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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Un rebelde en silla de ruedas

Un día Paul Pflucker se lanzó un clavado en la playa
y perdió el movimiento y la sensibilidad de su cuerpo.
Hoy, casi un cuarto de siglo después,
es un hombre con cinco mil amigos en Facebook
que postula al Congreso de la República.
¿Qué hay de sexy en un tetrapléjico?

Un perfil de Piero Che Piu
fotografías de Alexis Huaccho

Paul Pflucker

Una tarde de verano de 2011, Paul Pflucker iba en su silla de ruedas a contravía del tráfico de la avenida Caminos del Inca. Los automóviles desviaban su dirección para evitar atropellarlo y él avanzaba resuelto en su OutdoorPowerchair, que emitía un sonido robótico. Durante el trayecto, Pflucker no aminoró su marcha. No era un Quijote en silla de ruedas ni un suicida discapacitado: era sólo otro hombre que quería regresar a casa en plena hora punta. A diferencia de los paralíticos que tienen inmóvil sólo la parte inferior del cuerpo, la parálisis de los tetrapléjicos comienza debajo del cuello. Por momentos, coches de dos toneladas se acercaban a centímetros de él y su única reacción era continuar hacia adelante. Para él, lo inesperado tiene la apariencia de escaleras que no puede subir. Intenta no ir a ningún lugar que esté en un segundo piso. Le cansa que lo tengan que cargar para subirse a cualquier auto. Pero su vida no es otra historia de sí-se-puede. A sus fiestas de cumpleaños asisten cientos de invitados, desde actrices de televisión hasta jóvenes políticos. Compra toda su ropa en tiendas de Miami. Tiene suficientes perfumes para usar uno por día durante todo un mes. Organizaciones como B2D (Business toDisabled) lo contratan para dar charlas sobre superación personal. El ex alumno de siete colegios que respondía a sus maestros: «No por ser profesor me vas a obligar a hacer lo que no quiero», tiene dos palabras grabadas en la pulsera de su mano izquierda: visualiza y materializa. Concretar. Hacer cosas. Pflucker mide un metro noventa, y después de su accidente ha tenido que sentarse a hacer las cosas. Por estos días, una de ellas es postular al Congreso de la República.

En la playa El Silencio, al sur de Lima, una tarde su amigo le tiró arena a la cara. Quería obligarlo a que se volviera a meter al mar. Pflucker era un bromista, pero no le dio risa llenarse la boca de arena y lo persiguió a las carreras. Habían llegado antes del mediodía en auto junto con otro amigo. Cuando Pflucker llegó a la orilla se lanzó de cabeza al mar justo cuando la marea retrocedía. El golpe hizo que no pudiera moverse y empezara a ahogarse. Un veraneante dio la alarma de su cuerpo inmóvil sobre el mar. Sus amigos creyeron que se trataba de un mal chiste. Sabían que Pflucker era alguien temerario: se había roto el brazo dos veces, una vez la clavícula y en otra ocasión tuvo la pierna enyesada durante nueve meses. Pflucker permaneció consciente tendido sobre la arena con los ojos enrojecidos pero abiertos. Para él sentir dolor significaba algo grave, pero en ese instante no sentía nada.

El día después del accidente también estuvo con él Fabiola Arteaga, su enamorada. Ella tenía trece años y él le llevaba cinco. Ella estudiaba en el Villa María, emblemático colegio de la clase alta de Lima, y ya tenía ese humor deslenguado por el que se haría conocida en sus shows de stand-up comedy. Hoy ella lo recuerda como el chico al que todas querían invitar a la fiesta de fin de curso: alto y sonriente, que podía bailar el rock de la banda Los Violadores y la balada de Mecano con la misma facilidad con que le cambiaba las letras a las canciones para hacerla sonreír. Pflucker vivía en Valle Hermoso, tenía el cabello largo con ondas y usaba camisetas de colores festivos. Era un enamorado que la llamaba por teléfono impostando la voz como si fuera un seductor.

Al día siguiente cuando Fabiola Arteaga pudo ver a Pflucker lo encontró en el hospital con la cabeza rapada y conectado a varias máquinas para vigilar su estado. El accidente le había descolocado la posición del cuello. Para solucionarlo, en el hospital le instalaron una estructura metálica en su cabeza. De ésta colgaban unas pesas que le estiraban el cuello y lo mantenían recto, para evitar que las vértebras permanecieran en mala posición. Mientras hablaban, Pflucker le pidió que le apretara el pie, estaba aturdido y nadie le informaba sobre su condición. Arteaga le sujetó el pie, pero él no se dio cuenta. Ella rompió a llorar, la enfermera le pidió que se marchara. Dos días después de su internamiento, el doctor Donald Morote le explicó el diagnóstico a Pflucker. Era una lesión al final del cuello: su médula espinal estaba aplastada entre la quinta y sexta vértebras cervicales. El vínculo que unía su cerebro con el resto del cuerpo seguía ahí, pero tan débil que no permitía que el oxígeno y los nutrientes llegaran a las células nerviosas de la médula. Cuando mueren las células nerviosas no hay forma de regenerarlas. Su médula estaba aplastada y al parecer no tenía remedio. Su novia de entonces recuerda que unas semanas después, aún internado, Pflucker terminaría con ella a pesar de sus ruegos. Le dijo, como disculpándose, que a su edad, ella no merecía el peso de esa responsabilidad y la liberó de la carga que sería su vida desde el accidente. Tiempo después Pflucker volvería con Marilú Salazar, una ex enamorada de su misma edad que permaneció a su lado todos los días del resto del verano. Arteaga siguió visitándolo. Ella quería estar cerca a pesar de los celos. Incluso cuando la relación con Marilú terminó, continuaron siendo amigos. Así es Pflucker: Alguien con quien los demás quieren estar.

Meses después, cuando salió del hospital, Pflucker convirtió su cuarto en la banca de un parque. Ahí estaba permitido fumar, decir groserías y hablar a gritos: su casa empezó a parecerse a un salón de clases con profesor ausente. Para Pflucker era como estar afuera sin levantarse de la cama. Su familia mantuvo la puerta de la calle abierta para que todos pudieran entrar. Leonardo Cuervas, un productor de comerciales con una risa metálica, era uno de los amigos de Pflucker que visitaba la casa en esos días. Cuenta que los visitantes firmaron el armario de la pieza de casi dos metros de altura como si fuera un yeso. Eran tantos, que en una semana las firmas de sus amigos lo habían cubierto todo. Sin remedio posible, la compañía era su medicina.

El padre de Pflucker, Gastón, decidió dejar su trabajo como ejecutivo en una empresa de venta de metales para cuidarlo a tiempo completo. Pflucker era el menor de sus cuatro hijos. Antes del accidente, cuando su madre Elba lo regañaba, Gastón intentaba comprender la rebeldía de su hijo. Escuchaba con paciencia los argumentos de Pflucker para negarse a usar el uniforme gris del colegio, « ¿una chompa ploma te va a hacer más inteligente?». Durante esos primeros meses de rigidez absoluta, su padre también se convirtió en su cuerpo. Le daba de comer, lo limpiaba y le cambiaba de ropa. Una tarde, Pflucker se moría de ganas de una comida normal: quería un pan con una salchicha y su padre fue a conseguírselo. Pflucker comió con avidez. Unas horas después sintió un picor en el pecho. Se estaba intoxicando. Para alguien con su diagnóstico, sentir un malestar –o cualquier cosa– era una buena noticia.

El resto de sus avances no ocurrieron tan pronto. Sucedieron más por necesidad que por terapia. A los veinte años aprendió a marcar las teclas de un teléfono con la nariz y la barbilla. Ya podía tentar suerte en la venta de productos de nutrición y paquetes turísticos por teléfono. Unos años después, cuando pudo tener control sobre su muñeca, empezó a utilizar una silla de ruedas eléctrica. Diez años después del accidente, consiguió que sus brazos se movieran a voluntad; ya estaba trabajando como relacionista público para empresas de entretenimiento y restaurantes. A eso se dedicaba cuando en el 2008 un canal nacional emitió un reportaje sobre él y personas en México, Canadá y EEUU lo vieron por Internet. Era la historia de un tetrapléjico que no se dejó abatir por su accidente, y que sin rehabilitación profesional ya era capaz de usar los brazos para hablar. Unas organizaciones sin fines de lucro lo empezaron a contratar para ayudarles en campañas altruistas: recolección de ropa para soportar el frío en ciudades del altiplano, o sillas de ruedas plegables. Desde entonces recibe al menos diez correos diarios de otros discapacitados pidiendo consejo. Los límites de su psicomotricidad fina sólo le permiten contestar con la parte lateral del dedo meñique.

Contesta el celular usando los dedos como delgados bloques rígidos y ayudándose del mentón. Lo abre haciendo palanca con las manos, estira la antena con la boca y responde la alerta de Nextel haciendo presión con los dedos. Todo en menos de diez segundos. Cuando habla por su celular permanecen en su cara los gestos que utilizaba para hacerse entender cuando no podía mover la parte superior de su cuerpo, sobre todo las muecas para acentuar respuestas. Pflucker es uno de esos tipos que llaman flaco al gordo, que dicen manyas en lugar de entiendes y que terminan sus conversaciones con nooo, ¿en serio? Es un tío que revisa todos los días su perfil de Facebook y suele comentar las fotos de las fiestas a las que va con un «buenaaazo». A los cuarenta y dos años su mirada es pícara, tiene una sonrisa diseñada para la carcajada y algo de desvelo bajo los ojos. Su rostro de traviesa confianza anuncia el cuerpo que tendría si no hubiera quedado tetrapléjico cuando acababa de cumplir la mayoría de edad.