Etiqueta Negra

Una revista para distraídos

Un púgil de ficción
golpea de verdad

Unos dibujos animados de carne y hueso
se pelean en Los Ángeles, la ciudad que siempre
se disfraza de sí misma

Un texto de Salvador del Solar

Púgil

Hace más de tres décadas, cuando tenía cinco años, golpeé a un niño en la cara. Fue un puño certero que inflamó el pómulo de un compañero de escuela y me privó del recreo esa mañana. No he podido olvidar la escena. La maestra había colocado una lata con lápices de cera de colores en el centro de una mesa que ocupaba junto a otros tres niños y nos había pedido que esperáramos su señal para empezar a pintar. Entonces mi mirada estaba enfocada en un lápiz de cera rosado, el color de la camiseta de mi equipo de fútbol, el Sport Boys del Callao. Cuando la profesora nos dio la señal, el niño que estaba sentado a mi izquierda se abalanzó para ganarme el único lápiz rosa de la lata. Fue la primera vez que lancé mi puño de verdad contra la cara de alguien. Y hasta hace unos días había sido la única. Media vida después, en una telenovela en Colombia, empecé a interpretar el personaje de un boxeador. Entonces, mientras boxeaba, me preguntaba qué fue de ese niño capaz de lanzar un golpe sin previo aviso, movido por la insuperable pureza de los actos reflejos. ¿Estaría todavía dentro de mí, listo para adelantarse de nuevo si las circunstancias lo provocaban? ¿O el prolongado reinado de mis modales conciliatorios habría terminado por asfixiarlo?

Toda mi vida ha estado libre de peleas. Sospecho que, así como con las gaseosas light, algo no del todo saludable podría esconderse bajo una existencia tan pacífica. Si como las canciones de moda la posibilidad de liarse en una pelea ronda por cada esquina, ¿qué significaba haber pasado la vida entera sin medirse a golpes? ¿No era acaso esta suerte de invicto, antes que una señal de sensatez, la evidencia de un carácter endeble y timorato? ¿No revelaba una nula disposición a poner los puños y la cara detrás de los principios?

No tenía una coartada. No podía decir que estaba en otra parte a la hora de la pelea. Había sido testigo de docenas de ellas. Había sido protagonista de más de un conato de bronca, esos momentos cargados de inminencia y adrenalina que, tal vez porque también los domina el miedo, casi nunca van más allá de un ritual de frases y gestos amenazantes que acaban desinflándose y dejan en los espectadores un sabor parecido al fraude. Aunque, en defensa de quienes los hemos vivido, siempre ha existido la opción de huir: quien no se retira al primer empujón demuestra al menos que, si la pelea es inevitable, está dispuesto a afrontarla. Pero de nada servía esto: mis conatos de broncas callejeras no alcanzaban para responder por qué nunca había terminado por agarrarme a golpes con nadie.

Las peleas de la Federación de Armas de Gomaespuma eran en juego, pero también muy en serio. Guerreros vestidos de manera extraña, con espadas de plástico, golpeándose salvajemente. Hardcore, La Tortera-Machona y Three-Pac, quien lucía como una versión trastornada de Bam-Bam de Los Picapiedras. Mucha atmósfera; nada de contenido

Supongo que esto se debía en parte a que, si bien no soy un pacifista, estoy lejos de ser el tipo de encendido súbito y explosión leve. Creo más bien que soy una persona con represa incorporada, alguien cuyos diques de contención no suelen verse rebasados a causa de un par de aspavientos y que prefiere, hasta donde le sea posible, evitar un enfrentamiento. Antes uso el freno de mano. Concentro mi atención en los gestos del otro, en los indicios de los movimientos por venir. Puedo esperar incluso la aparición de un primer golpe, la indubitable declaración de guerra. Y en esa intriga, que transcurre en un lapso que no alcanza a completar un instante, mis amigos me cuentan que mi cara se transfigura tornándose sanguínea y ofreciendo una expresión en la que es difícil discernir si es el terror o la furia lo que está por alcanzar su ebullición. No descartaría que el poder disuasivo de mi cara haya sido decisivo para mi sequía de peleas.

Pero a veces aparece dentro de mí una marea de alzada capaz de quebrar la resistencia de esos diques interiores. Hasta ahora no había habido mayores desbordes. ¿Qué lo había impedido? ¿Sería que esa marea en verdad no era tan poderosa como la sentía? ¿O sería más el miedo a desatar algo profundo, oscuro y desconocido, un miedo a dejarme arrastrar por la siempre incógnita corriente de la furia? Una pelea puede ocasionar una severa alteración de la realidad al punto que sus protagonistas terminan siendo abducidos hacia otra dimensión. Es ese momento de la verdad en el que la percepción del tiempo se altera y uno se siente de súbito reemplazado por otro que parece un gemelo perdido pero que también es uno mismo.

Pelear no es la única manera de acceder a ese momento de realidad en alta definición. Lanzarse de un puente atado a una soga elástica puede ser otra opción. O subirse a un escenario. O desnudarse ante alguien. O salir del clóset, para usar una metáfora tan potente como innecesariamente restringida a la homosexualidad —es tanto lo que uno puede guardar bajo llave—. En cualquier caso, es la acción de exponerse, en el doble sentido de descubrirse y arriesgarse, la que permite cruzar el umbral que nos separa de esa vibrante región de sensaciones que son inmunes a las palabras.

Pero, aunque no es la única opción, boxear es exponerse de una manera bastante radical. Es trepar hasta un altar cuadrilátero, mostrar el torso desnudo y ofrecer el propio cuerpo ante una congregación ansiosa por aplacar esa antigua y poderosa sed en nombre de la cual tantos coliseos se han levantado, tantas ejecuciones se han contemplado y tantos noticieros son sintonizados: la impúdica celebración colectiva del dolor de otro, el júbilo encendido por la desgracia ajena, el aplauso y los gritos ante la derrota de alguien más, y todas las revanchas personales cobradas con la sangre de un cordero cualquiera.