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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Marino Morikawa
El defensor del sitio que a nadie
le importa cuidar porque no se parece
a una laguna azul

En el marketing de la naturaleza también nos domina un gusto prefabricado.
Un bosque de aromáticos pinos o una playa de olas cristalinas consigue
defensores sin esfuerzo. Un estanque de agua lleno de lechugas invasoras
y aves grises es menos carismático.
¿Es la belleza un requisito para defender un ecosistema?

Un texto de Stefanie Pareja Reyna
Ilustraciones de Manuel Cayao

Humedal

Una noche de verano de 2011, Marino Morikawa metió en su mochila una linterna, una botella de whisky, un aerómetro y encendió su carro rumbo a El Cascajo. Había decidido pasar la noche solo en un lugar que tenía la fama de ser punto de reunión de ladrones. Morikawa ha sido campeón nacional de karate dos veces, pero esa excursión no era el exhibicionismo de un deportista que desafía el peligro. El Cascajo, a pesar de tener nombre de cantera, es una albufera en apuros: una laguna de agua salada y dulce que se encuentra entre el río Chancay y el océano Pacífico, y que ha sido invadida por unas plantas hambrientas. Por eso Morikawa ha perdido el sueño. Después de estudiar seis años en Japón el uso de energías renovables, el científico entiende que la naturaleza no es una doncella que espera ser rescatada y que no se puede salvar un ecosistema sin seguir sus reglas. Para descontaminar la albufera de Chancay, primero necesitaba saber hacia dónde corre el viento en El Cascajo.

El enemigo que está terminando con El Cascajo se llama Pistia stratiotes pero los vecinos le dicen la lechuga acuática. Una planta invasora que se reproduce ni bien rozan sus tallos con otros y que en los años noventa apareció en la albufera y desalojó a las aves, peces y flora que ahí vivían. No se sabe con exactitud cómo esta planta oriunda de África llegó al Perú, pero se sospecha que algún ave inocente haya traído semillas en sus patas. Esta mañana, las lechugas forman una sábana verde que se extiende en medio de la tierra. El color de sus hojas abriría el apetito si estuviesen en un plato de ensalada. Algunos miembros de la Comisión Ambiental del Concejo de Chancay, abogados y administradores que además son dueños de algunas chacras en la zona, creen que las lechugas son plantas típicas de la región y las defienden. Pero estas plantas no engañan a Morikawa. Él científico sabe que aunque parecen reposar inofensivas sobre el agua, las lechugas están asfixiando la albufera: impiden el paso del oxígeno y oxidan las filtraciones del mar y del río. Matarlas no es la solución. El cadáver de una lechuga acuática se sedimenta y se convierte en lodo. En menos de dos décadas han secado la mitad de El Cascajo. El científico no tiene tiempo que perder, tampoco tiene ayuda. Es él solo contra una plaga verde. Por eso ha enlistado a las fuerzas de la naturaleza. Por eso se desveló. Morikawa ahora sabe hacia dónde sopla el viento en El Cascajo y corta las apretujadas lechugas de tal forma que la corriente de aire las empuje fuera del humedal. Él no tiene que subir al bote y entrar al agua a arrancarlas; el viento le acercará a sus enemigas.

En el mundo occidental, la palabra kamikaze se usa para señalar a alguien que elige lanzarse a un acto suicida. Pero según su origen japonés significa «viento divino». Morikawa es un peruano de ascendencia oriental que se ha convertido en un guerrero solitario. Su primer aliado para vencer a las lechugas acuáticas ha sido el viento. Y le cuesta conseguir más. Hace menos de cincuenta años los ambientalistas decidieron que toda reunión de agua sobre la superficie de la tierra es un humedal. El de Chancay, un distrito de la provincia de Huaral al norte de Lima, mezcla agua salada con agua dulce. Pero por ahora eso no parece importarle a nadie. El Cascajo no puede competir con sus pares mundiales que también reúnen agua de río y mar. Salvarlo no es tan prestigioso como proteger al lago Baikal en Rusia. Ese humedal es un Patrimonio de la Humanidad, una reserva tan significativa de agua que si se vaciara por completo, tomaría un año volver a llenarlo utilizando el agua de todos los ríos del mundo. Cuando baja el caudal, se puede entrar caminando al humedal de Chancay. No tiene agua suficiente para cubrir a un adulto. Tampoco parece un negocio rentable como el Gran Lago del Oso en Canadá, ubicado entre pinos y nevados, y que con más de mil especies de aves es una de las rutas ornitológicas más famosas del mundo. Sobre El Cascajo hoy sólo vuelan aves grises.


[II]


Unos meses antes de que Morikawa midiera el viento de Chancay, la alcaldía del distrito había decidido secar la albufera. Aunque la medida pueda parecer un ataque al medio ambiente, en realidad, era un pañuelo blanco. Las autoridades se rendían ante la amenaza verde. Algunos trabajadores del municipio habían extirpado lechugas con sus manos sólo para despertar al día siguiente y ver que la operación había sido en vano. La albufera, a primera vista, era un desperdicio de espacio y un hervidero de bacterias. Mantenerla resultaba una molestia innecesaria en la agenda del gobierno. Pero cuando Morikawa se enteró de la decisión de la alcaldía a finales de 2010, compró un boleto de avión y viajó veinticinco horas desde Japón para visitar el ecosistema que tenía los días contados. Dos años y veinte pasajes después, el científico me recibe en casa de sus padres en Huaral. Frente a una vitrina repleta de muñecas orientales con vestidos de colores, se sienta Morikawa. Viste un jean y una camiseta demasiado planchados para ser ropa deportiva. Habla español pero sella el nombre de las personas con ‘san’, el sufijo respetuoso de los japoneses. Es un hombre de ciencia que cuando le preguntan por qué le importa tanto la albufera no tarda ni treinta segundos en abandonar las razones científicas para pasar a las personales. Dice que por su padre quiere tanto El Cascajo. Que el señor Morikawa siempre ha sido muy correcto, muy estricto, muy oriental y que los paseos de fin de semana en El Cascajo son los momentos de amistad padre-hijo que él recuerda. Marino Morikawa es un científico que intenta proteger un ecosistema, pero sobre todo es un hombre que defiende un recuerdo de su infancia igual que los vecinos que protestan cuando un alcalde amenaza con destruir el parque del barrio.

Dedicarse a cuidar y defender el medio ambiente podría ser una cuestión de nostalgia. Ingrid Newkirk, la fundadora de PETA —la organización más radical de protección de los animales—, decidió pelear por ellos cuando su vecino se mudó y abandonó a una docena de gatos. Ella los alojó en su casa pero no podía controlarlos así que los llevó a un albergue. Días después fue a visitarlos y no pudo verlos: habían matado a los doce. Newkirk nunca olvidó a esos cachorros. Morikawa quiere recuperar el lugar donde nadaba de niño con sus primos mientras su padre y tíos pescaban. Quiere que El Cascajo sea otra vez un espejo de agua en el que chapoteen tilapias y carpas. Quiere que se vayan las aves de carroña y regresen esos pájaros rosados que hacen equilibrio en una pata y que están grabados en su memoria. Morikawa dice que no dormirá tranquilo hasta que vuelvan los flamencos a Chancay.

Cuando el científico fue a pedir permiso al alcalde para recuperar el ecosistema del barrio, lo asustó. «Estás loco. Acabarás con sarna como los demás», le dijo. A Morikawa eso no le preocupaba. Como químico-farmacéutico sabía con qué jabón carbonatado bañarse al salir de El Cascajo. Pero la advertencia no era una exageración. Los índices de contaminación de la albufera iban contra cualquier norma de sanidad. Por eso las lechugas acuáticas no se quieren ir. Sus raíces son como esponjas que absorben los contaminantes del agua. En uno de sus primeros recorridos por la zona, Morikawa vio un hocico que se asomaba a la superficie. En lugar de peces, había cerdos que flotaban en la albufera. Junto con las plantas invasoras, llegaron los porcicultores y la excreta y la orina de sus animales. La alcaldía había intentado más de una vez reubicarlos sin éxito. Pero después de ver al ‘japonés loco’ caminar entre ese manto verde y arrancar lechugas durante días enteros, se marcharon sin pelear. Según Morikawa, ahora son los guardianes del humedal.

La albufera también se contamina desde la tierra y filtra montones de agua sucia. El mar que alimenta El Cascajo recibe el desagüe del distrito de Chancay sin ningún tratamiento. El sistema de alcantarillado consiste en unos buzones de agua que desembocan en el océano. Al ver el agua oscura y densa que se mezcla con la marea uno pierde las ganas de volver a comer un ceviche. Y a veces el agua de alcantarilla cae de manera más directa a la albufera. Cuando la marea sube, los buzones se tapan y explotan. «La mierda sale volando», explica un trabajador de la zona, y la ausencia de asco en su rostro permite adivinar que ya le ha tocado experimentar uno de esos baños desagradables. La suciedad ha enterrado la belleza de un ecosistema y por eso durante veinte años a nadie le importó verlo agonizar.


[III]


El defensor de la albufera de Chancay vive en Tsukuba, la ciudad científica de Japón donde hay más laboratorios que casas y gente en batas blancas intenta mejorar la genética humana y ensamblan robots sin imperfecciones. A ese escenario que parece vivir en el futuro llegó Morikawa en 2006 para hacer una maestría en energías renovables gracias a una beca de la Embajada de Japón en el Perú. Había estudiado Química Farmacéutica, pero la idea de dirigir una botica lo aburría. Entonces se especializó en control de calidad de alimentos, y cuando trabajaba en agroindustrias descubrió dónde termina el agua que utilizan las fábricas: la echan directo al mar o al río. Morikawa, desconcertado con esa realidad, armó un plan de tratamiento de aguas residuales y ganó la beca. Ahora dirige un laboratorio en la Facultad de Ciencias de la Vida y Medio Ambiente de la Universidad de Tsukuba.

Esta mañana en casa de sus padres, el único equipo tecnológico con el que cuenta el científico es un par de computadoras en reposo. Morikawa despierta una y empieza su presentación en Power Point. Ya se la sabe de memoria, hace un mes está en el Perú y la ha expuesto en el Ministerio del Ambiente, en la Autoridad Nacional del Agua y en otras oficinas con siglas en las puertas donde se reúnen los guardianes de la naturaleza del país. Es la campaña promocional con la que el niño que nadaba en la albufera intenta salvarla. Morikawa necesita que a otros les importe El Cascajo tanto como a él. Mientras habla, aumenta la audiencia. Sus dos amigos, y ahora miembros temporales de su equipo, han despertado y se sientan a escuchar el mismo discurso que los convenció de dejar Lima para limpiar un humedal en Chancay. Uno es ingeniero de sistemas y el otro diseñador gráfico. Uno se ofreció a armar el proyecto que consiga inversionistas para rescatar El Cascajo y el otro a grabar videos promocionales. Ambos arrancan lechugas del agua todos los días. «Trabajamos en el proyecto por las noches y en el día nos metemos al humedal. Marino trabaja como burro», se queja contento el ingeniero de sistemas. A Morikawa no le distraen los saludos ni las bromas de sus amigos. Él se interrumpe a sí mismo, repite cada dato que dice y da explicaciones que no le han pedido. Dice estar acostumbrado a que la gente no entienda sus «datos nerds».

Morikawa se emociona cuando encuentra en Google Earth fotos de la albufera de Chancay. Ya se ve agua en el humedal. Desde arriba, El Cascajo es una sábana verde con algunos espejos de agua en el medio. Al dar zoom a la fotografía aparecen unos palos que bordean esos espejos. «Ese es mi sistema de segmentación», señala Morikawa. Pero prefiere mostrar su trabajo en persona. Salimos de su casa y abre la puerta de una camioneta blanca. Unas moscas escapan apuradas. «Un recuerdo del humedal», bromea el diseñador gráfico, mientras empuja unas botas de hule para sentarse en el carro. Al lado del timón, encima de la radio, hay un cartel: «No olvidar apagar las luces». En menos de veinte minutos llegamos a El Cascajo. Morikawa se detiene, apaga el carro y olvida las luces. Es de día pero venían encendidas por la neblina. El científico dice estar distraído. Hay una sola cosa en la que piensa en estos días: expulsar las lechugas del humedal.


[IV]


En El Cascajo nos reciben unos pájaros que descansan de manera ordenada. Parado uno al lado de otro forman una fila en medio del agua. Morikawa dice que utilizan su sistema de segmentación como lugar de reposo. Son unas cañas de Guayaquil, troncos largos y resistentes que se usan en la construcción de casas y que aquí dividen la albufera. Morikawa forma una cuadrícula con la que acorrala las lechugas al impedirles desplazarse. En menos de dos meses, su plan ha conseguido que aparezca otra vez el agua en la albufera y con ella el regreso de algunos peces y patos. En Chancay ya notan el cambio. «Cuando yo era chico iba también a El Cascajo, pero a cazar patos para comer. Ahora con la explicación de Marino entiendo la importancia de una especie», ha dicho Juan Álvarez Andrade, el alcalde de Chancay. La limpieza tan veloz del Cascajo ha sorprendido tanto al alcalde, que cree que en cualquier momento los vecinos querrán hacerle un monumento al científico del barrio.

En el humedal, el científico se convierte en capataz. Morikawa camina alrededor de El Cascajo, vigila que las lechugas no escapen y explica su plan de ataque. Después de segmentar la albufera, el siguiente paso de Morikawa es hacer burbujas en el agua contaminada para limpiarla. En Japón ha aprendido a trabajar con herramientas diminutas: nanotecnología. En Perú, el científico introduce un dispositivo que diseñó en Tsukuba y con un sistema de bombeo forma nanoburbujas. La burbuja de una gaseosa es mil veces más grande que una nanoburbuja. Morikawa aprovecha estos minúsculos globos de aire para que se lleven las bacterias. Una burbuja normal llega rápido a la superficie, una nanoburbuja tarda de cinco a ocho horas. En ese ascenso atrapa virus, bacterias y metales, y cuando alcanza la superficie se gasifica. Morikawa está evaporando la suciedad de El Cascajo burbuja a burbuja. La alcaldía de Chancay y la Comisión de Medio Ambiente del Congreso se sorprendieron con esta técnica. En el Perú nunca se habían usado diminutas burbujas para limpiar el agua. En Japón se utilizan hasta para evitar la caída del cabello o para librar de sarna a los perros. Morikawa recuerda que esas reacciones lo intrigaron y decidió visitar algunas plantas de tratamiento de aguas residuales en el Perú. «Aquí no hay agua potable. Ni bien vi cómo tratan sus aguas, fui a comprar filtros para la casa de mis padres», comenta horrorizado el hombre que en Japón limpia la sartén de su cocina con ropa vieja después de freír y la bota a la basura. Asegura que jamás derrama el aceite quemado por el drenaje porque el agua engrasada es difícil de purificar.

Si el agua no calma la sed,  al hombre sólo le interesa cuando es cristalina o cuando luce poderosa al romper las olas o caer en cataratas. En El Cascajo el agua está estancada y aún es algo turbia, por eso Morikawa necesita un arma más. En su laboratorio en Japón ha diseñado un invento sólo para la albufera de su infancia. La Universidad de Tsukuba apoya su trabajo en el Perú, en parte porque es la tesis con la que conseguirá su doctorado. Así que Morikawa, después de leer cientos y cientos de bibliografía sobre humedales, decidió que el invento no lo haría en un sofisticado aparato sino en un horno. Se inscribió en cursos gratuitos de cerámica y aprendió a hacer platos y tazas. El siguiente paso del científico en su lucha contra las lechugas acuáticas depende de unos biofiltros de cerámica. Son como prisiones para las bacterias que andan sueltas en el agua. El biofiltro las atrapa y divide: destruye a las malas mientras permite que se reproduzcan las buenas. Morikawa dice que eligió la cerámica porque es un material poroso y resistente, pero sobre todo porque con ella se hacían los cuchimilcos, los huacos incaicos típicos de Chancay. De niño, Morikawa escuchaba las conversaciones de su padre con sus amigos historiadores, y eran como cuentos antes de dormir. El científico es un romántico que asegura admirar la magia de Huaral y que sus antepasados son los incas y no los samuráis. Su nacionalismo no parece ser oportunista. Desde su época escolar lleva una escarapela en el pecho durante todo julio, cuando se celebran las Fiestas Patrias en el Perú. Se casó en esas fechas, y en las fotos de su matrimonio sale el adorno bicolor en el traje del novio. Los especialistas y la prensa peruana insisten en resaltar «la tecnología de punta» con la que trabaja Morikawa. Sin embargo, para crear los biofiltros de cerámica el científico se convirtió en artesano.


[V]


Al regresar a la casa de sus padres en Huaral, Morikawa me recuerda que la albufera se llama El Cascajo. Su insistencia se debe al nombre oficial que tiene ahora el convaleciente ecosistema. Los nuevos vecinos de la zona son gente devota y le dicen Santa Rosa. Pero él se rehúsa a llamarlo así. En su recuerdo, «la laguna» estaba en medio de piedras. Que un humedal tenga nombre de cantera tuvo sentido hasta que algunas personas se llevaron todas las rocas para usarlas en construcciones cercanas. Morikawa quiere devolver hasta el nombre a El Cascajo, pero necesita tiempo, y no lo tiene. Regresa al día siguiente a Japón. Lo esperan en el laboratorio, y su esposa e hija lo extrañan en casa. Le preocupa que su ausencia se note en la recuperación del humedal.

Durante veinte años El Cascajo se convirtió en el botadero del distrito y a nadie le importaba que desapareciera. Chancay era un ejemplo de la teoría de las ventanas rotas: en los vecindarios donde nadie reemplaza los cristales quebrados de los edificios, los vándalos terminan por apoderarse del barrio. Una ventana rota es el aviso de que no hay nadie que cuide el lugar. El desinterés se contagia. Por eso tuvo que llegar Marino Morikawa y empezar a limpiar el humedal para que algunos se den cuenta de que debajo de la basura existía un ecosistema. Ahora, dos años después, ya se ven espejos de agua cada vez más cristalinos, y han vuelto algunos peces y unas cuantas aves. También han aparecido inversionistas que quisieran convertir la albufera en un centro de diversiones y políticos de la zona que se suben al bote del científico y se graban mientras arrancan durante cinco minutos unas cuantas lechugas. Cuando se apaga la cámara, se marchan. El humedal se está recuperando. Con menos lechugas hay más espacio para que regrese esa belleza que por ahora sólo existe en el recuerdo de los vecinos más antiguos de la zona. Pero El Cascajo aún no logra reclutar a más defensores. Algunas autoridades del Perú quieren que la próxima vez que Morikawa llegue al país vaya a limpiar el lago Titicaca, un humedal más famoso entre los turistas. Él dice que sólo lo hará después de recuperar el humedal de su infancia. No hay otro científico que haya nadado con sus primos en El Cascajo mientras su papá y tíos pescaban. Es una extensión de la casa donde creció. Nadie lo cuida como él.