Etiqueta Negra

Una revista para distraídos

Oprah Winfrey quiere
mudarse a Mauritania

Un viaje de Pablo Paz

Oprah


La animadora del talkshow más famoso de Estados Unidos se preguntaba cómo había podido vivir sin saber que Mauritania existía. Una invitada de ese país a su programa le había contado que en esa sociedad de hombres delgados, las mujeres gordas tienen más posibilidades de casarse. Una mujer gruesa es síntoma de que tiene un marido próspero que puede cuidar bien de ella. Al lado de Oprah Winfrey la invitada vestía un velo con flores estampadas llamado melafah que sólo dejaba visible su rostro redondo y manos regordetas. «¿Es verdad que en Mauritania admiran a la mujeres subidas de peso?», preguntó Oprah. «Yo no estoy lo suficientemente gorda como para ser sexy ahí», le dijo la invitada. «Oh my god», gritó la animadora.«¡Me mudo a Mauritania mañana!». Era un programa especial sobre la belleza de las mujeres en el mundo. Antes de la entrevista, una reportera del programa mostró su viaje hasta un leblouh, un campamento de engorde de niñas en medio del desierto. En el informe una niña lloraba porque una mujer mayor la obligaba a tomar leche de camella en un recipiente hecho de media calabaza seca. En la escena, alrededor de ella, otras niñas se reían. Todas estaban sentadas sobre la tierra de lo que parecía un corral para animales. En vez de paredes tenía redes de aluminio con agujeros, el techo era de cartón y había moscas sobre la vasija de leche.

Mauritania no es la tierra prometida que creería la regordeta audiencia de Oprah Winfrey. Es un país pobre con vecinos más pobres, que por el norte tiene al Sahara Occidental y Marruecos, por el sur a Senegal y por el este a Mali. Es dos veces más grande que España y sólo tiene una universidad, en Nouakchott, la capital. Su costa es uno de los bancos de mariscos más grandes del mundo, pero sus habitantes sólo consumen peces como corvinas. Durante medio siglo fueron una colonia francesa y su independencia en los sesenta debió acabar con la esclavitud, pero se calcula que uno de cada cinco mauritanos vive como esclavo. Más de la mitad de sus tres millones de habitantes vive en zonas rurales lejos de la tecnología y las escuelas. Pero en Estados Unidos, en el programa de Oprah, la intriga sobre Mauritania eran sus granjas de engorde para niñas, como lo contrario al culto mundial de la delgadez. En el reportaje del talkshow, la niña vomita la leche frente a la cámara mientras otra mujer le aprieta los dedos del pie con una tenaza de madera para obligarla a engullir un sorbo más. Las niñas están obligadas a seguir una dieta de fisicoculturista de quince mil calorías al día. Del otro lado de la pantalla, en Mauritania, Sid’Ahmed uno de mis amigos en el país, me mostraba ese capítulo de Oprah en su computador. Sid’Ahmed no podía contener la risa. «Esa chica estudiaba en mi colegio, ¡tío, está realmente gorda! Antes era más delgada». Al igual que Sid’Ahmed, Aicha, la invitada al talkshow, proviene de una familia acomodada de Nouakchott. Estudiar en Estados Unidos es algo que pocos se pueden permitir, y los anillos de oro en sus dedos y su perfecto dominio del inglés la delataban.

Los criterios de belleza están cambiando en la clase alta de Mauritania. La obesidad empieza a disgustarles. Las adolescentes mauritanas del siglo veintiuno sueñan con convertirse un día en guapas y delgadas profesionales que sufren por el amor de un hombre rico. Los matrimonios arreglados entre familias están abriendo paso al amor romántico: el mismo de las canciones libanesas, de las películas de Bollywood, de las telenovelas egipcias o incluso peruanas dobladas al árabe. Es una tendencia que ha empezado en la capital y otras ciudades grandes como Nouadhibou, donde sólo las mujeres de más de treinta años tienen sobrepeso. Unas pocas progresistas y cuarentonas, salen a caminar alrededor de un estadio cubiertas con sus melahfas con la esperanza de perder los kilos extra adquiridos desde su infancia. No deja de resultar irónico que los estereotipos de telenovela estén superando a la imagen ideal de mujer transmitida durante siglos en las tribus del desierto del Sahara occidental.


Una tarde Mohamed Lemine espiaba el paseo de las jóvenes de la calle principal de Nouadhibou, el puerto más grande de Mauritania. Sentado en su camioneta Toyota 4x4, el empresario era testigo de cómo grupos de chicas coqueteaban a los conductores que detenían sus anticuados Mercedes Benz para invitarlas a dar un paseo. Algunas aceptaban y se subían a sus coches para escuchar canciones de amor o tal vez terminar en alguna casa de los suburbios con ventanas pequeñas para un encuentro furtivo. «Si quieres acostarte con una mujer de aquí, tiene que ser divorciada» me dirá a modo de consejo. Está calle es la calle principal de Nouadhibou y a pesar de que en sus costas pescan buques japoneses, rusos y chinos es raro que los marineros desciendan. En este país musulmán no se bebe alcohol y sus habitantes no suelen mezclarse con los extranjeros. La dieta mauritana consiste en menús que cuestan el equivalente a un dólar o menos. El arroz con pescado frito es de color rojo y lleva zanahoria, col, zapallo italiano y berenjena. Otros platos más simples se hacen con arroz blanco acompañado de yassa (piezas de pollo frito con cebollas y mostaza) o mafe (trozos de pulmón de res en salsa de mantequilla de maní). Todo se cocina con litros de aceite y se sirve en porciones generosas. Lemine usa unas largas túnicas azules o blancas para protegerse del clima del desierto: hay un sol desalmado durante el día y un frío helado de noche. Pero esta tarde era cálida y la amplitud de las caderas hacía que las holgadas melafah se ciñeran al cuerpo de las mujeres, causando sensación entre los testigos. «Ese sí que es un culo de verdad» dice Lemine, quien a pesar de haber estudiado en la Unión Soviética no ha cambiado de gustos. El velo deja mucho a la imaginación y quizás por eso los cincuentones como él las prefieren voluptuosas. Algo es cierto: a falta de jeans ajustados o escotes, un extranjero aprende a apreciar los rostros femeninos en Mauritania. Mohamed Lemine es un Beydân, lo que las etnias minoritarias negro-africanas llaman «blanco». Es un árabe soltero, pero se ha casado varias veces. Lo más probable es que la mayoría de las mujeres de esta tarde sean divorciadas. En Mauritania tres de cada cuatro personas se han casado dos veces. La mitad de los casados del país han reincidido en el matrimonio tres veces. Aquí las separaciones se celebran con el mismo ánimo de un matrimonio.