Fiesta
Las celebraciones de fin de año nos enfrentan a algunas molestias como asumir insobornables compromisos familiares. Pero las fiestas, en un un país extranjero, reservan situaciones aún más inesperadas. Incluso yo, que hace casi diez años vivo en Francia, me encontré la noche de año nuevo rodeada de amigos pero también de algunos personajes improbables. Como Mike, un inglés que se dedicó toda la noche a beber y a hablar un francés incomprensible y a realizar unas rarísimas pruebas de catch con su hijo. Por momentos imaginé que llamaríamos a una ambulancia debido al empeño con el que parecían querer arrancarse mutuamente el cuero cabelludo. También se encontraba Daniel, un gordito glotón de unos veinte años, apenas una pelusa como cabello y unos labios -dos hilitos morados- que no dejaba de saborear mientras mantenía la mirada fija en su celular. Por la concentración pensé que se trataría de una pantalla interestelar. Pero no. El obsevaba las imágenes de lo que parecía un programa de televisión, mientras la pareja dueña de casa reía sin parar hasta que la quijada se les entumeció. Los otros invitados nos mirábamos con desesperación. En momentos así, me convenzo de que estas celebraciones sólo están hechas para castigarnos por nuestras vidas pasadas y pienso que mi salvación llegará pronto, cuando todos se decidan a bailar.
A mí me gusta bailar. Pero estamos en Francia y estoy casada con un francés. Y a él (como a tantos otros en este lugar del mundo) bailar le parece algo cercano a aplastar insectos con los pies. Yo insisto con un infatigable allez, viens danser! pero no me responde ni mu. Para él, mi invitación equivale a un golpe al estómago. La hiperracionalidad francesa es como una muralla que rodea al cuerpo y lo sujeta todo. Cualquier cosa antes que perder la cabeza y la elegancia con sacudidas frenéticas. En este país, las reuniones sociales suelen ser un ejercicio de estilo sobre todo verbal. Es un bla, bla infatigable donde se entremezclan anécdotas de interés general con nimiedades que apenas interesarían a sus propias madres. Los porteños tampoco somos los reyes de la fiesta ni de la elocuencia, aunque la fantasía de sentirse Shakira en medio de la pista sea más probable entre franceses erguidos cual busto de mármol. Confieso que por fuera de un embotellamiento del tránsito o de una noche de exaltación en alguna cité, ver a un francés descontrolado no es algo frecuente.
Por suerte estaba Paul, otro inglés. El sur de Francia es una sucursal británica. Un wonderful refugio al sol. Paul me invita a bailar salsa. Es un inglés de excepción: baila y muy bien. Hace años que asiste a clases todas las semanas. Mientras bailamos percibo algunas pupilas que se dilatan, ojos que brillan y escucho que alguien ligéramente ebrio dice bonne année, previo al tintineo de las copas de champagne. Parecen contentos. Me digo que la fiesta no terminó, que se están desinihibiendo. Que pronto perderán el miedo al ridículo. Más tarde bailarán. En un rato.Tal vez.
¿Hubieran sucumbido ante la maravillosa música de la Fanfare Ciocarlia?
¡Feliz año nuevo!

¿Qué tienen en común 

