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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

SEÑORAS Y SEÑORES
LO QUE ESTÁN HACIENDO
NO ESTÁ MUY BIEN

En el año 1999, The New York Times contrató al humorista Randy Cohen para resolver una vez por semana los dilemas éticos de sus lectores. Más de quince años después, la columna The Ethicist nos sigue mostrando que ser éticos no tiene que ver con cumplir reglas.

¿Por qué es tan difícil ser tan bueno?

Una crónica de José Manuel Simián

Cada noche a las 8:15, desde la ventana de su apartamento, una mujer miraba como su vecino se duchaba. Era un chico apuesto que nunca cerraba sus cortinas, y ella disfrutaba mirándolo, pero no sabía si era correcto. Decidió escribir a The New York Times para sacarse la duda. Desde 1999, el diario más influyente del mundo responde los dilemas éticos de sus lectores a través de una columna llamada The Ethicist en su revista dominical. «Si el guapo de tu vecino se olvidó una noche de cerrar sus ventanas, tu deberías respetar su privacidad», le respondió Randy Cohen, el primer Ethicist que tuvo el periódico.

«Pero si deja las cortinas abiertas todas las noches en una gran ciudad, puedes asumir que sabe lo que está haciendo. Así que ¡disfruta!». Los vecinos desnudos, escribió Cohen al final, «son parte del espléndido panorama de una ciudad como Chicago», igual que sus edificios famosos. Era una de las típicas bromas con las que Cohen, un escritor de comedia convertido en consejero ético, solía rematar sus columnas. Pero los dilemas de sus lectores no siempre eran tan fáciles de resolver.

En el año 2000, una mujer de Nueva York se preguntó si era correcto llevar su bebida y bocadillos al cine aunque estuviera prohibido. Por culpa de esa regla, quienes van a ver películas deben comprar popcorn a un precio desmedido. Si no la cumplen pueden ser expulsados de la sala. En vez de acudir a una agencia de protección al consumidor por los abusos del cine, la mujer decidió escribir a The Ethicist.

—Si hablamos de transgresiones, la suya es menor, pero es una transgresión —le respondió Cohen—. Ir al cine es estrictamente voluntario, y desde ese punto de vista, al comprar una entrada aceptas las limitaciones que vienen con ella.

Hacer siempre lo correcto puede ser aburrido, pero ser ético no significa acatar ciegamente las reglas. Por eso el dilema del popcorn no acabó allí. Un año después de publicar esa respuesta en el magazine, Cohen hizo algo inédito en el tiempo que llevaba como Ethicist: cambió de opinión y publicó su primer mea culpa. Ahora pensaba que los cines abusaban de su poder de fijar las reglas del trato con sus clientes. Si su tarea fuera simplemente decir a sus lectores que respetaran las reglas sin importar cómo habían sido fijadas, escribió, su trabajo «podría ser hecho por un mono».

En este caso, dijo Cohen, había que distinguir el negocio principal de los cines (vender funciones de películas) de su negocio secundario (vender popcorn). En otras palabras: puedes llevar tus bocadillos de contrabando al cine, pero sería incorrecto llevar un termo con espresso a un café.

Trece años después de aquel mea culpa, una tarde de agosto de 2014 en un café de Nueva York, le pregunto a Cohen por qué el dilema del popcorn es el primero que se le viene a la cabeza cuando le pido un ejemplo de un caso que lo haya hecho transpirar. Después de todo, durante sus doce años como Ethicist, tuvo que responder dos preguntas por semana. Más de mil doscientos dilemas.

—Porque es una pregunta que parece muy simple —dice—, pero es muy compleja.

Randy Cohen tiene razón. Las únicas preguntas éticas interesantes son esas: las más ambiguas y sutiles. Sabemos que robar está mal, pero si hallamos un sobre repleto de dinero en un lugar público no sabemos bien cómo actuar. Sabemos que mentir está mal, pero vacilamos en contarle una noticia grave a un familiar que sufre del corazón. Sabemos que el adulterio está mal, pero ¿qué hacer si nuestra esposa ya no quiere tener sexo? «Tú puedes buscar sexo en otro lado discretamente, delicadamente, tratando de no causarle vergüenza —le respondió Cohen a un lector que le planteó ese dilema—. O ella tal vez encuentre este modus operandi intolerable y puede dejarte. Pero tienes que darle la opción de decidir». Tu deseo es digno de respeto, escribió Cohen, tu mentira no.

Las definiciones de manual sobre lo que es la ética suelen ser vacías —«Reglas de conducta basadas en ideas de lo que es moralmente bueno o malo», dice el popular diccionario Merriam-Webster—, y los libros sobre la ética dedican páginas y páginas a los grandes temas —el aborto, la eutanasia, comer animales—, pero suelen dejarnos igual de desamparados frente a los pequeños dilemas que a veces terminan definiendo nuestras vidas. ¿Es correcto romper con un novio al que le han diagnosticado cáncer? ¿Debemos pagar las deudas de un pariente muerto si los acreedores no tienen cómo obligarnos? ¿Es aceptable ‘hacerse el malo’ en una relación amorosa para que la ruptura sea menos dolorosa? ¿Está bien usar el estacionamiento de mi vecino que está de vacaciones? ¿Debo decirle algo a mi mecánico si veo que tiene un póster con frases racistas? ¿Es correcto salir con la ex de mi amigo? ¿Es obligatorio ayudar a un animal malherido? ¿Debemos contarle a nuestra mujer los secretos que nos confió uno de nuestros amigos en común? ¿Puede una escuela expulsar a sus estudiantes por filmar una pelea después de clase? ¿Qué haces si en la boda de tu mejor amigo ves a la novia saliendo de una habitación con otro hombre? ¿Está bien ocultar una enfermedad a nuestros seres queridos para no preocuparlos?

Este tipo de dilemas son los que le dieron vida a The Ethicist, una columna que tras dieciséis años de existencia se ha convertido en un clásico para los lectores de The New York Times: cada domingo hay familias estadounidenses que juegan a leer las preguntas y a tratar de adivinar la respuesta del Ethicist; hay profesores de ética que usan la columna como modelo para sus clases; la prestigiosa red nacional de radios NPR le dio un espacio propio; y los libros publicados con sus respuestas han sido bestsellers y se tradujeron hasta en coreano. Este fenómeno hizo evidente que los lectores estaban ávidos de respuestas éticas, pero también que eran capaces de reaccionar con fanatismo si no estaban de acuerdo con ellas. En 2013, cuando un Ethicist dijo que estaba bien presentar el mismo trabajo final en dos cursos universitarios distintos, la defensora del lector de The New York Times, Margaret Sullivan, tuvo que salir a contener la furia que desató entre los lectores. La columna del Ethicist puede ser «intelectualmente provocadora y a menudo desafía nuestras concepciones —explicó Sullivan—, pero es sólo la opinión de un hombre, no la voz del Olimpo».

Las discusiones éticas suelen obsesionar a los amantes de las reglas tanto como a los religiosos. En Estados Unidos, un país fundado por puritanos que querían vivir según sus propias normas, abundan las dos cosas. Un estudio reciente de Pew, un prestigioso centro de estudios de Washington DC, demostró que el único segmento religioso que había crecido significativamente en los últimos siete años en Estados Unidos era el de los ‘no-afiliados’. Es decir: ateos, agnósticos y quienes no tienen «ninguna creencia en particular». En un mundo donde cada vez menos personas se rigen por la religión, los estadounidenses buscan respuestas a los asuntos del bien y el mal en otra parte.

***

El primer Ethicist que tuvo The New York Times sabía cómo escribir un chiste sobre actualidad, pero nunca fue un experto en ética. Randy Cohen tiene sesenta años y unos ojos inquietos que nunca se detienen detrás de sus lentes. Su apellido judío, su inteligencia vivaz y su trayectoria como creativo lo vuelven parte del mito de un “viejo” Nueva York: una ciudad donde cualquiera que tuviera talento podía vivir de él si trabajaba duro. Cohen llegó a Nueva York a comienzos de los setenta después de graduarse con un bachillerato en música. Comenzó a escribir para todos los medios que aceptaran publicarlo, formó una banda de proto-punk, publicó libros, escribió obras de teatro y pasó a formar parte del equipo de guionistas del show de David Letterman.

Cohen no sabe por qué lo eligieron para hacerse cargo de The Ethicist. En 1999, tras el escándalo que desató el affaire entre Bill Clinton y la pasante Mónica Lewinsky, los editores de The New York Times decidieron crear una columna inspirados por el ambiente de incertidumbre moral que atravesaba el país. El humorista recuerda que lo llamaron para hacer un test junto a varios candidatos y que le pagaron doscientos dólares por la simulación. Estaba seguro de que elegirían a alguien con más credenciales que él para escribir de ética. A un profesor, por ejemplo.

—Nunca pregunté por qué se inclinaron por mí— dice. El experto en responder preguntas nunca hizo la pregunta fundamental: ¿Quién soy yo para decir qué está mal y qué está bien? Cohen intuyó que lo habían elegido por su experiencia para escribir humor, e intentó convertir los dilemas éticos en un asunto digerible. Cada semana elegía para responder las dos preguntas que le parecían más entretenidas, y el humor jugaba una parte explícita en sus columnas. Solía rematar sus respuestas con alguna broma inocente. En el caso del popcorn en el cine escribió: «Si lo metiste de contrabando bajo la camisa, no lo compartas con tus vecinos». Como buen comediante, sabía que no podía aburrir a su audiencia, y evitaba las preguntas que tenían una respuesta obvia o predecible. También elegía aquellas en que alguien debía enfrentar una decisión inmediata: ¿Debo hacer esto o lo otro? ¿Qué curso de acción debo tomar? Cohen llegó a desarrollar una respuesta inmediata a ciertas preguntas: ¡Hay que llamar a la policía! ¡Hay que devolver el dinero!

—Pero trataba de pensarlo bien —dice—, porque nuestra primera reacción a menudo no es la correcta. Es algo que uno aprende cuando tiene once años y le pega a alguien más grande que uno.

Hacer trampa en la universidad, usar el estacionamiento de un vecino ausente o llevar un sándwich de contrabando al cine nos pueden parecer dilemas triviales, un juego de salón para gente obsesionada con la corrección política. Pero cuando escuchamos el grito de una mujer desde nuestro hogar y dudamos en intervenir, o cuando vemos a un padre maltratar a su hijo y preferimos quedarnos callados, es difícil ignorar que nuestras decisiones éticas afectan la vida de los demás y construyen la sociedad en que vivimos. Al convertirse en el primer Ethicist de The New York Times, Cohen tenía solo a un filósofo moral de cabecera: el humanista inglés del siglo XVIII Samuel Johnson, a quien admiraba por su sentido del humor, su capacidad de combinar una visión agria del mundo con empatía, y su creencia de que las preguntas éticas podían resolverse mediante una razón anclada en la realidad. «La verdadera medida de un hombre —escribió Johnson— es cómo trata a alguien de quien no puede obtener ningún beneficio». Cohen tuvo que idear su propio método para resolver problemas éticos, y lo hizo de la manera que le parecía más lógica: sometiendo cada pregunta a distintos filtros. A veces tomaba la ‘regla de oro’ —no hacer a los otros lo que no te gustaría que te hagan a ti— y se preguntaba si su respuesta cumplía con ese test. Otras veces utilizaba el método de Sócrates: discutía los problemas de sus lectores con sus amigos.

—No expertos: amigos —dice.

Después de resolver dudas éticas durante doce años Cohen no se volvió un filósofo ni cambió sus convicciones, pero descubrió que, sin importar lo que otros escriban o nos aconsejen, tomamos nuestras propias decisiones guiados por la intuición. Según Cohen, la mayor parte de los que escribían a The Ethicist buscaban más que nada fundamentos para decisiones que ya habían adoptado.

—Si queremos que la gente se comporte de otra forma —dice—, lo que tenemos que hacer es cambiar esa comunidad, hacer política.

***

En 2011, el hombre con el que Anónima estaba saliendo hacía un año fue diagnosticado con cáncer terminal. El hombre vivía lejos de su ciudad natal, y no tenía familiares cerca. La mujer de pronto se vio a cargo de los cuidados médicos de un novio con quien no quería casarse. «Mi deseo de preocuparme por mis propias necesidades y la culpa que me causa querer abandonar a mi novio se están volviendo insoportables», le escribió Anónima a Ariel Kaminer, la editora de The New York Times que asumió como The Ethicist después de Randy Cohen, «¿cuál es mi responsabilidad?».

—No eres la primera persona en fantasear con huir de sus responsabilidades, pero lo importante son nuestras acciones, no nuestras fantasías —le respondió Kaminer un domingo, antes de rematar su columna como una madre que regaña con cariño—. Deberías ayudarlo. Pero a eso ya lo sabías.

Hacer siempre lo correcto no sólo puede ser aburrido, sino también injusto con nosotros mismos. Para Ariel Kaminer era una cuestión profesional. Kaminer, quien fue la editora original de The Ethicist cuando escribía Randy Cohen, nunca imaginó que en 2011, después de editar dilemas éticos durante años, sus jefes le pedirían que dejara temporalmente su trabajo en el despacho de noticias locales para hacerse cargo de la columna. The New York Times había contratado a un nuevo editor para el magazine, y este decidió ‘limpiar la casa’: despidió a todos los escritores de columnas. Aunque la salida de Cohen fue recibida con furia por algunos de sus fieles lectores, Kaminer nunca sintió presión por sucederlo o por tener responder a preguntas éticas en las páginas del periódico más prestigioso del mundo. Cuando trabajas en The New York Times, me explicó Kaminer por teléfono, te acostumbras a que mucha gente tenga su opinión sobre lo que escribes.

—Todos los que trabajamos aquí recibimos mucho feedback, tanto positivo como negativo —dijo con tono profesional—. No creo que nadie esté llevando la cuenta.

Unos días después de nuestra conversación, Kaminer viajaba en el subway y se topó con un padre y su hija que leían The New York Times y jugaban a ser The Ethicist: trataban de responder la pregunta antes de ver qué había escrito la columnista. Cuando se acercó a hablar con ellos le dijeron que en el colegio de la niña —una escuela católica privada— un profesor hacía semanalmente el mismo ejercicio con sus alumnos en un grupo de lectura.

Kaminer le imprimió a The Ethicist un tono más seco y periodístico que el humanismo con sentido cómico que le había dado fama a Cohen. Su forma de encarar la columna dejaba en evidencia que lo suyo era más el periodismo que las pantanosas aguas de la ética. Una búsqueda de certezas fácticas donde antes primaban las corazonadas guiadas por la razón. La periodista nunca consideró que su trabajo como Ethicist fuera más que una misión temporal. Tal vez por eso, al final de su mandato hizo algo sin precedentes para la columna: le pasó la responsabilidad a los lectores mediante un concurso de ensayos sobre los fundamentos éticos para comer carne. El ensayo ganador se publicó después de la última columna de Kaminer, y le sirvió como despedida. Allí, un profesor universitario de ciencias llamado Jay Bost daba tres condiciones que debían cumplirse para comer carne de forma ética: aceptar la “realidad biológica” de que en nuestro planeta la muerte genera vida y que todos, animales y personas, somos nada más que energía solar; convertir el conocimiento de esa realidad en la compasión de consumir alimentos producidos de manera ética; y finalmente, dar las gracias.

A Randy Cohen le fue más difícil dar las gracias al final de su mandato en The Ethicist. —¿Has sido despedido alguna vez? Es doloroso —me dijo el día que lo conocí.

Cohen sonreía, miraba fijo y se tocaba la calva con la palma de su mano. Habían pasado más de tres años desde el fin de su mandato al frente de la columna, pero la herida parecía no haber cicatrizado del todo. Según él, ver la columna que escribiste por tanto tiempo en manos de otro se parece a ver a tu ex con una nueva pareja. Cohen admitió que después de su despido sólo había leído The Ethicist en una oportunidad: la primera vez que la escribió Kaminer.

—Lamento haberlo hecho. Me di cuenta de que me iba a sentir mal si la nueva columnista era mala, pero también si era mejor que yo.

***

Ningún evento genera tantas opiniones simultáneas sobre lo que otros deben hacer como un partido de fútbol. En 2014, cuando el Mundial de Fútbol de Brasil estaba a mitad de camino, Laren Richardson de California respondió al llamado de The Ethicist para que los lectores formularan preguntas vía Facebook. Era una forma de buscar inmediatez y una apuesta de los editores de The New York Times, que querían aprovechar el fervor futbolístico que despertaba el Mundial. Richardson preguntó entonces por un tema que obsesiona a los estadounidenses que recién comienzan a descubrir el soccer profesional: ¿Es éticamente incorrecto simular un penal, aún cuando todos los jugadores lo hacen, o es simplemente parte del juego?

—El fútbol es el único deporte realmente político en Estados Unidos —me dice Chuck Klosterman, quien estuvo a cargo de The Ethicist durante tres años después de Ariel Kaminer.

Klosterman, un autor que hizo su fama escribiendo sobre deportes, música y cultura pop, disfruta de hablar con cierta malicia sobre lo que representa el deporte más popular del mundo en Estados Unidos. Su teoría es que el gusto de los estadounidenses por el fútbol se conecta en forma directa con la ética: la mayoría de sus compatriotas cree que su país es único y excepcional, lo que además de otorgarles un rol único en el orden mundial, viene acompañado de la idea de que tienen sus propios deportes, distintos de los del resto del mundo. Para Klosterman, los estadounidenses que disfrutan del fútbol —el deporte de los otros— suelen tener también ideas políticas más liberales y no temen que el fútbol diluya la frágil identidad nacional. Y quizás son también menos puritanos que el estadounidense promedio.

—En Estados Unidos, tirarse piscinazos es percibido como el aspecto más vergonzoso del fútbol —le respondió Klosterman al lector que preguntaba si era antiético simular un penal. Según él, a los hinchas estadounidenses les gusta alardear de que su selección juega ‘mejor’ al fútbol por no recurrir a triquiñuelas, a pesar de que nunca hayan ganado títulos importantes.

—El hecho de que la selección de Estados Unidos haga esto con (relativamente) menor frecuencia que sus rivales refleja las tendencias de sus fanáticos. Es más una decisión estilística que ética.

Los hinchas latinoamericanos suelen celebrar la viveza de sus jugadores para obtener un triunfo a cualquier precio. Los estadounidenses, dice Klosterman, suponen que sus deportes como el béisbol y el baloncesto están libres de la contaminación de las malas costumbres extranjeras. Para Klosterman esta visión binaria del mundo se vincula con la existencia de The Ethicist: Estados Unidos, dice, no es otra cosa que un país fundado por personas que creían que el lugar de donde venían no era lo suficientemente religioso.

—¡Personas que tuvieron que venir aquí porque sentían que Inglaterra no los dejaba ser tan religiosos como querían! ¡Les gustaban las reglas!

Cada vez que hablaba sobre la columna en una reunión, y cuando revisaba los cientos de correos que recibía cada semana, Klosterman veía aflorar el espíritu puritano de los estadounidenses.

—Hay mucha gente que querría que el Ethicist dijera regularmente que en la vida real las personas están actuando de manera incorrecta, y que merecen ser castigadas o ridiculizadas.

Durante sus tres años a cargo de The Ethicist, Klosterman desarrolló un método de trabajo parecido al de Cohen: en un archivo iba guardando las preguntas que consideraba más provocadoras de las cerca de doscientas que recibía por semana en su correo electrónico. Día tras día revisaba ese archivo y ensayaba respuestas en su mente. Las meditaba mientras iba al gimnasio, caminaba por Brooklyn o miraba televisión, y luego escribía una respuesta. Si Cohen a menudo usaba a sus amigos como antagonistas para examinar sus respuestas, el método de Klosterman se parecía al del boxeador que tira golpes contra su propia sombra: escribía una respuesta, la dejaba descansar unos días y luego revisaba si aún tenía sentido antes de pasársela a sus editores.

Klosterman veía a The Ethicist como una consecuencia inevitable de su trabajo como periodista y hasta de su nacionalidad estadounidense. Antes de convertirse en el consejero ético de The New York Times siempre estaba trabajando textos largos y complejos que no eran más que el preludio para responder a una pregunta central. Escribía cinco mil palabras sobre un jugador de fútbol americano para hablar de su fe religiosa, ensayaba cuatro mil palabras sobre una banda de rock para averiguar qué significaba odiar algo arbitrariamente.

—A veces pensaba, ¿por qué no escribo directamente sobre la pregunta? Eso es The Ethicist para mí: ir directo a esa pregunta.

***

Antes que hacer preguntas de ética, a algunos lectores de The Ethicist les gusta mostrar que son más listos, más justos o más buenos que los que escriben la columna. Las redes sociales han revelado que nuestra impaciencia por opinar es mayor que nuestra voluntad de ser justos: hoy, quienes comentan las noticias en la web, a menudo ni siquiera se toman el trabajo de leerlas antes de juzgar. La Ley de Godwin —acuñada por un abogado estadounidense en 1990— dice que a medida que se prolonga una discusión en Internet, aumentan las probabilidades de que alguien haga una comparación desproporcionada con Hitler o el nazismo. Citar al Holocausto como medida de mayor aberración ética en la historia de la humanidad suele clausurar cualquier debate. Calificar un hecho o un comportamiento como “nazi” no admite matices. Si algo es totalmente malo o totalmente bueno no hay discusión ética posible.

A principios de 2015 The Ethicist se transformó en The Ethicists: un podcast donde tres panelistas —la novelista Amy Bloom y los profesores universitarios Kenji Yoshino y Anthony Appiah— debaten las preguntas de los lectores. El magazine de The New York Times cambió de editor, Klosterman fue despedido, y la columna se redujo a una versión editada de la conversación digital entre los Ethicists. Algo del fuego original de The Ethicist —el humor blanco de Cohen, la sequedad periodística de Kaminer, la chispa provocadora de Klosterman— desapareció con el cambio de formato. La conversación ordenada de tres voces transformó la misión solitaria y radical de un lego respondiendo preguntas éticas en una sobremesa demasiado formal y políticamente correcta.

La novelista Amy Bloom, quien tiene la misión de evitar que sus dos colegas académicos teoricen demasiado, fue psicoterapeuta antes de convertirse en escritora. Su método para responder a las preguntas éticas de los lectores no tiene que ver con teorías filosóficas: el secreto es la empatía —dice—, la capacidad de ponerse en los zapatos del otro. Cuando habla de su rol en The Ethicists, Bloom suena exactamente como una terapeuta, o como alguien muy entrenado en analizarse: primero piensa qué es lo que percibe sobre la pregunta que tiene entre manos —por ejemplo: ¿Es correcto mentirle a mi marido para obligarlo a que vaya al doctor? Para Bloom, sí—, y después cuestiona su propia percepción: ¿Estoy proyectando algo propio en esta pregunta? ¿Estoy empatizando demasiado con una de las personas involucradas en este conflicto?

La empatía es un atributo escaso en la era de los linchamientos virtuales. Bloom se ríe del otro lado del teléfono al recordar uno de los mensajes que llegó a su inbox, un mensaje que han recibido alguna vez todos los que ocuparon la extraña posición de ser el Ethicist de The New York Times.

—Este lector me preguntaba que cuáles eran mis calificaciones para ejercer este cargo —dice Bloom, divertida—. Según él, todo sería mejor si hubiera un profesional a cargo del asunto, como en el principio.

***

Si la ética discute la forma en que vivimos, también discute cómo debemos morir. En agosto de 2014, durante la última etapa de Chuck Klosterman como Ethicist, un hombre escribió a The New York Times para preguntar si era ético que su amigo médico supervisara el programa de inyección letal. El médico decía que antes las ejecuciones eran largas y dolorosas, y que ahora eran rápidas y sin sufrimiento. Como el Estado iba continuar aplicando la inyección letal de todos modos, el médico creía que su trabajo era de carácter humanitario, pero su amigo no estaba de acuerdo y quiso conocer la opinión del Ethicist.

—La pena capital es fundamentalmente antiética —escribió Klosterman—. La verdadera pregunta debería ser: ¿es aceptable participar en algo antiético si el hecho en sí es inevitable?

Para el escritor pop, la respuesta más ética era no participar: nadie está obligado a hacer lo que cree moralmente incorrecto a menos que exista una imposición legal. Si el doctor creía que la pena capital era antiética, no debía usar el hecho de que sea inevitable para justificarse.

—La única cosa que podemos controlar es cómo vivimos —escribió Klosterman—, y si un doctor está en desacuerdo con la pena capital, entonces no debería participar en la práctica, así sea esta una forma más humanitaria.

Antes de ser The Ethicist, Klosterman había escrito novelas y libros de no ficción atravesados por dilemas éticos. Su libro Killing Yourself to Live, por ejemplo, toma como punto de partida el encargo que le hizo la revista Spin de recorrer los lugares de Estados Unidos donde murieron rockeros famosos. Klosterman hace ese viaje para hablar de la muerte y ordenar su vida amorosa, que involucraba a tres mujeres, varias verdades a medias y preguntas éticas como: ¿Es correcto grabarle la misma compilación de canciones románticas a dos novias distintas? En su novela The Visible Man —que gira en torno a un hombre que posee un traje que lo hace invisible— Klosterman responde con un pie en la ciencia ficción una de las preguntas éticas fundamentales: ¿Cómo actuaríamos si nadie pudiera vernos?

—La principal parte de este trabajo es qué es lo que piensas de la experiencia de estar vivo —dijo Klosterman al final de nuestra conversación—. Si eres una de esas personas que solo ‘viven su vida’, o si conscientemente piensas qué significa hacerlo de una forma determinada.

Cuando nos levantamos para despedirnos, descubro que en el centro de la mesa donde nos sentamos hay un dibujo de una silla de ruedas, un signo que ninguno de los dos ha visto por el reflejo del sol y que nos ha hecho a ambos infringir una regla. Podría ser una pregunta para The Ethicist: ¿Es correcto sentarse en la mesa para discapacitados si está vacía? Klosterman —ya de pie y a punto de desaparecer por la calle— entendió la ironía de la situación de inmediato.

—¡Hiciste que The Ethicist se sentara en la mesa para discapacitados!