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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Los cíclopes necesitan una ceja

Un texto de MÓNICA BELEVAN

Cejas

En la película del rostro, las cejas ocupan el rol de dos actrices de reparto. Su sitio en la cara, distinguido pero discreto, las pone al servicio de la estrella principal, el ojo. Pese a su aparente carácter secundario,sin embargo, las cejas –ese par de astutas gobernantas— han logrado instituirse como un tópico de las revistas de belleza, al grado de que se haya constituido una cuasi jurisprudencia en lo que respecta a cómo maquillarlas, depilarlas, encerarlas, remarcarlas, perfilarlas o tatuarlas. Hoy como antes, las cejas nos sorprenden en su calidad de eminencias grises, anticipatorias, de potencia artera.

Si los pómulos y las mejillas resuelven el talante, las cejas lo arman, lo tutelan –y después se adelantan a traicionarlo—. Incluso sin moverse, un par de cejas sin teñir arruina la ilusión construida por quienes se pintan el cabello. Las cejas son los signos de exclamación de la gramática gestual: la atracción entre los sexos se delata con su salto ensimismado (y un ceño enjuto, de pelambre decaído, puede ser más elocuente que una lágrima).

Un estudio del Massachusetts Institute of Techonology ha comprobado que hasta las miradas más famosas se vuelven irreconocibles si se las presenta sin el aderezo de sus cejas. Mostrar, en cambio, a esos mismos rostros con las cejas pero sin los ojos, sí permite identificar a los sujetos. Hasta la frenología, en su precariedad, difundía la noción de que la inteligencia era correlativa a las cejas elevadas, dando así pie a los términos lowbrow y highbrow (y a la extraña medianía de lo middlebrow).  Es como si intuyéramos que unas cejas demasiado cercanas a los ojos enturbiaran nuestra capacidad de mirar –y pensar—.No es casual que el ceño sea un objeto del más exquisito escrutinio por los caricaturistas, o que sus instancias extremas –que van desde las cejas superpobladas de Carlos Menem hasta el semblante entre árido y glacial de Greta Garbo— se lean como tests de personalidad.

Hay algo de razón en ello. Y es que si las cejas son las perchas de los ojos, fungen también como una jamuga para la nariz, la marea de las sienes y el zócalo interrumpido de la frente: son, en resumen, la alta costura del rostro, sus alternantes Metternich y Talleyrand. Basta con que se sustraiga un solo pelo del sitio equivocado para que la expresión entera luzca desencuadernada o, lo que es peor aún: falsa. Pocos anunciantes de expresividad operan con la misma economía y eficacia que las cejas, cuya fortuna gestual se debe a sólo dos músculos, pero resulta en una riqueza de ademanes superior a la de las manos. 
La vida actual nos sorprende (y a más de uno le hará alzar una ceja intrigado) con la costumbre de la depilación superciliar en la que incurren, vaya a saberse bien por qué, demasiadas mujeres. Está comprobado que quitarse las cejas soslaya, cuando menos, el interés masculino. ¿Se obliga así al hombre a fijarse en otros atributos, a literalmente bajar la mirada hacia otras partes del cuerpo que a menudo se aprecian mejor cuanto más depiladas están? 

Las cejas son el único elemento del rostro imposible de aislar en el vacío: fuera del mismo, se reducirían a un montoncito ínfimo y difuso de vellos que pudieran ser de cualquier lugar del cuerpo –o de ninguno—. Gracias a Gogol tenemos noticias de una nariz itinerante, y David Lynch explotó la sugerencia de una oreja suelta sobre un césped suburbano. Pero las cejas aspiran a un registro muy particular del body horror, según el cual la suma de los pelos no es una parte.