Publicado el 05/01/09 a las 3:06 pm

Fiesta

Las celebraciones de fin de año nos enfrentan a algunas molestias como asumir insobornables compromisos familiares. Pero las fiestas, en un un país extranjero, reservan situaciones aún más inesperadas. Incluso yo, que hace casi diez años vivo en Francia, me encontré la noche de año nuevo rodeada de  amigos pero también de algunos personajes improbables. Como Mike, un inglés que se dedicó toda la noche a beber y a hablar un francés incomprensible y a realizar unas rarísimas pruebas de catch con su hijo. Por momentos imaginé que  llamaríamos a una ambulancia debido al empeño con el que parecían querer arrancarse mutuamente el cuero cabelludo.  También se encontraba Daniel, un gordito glotón de unos veinte años, apenas una pelusa como cabello y unos labios -dos hilitos morados- que no dejaba de saborear mientras mantenía  la mirada fija en su celular. Por la concentración pensé que se trataría de una pantalla interestelar. Pero no. El obsevaba las imágenes de lo que parecía un programa de televisión, mientras la pareja dueña de casa  reía sin parar hasta que la quijada se les entumeció. Los otros invitados nos mirábamos con desesperación. En momentos así, me convenzo de  que estas celebraciones  sólo están hechas para castigarnos por nuestras vidas pasadas y pienso que mi salvación llegará pronto, cuando todos se decidan a bailar. 

A mí me gusta bailar. Pero estamos en Francia y estoy casada con un francés. Y a él (como a tantos otros en este lugar del mundo) bailar le parece algo cercano a aplastar insectos con los pies. Yo insisto con un infatigable allez, viens danser! pero no me responde ni mu. Para él, mi invitación equivale a un golpe al estómago. La hiperracionalidad francesa es como una muralla que rodea al cuerpo y lo sujeta todo. Cualquier cosa antes que perder la cabeza y la elegancia con sacudidas frenéticas. En este país, las reuniones sociales suelen ser un ejercicio de estilo sobre todo verbal. Es un bla, bla infatigable donde se entremezclan anécdotas de interés general con nimiedades que apenas interesarían a sus propias madres. Los porteños tampoco somos los reyes de la fiesta ni de la elocuencia, aunque la fantasía de sentirse Shakira en medio de la pista sea más probable  entre franceses erguidos cual busto de mármol.  Confieso que por fuera de un embotellamiento del tránsito o de una noche de exaltación en alguna cité, ver a un francés descontrolado  no es algo frecuente.

Por suerte estaba Paul, otro inglés. El sur de Francia es una sucursal británica. Un wonderful refugio al sol. Paul me invita a bailar salsa. Es un inglés de excepción: baila y muy bien. Hace años que asiste a clases todas las semanas. Mientras bailamos percibo algunas pupilas que se dilatan, ojos que brillan y escucho que alguien ligéramente ebrio dice bonne année, previo  al tintineo de las copas de champagne. Parecen contentos. Me digo  que la fiesta no terminó, que se están desinihibiendo. Que pronto perderán el miedo al ridículo. Más tarde bailarán. En un rato.Tal vez.

¿Hubieran sucumbido ante la maravillosa música de la Fanfare Ciocarlia?

¡Feliz año nuevo!

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Publicado el 26/12/08 a las 11:10 am

¿Puedo dormir en tu casa?

Tal vez el trabajo ideal sea éste: conocer personas interesantes y amables en algún lugar del mundo, conversar, hacer algunas  bromas y rematar siempre con la misma pregunta: ¿Puedo dormir en su casa? Es la rutina que repitió durante cinco años y en treinta países en donde filmó esos encuentros,  Antoine de Maximy, un hombre en transito constante. Un aventurero que visitó 65 países en veinte años de carrera,  un glober troter creador y protagonista del programa de television J’irai dormir chez vous (Yo iré a dormir a su casa) que comenzó a transmitirse en 2004 en el canal de televisión France 5. El concepto es original y económico: un hombre, dos cámaras (una  fija sobre su hombro y otra que se mantiene en suspensión frente a él mismo) y, como hospedaje, algún rincón de la casa de quien acepte alojarlo. Así armado, partió como un explorador  al encuentro de gente del mundo entero. A sus realizaciones no se las puede, en principio , llamar ni periodismo ni  documental sociólogico. Es algo todavía mejor: un carnet de viaje que, como un espejo ambulante,  retrata  la vida ordinaria de un universo lejano. Pero es , sobre todo, un recorrido alrededor de sí mismo. Lo dijo en varias entrevistas: Maximy le teme al aburrimiento y necesita estar siempre acompañado de gente. Viajar es, tal vez, un modo de sentirse libre rodeado de extraños.  Aunque él sepa de antemano-luego de tantas millas recorridas- que el panorama humano del otro lado del globo no es tan diferente del paisaje que vemos cuando nos quedamos quietos: “La mayor parte de las personas quieren pasar el tiempo con la gente que aman, ser felices, ocuparse del bienestar de los hijos”, dijo en una entrevista. El viaje sería como un cristal que nos multiplica, diferentes e idénticos a la vez.

Antoine de Maximy organizó su primera expedición a los cinco años, cuando atravesó unos bulevares en París junto a  un vecinito amigo. Entonces supo que esa experiencia de deambular en libertad, sin rumbo preciso, constituía una forma de pasión. Así nació su identidad itinerante. Sin obtener el diploma de bachiller, comenzó a trabajar como técnico de sonido de un film, luego pasó un anuncio en la revista de una ONG  y lo llamaron  para una expedición de cuatro meses a los Andes. Aquel viaje lo lanzó profesionalmente.  Antes de invitarse a la casa de desconocidos, realizó numerosos documentales  y reportajes de guerra. Y el éxito del programa televisivo le permitió partir a la conquista de Estados Unidos con la realización del film J’irai dormir à Hollywood.

Cada vez que veía su emisión no podía dejar de envidiarlo. Quise ser periodista porque pensaba que era la profesión ideal para viajar, partir lejos (¿qué es lejos hoy?). Finalmente viajé mucho menos de lo que deseaba. Y, como suele suceder cuando la nostalgia aprieta, pienso que aquel sueño incompleto - los lugares que no conocí, la vuelta al mundo a la que nunca me atreví- es el lado mejor.

Hoy,  sedentaria y arraigada en el  bienestar cotidiano, observo a Antoine de Maximy y extraño a la viajera que no fui.

Acá va un clip que recopila imágenes de Antoine, mientras la pegadiza canción  pregunta ¿dónde dormirás esta noche?

Eso ¿dónde dormirán esta noche?

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Publicado el 18/12/08 a las 1:46 pm

Una editorial Pop

¿Qué tienen en común Michel Houellebecq, Virginie Déspentes, Éric Holder y Vincent Ravalec? Son todos escritores franceses descubiertos por Marion Mazauric. Esta reconocida editora fundó hace ocho años una pequeña y fructífera editorial. Y lo hizo lejos de París y las consagradas casas de edición,  casi todas reunidas en el mítico barrio  Saint-Germain-des-Prés. Eligió instalarla en el sur de Francia, en la región de Gard, más conocida por sus corridas de toros que por su pasión literaria. De ahí su nombre, Au Diable Vauvert, por Vauvert un pueblo de sólo diez mil habitantes. Marion Mazauric antes de fundar su exitosa casa editorial, pasó trece años como directora de  J’ai lu donde creó la colección  Nouvelle Generation, el vivero de una nueva camada de escritores francófonos con intereses estéticos más cercanos a  los films de Quentin Tarantino que a la erudición filoacadémica. Su objetivo fue crear una editorial donde se fusionaran la cultura popular, las mezclas artísticas y la modernidad. Ella propone que el libro ingrese  en la vida cotidiana como un objeto más,  de gran consumo, popular y bello. Digamos, un objeto Pop. Le da lugar a una generación que se crió con la televisión, el cine, las historietas. Y el resultado es el surgimiento de autores multiculturales que se expresan también de otro modo. Recomiendo sobre todo el libro Kuru del escritor belga Thomas Gunzig, una novela tan ocurrente y divertida como espeluznante. Una mezcla de Patricia Highsmith y filmes clase B.

Marion Mazauric reconoce tener una concepción de la literatura muy alejada de los clichés del mundo intelectual y decidió entonces dar lugar a las nuevas formas de escritura que se inspiran en la web, el argot o el rap.  Hasta ahora lleva publicados ciento cuarenta títulos en siete años. Pero atención!: no son libros para aquellos que entienden la cultura sólo como una acumulación de lecturas prestigiosas. Mazauric no sólo no le teme a los nuevos modos de expresión sino que ha editado  los únicos dos libros de David Foster Wallace traducidos al francés. Au Diable Vauvert es una editorial entretenida y provocadora que milita por una relación de amor libre con la literatura.También propone una residencia para autores ubicada en Vauvert, un pueblo y sobre todo una región - le Gard- que  recomiendo visitar. Entre viñas, toros y una naturaleza salvaje, elegir algunos de los libros de la colección Au Diable Vauvert  es darle lugar a una forma atractiva y mordaz de pensar y vivir la literatura. Una editorial indispensable.

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Publicado el 12/12/08 a las 12:28 am

Cocina o museo

Cualquier gourmet o bon vivant globalizado sabe que la cocina francesa tiene su pedigrí y tradiciones. Para comenzar, hay siempre en el menú unas frases pomposas incomprensibles, un plato enorme y una porción muy pequeña…y deliciosa. La gastronomía francesa es candidata a ser declarada en 2009 Patrimonio mundial de la humanidad de la Unesco, el mismo título otorgado  al Machu Picchu o a la Muralla China. El anuncio lo hizo Nicolás Sarkozy en el mes de febrero durante una visita al Salon de la Agricultura:“Tenemos la mejor gastronomia del mundo”, dijo. ¿Cuál fue su fuente de inspiración? El respetadísimo Institut européen d’Histoire et des Cultures de l’Alimentation (IEHCA) . La idea, según explica Jean-Robert Pitte, presidente de la Universidad Paris-Sorbonne es la siguiente: la cocina francesa es un bien común, un sector de gran creatividad  donde se respeta la diversidad cultural. Pero otros sospechan que se trata de salvar al pot-au feu (puchero) de las fauces de la mundialización, de socorrer a la identidad francesa de las amenazas de la comida chatarra. Todo será repertoriado, del croque-monsieur a la baguette, de la charcutería a los vinos y quesos. La identidad nacional, una obsesión colectiva.

Aunque la situacion no es tan simple,  porque hay que cumplir con criterios muy estrictos para inscribirse en el Patrimonio de la Cultura Inmaterial de la Humanidad.Los franceses  hablan de comida todo el tiempo. La mayoría  defiende con firmeza la idea del  terroir,  una palabra que delimita una suerte de nacionalismo culinario que algunos tildan de reaccionario,  y que indica ser leal a  los alimentos de la tierra y a la región autóctona. Muchos  críticos de gastronomía francesa se inquietan ante la posibilidad de obtener una especie de certificado notarial de la UNESCO que  equipararía  la cuisine française a un grupo de viejas rocas anquilozado y replegado en un pasado glorioso. ¿Cómo se puede dar un reconocimiento como éste a algo como cocinar, que está en continuo crecimiento y cambio? dijo Alexandre Cammas fundador del   movimiento llamado Le Fooding, que intenta  terminar con la rigidez de la cocina francesa. Cammas considera la candidatura presentada a la UNESCO ridícula.

Pensándolo bien, tal vez se trate -como casi siempre- de defender un buen negocio. Como bien lo entendió el gran chef y empresario Alain Ducasse con la creación de Spoon un concepto que propone abrirse  a los sabores del mundo y que existe tambien en Hong Kong, Londres e isla Mauricio.

¿Merecerá el asado argentino ser declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad?

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Publicado el 04/12/08 a las 7:17 pm

Emilie Simon

Emilie Simon es un combo suave y elegante; alegre y apasionado. Hija de un ingeniero de sonido fanático del jazz y eximia alumna del Conservatorio de Música de Montpellier, está conquistando el mundo con su voz aniñada. Su estilo es electro pop y se la suele comparar con Kate Bush. Es autora, compositora, intérprete de sus temas, joven, exitosa y linda! De vez en cuando se aleja del repertorio propio y se anima a adaptar algunos clásicos  como  “I wanna be your dog” de The Stooges. Nació en 1980 en Montpellier y su primer album, Emilie Simon,  se editó en 2003. Y la popularidad le llegó  gracias a  la composición de la conmovedora banda de sonido del film La Marche de l’Empereur.

 

En sus representaciones suele manipular electrónicamente su voz edulcorada e infantil.  También utiliza instrumentos tan diversos como el arpa celta o el cristal Baschet un instrumento de música contemporánea inventado en 1952 que permite, al frotar los dedos húmedos sobre unas varitas de vidrio, producir un sonido metálico. Emilie es una representante de la música electro a la francesa. Yo no soy especialmente adepta de este tipo de música, pero gracias a Emilie Simon puedo hacer una excepción. Ahora, lo indicado es escucharla.

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Publicado el 30/11/08 a las 11:36 am

Un gesto francés

Es una idea muy divertida que se le ocurrió al editor y fotógrafo argentino Guido Indij. Se trata de recopilar todos los gestos de la humanidad. Esta desmesurada ambición artística comenzó en abril en la exposición de La Villete de Paris, allí la gente donó sus gestos para realizar esta bitácora gestual internacional. El proyecto se llama gestiarium y es una buena oportunidad para hacer un curso acelerado de gesticulación a la francesa. C’est à vous!

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Publicado el 26/11/08 a las 1:28 pm

Misceláneas de la crisis

La mamá de una compañera de mi hija se casó hace un año. Vive cerca de mi casa, en un studio tan diminuto que sólo intentar cruzar las piernas se revela un acto de acrobacia. Su nuevo marido dejó en Burkina Faso,  Africa, a sus cinco hijos y trabaja de manera intermitente en la construcción. Marie-Hélène es una mujer de cuerpo redondo, tiene el cabello gris, corto, un rictus severo y gastado. Debe ser resultado  de su trabajo. Se encarga de cuidar viejos a los que debe lavar, alimentar y darles compañía. O tal vez sea la maternidad. Tiene, además de su pequeña de nueve años, dos varones ya adultos. Deduzco que los tuvo muy joven. No me habla mucho de su vida anterior. Pero desde que se casó me confiesa algunas cosas. Por ejemplo, que no sabe si su marido la ama, que a veces no la trata bien, no le habla. Sospecha que tal vez él  se haya casado  para obtener los papeles, esa ofrenda  que le permitiría residir en Francia de manera legal. Marie-Hélène teme que el suyo se trate,  quizás,  de un “mariage blanc” (casamiento por conveniencia). Y encima de todo, debido a esta unión, ella perdió parte de las alocaciones que el estado francés entrega a las familias de más bajos recursos. Empieza a tener miedo de quedarse en la calle, como una gran parte de los franceses.

Pero la gente se moviliza y algunos lo hacen de manera insólita.

Julie Lacoste tiene unas cuantas cosas: trabajo, dos hijos, 31 años, una mochila, una bicicleta . Es de lo único que dispone para desafiar las interminables promesas de acceder a un techo digno. Es una de las tantas SDF (sin domicilio fijo). Hasta hace unos meses compartía 50 metros cuadrados en Paris, pero su coinquilino se fue y los 750 euros que gana por mes gracias a un empleo de asistente de una biblioteca universitaria no son suficientes para pagar un alquiler. Pero lo  novedoso es que Julie  también tiene un blog. Tal vez la modernidad sea esto:  alta tecnología al servicio de la desesperación. En su blog Julie Lacoste cuenta  sus vida cotidiana, las incertidumbres de una vida de nómade urbano,  las pesadillas de sus hijos,  la solidaridad de algunos padres de la escuela, sus reiteradas mudanzas a casas de amigos o de generosos desconocidos que aceptan albergarla por algunos dîas. Julie tiene ahora algunas cosas más, como un mail de un representante de la intendencia de Paris que le explica las inexplicables razones por las que ella  aún  no tiene casa.

Ante la crisis que avanza al galope, otros,  más militantes,  tomaron una iniciativa casi light y hasta divertida: cada fin de mes se dan cita en un gran supermercado, instalan una mesa, se sirven gratuitamente de los productos a su alcance e invitan a todos los clientes a un picnic festivo. Todas alternativas que, se sabe, no solucionan la cruda realidad, pero permiten llevarla con menos resignación.

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Publicado el 03/11/08 a las 8:46 am

El alimento de Dios

Es el único club del que formaría parte. Se trata de croqueurs de chocolats (comedores de chocolate) , un grupo de gourmets aficionados que reconocen en la tableta de cacao un trozo de mundo ofrecido como un goce, una búsqueda de placer y hasta una curación. La idea es degustar el chocolate como si se tratara de un elixir. Por decisión, el número de integrantes se limita a ciento cincuenta , sólo se ingresa por recomendación y la lista de espera es interminable. Este selecto club fue creado en 1981 por un grupo de amigos fanáticos del chocolate y desde entonces han realizado cientos de reuniones y probado más de mil chocolates y todo producto que contenga cacao. El objetivo no es ni comercial ni científico, se trata únicamente de librarse a su placer favorito. Aunque también dan buenas direcciones y promueven a algunos profesionales. Las condiciones para formar parte de este grupo de expertos no son sólo las capacidades para ser un buen y goloso gourmet, sino que también se debe tener un conocimiento exhaustivo de la historia y origen del chocolate.

Por estos días, en Paris se lleva a cabo el Salon du chocolat, hay allí deliciosos bocados de cacao que se exhiben como joyas, chocolates de queso -chocolat au roquefort o chocolat au chèvre e incluso un desfile de moda con vestidos comestibles, y hasta se pueden probar la depilación con cacao o los cosméticos de chocolate.

El chocolate resulta también un tesoro de salud. Unos reconocidos chocolateros lo entendieron tan bien que crearon el kit de supervivencia, una copia de la maleta de la cruz roja pero con un contenido que hace salivar: un surtido de quince chocolates para tentar a quien sea con un momento epifánico arrebatado al caos cotidiano.

Se dice del chocolate que mejora la articulación, que es antioxidante, enemigo de la depresión, que hace bien al corazón y que resulta afrodisíaco. Sobre este último punto, el científico David Lewis fue tajante: el deleite que produce el chocolate es superior a un apasionado beso. Realizó una experiencia con 30 parejas y descubrio que éstas al saborear el chocolate hacian que sus corazones se aceleraran de de 60 a 140 pulsaciones por minuto, por encima de cuando se besaban. Además, cuando la tableta se derretía, todas las partes de sus cerebros recibieron estímulos más prolongados e intensos que durante el beso.

La escritora belga Amélie Nothomb dijo en una entrevista que el chocolate “es el alimento perfecto, el alimento divino. Me alimento en un ochenta por ciento de chocolate y creo que podría hacerlo en un ciento por ciento. Es el alimento más próximo a Dios”.

Personalmente, nada me une a Dios. Carezco de ese privilegio, aunque lo compenso haciendo del chocolate mi único acto de fe.

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Publicado el 27/10/08 a las 12:59 pm

Manual de brujería antisarkozy

La brujería suele estar presente en momentos de desesperación. Miedo al desempleo, a la enfermedad, a la falta de amor. Todos motivos para encomendarse al mundo de los poderes sobrenaturales. Muchos acuden a brujas para librarse de algún conjuro que los mantiene bloqueados. Otros recurren a los “trabajos”, esas oscuras operaciones que apelan a la magia para desviar el sendero del enemigo . Es, de alguna manera, lo que propone el culto vudú, una creencia que proviene del oeste de Africa. Vudú quiere decir Dios y se refiere a la totalidad de dioses y fuerzas invisibles a través de las cuales los hombres intentan controlar su poder. Una versión simplificada y occidental nos advierte que durante la ceremonia sólo son necesarios un muñeco de trapo, alfileres, algunos tambores y ganas -irresistibles ganas- de mandar a alguien al infierno.
El pensamiento mágico florece como una forma de capear la crisis. Y esta vez, el cóctel imaginado es el siguiente: alta magia vudú y marketing. Nicolas Sarkozy tiene su propio muñeco gracias al olfato comercial de una editorial que reproduce lo que ya se hizo en Estados Unidos con el voodoo kit americano dedicado a George Bush y Hillary Clinton. Letras blancas sobre un fondo negro y mullido de la version vudú del presidente francés dibujan algunas de sus frases célebres como “travailler plus pour gagner plus” (trabajar más para ganar más. El hit de su campaña presidencial), “racaille” (escoria, gentuza) o “Casse-toi pauvre con” (Salí de acá, pobre imbecil). Sí, definitivamente Nicolas Sarkozy es capaz de lanzar frases como escupidas.
El muñeco viene acompañado de un libro de cincuenta y seis páginas y doce agujas. Además de una biografía humorística de Sarkozy, el manual propone sortilegios mágicos e invita al lector a pinchar el muñeco para “quitarse el mal de ojo”. Este cofre tiene una tirada de 20 mil ejemplares. Pero no esta sólo en las estanterías. A su lado, de rojo, se encuentra la muñeca vudú de su ex contrincante, la socialista Ségolène Royal. Estos muñecos están a la venta desde el 9 de octubre en internet y en grandes librerías. Pero Nicolas Sarkozy presentó una acción judicial para prohibir su venta. Por el momento, el negocio marcha como los dioses: su avatar vudú figura primero en el top de ventas de Amazon .
Mientras escribo esto, no sé cuál será la decisión del juez, pero puedo entender el disgusto de Sarkozy. Casi en forma simultánea a la salida al mercado del kit sarkovudú, su cuenta bancaria fue pirateada ¿Será este hecho la prueba de que una inescrutable invocación al diablo puede dar peligrosos resultados? Hasta que la justicia decida lo contrario, el presidente francés deberá resignarse a vivir con la espina de la duda clavada en el pecho.
¿Y a ustedes, le dan ganas de pincharlo?

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Publicado el 20/10/08 a las 6:54 pm

El pan nuestro de cada día

En Francia el pan ha adquirido las características de un ícono.

Para mí, el pan es un rico perfume a levadura, una lámina dorada y crujiente. Y es también, sobre todo, el humor de perros de mi marido francés cuando, al sentarse a cenar, descubre que no hay una baguette a la derecha de su plato. Poco importa quién fue el desmemoriado. La baguette debe estar sobre la mesa to-dos -los-días- del- año. Esto empecé a intuirlo cuando vivíamos en Buenos Aires, pero como allí esta tradición es más inusual, no le di mayor importancia. Cuando me instalé en Francia, se impuso con fuerza algo que ya sospechaba: el pan es un asunto serio. Y familiar.

Basta con entrar a una boulangerie (panadería) y pedir una baguette para sentirse más indeciso que un niño en una juguetería: -”Cuál ?” -pregunta el panadero mientras se arremanga la blusa, ciñe su delantal blanco, apunta con su dedo y enumera- “¿la tradicional? ¿paysanne? ¿regal? ¿vrillée? ¿rustique? ¿la baguette d’epautre? ¿roulade? ¿campainille?¿tressé? ¿triolette?“. Esto sin contar los panes especiales con uvas, pasas, nueces, aceitunas, etc.

Un día, hace tiempo, me rendí. Desde entonces, ingreso tímidamente a la panadería y pido la “baguette traditionnelle” a 75 centavos de euro. No se me ocurre medirla para constatar que se trata de la verdadera, aquella que debe medir 70 cm de largo y pesar entre 250 y 300 gramos como lo indica un decreto del año 1993.

Sospecho que la pasión de los franceses por el pan es sólo comparable a la pasión que despierta la carne en la Argentina: una horda de fanáticos y especialistas abrazando una fe pagana. No sólo existen más de ochenta variedades de pan y concursos como el Grand prix de la baguette de Paris. Existe hasta un experto en el tema: el historiador norteamericano Steven Kaplan, único especialista en el mundo de la historia del pan. Le consagró al tema una quincena de libros; entre ellos Cherchez le pain, una guía de las mejores boulangeries de Paris. Escribirlo fue una proeza: visitó 700 de las más de 1200 boulangeries parisinas y probó durante meses 60 baguettes por día!! Una manera singular de aprender a arrojar migas de la boca con la misma facilidad con que los catadores escupen un sorbo de vino.

Una de sus obras más comentadas es un ensayo con aires de policial basado en un acontecimiento real. Se trata de un hecho sucedido en 1951 en un pueblo del sur de Francia, donde trescientas personas resultaron intoxicadas, treinta terminaron internadas en un hospital psiquiátrico y siete murieron. Nunca se supo si el envenenamiento fue voluntario o no. Tampoco he leído el libro (Le pain maudit -El pan maldito-, su título, 1140 páginas), pero desde que me enteré de esta historia, no puedo dejar de comprar una baguette sin pensar que si algo malo puede pasar, pasará; aunque algunos digan que más bueno que el pan, no hay.

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