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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Tres tesis filosóficas
sobre Astrid Gutsche

Vive en un presente perpetuo.
Llega de un pasado ubicuo.
Su futuro astronómico le aterra.
¿Hay alguien a quien no le guste esta alemana de chocolate?

Un texto de Dante Trujillo
Fotografías de Alex Kornhuber

Astrid

Astrid Gutsche toma mi mano derecha y la coloca sobre su muñeca izquierda.Encuentra su arteria radial.El cronómetro arranca. Acababa de llegar con una boina Harley Davidson y, luego de lanzar su cartera de cuero con flores andinas bordadas, y de pedir un choclo desgranado con salsa huancaína, se sienta en una silla de Tanta, su pastelería gourmet: quiere demostrarme que su corazón bombea no más de sesenta veces por minuto. No es un ritmo normal. Es un ritmo cardiaco que se acerca al de un yogui. Su sonrisa se ensancha con la lentitud de los latidos. Es raro verla tanto tiempo con los ojos cerrados.

Quieta. Suspendida. En silencio. Días como hoy empiezan a las seis de la mañana, cuando se levanta para llevar a sus hijas al colegio, y terminan pasada la medianoche, tras la barra del Astrid & Gastón, en una casona de Miraflores donde empezó su aventura gastronómica en el Perú al lado de su esposo Gastón Acurio. Es extraño encontrarla en calma. Basta un segundo para conocer el poder de sus impulsos. En Lima, una de las ciudades con los peores conductores del mundo, detiene el tráfico de una calle para salvar una paloma herida y enseñarles a sus hijas lo que hay que hacer. En El Callao, un barrio tan popular como peligroso, le rompen la ventanilla de su camioneta para robarle la cartera, y ella golpea al asaltante hasta hacerlo huir. Ahora, a la hora del almuerzo, con el lugar en ebullición, tiene mi mano en su muñeca. Se cumple el minuto. Astrid Gutsche abre sus ojos azules. Pregunta.

—Cincuentaitrés latidos —respondo.
Su risa suena como un graznido.
—¿No te dije que era una huevada locaza?
Gutsche goza de un corazón saludable.

Y se vuelve a reír.

Hoy le toca probar las innovaciones de los empleados de Tanta. Mientras espera a sus ensayistas de postres, escribe correos en su BlackBerry y habla por radio con sus hijas, dos adolescentes que hoy compiten en Montreal en un campeonato panamericano de nado sincronizado. Extrae una laptop color fucsia, como algunos mechones de su pelo, y comienza a teclear frenéticamente porque no puede descargar un programa que le permitiría verlas concursar en tiempo real. Con ella es así. Todo es el presente. Todo sucede ahora. Llegan los postres para juzgar. Todos sus autores hacen lo mismo: dar una breve explicación y esperar su veredicto. Astrid Gutsche prueba en breves y rápidas acometidas. Toca la consistencia con las manos, entrecierra los ojos, vuelve a probar, se chupa los dedos, exige opiniones. Cuando el último de sus chicos y chicas dulces se retira agradecido con el plato de las sobras, ella se va despidiendo con besos en la mejilla de todos con los que se cruza, les toma el pelo, se sube a su camioneta BMW y parte al taller-laboratorio que tiene con Acurio en el distrito de Barranco. Conduce deprisa, escuchando salsa, buscando atajos para no llegar tarde. Para ella sólo existe lo que sucede en el instante que se encuentra. A menudo se olvida de almorzar, o como hoy, un día de la semana, va picando de todo, y si es de un plato ajeno, mejor. Su vida ha sido apostar por la variedad más que la cantidad, y la curiosidad es su motor. De siete a nueve de la mañana se entrega a los ejercicios, dos horas diarias de pesas, máquinas y spinning. Astrid Gutsche no conoce su peso. No usa reloj. Y tiene un método gravitacional para saber si conserva la línea: se desnuda y salta frente al espejo. Si le gusta lo que ve, todo va bien.

Por ahora, le gusta lo que ve en Barranco: a sus hijas en su computador portátil fucsia. Debe juzgar dulces de otros pasteleros, volver a probar y decidir sobre la marcha. Entra a reunión ejecutiva para elegir los postres de La Mar de Nueva York y los del menú de degustación para las cenas del G9, las que probarán los mejores cocineros del mundo reunidos en Lima para la feria gastronómica Mistura. Despacha cuatro o cinco asuntos en un cuarto de hora y, entre risas, vuelve a la camioneta y hunde el acelerador para llegar a sus clases de marinera norteña. Baila dos veces por semana y un hexacampeón nacional es su profesor. El baile es sólo otro modo de encarnar su cuerpo. Lleva años bailando salsa en cada fiesta. De niña su madre truncó una carrera de bailarina de ballet. La marinera le exige otra cintura, la misma sonrisa, otro cuello. Cuando rumbea no quiere ser una cocinera famosa ni una empresaria de fortuna, menos una gringa. Sólo quiere la felicidad del baile. Estar en un cuerpo exaltado. Se disfraza, usa pelucas, despista con gorras a los paparazzi. No estuvieron permitidos los fotógrafos de sociales cuando, para el cumpleaños número cuarentaitrés de su esposo, Gutsche preparó para él un show de cabaret junto a bailarinas exóticas y pole dancers. El clímax fue cuando, desde dentro de una torta del tamaño de un sofá, apareció una morena sexy. Más de la mitad de los asistentes tardaron en reconocer que esa mujer de antifaz y en portaligas era ella. En su propia fiesta de cumpleaños, convirtió una antigua casona de San Isidro en una sucursal del Tropicana cubano, dirigiendo una tropa de danzantes en falditas y guayaberas. Gutsche ha rechazado invitaciones para competir en concursos de baile televisivos con personajes de la farándula. Pero ahora, donde toma sus clases de marinera, se ha quitado la boina y el abrigo frente a todos, con el gesto de esas chicas de las películas que salen a la calle con un gran abrigo y cuando lo abren están en ropa interior. Debajo del abrigo, se queda en mallas. Sin que nadie lo supiera, todo el día estuvo lista para bailar. Ella y su piel. Sus pies desnudos se mueven con vigor contra el piso. La falda revuela.

Hace unos días, en julio de 2011, en un valle remoto de la selva norte, unos agricultores llevaron a Gutsche a conocer una laguna, un oasis entre cerros y vegetación tupida. Ella comenzó a hacer morisquetas cerca de la orilla, cuando de pronto cayó al agua, con las piernas por delante. Por un segundo quienes estuvimos allí nos callamos y miramos entre nosotros. El agua era muy oscura, y la cabeza de Astrid Gutsche estaba hundida cerca de unas piedras. Antes de que alguien se moviera, ella ya había logrado salir del fondo de la laguna, empapada. Lo primero que quería saber era si alguien había conseguido fotografiarla. Tomó una ropa de baño de hombre y unas alpargatas prestadas, y siguió adelante. Una consultora de actuación del programa de televisión Masterchef, en el que Gutsche participa como jurado, cuenta que mientras la entrenaba hicieron un ejercicio llamado la línea ridícula, consistente en transitar de un punto a otro de una habitación haciendo cosas cada vez más absurdas. Gutsche no supo qué hacer. No encontró nada que le diera vergüenza. Casi nada consigue abochornarla. La gente que no la conoce puede verla exagerada o estridente, o incomodarse con su necesidad de buscar contacto, de tocar a la gente cuando conversa, de pasarle el brazo por los hombros tanto a sus amigos como a quienes acaba de conocer. Bromea con todos, como si la interjección fuese su estado natural. Su humor va desde el más cerebral hasta el procaz. Gutsche, que empezó a hablar en español a los veintidós años, siempre busca decirte algo. También pregunta todo el tiempo. Es como si de verdad le interesara lo que le dicen todos. Escucha. Discrepa. Se pelea. Propone. Pregunta. En el set de televisión de Masterchef, pasa todo el tiempo posible con cada uno de los finalistas del programa saltando de uno a otro en las dos horas que tienen para preparar sus recetas. Aunque esté sentada, Astrid Gutsche parece que nunca lo estuviera. Cada noche se va a la cama con una botella de bebida rehidratante como si se tratase de un biberón.