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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Queridos insultadores de internet

¿Por qué no se callan de una buena vez?

Un texto de Meghan Daum
Ilustraciones de Eduardo Tokeshi
Traducción de María Jesús Zevallos

Ilustración de Eduardo Tokeshi
Ilustración de Eduardo Tokeshi

A los veinticinco años aparecí en las páginas de la New York Times Magazine en ropa interior.Bueno, casi. Una caricatura de una muchacha en calzones —una muchacha de cabellera corta y rubia y cachetes rojizos sobre una puntiaguda barbilla que lucía como yo— acompañaba un ensayo que había escrito sobre la reacción de la Generación X al mensaje del sexo seguro. Era 1996 y la crisis del sida, a pesar de haber pasado su apogeo, al fin parecía haberse infiltrado con éxito en todas las esquinas de la conciencia general y la había asustado a morir. Convocatorias para tomar el examen de VIH se mostraban desde las carteleras y en los avisos del metro. Las celebridades predicaban sobre el sexo seguro en anuncios de servicio público. Los videos musicales y las publicidades se apropiaron de la concientización del sida no sólo como una forma de provocación, sino también como un agente de estilo. Fue el año del debut de RENT en Broadway, una versión moderna de La Bohème que presentaba a bastantes personajes infectados con VIH o que morían de sida.

El ensayo había estado creciendo en mi mente desde al menos dos años antes, cuando me impresionó una publicidad de la compañía de ropa Benetton. El aviso mostraba más de mil fotos diminutas de gente joven, atractiva y sonriente, que representaban a cada parte del mundo. Algunos rostros aparecían opacados y con algunas partes oscurecidas por la palabra «sida», creando un efecto visual que la deletreaba en grande cuando lo mirabas desde lejos. Me encontré con el anuncio una noche mientras hojeaba unas revistas con mis amigas, y esto propició una acalorada conversación, un poco sobrecogida por el pánico, sobre a quiénes pertenecían estas caras y si de verdad tenían sida. Una amiga dijo: «Sí, por supuesto que lo tienen; así de mal están las cosas». Otra no estaba segura, y yo pensé que no era posible. Esto llevó a una conversación aún más acalorada sobre lo peligroso que era el mundo y cómo nosotras, mujeres de veintitantos años que vivíamos en Nueva York, tal vez deberíamos colgar los tacones de fiesta (o en nuestro caso, nuestras botas de cuero con pasadores) y casarnos con la siguiente persona que conociéramos (luego del chequeo médico de rigor), antes de que la vida de solteras literalmente nos matara.

Yo era una escritora joven en esos tiempos. No diré «aspirante a escritora» porque ya había publicado algunas cosas que me alejaban del campo de «aspirante» y me conducían al de «prometedora». De cualquier manera, era inexperta. Estaba matriculada en el programa de escritura de una Maestría en Arte que me encantaba, pero por la que había adquirido una monstruosa deuda por préstamos académicos. Aunque parecía que valía la pena. En mi segundo año en el programa, puse a un lado la ficción por la que me había inscrito y comencé a escribir ensayos personales. Las cosas comenzaron a encajar casi de inmediato, y un tema central surgió: la relación entre la sociedad y yo, la tensión entre las trampas de la vida contemporánea y las realidades de esa vida, el significado de estar «viva» (esto es, tener veinticinco años) en el «mundo de hoy» (esto es, la ciudad de Nueva York). Y, como siempre es el caso de una joven escritora, toda experiencia —cada libro que leía y película que veía, cada viaje a la tienda de la esquina, cada revoltoso que escuchaba en la calle— tenía el potencial para otra innovadora historia de no ficción sobre la condición humana.

Por eso, en esa semana de otoño de 1995, cuando visité la oficina de servicios de salud de mi universidad por un resfrío y decidí por capricho hacerme el examen gratuito de VIH, comencé a pensar en el anuncio de Benetton y en esos rostros sombreados. Me aterró  la posibilidad de que, a pesar de no haberme metido en nada que se acercase a una conducta riesgosa (al menos desde un punto de vista racional; en esos días de alarmismo indiscriminado, cualquier acto sexual «descondonizado», incluso aquellos que involucraban sólo a uno mismo, eran vistos como una sentencia de muerte), podía terminar en sus filas. Esa tarde cuando fui a casa y me senté en la computadora (con la curita de los análisis de sangre en mi brazo y el estómago revuelto por tener que esperar dos semanas para ver el resultado), un texto nació: un ensayo escandaloso, llamativo y muy ambicioso sobre la manera como los heterosexuales no promiscuos y sin experiencia con drogas intravenosas, abandonan los condones al mes de estar en una relación, se vuelven paranoicos, toman el examen de VIH y están locos de ansiedad durante la espera, para luego, casi siempre, volver al comportamiento que los llevó a la paranoia inicial. Hablé de cómo la conversación nacional sobre la concientización del VIH había resultado en miles de mentiras blancas que la gente repetía a diario, como «nunca he tenido sexo sin condón». Hablé sobre lo difícil que era para una mujer ir a una cita con un hombre sin buscar alguna pista mínima de que éste hubiera tenido sexo con otro hombre en algún momento. Hablé sobre la forma en que mensajes como «no existe el sexo seguro» habían propagado la idea de que la paranoia y la desconfianza eran claves para una vida saludable. Hablé sobre la vez que, en el primer año de universidad, un estudiante de último año me dijo con seriedad que tenía información sobre las estadísticas de salud pública del alumnado, y que en el campus había lesbianas con VIH contraído de otras lesbianas. Hablé sobre cómo cosas así eran a la vez aterradoras y difíciles de creer y que era tentador ignorar el mensaje. Hablé sobre mi propia melancolía, soledad y confusión. Me parece que en algún momento usé la palabra «distopía».
También llamé a Benetton y pregunté si las personas en el anuncio en realidad eran víctimas de VIH o sida. No lo eran. Eso también lo mencioné.

Ser atacado hoy no sólo es el resultado de decir algo mal: es el resultado de decir algo y punto. Las secciones para comentarios en internet ocupan hasta diez o quince veces más espacio que la misma columna. Mi bandeja de entrada rebalsa de indignación y agravios: «Debería darte vergüenza!», «¡Eres una idiota y una deshonra!», «¡No tienes credibilidad porque dejas que tu opinión se ponga en el camino!». Esa última es una de mis favoritas

Estaba en la escuela de posgrado, pero ya repartía mi trabajo por toda la ciudad, lanzaba ideas a editores de revistas y entregaba en persona muestras de mis textos (de alguna manera esto me parecía más profesional que usar el correo) en todos los medios a los que podía llegar en el metro. Cuando un editor en la New York Times Magazine me llamó y me preguntó si tenía algo atrevido y novedoso que decir sobre mi generación, le mandé el ensayo sobre el sida y de inmediato me invitó a almorzar para discutirlo mejor. Después de preguntar en ese almuerzo sobre si estaría dispuesta a «recortar el ensayo un poco» (¡Por supuesto —dije—, lo que tú quieras!), agendamos otro almuerzo en un mejor restaurante y con dos editores más, quienes me ofrecieron atún aleta amarilla y dijeron que el artículo tendría que recortarse casi hasta la mitad para acomodarlo a dos páginas, pero que no me preocupara porque yo era la voz de mi generación y todo saldría espectacular.

Tenían razón sobre el espectáculo. A pesar de que trabajé duro con los editores y conmigo misma para calzar mis tres mil palabras originales de —como las describía con orgullo— «ideas muy matizadas» dentro de las mil setecientas palabras asignadas, no lo logré. La edición final fue tosca, incoherente, innecesariamente provocadora y sugería que, tal vez, yo había tenido sexo sin protección hasta con quinientas personas (cuando en realidad podía contarlas con los dedos de una mano, y el «sin protección» era asunto de interpretación). Aparte de la ordinaria ilustración (que se imprimió sin mi conocimiento, y de la cual el departamento de arte se ocupó sólo cuando me rehusé a una sesión de fotos), el ensayo llevaba el torpe título de «Mentiras del sexo seguro». Si hubiera sido un poco más vieja y sabia, habría declinado la publicación en un segundo.

Pero estaba claro que yo no era ninguna de esas dos cosas. Yo era la voz de mi generación, la cual, en el caso de este artículo, resultó no ser muy atractiva. El texto salió, el Times recibió casi seiscientas cartas furiosas en cinco días, mi teléfono no dejó de sonar, y fui invitada a los noticieros nocturnos de la NBC. Tomemos en cuenta que esto fue antes de la blogosfera, antes de las noticias con ciclos de veinticuatro horas, antes del identificador de llamadas, antes de la omnipresencia del correo electrónico. Mi conexión a internet era lenta y tenía un teléfono rojo de discado de Southwestern Bell que mis padres habían comprado en Texas en los setenta y que me cedieron cuando me fui a vivir sola. Compartía un departamento con dos compañeras que no apreciaron que el teléfono suene cada cinco minutos. Lo habitual era que quien llamaba dijera lo asqueado que estaba con mi ensayo, que me dijera puta, homofóbica (por sugerir que el VIH podía no estar afectando tanto a los heterosexuales) o que tenía una agenda «pro gay» (por sugerir que el VIH era un problema). Mis compañeros de clase, que habían sido los primeros en leer el texto en un taller, parecían perturbados por la situación (¿cómo era posible que, a pesar de haber ignorado sus sugerencias editoriales, hubiese terminado de todos modos en un medio de circulación nacional?). Mis padres estaban justamente mortificados, y mis amigos se cansaron pronto de consolarme todos los días, de mis lloriqueos y racionalizaciones y de decirme lo que quería escuchar: que las «personas adecuadas» habían entendido lo que yo estaba tratando de decir; que estaba adelantada a mi tiempo; y que nadie decía que yo era una mala escritora, sólo una mala persona.

Cuando una corresponsal para el noticiero nocturno de la NBC vino a entrevistarme a mi departamento (mis compañeras escuchaban desde la cocina mientras hacían emparedados de queso), traté de defenderme, pero empeoré las cosas al hablar de manera poco amigable (de nuevo, la «distopía») y lucir un aspecto abandonado, con una corta y decolorada cabellera rubia (eran mediados de los años noventa, después de todo). La transmisión final incluía bastantes tomas de mí caminando con abrigo y botas negras en las calles nevadas de Nueva York. Cuando el segmento terminó y Tom Brokaw levantó la mirada de su escritorio hacia la cámara, sacudió su cabeza con un aire de tanta preocupación, casi paternal, que sentí que me habían mandado a mi habitación. Pasarían años antes de que pudiese mirarlo sin sentir que me juzgaba desde el set de televisión.

Quince años después, cualquier gesto de Tom Brokaw no me parecería la censura más mínima. A pesar de que nuestra sociedad se ha calmado y utiliza campañas menos aterradoras para prevenir el VIH, también se ha vuelto despiadada y severa ante cualquier punto de vista polémico que admita la ambigüedad o que sea expresado de una forma figurada. Una persona joven (cualquier persona) que ha publicado un texto tan incendiario como «Mentiras del sexo seguro» hoy sería masticada y escupida tantas veces por blogueros, comentaristas y gritones de canales de cable que la idea de «entender lo que estaba tratando de decir» no sería sólo pintoresca, sino también debatible.

En efecto, nadie entiende ni tampoco le interesa entender lo que otra persona está tratando de decir; sólo importa que el rumor haga del autor una «presencia mediática». Si un ensayo como «Mentiras del sexo seguro» apareciera hoy, no sólo causaría revuelo, sino que también se volvería viral. Rebotaría entre bandejas de entrada, rellenaría esos espacios al aire en las radios y saldría en las páginas de inicio de innumerables agregadores de noticias. Todo esto mientras arrastra consigo una cola expansiva de «respuestas» constantes, muchas de estas de personas que no han leído el ensayo entero, o que tal vez no lo hayan leído en absoluto, pero que aún así se sienten llamadas a opinar. El escritor entonces sería invitado a reaccionar ante la reacción, a publicar entradas en blogs, a participar en sesiones de chat en vivo y a llamar a los programas de radio, no tanto para aclarar su mensaje original, sino más bien para hablar de lo «interesante» que ha resultado la recepción del público, y cómo todo ha sido una «locura» —un eufemismo para los miles de comentarios anónimos que te dicen palabras impublicables—.

Ser atacado hoy en día no es sólo el resultado de decir algo mal: es el resultado de decir algo y punto. Soy testigo de ello, porque desde hace más de seis años soy columnista semanal de opinión para Los Angeles Times. Es un buen trabajo, y tengo muchos lectores leales, inteligentes y comprensivos. Pero también tengo en cuenta que casi todo lo que escribo recibirá una avalancha de improperios. Es una gama que va desde ataques partidistas hasta ataques personales y pedidos a mis editores para que dejen de publicarme de inmediato. Los espacios para comentarios en internet pueden ocupar con facilidad diez o quince veces más espacio que la misma columna. Mi bandeja de entrada rebalsa de indignación y agravios: «¡Debería darte vergüenza!», «Eres una idiota y una deshonra», «Que estúpida eres», «No tienes credibilidad porque dejas que tu opinión se ponga en el camino». Esta última es una de mis favoritas.

Algunas semanas, si he tocado algún nervio, blogs de toda variedad imaginable enlazan la columna, ofrecen su propio matiz e invitan a su legión de seguidores para que meta su cuchara. Por un lado, por supuesto, esto es lo que todo columnista quiere. Como cualquiera que expresa sus ideas en público, ya sea a través de la escritura, la música o las artes visuales, el objetivo es ser escuchado, inspirar reacciones y generar discusión. Pero basada en muchas de las respuestas que recibo —en especial, en los comentarios en mi propio diario, donde un grupo asiduo se ha tomado tan en serio el odio que me tienen que han asumido la labor de criticar no mi columna, sino mi apariencia, mi estatus marital y reproductivo, y mi posición en el perrámetro— apenas puedo presumir haber iniciado cualquier cosa que se parezca a una discusión. Lo que se mantiene son duelos al estilo internet, competencias de gritos en mayúsculas entre personas con seudónimos como LibertyLuvr44 y GreenGrrrl. Ellos rugen por páginas y páginas, y disfrutan y disponen de más libertad de palabra de la que mis colegas o yo jamás hubiéramos soñado. Demócratas y republicanos se inventan apodos ofensivos unos a otros, y cuando los liberales hacen un chiste cruel sobre los conservadores, éstos terminan por llamar socialista al presidente en represalia. La frecuencia con la que estas personas me llaman Meghan Dumb [juego de palabras con el apellido de la autora y tonto en inglés] me hace sentir joven otra vez, como si estuviera en segundo grado. Mis comentaristas también tienen una gran afinidad por inventar cosas, otra libertad de la que tampoco disfrutamos en la sala de redacción.


Meghan tiene cuarenta años y todavía no se ha casado. Tic, tac, tic, tac… cualquiera que conozca a Meghan sabe de lo que hablo. Es una cuarentona amargada y una escritorzuela intolerante.

Qué persona tan patética, inepta y desinformada eres. Tus artículos no tienen cerebro, y cuando los leo pienso en la persona miserable que debes ser. Probablemente una niña gorda y fea que necesita depredar a otros para sentirse mejor… Un insecto gordo, feo y aplastado.

Eres una vil, repugnante y despreciable cerda.Tu hedor está impregnado en la red.

Déjenme aclarar algo a la perfección. Yo sé que los iracundos en internet representan una fracción diminuta de lectores. También sé que es un privilegio recibir respuesta de esta manera. Significa que la gente lee lo que escribo, que los editores lo están publicando y, sobre todo, que he sido capaz de tener una carrera observando la cultura y expresando mis pensamientos por escrito. He batallado suficientes años pagando las cuentas con trabajos de oficina mediocres como para no valorar un día pagado (o hasta gratis) y sin interrupciones escribiendo. Sé que bastantes escritores matarían por ser llamados un «insecto aplastado» o un «cerdo despreciable», sólo porque es mejor que ser ignorado y que no te llamen de ningún modo. Pero si la mayoría de escritores ha entendido que publicar es un privilegio que conlleva ciertas responsabilidades —la primera de ellas, tomar el tiempo para presentar ideas de una manera considerada y cuidadosa, de preferencia con la ayuda de uno o más editores—, muchos lectores parecen asumir el privilegio de opinar como adolescentes estrenando su licencia de conducir. Protegidos por el anonimato y muchas veces distraídos por los desvaríos desprolijos de su generación, disparan al azar, esparcen mentiras y, en el peor de los casos, vomitan un racismo e intolerancia que dejaría a un escritor profesional sin trabajo en un instante. Al hacerlo esparcen un rencor que puede eclipsar no sólo el artículo original, sino también los comentarios de los lectores con un enfoque más constructivo y civilizado. Ellos toman el privilegio que internet nos ha dado a todos nosotros —el privilegio de la igualdad de oportunidades y la expresión instantánea— y le escupen, haciendo que la noción de «decir lo que piensas» parezca ya una práctica sucia, el pasatiempo nacional más básico.

Este «haterade» [juego de palabras entre la marca de bebida energizante Gatorade y el sustantivo odio] (un brillante término de los blogueros jóvenes) es muy agudo en temas políticos y, en el caso de mis colegas y yo, dos veces más agudo cuando se trata del presidente Obama o Hillary Clinton o Sarah Palin, o cualquier tema vinculado —aunque sea de forma remota—  a raza o género. Y no termina allí. He escrito acerca de todo, desde refugios de mascotas hasta los placeres perdidos de esperar a que llegue el correo, y aun así me han llamado una «pila de escoria retardada que personifica todo lo que está mal con la sociedad hoy». Tantas veces como me han llamado una feminazi —más de una vez por Rush Limbaugh, quien al parecer revisa mi columna con regularidad— ha habido liberales pidiendo mi renuncia porque no tengo la suficiente corrección política, y a feministas que quieren romperme las rodillas por mis supuestos desaires a la causa. Como a la mayoría de mis compañeros columnistas, todos los días me dicen que estoy descalificada para mi trabajo y que por mi culpa los medios impresos están muriendo. Por toda la indignación que he causado entre mis lectores conservadores, que en general no me conocen, y a quienes les encanta creer que soy una aristócrata de la costa este que tiene abortos en sus tiempos libres y que fue educada por lesbianas marxistas y vegetarianas en una escuela cara y por la que no tuvo que pagar («Meghan viene de una familia muy adinerada que le pagó los estudios y sostiene su vida despilfarradora», declaró un comentarista una vez), también escucho de muchos progresistas sin humor que me encuentran «ofensiva» y «muy decepcionante», y que quieren que los remueva de mi lista de correo de inmediato.

Este texto apareció originalmente en la edición de febrero de 2005 de The Believer.