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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Un concierto de rock
por los árboles

¿A qué suena una guitarra hecha con madera ilegal?

Un texto de Julia Urrunaga
Ilustración de Luis Falen

Guitarras

Anne Middleton tenía órdenes de no pagar el soborno que le pedían en la aduana. Su trabajo era asegurarse de que un contenedor de ébano de Camerún llegara a Estados Unidos y se convirtiera en guitarras. Apenas hacía unos meses se había mudado a África. Era fan de las guitarras Taylor, y ahora, como su representante ante la empresa maderera que sus jefes acababan de comprar en Camerún, comprobaría si podían hacerse negocios legales con maderas preciosas. Conocí a Middleton cuando ambas trabajábamos en Washington para la misma ONG, asegurándonos de que la madera que se vende en Estados Unidos fuera legal. Es una rubia de melena ensortijada que tiene el dulce aspecto de una cantante country. A sus veintipocos años tenía un entusiasmo y humor burbujeante que parecía agradar a congresistas y dueños de madereras que le doblaban o triplicaban la edad y a quienes ella les decía cómo debían manejar sus negocios para cumplir con las leyes. Ahora era junio de 2012 y parecía frustrada por los líos en la aduana. Había llegado a Yaoundé, la capital siempre verde de Camerún, a principios de año. Para garantizar la legalidad del ébano con que fabricaba sus guitarras, Bob Taylor, el fundador de Taylor Guitars, buscó un socio y compró la mitad de una maderera en Camerún. Estaba empeñado en que todas las operaciones de su empresa fuesen legales, al menos hasta donde él pudiera asegurarse. Por ello Anne Middleton tenía dos contenedores repletos de ébano detenidos en la aduana. Un funcionario pedía una coima —tal vez de cien dólares— a cambio de sellar los documentos que permitirían que la madera iniciara su recorrido hacia América. Setecientos trabajadores corrían el riesgo de quedarse sin trabajo en la planta de El Cajón, California, en uno de los peores momentos de la economía estadounidense. Pero los jefes de Anne Middleton querían que aquel contenedor saliera de Camerún sin infringir ninguna ley. En manos de un músico del rock, una guitarra Taylor podía convertirse en un instrumento de rebeldía o de virtuosismo, pero jamás en la evidencia de un delito.

La ley Lacey —Lacey Act — prohíbe el comercio de productos hechos con ciertos recursos naturales o especies silvestres extraídos o comercializados sin cumplir con las leyes del país de origen. Se creó en 1900 para regular la venta de plumas exóticas con las que se fabricaban sombreros. Más de un siglo después, el Congreso de Estados Unidos aprobó una enmienda a la ley para incluir madera. Ahora es ilegal vender en Estados Unidos madera o cualquier cosa hecha con madera que haya violado las leyes del país donde se taló. Para el Lacey Act, mostrar documentos que avalen la legalidad de los negocios no es prueba suficiente de que lo sean. Podrían ser papeles falsos. Los comerciantes están obligados a observar lo que se conoce como «diligencia debida» —due diligence— sobre sus proveedores: asegurarse de que lo que les venden no ha sido obtenido de forma criminal. El castigo por violar el Lacey Act incluye el decomiso del producto y puede sumar multas y hasta cinco años de prisión para los responsables. El gobierno de Estados Unidos ha explicado más de una vez que la ley está hecha para productores y comercializadores y que no perseguirán a consumidores finales, pero los detractores de Lacey han iniciado una campaña de terror sugiriendo que un guitarrista podría ser detenido por ser dueño de un instrumento hecho con la madera de árboles talados sin permiso. Si en el siglo XX las estrellas de rock and roll fueron perseguidas por atentar contra las buenas costumbres con bailes indecentes o con un estilo de vida de marihuana y cocaína, en el siglo XXI su peor delito podría ser alentar la destrucción de los bosques, el trabajo esclavizante, el cambio climático y el crimen internacional.

Chris Cosgrove es el encargado de compras internacionales de Taylor Guitars y jefe de Anne Middleton, mi amiga en Camerún. Tiene el aire relajado de un rockero hippie y buena onda. Es un rubio bronceado de chivita y brazos tatuados, pero nunca ha tocado una guitarra en su vida. Lo conocí en México, cuando yo presentaba mi trabajo sobre exportaciones de madera ilegal de Perú a Estados Unidos y él hablaba sobre los desafíos de fabricar guitarras ecológicas. Viaja por el planeta consiguiendo proveedores que le garanticen que toda la madera que le venderán proviene de árboles que han sido talados sin destruir los bosques, explotar a las personas ni corromper a las autoridades. Me contó que meses después de que Anne Middleton estuviera atorada con ellos en la aduana de Camerún, los contenedores de ébano habían conseguido el sello y estaban listos para viajar. Pero con los retrasos, la fábrica de California estaba a punto de quedarse sin materia prima. Cada día los lutieres de Taylor fabrican medio millar de guitarras, y si el contenedor viajaba —como es habitual— por vía marítima, tomaría otros dos meses en llegar a la planta. Tendrían que pagar cientos de miles de dólares —bastante más que la propina que aquel funcionario pedía— para que un avión transportara la madera. Árboles legales de África que viajarían de manera más contaminante para no tener que despedir a cientos de empleados estadounidenses. La única recompensa de esta decisión parecía ser para la conciencia.


La primera vez que escuché que la tala ilegal podía combatirse con un tratado de libre comercio fue en un restaurante de sánguches en Washington D.C. cerca de la Casa Blanca. Era 2008 y mi amiga Andrea Johnson buscaba a alguien que rastreara la madera ilegal que el Perú exportaba a Estados Unidos. Ella trabajaba con una ONG en Washington que, aliada con otras organizaciones, había conseguido agregar un anexo forestal al tratado de libre comercio entre el Perú y Estados Unidos, y querían que alguien siguiera la madera desde un campamento ilegal hasta una aduana norteamericana. La misión parecía diseñada por un guionista de Hollywood. En el siglo de las catástrofes ambientales agravadas por el cambio climático, cortar un árbol de manera ilegal es un asunto para la Interpol. También para las Naciones Unidas, que considera el problema similar al de los diamantes de sangre, que han financiado rebeliones y violaciones masivas de derechos humanos en África. El Banco Mundial estima que la madera ilegal es un negocio de quince mil millones a veinte mil millones de dólares, la misma cantidad que ganarán en 2012 las empresas financieras de Wall Street. Y también es menos arriesgado que la bolsa: un estudio en Brasil, Filipinas, Indonesia y México descubrió que la probabilidad de que el crimen de tala ilegal sea castigado es de 0.084%. Esto sucede sobre todo en áreas donde los países son incompetentes, corruptos o caóticos por la violencia política. En Colombia un equipo de investigadores fiscales me explicó que habían detectado que algunos narcotraficantes están ‘diversificando’ su negocio a mercancías como maderas preciosas y oro, porque controlan las zonas, y que —a diferencia de la cocaína— estos productos se ‘lavan’ gracias a la corrupción local y pueden circular por el mundo en la forma de inocentes mesas, tejas para parquet y guitarras.

Hasta aquel día en Washington, la mayor parte de mi carrera había sido como periodista de investigación en temas de corrupción en el Perú, donde la impunidad política y judicial puede ser frustrante. Dos años antes había decidido regresar a la universidad: entendía cómo funcionaba la corrupción pero quería aprender a combatirla. Alguna vez había intentado investigar el sector maderero, donde los expertos hablaban de la necesidad de denunciar a ciertos empresarios del ramo, pero no se animaban a aportar pruebas o a dar la cara. Sin fuentes ni información sólida, no había historia. En realidad, fuera de algunos funcionarios de ONGs ambientalistas y quienes trabajaban en la extracción y comercio de madera, a pocos les importaba el tema y sus impactos sociales y ambientales. Pero ahora que un incumplimiento al anexo forestal —que exige legalidad de origen, anticorrupción y transparencia— podía derribar el tratado de comercio entre el Perú y Estados Unidos, de pronto el asunto se volvía un tema atractivo de economía y política. Así que la propuesta de Andrea Johnson me sedujo y volví a la investigación. No se trata de salvar arbolitos por capricho o moda al estilo treehugger. La tala ilegal de madera trae consigo trabajo forzoso en condiciones cercanas a la esclavitud, las mujeres contratadas como cocineras en los campamentos madereros son violadas por hasta veinte o treinta taladores que trabajan ahí; las comunidades vecinas suelen ser estafadas o saqueadas de sus especies forestales más valiosas; los funcionarios del Estado que no aceptan coimas son amenazados, atacados e incluso asesinados;  y los bosques primarios son depredados, con lo que se destruye el hábitat de especies en peligro y se liberan emisiones de gases que agravan el cambio climático. Esta cadena de desastres se sostiene por dos motivos: descansa en un sistema de corrupción que destruye la esperanza de un gobierno justo y también porque a nadie en la capital, tan lejos de los bosques, le importa el problema. Pero al gobierno y a los empresarios les interesa el tratado de libre comercio, y el anexo forestal ha llamado la atención hacia la madera. Si demostrábamos el comercio de tala ilegal del Perú a Estados Unidos, tal vez los exportadores de oro y cobre se volverían nuestros aliados naturales en la lucha contra la corrupción de la tala ilegal. Demasiado tentador como para dejarlo pasar.


Una mañana de agosto de 2011, una veintena de agentes armados del Fish and Wildlife Service de Estados Unidos irrumpieron en tres plantas de Gibson Guitar en Nashville, Tennessee. Los empleados fueron llevados a los estacionamientos de las plantas hasta que recibieron la noticia de que las instalaciones serían clausuradas ese día. Durante algunas horas, los oficiales entraron y salieron de allí incautando tablones de palo de rosa y de ébano de la India, computadoras y guitarras. Se les acusaba de obtener la madera sin respetar las leyes indias. Henry Juskiewicz, el CEO de Gibson, apareció en los medios de inmediato denunciando el atropello a su compañía, cuyo único delito —parecía— era fabricar instrumentos clásicos y crear empleos estadounidenses. Gibson Guitar inventó la guitarra eléctrica y después de aquel operativo se presentó ante la prensa como una víctima. Pero aquella no era la primera vez que la fábrica de Gibson recibía la visita de agentes federales con armas largas en un operativo estilo SWAT. Un par de años antes, la policía llegó detrás de un cargamento de ébano proveniente de Madagascar. Esa vez la investigación era por importar madera extraída ilegalmente. En 2011 el problema era otro: hay una ley de la India que prohíbe exportar madera en bruto, y la compañía había comprado materia prima en ese país. Gibson acusó a la ley Lacey de robar empleos a los norteamericanos: «si en vez de emplear a ciudadanos estadounidenses hubiésemos contratado indios, no nos perseguirían». Era un argumento incómodo en un momento sensible por la crisis y a inicios de la campaña presidencial. Parecía que los ambientalistas querían acabar con el rock and roll.

Las guitarras son el instrumento musical más popular y versátil del mundo: se tocan en iglesias protestantes, conciertos de death metal y orquestas folclóricas. Sólo en Estados Unidos uno de cada cien ciudadanos compra una guitarra cada año: todos juntos formarían un país del tamaño de Uruguay. Bob Marley tuvo siete guitarras, y una de ellas es un tesoro nacional del gobierno de Jamaica, valuada en dos millones de dólares. Cuando Barack y Michelle Obama visitaron Francia, llevaban una guitarra acústica —nada menos que de Gibson— para regalar a Carla Bruni-Sarkozy. Igual que un violín, una guitarra mejora con el tiempo. La madera, según los expertos, se endurece y resuena con mayor intensidad. Ken Parker, un lutier cuyos clientes incluyen a Lou Reed, Paul Simon y Pete Townshend, ha declarado: «el sonido de una guitarra antigua es, en parte, un eco de lo que hemos perdido: palo de rosa brasileño, marfil de elefante, abeto maduro y caoba —los mejores materiales acústicos del mundo—». Hoy es casi imposible conseguir la mayoría de estos materiales porque hemos ido acabando con las especies. Cada árbol que cae de manera ilegal es de algún modo un voto por el silencio, el principio del fin de ciertas melodías que sólo se producen con maderas preciosas.

Después del escándalo y de la atención internacional por el caso de Gibson Guitar, un grupo de artistas de Madagascar organizó en setiembre de 2012 un concierto masivo para enviar un mensaje al mundo en contra de la tala ilegal. Una semana después, el derechista Tea Party de Estados Unidos realizaba otro en Nashville, Tennessee, para apoyar a la empresa acusada de importar madera ilegal de Madagascar. Razia Said, una compositora malgache, ha dicho que Gibson fabrica excelentes guitarras. Pero si lo hacen con madera ilegal dañan la biodiversidad de su país. Más de mil árboles de ébano y palo de rosa caen de manera ilegal cada día en el bosque de Masoala, hábitat de los cada vez más amenazados lémures. A esto se suma el abuso a los pobladores locales, ya que les pagan precios miserables por madera que luego se vende por cientos de miles de dólares en lugares donde las leyes no permitirían ese tipo de prácticas.

Por ello es importante que Lacey tenga músculos y dientes: de algún modo protege a otros países de la corrupción de sus propios gobiernos. Puede que las empresas norteamericanas no teman romper las leyes de países pobres y corruptos, pero sí respetan la legislación de Estados Unidos. Sin embargo, intentan debilitar a Lacey para proteger sus intereses. Entre 2009 y 2012, los abogados de Gibson presentaron declaraciones juradas y documentos oficiales de Madagascar en que aseguraban que esa madera era legal.  Al mismo tiempo empezaron una intensa campaña en el Congreso para reducir las sanciones determinadas por Lacey de cinco años de prisión a multas de trescientos dólares —menos de lo que cuesta una guitarra—, y no tener que preocuparse si el caso llegaba a juicio. La lucha entre el lobby de Gibson por un lado y el de las organizaciones ambientalistas y los gremios de productores y sindicatos de trabajadores madereros por el otro fue feroz. Por ahora Lacey no ha sido modificada, así que Gibson debió firmar un acuerdo extrajudicial con el Departamento de Justicia, donde reconocía haber comprado madera ilegal de Madagascar y prometía no volverlo a hacer. También pagaron una multa de más de un cuarto de millón de dólares. Si bien nadie terminó en la cárcel, fue un castigo ejemplar para el resto de la industria: ni siquiera Gibson estaba a salvo. La marca tenía años que colaboraba con Green Peace y otras organizaciones en un esfuerzo por cumplir con un público que demanda transparencia de las empresas más famosas, y aun así perdió las guitarras incautadas y pagó su culpa.

En el extremo opuesto de Gibson y sus escándalos se encuentran las guitarras Taylor. A mediados de los setenta Bob Taylor y Kurt Listug consiguieron un préstamo de diez mil dólares de sus familiares y comenzaron a fabricarlas y a venderlas. Apenas rondaban los veinte años y crearon un imperio que hoy vale más de ochenta millones de dólares. Taylor supo que sería lutier cuando tenía dieciséis años. Ese año lo pasó fabricando su primera guitarra, y al siguiente armó dos más. Taylor tiene prestigio por innovar. Por ejemplo, crearon un nuevo diseño de cuellos de guitarra llamado cuello NT, que, además de hacer más estable el instrumento, permite fabricar más cuellos a partir de un solo árbol. Por otro lado, cuando empezaron sus operaciones en Camerún, encontraron que gran parte de los cada vez más escasos árboles de ébano se abandonan en el campo si el interior del tronco no es negro por completo. Resulta que menos de la mitad de estos árboles no son por completo negros, pero los compradores así lo exigen. Los taladores en Camerún ignoran el color de la madera antes de cortar el ébano, así que lo derriban sin saber si podrán venderlo. Así se desperdicia tiempo, esfuerzo y también el doble de bosque. Bob Taylor encontró que la calidad acústica del ébano no está relacionada con su color, así que empezó a educar a sus clientes: ofrecía guitarras de cualquier color de ébano. Crelicam, la proveedora de madera de Taylor en Camerún, también vende ébano a terceros, quienes creen que estos troncos son de menor calidad, pero él insiste en que el ébano ciento por ciento negro no es sostenible. La empresa sostiene que las variaciones de color en sus guitarras no son errores, sino el símbolo de estatus de una marca responsable. Hoy estas guitarras las usan Dave Matthews, Prince, Katy Perry y Taylor Swift. Un instrumento musical es el mejor ejemplo de un producto verde y que puede durar por bastante tiempo. Es otro modo de preservar un árbol caído.