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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

La condena de tener
muchas puertas abiertas

¿Por qué es liberador tener pocas opciones?

Un texto de PERE ESTUPINYÀ

Puertas

En una época en que las computadoras personales compartían el mismo aburrido tono plomizo, Steve Jobs ofreció la iMac en cinco colores. Ese día vestía con un suéter de cuello tortuga negro, blue jeans y zapatillas New Balance. Desde entonces, los compradores se rascan la cabeza tratando de elegir entre los inventos de un hombre que hasta hoy no ha cambiado de atuendo. Llevar de forma voluntaria un uniforme puede ser ilógico para quienes no quieren limitar sus opciones, pero una bendición para los que prefieren no perder el tiempo eligiendo. Cuando toman decisiones, las personas se dividen en dos: satisfiers y maximizers. Las primeras son aquellas que cuando encuentran algo que cumple sus expectativas dejan de contemplar otras opciones. Los maximizers en cambio necesitan muchas alternativas para elegir siempre «la mejor» posible. Aunque hay más factores que influyen al tomar una decisión, pueden observarse patrones que explican por qué algunos inconformistas siguen cambiando con frecuencia de emisora cuando escuchan la radio en el auto o continúan circulando su currículum, aunque tengan un trabajo que les gusta. Barry Schwartz es un psicólogo que se ha dedicado a estudiar en qué grado una persona es más o menos satisfier, o si forma parte del diez por ciento de los maximizadores extremos que él ha encontrado en Estados Unidos. El autor del libro Por qué menos es más: la Tiranía de la Abundancia investigó cómo influye en las personas la cantidad de opciones disponibles frente a una elección y ha concluido que pasarse de exigente genera infelicidad, y tener muchas opciones puede ser peor que disponer de pocas.

Empeñarse en encontrar siempre la mejor opción no es algo negativo, mientras sepamos controlarlo. Cuantos más esfuerzos de tiempo, dinero y sacrificios personales invirtamos en una decisión (comprar un jersey, conseguir un trabajo o elegir un restaurante), más exigentes nos volvemos con ella. Y más arrepentimiento sentiremos en caso de que no cumpla nuestras expectativas. La insatisfacción permanente es otra trampa. El querer siempre un poquito más puede ser disfrazado de «estímulo para mejorar», pero en algunos casos llega a ser traumático. Los extreme maximizers terminarán siendo los líderes de la empresa, o llevarán el mejor vestido de la fiesta, pero nunca se sentirán satisfechos. Les costará disfrutar de sus logros, y empezarán a pensar de forma patológica en los siguientes retos. De hecho, los estudios de Schwartz han encontrado que los maximizadores más exagerados suelen ser más propensos a la depresión.

Tener muchas opciones para elegir no siempre es positivo. Una de las claves está en la sensación de pérdida sobre lo que has rechazado. Una persona que gana un viaje gratis a Mallorca puede decepcionarse al llegar allí y encontrar que hace mal tiempo, pero no se sentirá por eso derrotada. En cambio, si a la misma persona le ofrecen elegir entre tres ciudades y cuando llega al destino que seleccionó hace mal tiempo, se reprochará a sí misma no haber investigado mejor el pronóstico del clima. Otra consecuencia negativa del incremento de opciones es la parálisis. Imagínate que acudes a una cita múltiple donde te presentarán a varias parejas potenciales. ¿Prefieres poder «elegir» entre ocho, o entre veinte? Si un profesor propone una serie de temas sobre los cuales hacer una redacción para mejorar una nota, ¿prefieres que la lista de temas sea larga o corta? Los estudios realizados sobre estos casos concretos demuestran que al final se formaron más parejas en las multicitas con menos candidatos; y que cuanto más largo era el listado de temas propuestos por el profesor, menos alumnos se decidían a hacer la tarea. Conclusión: tener más opciones puede, en lugar de ser liberador, paralizar a los tomadores de decisiones.
Todos sabemos equivocarnos solos, pero aunque dé un poco de desazón también podemos aprender algo para que la sobredimensionada oferta de la sociedad no nos cree tanta infelicidad. Por ejemplo, saber escoger cuándo elegir: si una decisión no es crucial, deberíamos esforzarnos en limitar nuestras opciones. También hay que evitar preocuparse por lo que te estás perdiendo una vez que has tomado una decisión. Cuando eliges, a veces continúas pensando sólo en las partes buenas de lo rechazado y en las malas de aquello con lo que te has quedado. Controla tus expectativas: si empiezas un trabajo o una relación personal convencido de que todo va a ser perfecto, tienes muchas posibilidades de padecer un desengaño. Cuando aconsejes a alguien ir al cine a ver una película, le haces un flaco favor al decirle que es maravillosa: le crearás tantas expectativas, que al compararlas él con la realidad sentirá cierto desencanto.