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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Una chica correcta
en ropa interior

La industria de la moda bosteza con escándalos de anorexia, drogas y derroche,
Gisele Bündchen no fuma ni va a fiestas, pide las cosas por favor
y construye una casa que funciona con energía solar.
¿Cómo seguir siendo la número uno cuando
debes cambiarte de ropa cada cuatro minutos?

Un perfil de Melina Dalboni
Ilustraciones de Omar Xiancas

Giselle

Una noche Gisele Bündchen corre como una salvavidas que debe rescatar a un niño al borde de una piscina. Pero su prisa no se debe a una emergencia de vida o muerte. Es 2009 en la Sao Paulo Fashion Week y acaba de recorrer la pasarela de Colcci, una compañía textil brasileña, vistiendo pantalones ajustados blancos y una blusa de inspiración militar. Necesita llegar a su camerino. Jadea. Esquiva a camareras, modelos y guardaespaldas que se interponen en su camino.Bündchen corre sólo para cambiarse de vestido.Como las demás maniquíes, tiene menos de cuatro minutos para mudarse de ropa y mostrar el siguiente atuendo al público, pero ninguna de las otras modelos se agita tanto. Apenas abrevian su paso para cambiar de look y seguir con el desfile. Mientras la brasileña se mueve con urgencia, sus colegas menos famosas no tienen prisa. Gisele Bündchen, después de todo, ya es la modelo del siglo. Se ha tomado en serio un trabajo que consiste en caminar para que la miren. Balzac decía que hay tres tipos de personas: las que trabajan (los ocupados), las que piensan (los artistas) y las que no hacen nada (los elegantes). Tal vez por eso podríamos pensar que el modelaje, el oficio de la elegancia, no necesita tanto esfuerzo. Gisele Bündchen es una ocupada elegante. «Si no es tortura, no es moda», declaró después de pasar nueve horas bajo un clima de cuarenta grados centígrados en un estrecho corsé de Dior.


En el hotel Copacabana Palace, en Río de Janeiro, Mario Testino, el fotógrafo favorito de Vogue, Vanity Fair y Harper’s Bazaar, me dijo horas después de hacerle unas fotos en la playa: «Todo en Gisele es perfecto. Es repugnante que ella tenga tanto, y nosotros tan poco». Mide 1.79 metros y su peso es un misterio no confirmado de algo más de cincuenta kilos. El suyo es un cuerpo esculpido con ejercicios desde la adolescencia, cuando entrenaba vóleibol. La piel tostada por el sol, como si acabara de volver de vacaciones. Su mirada mezcla la impaciencia y complicidad de quien adivina que van a contarle una mentira pero lo perdona. El pelo largo, con rayas en tonos de miel y oro con ondas naturales. Pero sonríe con sencillez, mostrando todos los dientes, como disculpándose por ser flaca, alta y linda.

El magnetismo que Bündchen ejerce sólo puede entenderse mirándola en la pasarela. En un desfile de modas típico, las modelos delgadas de aspecto aburrido caminan de un extremo a otro como perchas fantasmas. No sonríen. Desfilan sin expresión, sin vida, como una negación de la belleza. Bündchen es lo contrario. Con un caminar bautizado como horse walk, ella trota y levanta las rodillas, proyecta el pie adelante, pisa firme y cruza el paso. Es como un caballo andaluz, de paso fino. «Le da vida a las ropas, haciendo que sean sexis y fuertes», opinó la diseñadora Donatella Versace. Después de cruzar casi veinte metros de pasarela, la brasileña se detiene delante de los fotógrafos y hace un show de miradas y movimientos de caderas y de pelos rubios y brillantes para en seguida, con aire insolente, volver al backstage.

Gisele Bündchen es la modelo más poderosa en la lista de celebridades de Forbes 2011. Rebasa a Lionel Messi, Julia Roberts, Will Smith, Stephen King y a otra treintena de estrellas de cine, televisión, moda y deporte. Fue novia de Leonardo DiCaprio la segunda vez que a él lo nominaron al Oscar. Entre 2010 y 2011 facturó cuarenta y cinco millones de dólares, mil veces más de lo que ganó un estadounidense promedio ese mismo año, suficiente para construir una planta tratadora de agua en el Medio Oriente. Acaba de cruzar los treinta años y desde 1999, cuando apareció en la portada de Vogue, habita en la cumbre de las pasarelas. Es la modelo que más cobra: hace unos años su fortuna era de doscientos cincuenta millones de dólares, lo necesario para comprar dos boletos redondos a la Luna y seguir siendo millonaria. Quienes hablan de ella suelen usar la palabra «profesionalismo» para traducir la clave de su éxito. «Es una mujer de negocios –dice la modelo brasileña Izabel Goulart, quien trabajó cuatro años con Bündchen en Victoria’s Secret–. Se centra siempre en su objetivo y sigue de frente». Pareciera que antes de ella ninguna modelo hubiera sido así. Se porta como una niña perfeccionista que se esfuerza para enorgullecer a sus padres en el recital de ballet. Bündchen siempre está lista, disponible para el trabajo. Sigue apretando el paso para no ser reemplazada por otra new face.

Algunas chicas ruegan a sus padres para que las dejen ser modelos. El padre de Gisele Bundchen le dibujó un perfil de sus competencias y viajó a Sao Paulo par a entrevistar a los agentes, averiguar por qué la moda necesitaba a alguien como ella y pedirles un plan de carrera. Sólo entonces los Bündchen permitieron que la futura Übermodel, con catorce años, dejase la casa para trabajar a más de mil kilómetros y vivir sola

El carácter de la industria de la moda es efímero. Cada cuatro meses, el mundo fashion perdona los errores de la temporada pasada, pero también anula sus aciertos. Los diseñadores viven en el futuro, alistando colecciones que llegarán a las tiendas meses después. Quince minutos de un desfile en una semana de moda de Nueva York, París o Milán deciden el futuro no sólo de la propia colección, sino también de decenas de millares de marcas populares que las copiarán con descaro. Las compañías de ropa fast fashion como Zara, Mango y H&M que combinan diseño y precios moderados aceleraron la competencia. En un mercado que factura miles de millones de dólares al año, no hay espacios para el error. La ropa debe provocar emoción, incitar a abrir la cartera y reemplazar la del año anterior. No es un capricho ni un derroche, sino una invitación a ser flexibles y a experimentar. En la moda hay que ser creativo y adivinar el deseo del consumidor: un equilibrio difícil de lograr. Los diseñadores deben ser velocistas del ingenio y artistas del marketing. Marc Jacobs, Calvin Klein y Donatella Versace frecuentaron clínicas de rehabilitación. Yves Saint Laurent sufrió con la depresión. John Galliano bebió de más e hizo comentarios antisemitas en un bar de París que le costaron su trabajo. Alexander McQueen se suicidó antes de la temporada otoño-invierno 2010/2011. La expectativa que cargan las prendas se traslada también a las maniquíes que deben portarlas frente al público. Desde adolescentes ellas sufren la tiranía de la perfección, el rechazo y la inestabilidad. Según un estudio reciente de Ashley Mears, una socióloga que antes desfilaba por las pasarelas, el mercado del modelaje es caprichoso por tres motivos: la apariencia es evaluada de forma arbitraria, los clientes no saben con certeza qué modelo venderá mejor su producto y los looks cambian todo el tiempo porque la novedad es apreciada. La top model checa Karolina Kurkova casi se retira en 2008, después de que la criticaran por subir en biquini a la pasarela de la Sao Paulo Fashion Week con unos gramos de más. Carré Otis, exmujer de Mickey Rourke, ha sido anoréxica y tenido líos de farmacodependencia. Lucy Gordon, la imagen de CoverGirl, se suicidó en 2009. «Como los alimentos, las modelos se malogran con la edad», declaró la alemana Heidi Klum a una revista. Gisele Bündchen parece no tener fecha de caducidad.

Claudia Schiffer dijo que para ser una supermodelo había que estar en las portadas de las revistas de todo el mundo todo el tiempo. Gisele Bündchen lo logra desde hace más de diez años. Su rostro ha estado en medio millar de portadas, un promedio de dos veces al mes desde que tenía catorce años, pero a ella no la llaman supermodelo ni top model, como a Linda Evangelista, Kate Moss o Cindy Crawford. Esas eran las mujeres que, en los años noventa, no dejaban su cama por menos de diez mil dólares al día. Bündchen vino después, y es la única modelo de su generación que tiene tanta o más notoriedad que las anteriores. «Hay supermodelos. Y hay Gisele Bündchen», dijo el diario británico The Independent. Ella es la Übermodel, con el prefijo del superlativo alemán para nombrar lo que está por encima de todo lo demás. Un economista creó un índice que mide el progreso de las acciones en la bolsa de valores de las compañías que ella representa, como Procter & Gamble y LVMH, la dueña de Louis Vuitton y Givenchy. En un periodo de cinco años, mientras el Dow Jones cayó 4%, el Gisele Bündchen Stock Index subió 41%. Junto con su esposo Tom Brady, la estrella del equipo de fútbol americano New England Patriots, forma la pareja de celebridades que más facturó entre 2010 y 2011: ganaron dieciséis millones de dólares más que Brad Pitt y Angelina Jolie. Según Forbes, la brasileña estaría a punto de llegar a la lista de billonarios, un espacio reservado para los dueños de fortunas de más de mil millones de dólares. Industriales, herederos, magnates. Allí no hay modelos. Todavía.