encontrar desde sextantes para ubicarse en plena navegación hasta arena especialmente preparada para enterrar tesoros. En un aparador cercano a la vitrina principal hay una serie de botellas con los productos más indispensables para esa vida tumultuosa que supone andar arrebatando riquezas por los mares: aceites para pata de palo, menjunjes para aliviar la fiebre de las aguas negras, sanguijuelas envasadas para tratar la gangrena de las heridas mal curadas. El detalle es que no se trata de un centro de abasto para morbosos de lo extraño, sino de una propuesta filantrópica.

La tienda funciona en el número 826 de la calle Valencia, en el Mission District de San Francisco. El lugar estaba pensado para ser un centro de apoyo a la educación de jóvenes pobres de la zona, una iniciativa impulsada por el escritor estadounidense Dave Eggers y algunos amigos suyos con sensibilidad social. También para montar las oficinas de McSweeney’s, la editorial alternativa que Eggers impulsa desde hace años. Pero cuando quisieron alquilar el espacio, el dueño les advirtió de un obstáculo: el recinto estaba calificado como local comercial y por tanto tenían que vender algo, lo que fuera. Mientras hacían la limpieza, con retiro de mayólicas y pisos de goma que dejaban al descubierto suelos y columnas de madera, alguien sugirió que parecía el interior de un barco viejo. La idea de montar una tienda para abastecer a piratas salió casi de broma. Pronto tomó la forma final.

El experimento fue un éxito. La curiosidad atrajo a jóvenes para participar en talleres de lectura y escritura y a voluntarios que querían ayudar. Así que el modelo no tardó en saltar a otras ciudades. Hasta ahora van seis sedes más, cada cual con un tema distinto. En Boston hay una tienda para aficionados a la búsqueda de Pie Grande. En Nueva York, un centro de abastecimiento para superhéroes. En el local de Seattle se pueden comprar aparejos para viajar al espacio y en Chicago uno encuentra los mejores aditamentos para ser un buen espía. La tienda de Michigan hace la vida de los robots un poco más confortable, y en Los Ángeles uno puede adquirir productos traídos de viajes en el tiempo. Las ventas de esos locales sirven para financiar más talleres educativos.

Alguien tuvo la idea de armar un catálogo con los delirantes productos que ofrece esta corporación de la creatividad. Allí se puede escoger desde un desodorante para vikingos hasta un paquete de comida para hombres de las cavernas. También es posible adquirir un frasco de imprescindibles lágrimas para robots o un aerosol que permite al superhéroe de turno moverse a la velocidad de la luz. Y en cuestión de arreglo personal, bien puede funcionar una barba postiza para piratas o unos zapatos de tap con dispositivos de espionaje ocultos en los tacos. Tengo por ahí mi lista de pedidos pendientes que debo mandar en pocos días. Lo haré con gusto y en secreto. No vaya a ser que otro me gane por puesta de mano. Hay cada loco en este mundo.

david hidalgo

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Publicado el 14/10/09 a las 10:01 am

Lima 2427

La capital de la gastronomía sudamericana también es la capital de la impuntualidad: en Lima, la gente llega tarde a todos lados, todo el tiempo, desde el Presidente cuando va a dar un discurso hasta el amigo que te citó para que le prestes algo de dinero; desde los taxistas que van a llevarte al aeropuerto hasta los bomberos que deben salvarte de un incendio; desde los impuntuales de verdad hasta los que nos asumimos muy puntuales. Descuida. Cuando crees que llegas muy tarde a una cita, recuerda que siempre hay alguien que puede tardar un poco más. Hoy llegué una hora tarde a una entrevista; pero mientras me llenaba de angustia, el entrevistado llamó por teléfono para decirme que aún tardaría media hora en llegar, porque estaba atrapado en el tráfico. Llegar tarde a causa del tránsito es una costumbre muy limeña, y disculparse por ello, una manera más limeña de iniciar el saludo. «Buenos días, perdone la tardanza». Llegan tarde los que van en autobús, los que viajan en una combi (furgonetas diminutas donde los pasajeros viajan como sardinas enlatadas) e incluso los que tratan de llegar a tiempo en su propio automóvil. Llegar tarde, en Lima, es la única manera de llegar a cualquier lugar. Si vas al centro de la ciudad, debes atravesar una vía cerrada por un tráfico denso, que gotea, entonces llegas tarde. Si sales del trabajo, por la noche, toda la ciudad está tratando de volver a casa en sus automóviles o en esos autobuses pequeños y achacosos llamados combis, y las vías parecen un mar petrificado de luces. En Lima, los vehículos se desplazan a una velocidad de quince kilómetros por hora; es decir, no más rápido que un niño de diez años en una bicicleta. Entonces llegas tarde. En cada distrito, a cualquier hora, por lo menos tres avenidas están congestionadas. Entonces llegas tarde. En Lima, por si nadie lo ha notado aún, no existen un metro, ni trenes ni un sistema de autobuses, y todos quieren comprarse un automóvil, y la ciudad llena de automóviles y sin metro es una máquina perfecta para que todos lleguen tarde: los que viajan en esas viejas furgonetas para quince pasajeros y también los que se deslizan en sus inútiles 4×4 del año. Quince kilómetros por hora. Tarde.

En esta ciudad que no avanza, una mujer decidió un día ir a pie y pegar afiches en ciertas esquinas. «La solución al transporte limeño es una realidad», predicaba Camila Bustamante, la diseñadora de esos afiches, una estudiante que solía pasar cuatro horas al día en una combi, yendo de la casa a la universidad, hasta que decidió poner fin a la tortura y se fue al extranjero. «El tren eléctrico está en marcha». El mensaje parecía una broma de mal gusto en una ciudad donde todos llegan tarde. «Tren eléctrico. Lima. 2427», decía otro afiche que lucía como un acertijo. ¿A qué se refería? En Lima hay un tren eléctrico, pero su existencia es una de esas bromas públicas de las cuales nadie quiere reírse: en veinte años, los políticos sólo han podido construir un pequeño tramo que no le ayuda a nadie a llegar al trabajo; así que cada día los vagones de ese tren circulan vacíos. Nadie los usa, salvo los maquinistas que, al fin de cuentas, tienen ese empleo. Cerca de ese teatro, un mensaje del alcalde advierte: «Las molestias pasan, las obras quedan». Créanme.

Bustamante, la diseñadora andante, hizo sumas y multiplicaciones. Si en veinte años los políticos sólo habían construido diez kilómetros de tren, la obra entera se concluiría en el siglo XXV, una época a la que ni siquiera las mejores novelas de ciencia ficción han podido acercarse con efectividad. Bustamante abrió una web para comunicar este descubrimiento (www.lima2427.pe), creó una página de Facebook, diseñó afiches, repartió planos, dio entrevistas para difundir su descubrimiento. Lima, la capital sudamericana de la gastronomía y de la impuntualidad, tendría su tren en el año 2427. Es cuando terminará las molestias. Y a partir de entonces llegaremos temprano.

MA-

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Publicado el 06/10/09 a las 9:22 am

Bye, bye, Gourmet

Vean. Esta noticia nos quita el apetito.

Sí, cierra la revista Gourmet, sesenta y ocho años después de que empezara a publicarse. Se queda sin trabajo Ruth Reichl, la autora de Lo más tierno: Memorias de una gourmet.

Ahí, por ejemplo, se publicó originalmente Consider the lobster, la crónica/debate ético sobre langosta de David Foster Wallace que dio luego título a la colección de ensayos…

Se recomienda guardar un minuto de silencio a la hora del almuerzo.

(Agradecimiento a Diego Salazar por el dato).

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Publicado el 05/10/09 a las 6:20 pm

Próxima edición: Lujo

Espérenla.

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Publicado el 10/08/09 a las 11:10 pm

La primera gran ciudad sin diarios

Podría ser Filadelfia. A principios del siglo veinte, este lugar de los Estados Unidos célebre por ser la ciudad del editor Benjamin Franklin y también la de Rocky, el boxeador, tenía unos diez periódicos diarios. Ahora sobreviven a duras penas dos. Y ambos soportan mal las deudas fruto de la crisis de ventas y de la publicidad. Todavía algunos “hombres de prensa” suelen ufanarse de una vieja frase que ensalzaba la nobleza de su oficio: “Para entender una ciudad hay que leer sus diarios”. ¿Qué tendremos que leer para entender una ciudad cuando ya no existan los diarios?

Lea la historia completa de lo que ocurre con los diarios de Filadelfia en la última edición del New York Times Magazine.

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Publicado el 26/07/09 a las 12:50 pm

El editor Viggo Mortensen

Cuando deja de ser el rey Aragorn o un sicario ruso de buen corazón, el actor Viggo Mortensen, libre de sus personajes, se concentra en diversos pasatiempos que van en contra de la frivolidad que se se supone caracteriza a los famosos. Uno de esos pasatiempos es la noble actividad de editor independiente. Su editorial, Perceval Press, produce unos doce libros al año de arte, fotografía, filosofía y política. En su catálogo se suman libros de autores hispanos, europeos, asiáticos estadounidenses. Pero esta no es una publicidad, sino un invitación a ver la delicadeza con que esa editorial trabaja cada uno de sus libros. Son cosas que sólo se pueden hacer al margen de los grandes sellos, donde cada vez hay menos tiempo para cuidar los detalles y menos interés por arriesgarse con los desconocidos. Las ventas por internet de esta editorial son su principal sistema de comercialización. Ni siquiera dependen tanto de las librerías.

Publicado el 23/07/09 a las 10:38 pm

¿Quieres leer una gran historia? Paga por ella

Bernice Yeung es una reportera que apela a tu curiosidad de lector y a tu generosidad de consumidor de historias. Ella es una de los muchos periodistas free lances (independientes, sin trabajo, sin jefes y sin horarios) que están inventándose nuevas maneras de hacer las cosas que antes sólo se podía hacer dentro de un gran medio de comunicación: un reportaje (es decir, invertir mucho tiempo y dinero). Yeung no trabaja en la CNN ni en un diario familiar sudamericano. A través de una web independiente, ella solicita a sus lectores que contribuyan con cuotas voluntarias para poder contar (y reportar) sobre la salud mental de los prisioneros de la cárcel del estado. En esa web, Yeung le pregunta a los vecinos de su comunidad: ¿Por qué los californianos deberían interesarse en la salud de los presos? Pues porque muchos de ellos sufren enfermedades mentales o adicciones y, de una manera u otra, están a punto de salir en libertad. Como Yeung, hay varios medios alternativos y periodistas que trabajan gracias a las donaciones de sus lectores. Pero ésta es una relación que se basa (más que en la curiosidad) en la cercanía y confianza que se genera entre un lector exigente, preocupado por saber, y los reporteros capaces de contarle esas historias (The Real News, en Canadá, por ejemplo). Nadie donaría un centavo para sostener a la CNN. Usted (si vive en California, o en cualquier lugar del mundo) puede donar un dólar para apoyar a una reportera lista para ir de cacería. Los vecinos de esa comunidad han donado hasta ahora 273 dólares. Yeung necesita 1227 dólares para hacer el reportaje. La colecta puede seguirse en Spot.com.

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Publicado el 22/07/09 a las 12:23 am

Sobre la importancia de burlarse del New York Times

Los diarios están en crisis, van a desaparecer, son muertos vivientes. Eso se dice en algunas universidades de los Estados Unidos, donde los académicos están bastante entusiasmados con el periodismo independiente y las posibilidades narrativas detrás de la palabrita de moda: “multimedia”. Muchos periodistas renuncian a los diarios donde trabajaron varios años y se estrenan como empresarios de sí mismos en páginas web que actualizan con las noticias que les da la gana cubrir.

El programa The Daily Show visitó hace algunas semanas el diario que ilustra toda la crisis: The New York Times. En una entrevista con un editor del diario, el reportero visitante sostiene un ejemplar y le pregunta más o menos esto: “¿Mencione una sola cosa que haya ocurrido aquí el día de hoy?”. El hombre de prensa (ya parece una arcaísmo, ¿no?) se queda callado durante un momento. No sabe qué responder. Todas las noticias de su diario son del día anterior, por supuesto. Ésa es la crisis (también llamada Internet), y ahora sí es en serio. Los diarios van a desaparecer más pronto de lo que la gente se imagina (lo dijo esta mañana el gurú Jeff Cohen en un Congreso de periodismo multimedia, en la Universidad de Ithaca). Vamos con la profecía; perdón, con el video.

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Publicado el 16/06/09 a las 10:12 am

No leas más libros

La peor motivación para leer un libro es la culpa: Si no has leído el Ulises hasta hoy, ¿por qué no empiezas ahora mismo y dejas de leer este artículo? Si no has leído esos miles de libros fundamentales para que te consideren un hombre culto deberías permanecer callado cuando otros hablen. Escucha y aprende. Luego lee.

Pero hay un catedrático de literatura que no siente culpa alguna por no haber leído el Ulises, de Joyce, y menos aun cuando es capaz de hablar de ese libro en sus clases en la universidad. ¿Puede alguien que no ha leído un texto criticarlo o hablar de él sin resultar deshonesto? El profesor Pierre Bayard, que se considera sobre todo un no-lector, ha escrito un libro para defender su derecho a hablar de los libros que no ha leído (y también de criticarlos). “Jamás leo los libros que debo criticar para no sufrir su influencia”, ha dicho Oscar Wilde, y lo recuerda el profesor Bayard en el epígrafe de Cómo hablar de los libros que no se han leído.

¿De qué se trata este aparente acertijo? Pues, en el fondo, de ir contra el cinismo de decir que has leído lo que no has leído.

Su idea se puede explicar repitiendo el ejemplo de una novela de Musil (que el profesor tampoco ha leído del todo). Un militar que busca cierto tipo de sabiduría se interesa por saber cuánto tiempo tardará en leer los más de tres millones de libros de una biblioteca. El conocimiento útil para sus propósitos, cree él, podría resultar de ese acto titánico: Necesitaría diez mil años para leerlo todo. El militar encuentra al bibliotecario y, sorprendido por ese hombre que parece conocer con detalle esa inmensa biblioteca, le pregunta cómo ha hecho para conocer todos los libros: “Se lo puedo comunicar ahora mismo: ¡No leyendo ninguno”. El bibliotecario sabe orientarse en ese caos del conocimiento. No lo ha leído todo. Pero sí sabe de qué trata todo. Es un hombre culto.

En la biografía íntima de cada persona hay libros leídos, libros hojeados, libros evocados por otros autores (gracias a los cuales uno se entera de lo que tratan esos libros), libros desconocidos, libros olvidados. Pero sobre todo hay libros no leídos. Eso dice el profesor Bayard. ¿O acaso alguien puede asumir que lo ha leído todo? En un mundo donde cada día aumentan se suman toneladas de nuevos títulos es preciso asumir con honestidad la condición de no-lector y ambicionar la humildad práctica del bibliotecario: saber ubicarse y moverse en el universo de la cultura; tener una visión de conjunto del conocimiento.

No es un estúpido quien no ha leído un libro.

Es estúpido quien, sin haberlo leído, presume que sí lo ha hecho. Como si la arrogancia de decir que se ha leído mucho supusiera una mayor inteligencia. El profesor Bayard sólo quiere que la próxima vez que converses de libros seas un poquito más sincero. Es un idealista.

Empecemos por algo: ¿Puedes mencionar sin sonrojarte los libros que no has leído (y que te generan culpa)?

(Si quieres hacerlo ante un aditorio de dos mil personas, hazlo en el grupo de Facebook de Etiqueta Negra)

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Publicado el 09/06/09 a las 11:09 am

El columnista del absurdo

Alguna vez teníamos que ocuparnos de esas extravagancias que hacen divertido este mundo. Marc Abrahams, un matemático de Harvard con reputación de curioso, nos ayudará en esa tarea a partir de esta edición. Él lo hace desde hace años en su web Improbable Research (Investigación Improbable), un espacio dedicado a promover y destacar los estudios más raros, insólitos o extravagantes, pero reales de la comunidad científica internacional. Su lema de buscar todo lo que “te hace reír, pero luego te hace pensar” es una brújula infalible que confirma cada año con la ceremonia de los premios Anti Nobel, antónimos de los galardones de la academia sueca.

Años atrás fui a la casa de Abrahams, en un barrio de los alrededores de Harvard habitado por estudiantes y catedráticos, algunos de los cuales son ganadores de los premios Nobel. En su oficina casera Abrahams guarda varios de los inventos que, por el contrario, han merecido el Anti Nobel en sus distintas disciplinas. Por ejemplo, el traductor de ladridos de perros que tiene apariencia de un walkie-talkie doméstico pero es capaz de analizar varios idiomas perrunos. O un frasco del cotizado perfume de ADN que, por cierto, no lleva ADN. O los pañales que eliminan el hedor de las flatulencias y alivian la vida de las personas que las padecen. Todos, inventos realizados por científicos de las universidades más respetadas del mundo. Mientras me los mostraba, no pude evitar una carcajada. En una de las paredes había un recorte de periódico con el siguiente titular: “catedrático que intentó asesinar a su mujer da clases de ética”. “No sé si sea cierto, pero me pareció divertido”, dijo Abrahams. Esa es la otra clave del absurdo en la ciencia.

Varios de los estudiosos más respetados de Harvard comparten el buen humor de Abrahams. En la ceremonia de entrega de los Anti Nobel, por ejemplo, suele verse a William Lipscomb, premio Nobel de Química de 1976. Lipscomb, quien para más señas es un fanático de Sherlock Holmes y miembro de la secta de los Irregulars, es uno de los cincuenta científicos que conforman el comité asesor de la organización. Y en ese comité figura también un profesor que durante varios años colaboró barriendo del escenario los avioncitos de papel que se arroja como parte del ritual lúdico de la ceremonia. Ese mismo hombre se convertiría después en un flamante premio Nobel de Física. Ni siquiera ese nuevo estatus le ha hecho perderse una ceremonia que ya es un clásico de la temporada académica de Boston. Abrahams, quien también tiene sus detractores entre galardonados a los que no les hace mucha gracia la elección, explica el sentido de su trabajo con una frase de connotaciones ideológicas: “un puritano es alguien que se pasa la vida sufriendo por que los demás disfrutan la suya”.

Es la línea que mantiene desde hace años en la columna que escribe para el periódico londinense The Guardian. Y es la que compartirá con Etiqueta Negra a partir de esta edición. La Enciclopedia del Absurdo tiene mucho material de interés. Y la realidad se encarga de actualizarlo todos los días.

Bienvenido, Marc.

D.

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