Una tienda para piratas de verdad (adelanto de la edición 79)
En una calle de San Francisco hay una tienda para piratas. No es el clásico caso de un negocio destinado a la memorabilia con sello Made in China. Es una tienda que ofrece artículos de primera necesidad para piratas en actividad. El espacio parece una ventana en el tiempo. A un costado hay una pequeña sección de ropa donde uno puede escoger pañuelos negros, camisas rayadas, sombreros que parecen sacados de una escena de El Corsario Negro. Hacia el interior, hay una pared cubierta por cajones de madera en los que uno puede encontrar desde sextantes para ubicarse en plena navegación hasta arena especialmente preparada para enterrar tesoros. En un aparador cercano a la vitrina principal hay una serie de botellas con los productos más indispensables para esa vida tumultuosa que supone andar arrebatando riquezas por los mares: aceites para pata de palo, menjunjes para aliviar la fiebre de las aguas negras, sanguijuelas envasadas para tratar la gangrena de las heridas mal curadas. El detalle es que no se trata de un centro de abasto para morbosos de lo extraño, sino de una propuesta filantrópica.
La tienda funciona en el número 826 de la calle Valencia, en el Mission District de San Francisco. El lugar estaba pensado para ser un centro de apoyo a la educación de jóvenes pobres de la zona, una iniciativa impulsada por el escritor estadounidense Dave Eggers y algunos amigos suyos con sensibilidad social. También para montar las oficinas de McSweeney’s, la editorial alternativa que Eggers impulsa desde hace años. Pero cuando quisieron alquilar el espacio, el dueño les advirtió de un obstáculo: el recinto estaba calificado como local comercial y por tanto tenían que vender algo, lo que fuera. Mientras hacían la limpieza, con retiro de mayólicas y pisos de goma que dejaban al descubierto suelos y columnas de madera, alguien sugirió que parecía el interior de un barco viejo. La idea de montar una tienda para abastecer a piratas salió casi de broma. Pronto tomó la forma final.
El experimento fue un éxito. La curiosidad atrajo a jóvenes para participar en talleres de lectura y escritura y a voluntarios que querían ayudar. Así que el modelo no tardó en saltar a otras ciudades. Hasta ahora van seis sedes más, cada cual con un tema distinto. En Boston hay una tienda para aficionados a la búsqueda de Pie Grande. En Nueva York, un centro de abastecimiento para superhéroes. En el local de Seattle se pueden comprar aparejos para viajar al espacio y en Chicago uno encuentra los mejores aditamentos para ser un buen espía. La tienda de Michigan hace la vida de los robots un poco más confortable, y en Los Ángeles uno puede adquirir productos traídos de viajes en el tiempo. Las ventas de esos locales sirven para financiar más talleres educativos.
Alguien tuvo la idea de armar un catálogo con los delirantes productos que ofrece esta corporación de la creatividad. Allí se puede escoger desde un desodorante para vikingos hasta un paquete de comida para hombres de las cavernas. También es posible adquirir un frasco de imprescindibles lágrimas para robots o un aerosol que permite al superhéroe de turno moverse a la velocidad de la luz. Y en cuestión de arreglo personal, bien puede funcionar una barba postiza para piratas o unos zapatos de tap con dispositivos de espionaje ocultos en los tacos. Tengo por ahí mi lista de pedidos pendientes que debo mandar en pocos días. Lo haré con gusto y en secreto. No vaya a ser que otro me gane por puesta de mano. Hay cada loco en este mundo.
david hidalgo


