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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Los peces gordos se encogieron

En los años cincuenta los pescadores de Florida
atrapaban meros de metro y medio de longitud.
Los de ahora caben en una sartén.
¿Por qué nadie quiere tomarse una foto
con un pez de veinte centímetros?

Un texto de Pere Estupinyà
FotografÌas de la Biblioteca Pública del Condado de Monroe, Florida

Pere

Algún día la fotografía del Rey de España junto al elefante que cazó en Botsuana no será sólo motivo de indignación, sino también una referencia para los historiadores de la naturaleza. Algunos ecólogos, resignados a la transformación del paisaje, han ido documentando la flora y la fauna que existían en diferentes parajes terrestres. Estudian libros, restos arqueológicos, o fósiles. Averiguar lo que andaba por la tierra es sencillo. Hasta se lo podemos preguntar a nuestros abuelos. Pero en los océanos la historia es distinta, pues no tiene testigos más allá de la superficie. Conocer el tipo y la cantidad de peces que habitaban hace sólo cincuenta años las profundidades de nuestros mares es más complicado. De eso se encarga una nueva y curiosa disciplina científica llamada Ecología Marina Histórica, que utiliza desde recortes de periódicos hasta menús de restaurantes como pistas para descifrar el pasado de los ecosistemas marinos. Una forma práctica de aprender sobre los océanos sin entrar al agua.

Loren McClenachan es una bióloga marina que comparó las fotos de docenas de turistas aficionados a la pesca en una región del Golfo de México. McClenachan buceó en los archivos de la biblioteca pública de Cayo Hueso en Florida y encontró un registro muy completo de fotografías desde los años cincuenta, tomadas todas en los mismos barcos que utilizaban los turistas. Cuando las puso en orden cronológico se sorprendió. En la primera fotografía de 1957 podía verse a un grupo de pescadores que posaban satisfechos con varias piezas que alcanzaban el metro y medio de longitud, al más puro estilo de Hemingway en su faceta de aficionado a la pesca. En otra, tomada al año siguiente, aparecía una familia rodeada de peces del mismo tamaño. Pero, al llegar a la década de 1970, las piezas ya eran bastante menores. En las fotografías de los años ochenta los turistas sujetaban con sus manos peces de escasos cuarenta centímetros, y en las de hace unos pocos años ya ni se molestaban en aparecer junto a sus vulgares pescados de veinte centímetros. En menos de medio siglo, subirse a un barco y atrapar un mero se había vuelto tan ordinario como visitar la pescadería de la esquina. La investigación de McClenachan demostró que la «pesca del día» de 2007 pesa un noventa por ciento menos que la de 1957. En los últimos cincuenta años, la sobreexplotación pesquera de esa área del golfo de México ha eliminado las especies más gigantes, cuyo valor en la cadena trófica es vital.

El biólogo Chris Darimont, de la Universidad de California, Santa Cruz, ha descubierto que la mitad de los grandes peces marinos está perdiendo su tamaño con cada generación. La ironía es que, al pescar los ejemplares más grandes y carnosos, la especie tiende a volverse menor. Los pescadores que hacen negocio ofreciendo las presas más gigantes deberían tomar nota del experimento que hizo David Conover, el director del programa de Ciencias Oceánicas de la Fundación Nacional para la Ciencia de Estados Unidos. Él y su equipo criaron varios grupos de sardinas atlánticas en tinas y después pescaron sólo los mayores. Al cabo de cinco generaciones, las sardinas evolucionaron a tallas menores. Después Conover y su equipo abandonaron este patrón de pesca. Tuvieron que pasar doce generaciones para que los peces empezaran a recuperar su talla, pero nunca volvieron a ser tan grandes como sus antepasados. La pesca de Conover los había programado genéticamente para encogerse y sobrevivir. Es posible que lo mismo haya sucedido en los cayos de Florida que McClenachan estudió.

Las sonrisas de los pescadores en las fotos que revisó McClenachan evidencian algo más: sin importar la década a la que pertenecen, todos los turistas están orgullosos con su pesca. Es el logro del día. El ser humano se contenta con lo que ahora le ofrece el mar porque ignora lo que había antes. A esto se llama diminishing baseline, es decir, que cada generación se contenta con menos en el mar, porque no saben lo que se ha perdido. Es como una amnesia colectiva sobre cómo debería ser la naturaleza. McClenachan comentó después de su estudio que las personas hoy no se asombran de la degradación del océano porque no lo han conocido de otro modo. Si los turistas dejaran de pescar podrían pasar dos cosas: que con el tiempo el ecosistema se reestableciera, o que ya estuviera tan dañado que nunca recuperara las especies que en él habitaban. Si eso no parece tan alarmante es porque en realidad no tenemos conciencia de cómo eran los fondos marinos hace un siglo. La pesca de los turistas de Cayo Hueso en los años cincuenta es el escandaloso equivalente a cazar un elefante en la sabana africana. Pero como el interior de los océanos no está a la vista, parece menos grave. En eso insistió el ecólogo marino y explorador de National Geographic Enric Sala durante nuestro encuentro en la sede central de Washington DC cuando me dijo: «Imagínate que vas a la carnicería y te dicen: ‘Hoy tenemos carne de tigre’. ¿No te parecería aberrante? Es lo mismo que pedir atún rojo en un restaurante japonés». La denuncia de Sala es categórica: se pescan depredadores mayores en declive, como el atún rojo o el pez espada porque hay gente dispuesta a pagar por ellos. Un atún de aleta azul, por ejemplo, puede subastarse en veinte mil dólares en Japón. Desde el punto de vista medioambiental es como comer leones o tigres en lugar de vacas o pollos.

Nos gustan las especies que están en lo alto de la cadena alimenticia, que, además de reproducirse menos y crecer más lento, tienen un papel fundamental en el equilibrio de los ecosistemas. En protección de los océanos, estamos muy atrasados. «Lo que estamos haciendo en los mares equivale a convertir la selva amazónica en un campo de golf», dice Sala, y asegura que en los últimos cien años en el Mediterráneo ha desaparecido el noventa y nueve por ciento de los tiburones, y a escala mundial ha colapsado una tercera parte de las pesquerías en las últimas cinco décadas.

Nos falta esa conciencia y legislación que sí tenemos sobre los animales terrestres. La irritación que despierta la fotografía de un elefante recién cazado debería ser similar a la de un gran marlín o un pez espada junto a su orgulloso captor. Pero las criaturas marinas aún nos son extrañas. Si actuáramos como un depredador más, comiendo pescados pequeños como sardinas o calamares, no sería un problema grave, pero nos obsesionamos con cazar las especies más frágiles y cuya desaparición desequilibra más los ecosistemas. El ser humano se ha convertido en un depredador caprichoso. Pero eso sólo lo advierten los ecologistas.