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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

UN ZUMBIDO
TORTURA
TUS OÍDOS
HASTA LA
DEMENCIA

¿Es el ruido la epidemia más anónima en una ciudad?

Un texto de Eliezer Budasoff
Ilustraciones de Sebastián Suárez

Interior_ Sonido
Ilustraciones de Sebastián Suárez

 

Un caño que gotea sin cesar puede inundar una cocina, mantener en vela a un insomne y matar a una persona. A diferencia de lo que se cree, la tortura china que consiste en dejar caer una gota de agua cada cinco segundos sobre la frente de un hombre maniatado no quiebra la resistencia por el daño físico que provoca, sino por el sufrimiento psicológico que desata: unos días de exposición continua bastan para que la víctima, que no puede dormir por el ruido ni calmar su sed con las gotas, se desespere hasta la locura y muera de un infarto. Ploc. Ploc. Ploc. Los orientales siempre lo comprendieron: hasta el estímulo más débil puede convertirse en una fuerza arrolladora por obra de la persistencia. Pero eso me parecía puro marketing New Age la tarde de marzo que fui a conocer el que sería mi nuevo hogar. Era un departamento impecable, blanco y estéril, del tamaño de una casa rodante, en el sexto piso de un edificio céntrico de Rosario, la tercera ciudad más poblada de Argentina. Una cueva elegante bien ubicada. La anterior inquilina, que se iba a fin de mes, tardó tres minutos en mostrarme el lugar. Después me llevó a la cocina, abrió una ventana que daba a un patio interno y señaló hacia afuera: «Eso no termina nunca», dijo. Lo único que vi fue el vacío, y más allá las ventanas de un edificio de oficinas, salpicadas de caca de paloma. Entonces escuché el zumbido por primera vez: era un ruido leve, como el que hace el motor de una heladera vieja, cuya existencia se descubre recién cuando se detiene. Pensé que la chica exageraba: era diseñadora y tal vez tenía una obsesión por los detalles. Antes de alquilar un lugar para vivir nos fijamos en la luz y los espacios, la ubicación de los enchufes, el estado de las cañerías, el material de los pisos, la cadena del baño. Pero nunca nos detenemos ante los ruidos cotidianos. Nadie oye de verdad una casa hasta que tiene que despertarse en ella todos los días.

Durante doce meses exactos, de abril de 2012 a abril de 2013, viví en un departamento en el que se escuchaba doce horas por día el zumbido de un motor grave a media distancia. El ruido —decían los vecinos— provenía de alguna máquina de la Bolsa de Comercio, una mole de oficinas que quedaba a la vuelta, en la misma manzana de nuestro edificio. Al contrario de lo que sucede cuando se dispara la alarma de un auto y la molestia ataca por asalto, hay sonidos que se vuelven intolerables sólo con el paso del tiempo, pero al final el efecto es el mismo: una vez que lo percibimos, los pensamientos luchan contra el ruido hasta que se detiene. Imaginen una aspiradora que funciona todo el día tres pisos abajo. Imaginen un camión encendido de la mañana hasta la noche a la vuelta de sus casas. Imaginen el rumor lejano de cualquiera de las máquinas del progreso —ventiladores/bombas/compresores/transformadores/extractores—, como la música de fondo que oyen todo el día en un cuarto frío, blanco, de quince metros cuadrados. El ruido que escuchaba, ahora lo sé, era un sonido de baja frecuencia, que son de tonos graves y pueden ser muy perturbadores, pero entonces era incapaz de relacionar ese zumbido constante con la angustia que empecé a experimentar después de mudarme. A los dos meses de vivir en el nuevo departamento había adquirido un hábito recreativo: todos los días buscaba en internet enfermedades que coincidieran con mis padecimientos. De pronto amanecía con media cara enrojecida por una dermatitis. Me brotaban granos en lugares extraños. A veces despertaba en la noche transpirado. Me costaba tanto controlar la ansiedad como concentrarme en el trabajo. Ese fue el comienzo: me volví un hipocondriaco con síntomas reales.

Después de la polución atmosférica, la contaminación acústica es la segunda causa de enfermedad por motivos ambientales en las ciudades. Un ruido constante de más de sesenta y cinco decibeles (un secador de pelo genera entre setenta y ochenta) puede producir hipertensión arterial, problemas digestivos, trastornos del sueño, disminuir la capacidad para concentrarse, aumentar el ritmo cardiaco y la frecuencia respiratoria. Una calle transitada alcanza una presión sonora de noventa decibeles. Ocho horas diarias de exposición a más de noventa decibeles bastan para poner en peligro la capacidad de oír. Las normas sobre contaminación acústica de nuestras ciudades, que suelen ser prehistóricas, procuran regular la intensidad de los ruidos, pero el problema del ruido no es sólo un asunto de volumen. Los efectos extraauditivos que produce el ruido dependen de varios factores, además de la intensidad, y pueden ser iguales o más graves que la pérdida de audición. Un sonido muy intenso te puede dañar en forma más o menos directa, pero un sonido de baja frecuencia puede enfermarte lentamente. El ruido es, antes que un número de decibeles en la pantalla de un sonómetro, un sonido no deseado, y la percepción subjetiva resulta ser central en los efectos que provoca en nuestra mente. A menudo —explica Federico Miyara, director del laboratorio de Acústica y Electroacústica de la Universidad Nacional de Rosario— el ruido se tolera mejor cuando se lo considera inevitable. Hay un ejemplo elocuente para explicarlo: el sonido de millones de gotas de lluvia durante la madrugada puede apaciguar el espíritu; el de una gota que cae tras otra en la pileta del baño puede prender fuego a tu sistema nervioso.
Ploc.
Ploc.
Ploc.
Cuando una canilla gotea en medio de la madrugada, el mundo se divide entre los que son capaces de seguir durmiendo, y los que sienten la imperiosa necesidad de levantarse y hacer algo. En la película Noise, una caricatura de Hollywood sobre un hombre que enloquece por el chillido incesante de las alarmas y empieza a destrozar autos en Nueva York, hay un diálogo en el que la mujer del protagonista quiere saber por qué está tan obsesionado con el ruido. Él le responde con otra pregunta: «¿Por qué todo el mundo lo soporta?». Después de mudarme al nuevo departamento fui adoptando de manera instintiva distintas estrategias para sobrellevar el ruido. La Máquina, como lo había bautizado, arrancaba puntualmente a las nueve y cortaba después de las veintiún horas. Dado que me dedico a escribir, y me paso casi toda la jornada frente al monitor, tres veces al día salía a una plaza, me sentaba en un banco y me quedaba ahí, jadeando mentalmente, tratando de vaciar la cabeza. Cuando tenía que redactar un artículo que exigía demasiada concentración, cambiaba el día por la noche: empezaba a escribir después de las ventiún horas, y me iba a dormir al amanecer. Antes de acostarme cerraba las ventanas, evitaba tomar líquido e iba al baño ritualmente, porque si me despertaba cuando La Máquina funcionaba, no podía volver a dormir. Por épocas mi ciclo de sueño se volvió polifásico. Era como vivir cerca de la sala de máquinas de un submarino que nunca salía a superficie. En esa atmósfera enrarecida, cierta predisposición a las ideas paranoicas floreció como una enredadera salvaje en mi cabeza. Prestaba una atención obsesiva a los cambios más ligeros de mi cuerpo. Empecé a tomar complejos vitamínicos porque me sentía agotado. Compraba suplementos naturales para fortalecer el sistema inmunológico. Me hice análisis clínicos exhaustivos de sangre y orina por primera vez en más de diez años. El médico juraba que no tenía nada más que una ansiedad galopante. Unos investigadores de la Douglas Mental Health University han descubierto que las personas que viven en las ciudades tienen un ventiún por ciento más de riesgo de padecer trastornos de ansiedad, y son hasta cuarenta por ciento más propensos a sufrir trastornos de ánimo que los que viven en el campo. Pronto empecé a hacer terapia para tratar de controlar la angustia, pero tampoco en ese momento vinculé el aumento de mi malestar psicológico con el ruido constante, al que consideraba sobre todo un problema de orden práctico. Sólo había que adaptarse —pensaba— como hacían mis vecinos. Pero a medida que pasaba el tiempo, en vez de atenuarse, el zumbido ganaba más presencia en mi cabeza. Los días en que más difícil se me hacía tolerarlo, me preguntaba lo mismo que el protagonista de Noise respecto de mis vecinos: ¿Por qué todos lo soportaban? ¿Cómo podían vivir así desde hace años?

Un sonido de baja frecuencia puede ser tan molesto como un mosquito en una habitación a oscuras, pero tan dañino como una grieta en el casco de un barco. Es difícil determinar cuán grave es una molestia cotidiana cuando esta es invisible, y nadie más parece percibir el problema. Los estudios coinciden en esto: los ruidos de baja frecuencia provocan una angustia extrema entre quienes son sensibles a sus efectos, pero una de sus características es que tienen un nivel de aceptación muy subjetivo. El zumbido constante de un motor que es desagradable para un individuo puede resultar indiferente para otros, pero eso no lo hace menos dañino. Si alguien padece estrés a causa de un ruido de baja frecuencia, por ejemplo, pero su nivel de molestia al respecto es bajo o nulo, terminará asociando su malestar con otra causa. A eso se suma que este tipo de sonidos son omnidireccionales, y tienen la capacidad de viajar grandes distancias, lo que dificulta determinar su origen. Nuestras ciudades están repletas de fuentes de sonidos de baja frecuencia: los grandes sistemas de ventilación, los motores diésel, la maquinaria pesada, los compresores, los motores de explosión interna, las turbinas, los ruidos que se originan por las vibraciones del suelo.
Un mediodía me acerqué al Edificio Torre, la moderna mole de cemento donde funciona la Bolsa de Comercio de Rosario, para saber qué tipo de máquina podían tener funcionando doce horas por día de lunes a viernes, y alrededor de ocho horas los sábados, que fuese capaz de emitir aquel ronquido grave e ininterrumpido. Desde la recepción, por teléfono, un hombre de mantenimiento me explicó que cada uno de los pisos del edificio tenía su propia sala de máquinas para los equipos de climatización de aire, y que cualquiera de ellas podía haber sido el origen del zumbido que escuchaba en mi departamento. Antes de despedirse, el hombre me preguntó si yo era el mismo vecino que había ido meses atrás a quejarse por el ruido. No era, le dije: si aún hubiese estado viviendo en ese edificio, habría querido aparecer por ahí de la misma manera que aquel residente de Weiden, Alemania, se apareció ante los vecinos que tocaban vuvuzelas durante un partido entre Holanda y Camerún: con un hacha en la mano y amenazando con matar a todos.

Cualquiera que viva al lado de una obra en construcción, o que haya pasado dos horas escuchando bocinazos en la esquina más transitada de la ciudad, se convierte en un asesino de masas en potencia. La exposición al ruido, aun a los de bajo nivel, provoca eso: la irritabilidad, la ansiedad y la fragilidad emocional son formas como reaccionamos al sonido como agente estresante, y yo experimentaba a todas adentro de mi calabozo. Algunos días, después de las nueve de la noche, cuando el sonido se detenía, me daba cuenta de que llevaba horas con las mandíbulas apretadas o los hombros contraídos. Sólo entonces podía relajarlos. Ocho meses después de mudarme, además de hacer terapia y salir a correr, empecé a practicar boxeo: necesitaba agotar el cuerpo por completo para poder descansar. Uno de esos días, sentado en el banco de la plaza más cercana, analicé la posibilidad de comprar tapones para los oídos para volver a escribir.

El oído no tiene párpados: es el único sentido que no podemos anular a voluntad. El sonido tiene la capacidad de desparramarse por hendijas y llenar espacios. Se transmite por el aire, a través de las paredes, por el agua, por el suelo: cualquier medio material que tenga algún grado de elasticidad puede propagarlo. El manejo del ruido deviene así una medida de convivencia, y un signo del registro de los otros. A finales de 2012, el diario El País publicó que en Madrid una familia batallaba hacía veintitrés años por el ruido de los aparatos de climatización de un hospital que quedaba al otro lado de la vereda, a unos veinte metros de su casa. Aunque el ayuntamiento había dado la razón a la familia, y había notificado, multado y amenazado al hospital con clausurarlo, el ruido persistía. Hubo un momento —narraba la noticia— en que la mujer de la familia —que hacía quimioterapia para tratar el cáncer que padecía— tenía que sacar su cama al pasillo de su casa para alejarse de las ventanas y poder dormir. En Granada tuvo repercusión otro caso: un médico forense había diagnosticado que la vecina de una fábrica de cerveza padecía un estado ansioso-depresivo con estrés postraumático, somatizado con taquicardias, dermatitis y otros efectos físicos a causa del ruido. La mujer, que había iniciado un litigio contra la fábrica, explicaba que el ruido que producía la planta las veinticuatro horas y los siete días de la semana hacía imposible cualquier actividad cotidiana, desde leer un diario hasta descansar. No es sorprendente que la gente que sufre contaminación acústica se refiera a ella como ‘una tortura’, dice Federico Miyara. Los chinos, que no siempre fueron tan sutiles usando gotas de agua, antiguamente utilizaron ruidos muy intensos para torturar hasta la muerte a criminales condenados. El ejército de Estados Unidos empleó música a volumen brutal para torturar a detenidos en Guantánamo y Afganistán. Antes de los Juegos Olímpicos de Londres, Inglaterra adquirió un dispositivo acústico de largo alcance (LRAD, por sus siglas en inglés), que se podía utilizar como ‘arma sónica’ en caso de disturbios. Un equipo similar había sido utilizado por Estados Unidos para controlar multitudes en Irak y por Israel para reprimir palestinos en la franja de Gaza. El ruido blanco se utiliza para provocar la privación sensorial de prisioneros. Los ruidos de baja frecuencia se utilizan en interrogatorios ilegales para desestructurar el pensamiento lógico. La expresión ‘violencia acústica’ —señala el especialista Miyara— es precisa para hablar de un fenómeno cada vez más presente en nuestras sociedades: «A menudo dicho sonido será un ruido muy intenso, pero también puede ser la música de un vecino que se filtra a través de la medianera —la pared que separa dos propiedades—, o el estrépito constante de una ciudad que nos impide conciliar el sueño».

Hay vecinos capaces de llamar a la policía para quejarse por los ruidos molestos de una fiesta descontrolada, pero nadie lo hace por los equipos de aire acondicionado de un edificio de oficinas. La antigua portera del edificio donde yo vivía, que trabajó ahí durante catorce años, no recuerda que los vecinos se quejaran mucho del ruido, pero un par de veces tuvo que ir a la Bolsa de Comercio a reclamar en nombre del edificio. «No todo el mundo lo escuchaba», me dijo. Para la administradora, el problema de ese ruido era indistinguible de otros reclamos: «La gente se queja por todo». El hombre del 5 A creía que el problema era en verano, cuando el ruido de los equipos de aire acondicionado se sumaba al zumbido de las máquinas de la Bolsa de Comercio. Para la chica del 2 B, el ruido provenía del extractor de aire de un bar que lindaba con el edificio. Dos viejitos adorables del 2 A, Edgar y Nelly, se quejaron varias veces por el ruido de ese mismo extractor, que funcionaba casi al lado de su hogar. Al principio él sufría mareos por el zumbido, y escribió varias cartas a la administración. Después, con el tiempo, decidió acostumbrarse: como no quería tener problemas con la gente del bar, evitaba los ambientes más contaminados por el ruido —la cocina y el comedor diario de su casa—, encendía el televisor, trataba de ignorarlo. A diferencia de ellos, que lidiaban con el extractor, el ruido de la Bolsa de Comercio parecía afectar a ciertos departamentos de los pisos más altos, sobre todo del ala B. La vecina del 2A recordaba el reclamo de unos estudiantes que no podían concentrarse: «Abrían las ventanas y el ruido los volvía locos». En un comienzo, cuando vivía en ese mismo edificio, suponía que mis vecinos se embotaban con la televisión o con cualquier ruido para no tener que estar a solas con sus pensamientos. Esa explicación me había servido de consuelo los días más duros, pero equivalía a reconocer que no existía un problema real. Sin embargo, mientras hablaba con aquel par de viejos queribles y confiados en el comedor de su hogar, levantando la voz para hacerme oír por encima del zumbido espantoso del extractor y del televisor encendido, descubrí que ellos simplemente no tenían a donde ir. Vivían ahí hacía más de treinta años, y se habían adaptado a la invasión del ruido como a una fatalidad. A partir de sus quejas, habían conseguido que los responsables del bar pusieran un aislante y un silenciador nuevo para bajar un poco los decibeles. Y eso era todo. Lo mismo sucedía con la Bolsa de Comercio: cada vez que algún vecino se quejaba por el ruido, el equipo de mantenimiento revisaba y ajustaba las máquinas, y así se renovaba un pacto de convivencia tácito, asimétrico, hasta la nueva queja. Y eso era todo.

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