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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Los cazadores de carbono africano

Los bosques de África ya no son sólo un exótico paraje.
En un mundo que se asfixia, hoy el aire limpio se compra
y se vende en una nueva bolsa de valores de carbono.
En Kenia el gobierno y las empresas emprenden
una cacería para alimentar este nuevo mercado.
¿Por qué los vecinos de sus bosques prefieren
quemarlos antes que conservarlos?

Una crÛnica de Noémie Bisserbe
Traducción de Inti Landauro
Ilustraciones de Sebastián Suárez

Carbono

En el oeste de Kenia, un largo y sinuoso camino de tierra rojo separa la selva Mau, la más grande del país, de los campos de maíz y té. Por un lado, árboles erguidos que se balancean y chirrían forman una angustiante muralla; por el otro, los sembríos se extienden hasta donde la vista se pierde. La sombra de las copas altas de los árboles cubre la pista. Al pisar en ciertos lugares, uno siente unos bultos, como unas protuberancias. «Sólo podemos enterrar a nuestros hijos debajo de este camino», dice Caroline Chelengat, con los ojos clavados en el piso, mientras señala una rama de brezo plantada a unos pasos de distancia. Tiene veintiún años, cara de niña y habla el dialecto de la tribu del bosque. Su hijo de tres años murió —probablemente de neumonía— hace tres meses. Ella lo enterró aquí. Chelengat tiene un año viviendo en este camino, en un campamento de lonas de plástico y chozas de barro que un riachuelo de lodo ocre inunda cuando llega la temporada de lluvia. A ella y a otras casi dos mil cuatrocientas personas las expulsaron de la selva Mau para cederle el lugar a un proyecto de carbono que generará miles de millones de dólares al gobierno de Kenia y a un grupo de bancos de inversión occidentales. Unos hombres armados resguardan el bosque. Los expulsados tienen prohibido el ingreso, pero aun así hay quienes intentan regresar a su antiguo pueblo. En los últimos tres meses, diez campesinos han sido arrestados y encarcelados. El pastor de un pueblo cercano, Abraham Mutai, de cuarenta y cuatro años, trata de reunir desde hace varias semanas el dinero para pagar las fianzas. Debe juntar cincuenta mil shillings kenianos —unos cuatrocientos euros— por cada arrestado. Aún le falta mucho. Todos los días viste un terno gris y va al campamento de los expulsados para distribuir comida, medicamentos y ropa.  Las mujeres del campo tienen un modo peculiar de vestir. Andan descalzas y llevan sacos de hombre demasiado grandes y gastados encima de sus vestidos tradicionales. Como no tiene suficiente dinero para alimentarse, Chelengat trabaja en las plantaciones de té vecinas, donde ganan unos cuantos shillings al día. La mayoría de esas plantaciones pertenecen al expresidente de Kenia Daniel Arap Moi, que gobernó al país durante veinticuatro años.

Sentado frente a una mesa de plástico blanco enrojecida por el polvo, en una tienda del pueblo de Keringet, el pastor expresa su preocupación. Escuchó un rumor que suena a verdad. «El límite de la selva será ampliado de nuevo», dice mientras, al acecho, mira a su alrededor en la minúscula habitación y hace un gesto exasperado hacia un mozo demasiado curioso. «Habrá más expulsados». Existe el riesgo de que él mismo sea uno de los tantos. Su propiedad está situada entre la entrada del bosque y del pueblo. De ser incluida en el nuevo perímetro de la selva, destruirían su casa y quemarían sus campos para hacer espacio a los árboles. Su esposa, sus tres hijos y los seis refugiados que él aloja tendrían sólo una opción. «Tendríamos que ir al campamento de refugiados», dice Mutai en un tono lúgubre. El pastor deja salir la cólera: «Los pesos pesados y sus plantaciones de té, ellos sí están tranquilos». De pronto desde su bolsillo suena la voz de Phil Collins. «One more night, give me one more night». Saca un móvil. «Mi teléfono», se disculpa con una sonrisa avergonzada. Las noticias del campamento no son buenas: otro niño está enfermo. Dieciséis personas murieron de malaria, neumonía o tifoidea durante los últimos seis meses. «Es por la lluvia, y la temporada de monzón ya se acerca», dice el pastor mientras levanta los ojos hacia el cielo.
El gobierno ha prometido nuevas tierras a los expulsados. El pastor Abraham Mutai desconfía. «Hace más de un año que esperan. Las autoridades dicen que somos invasores, pero somos de la selva. Yo nací aquí». Como Caroline Chelengat y la mayoría de los refugiados, el pastor es del clan Ogiek, la tribu de la selva Mau. «El gobierno nos miente», murmura amargado. El mentiroso —según él— se llama Erastus Wahome.  Su oficina, a cientos de kilómetros de aquí, domina Nairobi, la capital de Kenia. Con la quijada cuadrada y el rostro partido por una larga cicatriz en la mejilla derecha, Wahome es el señor carbono del gobierno keniano, el principal consejero económico del Ministerio de Finanzas, el responsable del proyecto de la selva Mau.

Erastus Wahome espera vender miles de créditos de carbono por varios miles de millones de dólares a empresas europeas y norteamericanas. El señor carbono de Kenia ya negocia con bancos de inversiones occidentales que quieren convertirse en ecolo-traders del nuevo mercado. Sus proyectos avanzan. En la selva Mau, ahora desierta, un equipo de científicos mide uno por uno los troncos de los árboles para evaluar el valor del stock de carbono del bosque.

Wahome no está acostumbrado a aceptar «no» como respuesta. En marzo de 2011 inauguró la primera bolsa de carbono del continente africano. Wahome acababa de romper un memorando firmado entre el gobierno keniano y el banco francés BNP Paribas para explotar la selva Mau. «No estaba bien. El acuerdo no era equilibrado», dice antes de preguntarse: «¿Por qué vender la selva a unos extranjeros?». Después se responde a sí mismo: «El Estado sigue siendo el mejor inversionista». Wahome suelta una carcajada franca y sonora. «Si BNP Paribas todavía quiere los créditos de la selva Mau, podrá comprárnoslos en la bolsa de Nairobi».

Las autoridades kenianas no piensan permitir que les quiten este nuevo mercado. Algunas asociaciones extranjeras quieren comprar las selvas del país para colocar bonos de carbono en la bolsa. «Empresas de Europa o de Estados Unidos compran selvas en todas partes del país y nosotros no sabemos nada. Explotan a nuestros campesinos, quienes les venden sus tierras porque no conocen su valor», dice Wahome mientras agita los brazos. Pero cuando le preguntan sobre la selva Mau responde visiblemente fastidiado que esa es otra historia. «Todo ha sido exagerado. Ningún nativo de la selva ha sido expulsado. En cuanto a los que no han nacido en la selva, ellos han comprado ilegalmente las tierras. Acaban de devolvernos ellos mismos sus títulos de propiedad», asegura.  Dice que el problema está resuelto.
Sierra Leona es un pueblo que queda al sur de la selva Mau. Dicen que debe su nombre al carácter feroz de sus habitantes.  La gente de Sierra Leona no tiene el carácter despiadado que se le atribuye, pero sí son personas combativas. Se les expulsó a golpes, con antorchas y rifles. No quisieron entregar de forma pacífica sus títulos de propiedad a las autoridades locales y han reunido dinero para contratar a un abogado. Varias familias empezaron un juicio a Erastus Wahome y sus amigos del gobierno keniano. Otros regresaron al pueblo para retomar posesión de sus tierras. «Dicen que mi título de propiedad es falso, pero el dinero que pagué sí era real», dice Joseph Chepkwony, un setentón padre de diez hijos. En 1999 compró su hectárea por el equivalente a doscientos treinta euros. «Éramos demasiado pobres para ir a otro sitio. Sierra Leona era más barato». Fue la primera vez que Chepkwony era dueño de tierras. Con su esposa cultivaba maíz, papa y algunas verduras para alimentar a su familia. Eran felices.


Joseph Chepkwony recibió una carta del gobierno en 2009. Debían partir. La policía llegó cuatro días más tarde. Él se escapó con su familia y varios centenares de personas. «Los escuchamos llegar desde lejos. Todo el mundo se asustó y se fue corriendo hacia los cerros», cuenta su esposa con voz temblorosa. Cuando volvieron sólo quedaba un montón de cenizas. Los campos y las casas habían sido quemados. «¿Acaso teníamos opción? No soy dueño de nada más», dice Chepkwony. El anciano, con su traje beige, un cuello de tortuga blanco y gafas oscuras, ha conservado su presencia y elegancia. Sólo los zapatos sucios y gastados demuestran su cansancio.

Según un mandatario local, la situación es precaria. Varios delegados regionales lo han visitado después de haber colocado piedras en los campamentos: «Me han dicho que pronto plantarán nuevos árboles». El pueblo de Sierra Leona está en territorio masái. Ganaderos y animales atraviesan la sabana a lo lejos. Con la cabeza adornada de joyas tradicionales, lanzan miradas de desconfianza. «Los cerros verdes donde estamos les están prohibidos», explica Solomon Tikani. Hasta hace poco, Tikani cuidaba rebaños de cabras y vacas desde el alba hasta el anochecer. Hace dos años abandonó su vara de pastor masái y cruzó al otro lado.

Hoy Tikani planta árboles y se asegura de que el ganado masái no destroce los pequeños brotes. Tiene treinta años y es padre de tres hijos. Es empleado del Green Belt Movement, una ONG ecológica establecida en Nairobi,  que, con el apoyo de las Naciones Unidas, quiere restaurar la selva y preparar el terreno para el proyecto carbono. Cada noche, en el campamento de Naisoya que comparte con los rangers de la selva, Tikani monta guardia. «La otra noche, dos chicos vinieron con un rebaño de vacas. Destruyeron todo», dice con un suspiro, mientras muestra un ciprés desmedrado y malogrado. Del millón de árboles plantados sobre las cincuenta hectáreas en el distrito de Narok, sólo setecientas mil aún están verdes. Tikani quisiera un arma para defenderse. «Estos niños tienen lanzas», expresa con una mirada envidiosa hacia el rifle de un ranger que escucha las quejas de su amigo con la mirada distraída. El trabajo de Tikani está lejos de terminar. Señala los cerros de Sierra Leona: «Vamos a empezar a plantar árboles por allí». Tikani levanta los hombros cuando le preguntan qué pasará con los habitantes de esas zonas.