Volver a casa
Estoy en Buenos Aires desde hace una semana, y el domingo que viene hay elecciones legislativas. Desde entonces vivo entre el odio y el amor que despierta la pareja presidencial de este país. Mi familia, mis amigos, los vecinos, los amigos de amigos, los taxistas, todos se definen según estén a favor o en contra de los Kirchner (la presidenta es Cristina, su marido es el ex presidente Néstor, pero todos se refieren a ellos en plural).
Hay dos grupos: los que los odian, se inflan el torax, olvidan toda forma de amabilidad politica y escupen insultos sin siquiera esperar aprobación. No les importa. El otro grupo incluye a aquellos que explican: “Y que querés? Lo otro es peor”.
Y en el medio estoy yo, un poco argentina, un poco extranjera. Alguien que viene de ese primer mundo donde “esto no pasa”, “allá es diferente”, “viste que locura que es ésto!”, “Francia es otra cosa”, “vos tenés suerte de estar allá y no en este quilombo”. Y así, casi sin darme cuenta, afirmo con la cabeza, digo “pero claro que no!”, “Francia es muy diferente” y me voy convenciendo de que soy una afortunada.
También voy a votar. Tal vez como un modo de recordar las bondades de volver a casa.





