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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

La alcaldesa

¿Es la honradez una forma de ser impopular?

Un texto de Diego Salazar

Shila Alvarado

La alcaldesa de Lima soltó una carcajada al ver un chiste político en Internet. Era el retrato de un ex alcalde en un cartel. «Se lo voy mandar a Favre», me dijo Susana Villarán esa mañana de verano, mientras le escribía en su iPhone. Hacía días que en el palacio municipal nadie se reía así. Era una carcajada de alivio que mostraba todos los dientes superiores, como quien toma una bocanada de aire tras un buen tiempo bajo el agua. La noche anterior había tomado media pastilla de clonazepan para poder dormir. Esa mañana de febrero de 2013, como de costumbre, Susana Villarán había saltado de su cama a las cinco.

 

Había caminado durante quince minutos en una faja de ejercicio. Había rezado el Salmo 23: «El señor es mi pastor, nada me falta/En prados de hierba fresca me hace reposar/me conduce junto a fuentes tranquilas/y repara mis fuerzas». Se había preparado un batido energético según la receta de una campeona de box. Vive sola en un departamento alquilado de Jesús María, un distrito de clase media de Lima. Camino a la alcaldía, había leído el resumen diario de noticias que le hacen llegar al iPhone. Luego, sentada en una mesa de su despacho, a la alcaldesa se le enfriaba una taza de Ricoré, un sustituto del café que exige su dieta. Eran las diez de la mañana. Alfonso Barrantes, el primer alcalde de izquierda de Lima, uno de sus mentores, la miraba desde un retrato a dos metros de distancia. En el último año, había bajado unos catorce kilos.
Luis Favre, el argentino-brasileño que cobraba ciento cincuenta mil dólares por asesorarla, estaba en un hotel de Lima pensando en qué hacer para salvarla. Un político debería elegir con cuidado a sus enemigos: en su primera semana de trabajo, en enero de 2011, la nueva alcaldesa había empezado a investigar por corrupción a Luis Castañeda Lossio, el anterior alcalde de la ciudad. Tres meses después de que ella tomara el poder, los partidarios de Castañeda empezaron a recolectar firmas para despedirla. En los primeros noventa días de trabajo sentenciaron que la alcaldesa era incapaz de gobernar la ciudad. Habían pasado tres meses y ya querían deshacerse de ella. De las primeras cuatrocientas mil firmas que presentaron los revocadores, casi cien mil eran falsificadas, repetidas o ilegibles. Cuando el registro civil lo descubrió, los enemigos de Villarán salieron a las calles a buscar más. Un año y nueve meses después de que jurara como alcaldesa, consiguieron que medio millón de ciudadanos firmaran una petición de referendo para despedirla. Le estaban ganando la pelea. Sus enemigos la acusaban de no hacer obras. Hasta los dos primeros años de su gobierno, en un deslinde con el estilo del alcalde Castañeda de promover sus obras, la alcaldesa había hecho un ingenuo trabajo de modestia por ocultar las propias. Por su apellido y su fisonomía aristocráticos, por sus modales y gestos más bienintencionados que de política astuta, por su izquierdismo sofisticado, por su obstinación en valorar su conciencia limpia y su discreción más que el recuerdo material de sus obras públicas, por su demora en admitir sus errores y en ajustar cuentas con su equipo, le decían de todo: Tía Regia. Tía Lentejita. Caperucita Roja. Villaharagán. Lady Vaga. Susana Huevearán. Pituca. Roja. Caviar. Mentirosa. Soberbia. Incapaz. Ahora una ciudad de nueve millones de habitantes se pelearía por elegir entre dos sílabas: sí, para echarla del poder; no, para que terminara su mandato. Esa mañana, mientras la alcaldesa de Lima descubría esos chistes en Internet—Mafalda: NO a la sopa. John Lennon: Imagine NO Revocación. Quico, del Chavo del Ocho: NO me simpatizas—, Luis Favre, su asesor brasileño, le respondía a su e-mail. La alcaldesa me lo leyó en voz alta:
—Los de los memes también somos nosotros. Aunque los del sí han ayudado. Cuando el enemigo se equivoca, no hay que interrumpirlo.
Susana Villarán los estaba descubriendo. Luis Miguel: NO culpes a la noche. Bob Marley: NO, woman no cry. Al final, sólo un cartel le arrancó una carcajada: Luis Castañeda Lossio, el anterior alcalde de Lima, conocido como El Mudo, aparecía con un irónico espacio en blanco para el monosílabo. El ideólogo en la sombra del sí ya estaba en las propagandas del no. Circulaba por Facebook desde el día anterior, pero la alcaldesa recién se enteraba esa mañana. Una de sus asistentes entró a su despacho con una pila de papeles por firmar. Villarán sonreía como una niña en su cuarto después de cometer una travesura. La mayoría de las veces el sentido del humor cotiza en el rating político mucho más que salir a buscar una pelea. Pero esas parodias en Internet no eran suyas. Eran obra de Favre, el estratega de imagen que, durante la última campaña presidencial del Perú, había transformado a Ollanta Humala de un militar candidato a convertirse en Hugo Chávez en un estadista capaz de ser presidente de la República a imagen y semejanza de Lula Da Silva. Esta vez el trabajo de Favre era conseguir que la primera alcaldesa electa de Lima no se convirtiera en la primera persona en ser despedida de ese cargo por castigo popular.

En un principio las ideas del asesor habían despertado suspicacias. La misma hija de Villarán, una conocida militante de izquierda, me contaría después que le había expresado sus reparos a la alcaldesa. Los primeros días, algunas avenidas principales de Lima exhibían carteles enormes con imágenes de celebridades locales mostrando su apoyo al no. Los personajes aparecían haciendo un gesto de brazos cruzados en aspa en el pecho y con un eslogan. Kina Malpartida, la campeona mundial de box: Yo digo NO a la desunión. Amanda Portales, una cantante folklórica apodada La novia del Perú: NO a la violencia contra la mujer. Susana Baca, artista ganadora de dos premios Grammy y ex Ministra de Cultura: NO a la exclusión. Los partidarios del sí se burlaban de esa estrategia publicitaria: no destacaban a la alcaldesa y sus obras; exhibían a personajes famosos que hablaban por ella. Horas después de que el no llegara por fin a la televisión, la radio y a los diarios con todas esas parodias, la escéptica hija de Villarán le escribió a Favre a través de Twitter: «Felicitaciones, te la estás jugando. He sido prejuiciosa. Eres muy bueno». Días después, las encuestas demostrarían que los enemigos de la alcaldesa habían empezado a equivocarse.

II

Hay que repetir lo más o menos obvio: Susana Villarán no ha sido una buena alcaldesa. Tardó dos años en decirnos todos los días lo que había hecho. Tardó en reaccionar a los ataques diarios, los que, a fuerza de acumularse sobre ella, han vuelto aún más invisible su trabajo. Tardó en adaptarse a la psicología de cómo las masas valoran la pura honestidad versus las obras turbias. En una viñeta del dibujante político Heduardo un personaje resumía llevando al absurdo lo que por eso días se escuchaba en la calle:
—Que robe pero haga obra.
—Pero si en sus dos primeros años ha hecho más que otros en sus dos primeros años.
—Pero no está robando.
Desde la cochera del Palacio Municipal, se tarda dos minutos en llegar hasta el despacho de la alcaldesa. Un día entramos por un ascensor que sube desde el garaje a su oficina. «Este es Victoriano —me dijo Villarán presentándome al responsable de un ascensor que no usa nadie más que ella—. Lleva treinta y nueve años aquí». Es un señor que pasa todo el día montado en un ascensor diminuto esperando que sólo ella suba. Villarán usa el ascensor menos de lo que a su equipo le gustaría. Prefiere entrar y salir de la alcaldía por la puerta principal. Su despacho tiene una atmósfera de palacio virreinal: los techos altos, las paredes pesadas cubiertas de madera color nogal, el parquet del mismo color. Es un escenario proclive a la intriga palaciega. Pero, a diferencia de otros despachos, la distancia entre él y la calle no permite el silencio. El ventanal de la alcaldesa se eleva un solo piso sobre el Jirón Junín, una de las vías principales del centro de Lima, que recorre el Jirón de la Unión, la Plaza Mayor, el Palacio de Gobierno, el Palacio Arzobispal y el Ministerio de Economía y Finanzas. Cuando hay tráfico, la alcaldesa escucha las bocinas desesperadas. Se oye como si los conductores y el ruido estuvieran atrapados dentro del salón. Si hay una protesta en la Plaza Mayor, los gritos suben hasta sus oídos. Es como un soundtrack de la democracia. «El ruido de la calle me recuerda que somos inquilinos precarios. Que estamos de paso en estos puestos», me dijo Villarán.
En su camino, la alcaldesa de Lima también se ha ganado otros enemigos sin vocación de inquilinos precarios: el alcalde de San Juan de Lurigancho, que cumple su segundo mandato al frente del distrito más populoso de la ciudad, y el dos veces ex presidente García, dos señores sospechosos que hicieron obras para el pueblo, y en quienes la sospecha es un eufemismo, un asunto pendiente entre abogados y jueces. Un político, además, no debería olvidar la mentalidad de quienes lo eligieron. «La conservadora Lima —escribió Alberto Vergara en la revista PODER— no eligió a Villarán por izquierdista, sino a pesar de su izquierdismo». En Lima, una ciudad donde tres cuartas partes de sus habitantes se oponen al matrimonio homosexual, la alcaldesa convirtió esa causa en una de sus banderas. En una ciudad donde el «Roba pero hace obra» es ley, donde la fama de los políticos se mide en kilómetros de asfalto y kilos de cemento, la alcaldesa repite como un mantra: «No todo puede ser cemento y fierro». En Lima, la primera capital de América Latina con un cardenal del Opus Dei, la alcaldesa promete la creación de una Zona Rosa para prostitutas. Eran iniciativas para despertar el aplauso entre sus simpatizantes más cosmopolitas, pero que jamás iban a convertirla en la alcaldesa más popular del barrio. «La alcaldesa entró por los palos —me dijo el periodista Pedro Salinas— y encima se lanzó con los temas idealistas que a ella le encantan, pero que no tienen que ver con lo que la gente espera de un alcalde». Villarán ha llamado la atención sobre asuntos ajenos a la mayor parte de los limeños y en los que un alcalde, como en el caso del matrimonio gay, casi nada puede hacer.
El idealismo político de Villarán se puede resumir en un detalle sobre su escritorio: un reloj que le obsequió José Mujica, el presidente de Uruguay. El reloj, una esfera dorada pegada en un trozo de piedra amatista de color púrpura, está detenido a las seis y dos minutos.
—Es el reloj del Pepe —dijo la alcaldesa.
—Pero no funciona— le recordé.
—Todo el mundo me lo dice —sonrió Villarán—. Pero es un símbolo.
En el extranjero se dice que Mujica es el presidente más honesto del mundo. Lo más cercano a un desvío de honestidad que se le conoce es que la cinta presidencial que usa se la había regalado un empresario que después sería acusado de corrupción. Pero, en su país, se le acusa de todo: de defender la marihuana, de gastar más de lo que recauda, de ir a encuentros internacionales mal vestido, de anunciar un plan y luego abandonarlo, de no defender la autonomía de Uruguay frente a Argentina, de haber sido guerrillero cuando su país no enfrentaba una dictadura, de usar malas palabras siendo el presidente. En política, la honestidad no alcanza. A Villarán también se le acusa de todo. Pero muy rara vez se ha puesto en duda su honestidad.

III

Una mañana de verano, a la alcaldesa de Lima le lanzaron un huevo. Aterrizó lejos de su vista y nadie de su equipo se lo dijo. Fue en San Juan de Lurigancho. Desayunaba en una guardería de niños en el mismo distrito donde su primera hija había aprendido a hablar y caminar. Unas semanas antes, mientras explicaba en televisión su plan para renovar el servicio de transporte de la ciudad, la alcaldesa había cometido una torpeza. «Las señoras de San Juan de Lurigancho que se van a La Molina a trabajar, que se van a lavar —dijo— ya no tardan cuarenta y cinco minutos sino veinte». En el siglo XIX, La Molina, el segundo distrito más adinerado de Lima, fue un feudo de haciendas esclavistas. La frase fue un regalo para sus adversarios políticos. Para Susana Villarán, según ellos, todas las mujeres de San Juan de Lurigancho les lavaban la ropa a las familias de La Molina. El alcalde de San Juan de Lurigancho, uno de los más entusiastas promotores de la revocación, la nombró persona no grata. Ya la había llamado negligente, terca, palabrera y mentirosa. Ahora también podía acusarla de clasista. Esa mañana de verano, la alcaldesa desayunaba con una organización de mujeres. Detrás del cordón de policías que la cuidaban, había otras mujeres que la insultaban. Villaharagán. Lady Vaga. Pituca. Soberbia. Mentirosa. Incapaz. Una de ellas fue la que le lanzó ese huevo con muy mala puntería.
Cuando tenía veintiún años, Susana Villarán de la Puente —tatarabuelo alcalde de Lima, papá representante de Ford en Perú, alumna de un colegio francés y otro de monjas— se mudó a un lugar de pobres. En San Juan de Lurigancho, por entonces, «todo era tierra y polvo—recordaba la alcaldesa—, un retrato en sepia». Villarán llegó ahí junto a su esposo y la hija recién nacida de ambos. Manuel Piqueras —abuelo escultor, padre comandante de la Marina, colegio jesuita, sociólogo y ex militante del partido Vanguardia Revolucionaria— había dejado los estudios para trabajar de albañil. Era la época: militancia de izquierda, teología de la liberación, opción por los pobres. Para visitar a su nieta, los padres de Susana Villarán estacionaban su automóvil Lincoln en la plaza de toros de Acho y subían a un microbús hasta Caja de Agua, el barrio donde vivía la joven familia. En San Juan de Lurigancho, la futura alcaldesa de Lima aprendió que los médicos no llegaban más allá de la Plaza San Martín cuando se tenía un niño con altísima fiebre. Hoy, en ese lugar donde vivió durante dos años y quedó embarazada de su segundo hijo, hay vecinos que no creen que Villarán llegara allí antes que ellos. Tía Regia. Caviarán. Pituca.
El acento de Susana Villarán delata sus orígenes. Pronuncia las vocales alargadas al final de sus oraciones y eso la vuelve sospechosa. Es la evidencia de una infancia privilegiada en el distrito de Miraflores, aunque use un vocabulario que incluye a veces el habla de los barrios en los que eligió vivir gran parte de su vida adulta: Caja de Agua, Breña, Rímac. Cuando dijo que había probado marihuana, habló de un «troncho». Cuando cuenta de su padre, dice «mi viejo». Cuando se refiere a un amigo cercano, lo llama «pata». Igual la acusan de caviar. En Perú, llamar caviar a alguien, dice el politólogo Martín Tanaka, es acusarlo de practicar «un izquierdismo comodón inconsecuente», o de defender la revolución al volante de un Mercedes último modelo. Esa mañana, frente a esas vecinas de San Juan de Lurigancho, Villarán intentaba explicarse: «Me ha dolido que digan que las he ofendido llamándolas lavanderas. ¿Cómo puedo yo herir a mujeres con las que he vivido?». La alcaldesa, que llevaba sus anteojos de profesora y un reloj Casio de plástico negro, salió de allí protegida por las mujeres que habían ido a escucharla y apurada por su equipo. No entendía qué estaba pasando.
—¿Por qué entramos al auto corriendo? —dijo intrigada Villarán—. ¿De qué nos escondemos?
La camioneta oficial regresaba hacia la Municipalidad. La alcaldesa viaja siempre en el lugar del copiloto, con la mirada fija hacia adelante. Dice que, si no lo hace, se marea.
—Te expones demasiado —le increpó una regidora de su partido desde el asiento trasero—. Y expones innecesariamente a las compañeras.
—No entiendo —respondió la alcaldesa—. ¿Por qué me dices eso ahora?
Villarán estaba alzando la voz. Seguía con la mirada clavada en el parabrisas.
—Había que salir rápido y te demoras demasiado. Había gente afuera buscando pelea.
El día anterior habían apedreado la casa de una militante del no.
—Nadie me dijo nada.
Villarán giró por primera vez su cuello hacia el asiento trasero.
—¿Por qué no me dicen las cosas?
La regidora agachó su cabeza como una chica pillada en falta. El reproche de Villarán sonaba repetido. No se lo dijo el jefe de escolta. No se lo dijo su responsable de prensa. No se lo dijo su asistente personal. Tan solo intentaron apurarla como si esas mujeres que la besaban al despedirse fueran una amenaza. El poder le exige a los políticos que conozcan la calle y la gente para decirles lo que quieren escuchar. Pero una vez se hacen con él, a su alrededor, se crea una burbuja que los aísla. David Owen, un médico y político inglés, identificó el Síndrome Hubris, al que bautizó así por este término griego que significa arrogancia extrema. Según Owen, los hombres en el poder pueden sufrir de un exceso de orgullo y confianza en sí mismos que los hace despreciar e ignorar a los demás. Pero a veces es el círculo cercano al poder el que se encarga de hacerle más daño a los líderes. Eso dicen del círculo de la alcaldesa. Rolando Ames, un antiguo senador amigo de Villarán, me dijo que el ex alcalde Barrantes hacía lo que quería, pero que no le faltaban colaboradores que le decían que estaba haciendo idioteces. «Ella no ha tenido un entorno a la escala de su gran pelea». La alcaldesa, que disfruta de su soledad, no ha sabido rodearse de pares que la critiquen y a la vez la protejan.
Esa mañana de febrero, de camino a la alcaldía, mientras dejábamos atrás el Parque Zonal Huiracocha, Susana Villarán volvió a girar la cabeza hacia el asiento trasero.
—¿Por qué no me informan? —increpó—. Si sé lo que pasa, salgo antes.
—Doctora —le dijo su asistente—: la recomendación es que no vuelva aquí por la tarde.
—No. El día en que yo no pueda venir a San Juan de Lurigancho dejaré de llamarme Susana Villarán.
No había aspavientos heroicos en su voz. Tampoco un arranque de orgullo herido. Era la rabia de quien siente que la echan de un lugar que sigue considerando su casa.

IV

Susana Villarán desprecia la lentitud burocrática de la política. Se aburre explicándome cuánto se tarda en construir una escalera, ese símbolo de progreso en los barrios pobres de Lima que el alcalde Castañeda firmaba con su nombre. Cuando, en una entrevista de televisión, le preguntaron cuántas escaleras había construido, ella dio la cifra de las que iba a construir. Mentirosa, dijeron sus enemigos. Construir una escalera, me dijo Villarán, es una maratón de doce meses que empieza cuando nace la idea, se aprueba en el Concejo, pasa por el Centro de Financiamiento Público, se hace un expediente técnico, se convoca a concurso, se adjudica a una empresa, se firma otra empresa supervisora y, más de trescientos días después, se corta una cinta inaugural. «No es como en nuestra casa— me dijo para rematar—, donde cuando tenemos plata vamos compramos fierro, cemento, y ya está». Su enemigo el ex alcalde Castañeda anunció la obra del corredor de buses metropolitano en 2003, tardó cuatro años en empezar a construirla y tres más en inaugurarla. Exigió una paciencia de siete años. Pero a Villarán le perdimos la paciencia a los tres meses.
La alcaldesa de Lima, que reniega de la lentitud, se vuelve torpe cuando la prensa la apura con preguntas urgentes. Sufre de pánico escénico ante audiencias hostiles. Hay políticos que revelan su lucidez bajo presión. La elocuencia de Villarán florece entre simpatizantes y amigos. Su torpeza política es desconcertante en alguien con su currículo: creó el programa Vaso de Leche en el gobierno municipal de Alfonso Barrantes, fue secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, ministra de la Mujer en el gobierno del presidente Valentín Paniagua y defensora de la Policía en el gobierno del presidente Toledo. Una de sus amigas, Sofía Macher, su sucesora al mando de la Coordinadora de Derechos Humanos, recordaba su elocuencia perdida: «Era la persona que agarraba papel y lápiz y podía sintetizar nuestras posturas en una nota de prensa bien hecha». Para sus conocidos, los problemas de comunicación de Villarán son una rareza inédita. Buena parte del tiempo que la alcaldesa pasa frente a las cámaras, lo pasa justificando sus decisiones o dando cuenta de sus errores. Su experiencia como antigua funcionaria de ONG la ha hecho creer que las buenas obras hablan por sí solas. La alcaldesa, que no tiene problemas en explicar a unos cuantos vecinos los beneficios de sus obras, lo pasa mal cuando debe contestar a sus adversarios con cifras en una mano y un micrófono en la otra.
Los enemigos de Villarán repiten una y otra vez una antología de sus líos para explicarse. Cuando la policía desalojó a los comerciantes que se negaban a abandonar el mercado mayorista de La Parada, en una operación que expulsó a una mafia que por décadas gobernó la mayor despensa de alimentos para Lima, murieron dos personas y la alcaldesa se encontraba fuera de la ciudad. «Por una emergencia familiar», se dijo. Primero respondió a quienes la cuestionaban: «Fue una operación perfectamente planificada». Días después, Villarán declaró: «Ese operativo no lo planeamos nosotros. Fuimos avisados a las doce del día, cuando yo ya había salido de viaje». Más allá de su discurso contradictorio, lo cierto es que ninguno de los alcaldes anteriores se había atrevido a acabar con el caos y la delincuencia que atraía el principal mercado mayorista de Lima. Hoy ya funciona en otra parte, y en ese antiguo tugurio Villarán ha decidido construir un parque.
Para la inauguración del nuevo malecón de la playa La Herradura, un balneario tradicional de Lima, mandó colocar cinco mil metros cúbicos de arena que tres días después se llevarían las olas. «No toda la arena fue arrastrada por el mar –respondió la alcaldesa—. Depende desde dónde tomen la foto». En los últimos años, La Herradura, antiguo refugio de surfers y fiestas aristocráticas, era una playa abandonada. Hoy la visitan de nuevo los veraneantes. La crecida del río más emblemático de Lima inundó uno de los túneles de Vía Parque Rímac. Un conjunto de puentes, calles, parques y túneles que aliviará el tráfico en once distritos de la ciudad. Pese a que la crecida del río estaba contemplada por la empresa constructora y los gastos de la obra no le costarían a la municipalidad, las imágenes de un muro de contención quebrado por las aguas acusaban a la alcaldesa de incompetente. Villarán se enredó otra vez en sus explicaciones: «Aquí no hubo desborde». Luego: «Estaba previsto que esa obra se inundara». Pero cuando Vía Parque Rímac esté terminada, la quinta ciudad más grande de América Latina podrá atravesarse en auto de este a oeste en solo veinte minutos.
Una de las excusas favoritas de los políticos ante las críticas es hablar de «errores de comunicación», un eufemismo que disfraza cualquier ineptitud. «Les encanta diagnosticar sus antipatías como problemas de imagen —escribió el analista Alberto_Vergara—. Es una buena forma de evitar sus responsabilidades y de dejar sin trabajo al encargado de comunicaciones». El anterior alcalde firmaba casi cada peldaño de escalera que construía en los cerros de Lima y retratos de él empapelaban buena parte de la ciudad. Castañeda Lossio concluyó su segundo mandato con 81% de aprobación. Una de las primeras medidas que tomó Villarán fue eliminar el presupuesto para pregonar las obras de su alcaldía. Decidió firmar los carteles que celebraban la obra de su gobierno con un discreto y colectivo Lima lo hizo. La alcaldesa había despersonalizado a tal punto sus éxitos que cuando inauguró un paseo peatonal en el Centro Histórico de Lima hizo desfilar delante del escenario a los albañiles responsables junto a sus familias. La foto quedó preciosa, pero a nadie le importó. Villarán y su equipo dejaron que sus adversarios apilaran una acusación sobre otra hasta construir el prejuicio de una alcaldesa sin obra. Permitieron que una prensa perezosa y ventrílocua de sus enemigos lo repitiera una y otra vez. Lady Vaga. Susana Huevearán. Villaharagán.
La alcaldesa ha vuelto varias veces a San Juan de Lurigancho. Un sábado a la mañana visitó El Porvenir, una asociación de vecinos, para explicar las obras de la alcaldía. Sin micrófonos y cámaras de televisión, Villarán recupera el tono didáctico de sus años como profesora. Su hija Soledad recuerda haberla acompañado de niña a las clases de comunicación que impartía a los vecinos. Aquí su elocuencia luce natural. Esa mañana, en el distrito donde la habían nombrado persona no grata, Villarán les explicaba que los primeros años es difícil ver obras de un alcalde. Hablaba frente a más de cien mujeres y hombres que habían ido a escucharla y desayunaban un vaso de avena y un pan con queso fresco. «Es como cuando haces canchita —les decía—: primero la olla debe calentarse, y después ya todo comienza. Pop, pop, pop, pop». Hoy Villarán ha aprendido que hacer las cosas y no decirlas es igual que no hacerlas. Que en política la omisión es un modo de salvar el pellejo pero también de perderlo.
La alcaldesa ha acabado por encontrar en su equipo a una traductora de sus buenas intenciones. Marisa Glave, la regidora que a sus treinta y un años se ha convertido en su mejor portavoz, y a quien sus adversarios elogian por su pragmatismo y ánimo de pactar, dice que en estas reuniones de vecinos es normal tropezar con gente enfadada. «¿Pero por qué no nos dijeron antes que estaban haciendo eso?» contó que les preguntaban. Glave respondía que lo habían anunciado en prensa. Pero no toda la gente ve el noticiero ni lee los periódicos. «A mí se me caía la cara de vergüenza». Sin decirlo, Glave daba cierta razón a los excesos autopromocionales del anterior alcalde. Para quien vive sometido a juicio popular, la discreción no siempre es una virtud.
Después de explicarles sus obras a esos vecinos de San Juan de Lurigancho, Villarán se quedó sin voz. Había sido un buen día, sin vecinos revoltosos y había colocado la primera piedra de una nueva escalera. La alcaldesa callaba mirando a través del parabrisas. Su jefe de escolta estaba fastidiado porque el tráfico no le permitiría hacerla llegar a tiempo a su siguiente compromiso. Cualquier otro séquito oficial se abriría paso con un coche con sirena y dos motos al frente. Pero la alcaldesa prohibió usarlos. Villarán, por pudor, se siente incómoda con el protocolo oficial. No quiere llamar la atención. «Su tiempo es de todos los limeños, y si hay que pasarse un semáforo o abrirse paso para que llegue a tiempo, deberíamos hacerlo», me dijo el jefe de escolta en otro momento.
Villarán se ha empeñado en tratarse a sí misma como si no fuese alcaldesa de Lima. No cree que se merezca saltarse una luz roja ni que dos motocicletas le abran paso. El tráfico es un asunto de salud mental en Lima, y el modo que tiene la alcaldesa de viajar de un punto a otro resulta una declaración de principios. No es la única: Michael Bloomberg, el millonario alcalde de Nueva York, viaja con frecuencia en el metro. Cuando Andrés Manuel López Obrador gobernaba la Ciudad de México, llegaba a todas partes manejando él mismo un modesto Nissan. Pero en política la distancia más corta entre dos puntos, dice una máxima, suele ser una línea torcida. La rectitud de Villarán a veces resulta irritante.

V

Un mediodía salíamos con Susana Villarán a una iglesia a buscar a un sacerdote. El plan era cruzar a pie la Plaza de Armas y caminar cinco cuadras, pasando por la calle peatonal que había inaugurado junto a los albañiles. Pero esa misma mañana, a menos de un mes del referendo, los medios se enteraron de la renuncia de uno de sus hombres de confianza. El presidente de una de las empresas municipales de la ciudad le había dado su último dolor de cabeza: cien nuevos coches patrulleros dormían sin placas en un garaje, y la municipalidad seguía pagando decenas de miles de soles por el alquiler de las luces de las sirenas con las que un mes atrás los había presentado frente la prensa. Afuera la esperaba un pelotón de cámaras.
—Mejor vamos en auto— dijo su asistente.
Había que proteger a la alcaldesa de las preguntas incómodas y también de sus propias respuestas. Una de las primeras indicaciones de Luis Favre, el asesor de imagen, fue limitar las entrevistas. Se trataba de alejarla de micrófonos y cámaras, pero de acercarla a la gente. En las últimas semanas de campaña, sus actividades bajo el sol se habían multiplicado. Cuando tenía veintitrés años y vivía en Santiago de Chile, Villarán descubrió que le pasaba algo. «Un sol espectacular hizo que me aparecieran mariposas en el rostro. Vine a Lima y aquí me lo detectaron». La alcaldesa tiene lupus, una enfermedad en la que el cuerpo se confunde y sus propias defensas atacan a las células sanas en lugar de a los gérmenes y virus. Es una enfermedad que la obliga a pasar más tiempo en la sombra, de lo contrario una mancha roja en forma de alas de mariposa mancharía su rostro. Pero Villarán no puede evitarlo. En una campaña hay que dar la cara a la gente. En los últimos días la alcaldesa contrajo gripe y el lupus impedía que su cuerpo se defendiera con una fiebre. Aun así insistía en cumplir con toda su agenda. Ponía primeras piedras, repartía títulos de propiedad, se encontraba con los vecinos durante horas bajo el sol de verano. Y explicaba a la prensa las metidas de pata de sus hombres de confianza.
Un día antes de visitar esa iglesia había aceptado la renuncia del funcionario responsable por el escándalo de los patrulleros. Le había costado aceptarla. No era la primera vez que le pedían la cabeza de ese gerente y que ella intentaba justificarlo. Los dos muertos en el desalojo de comerciantes del mercado municipal ocurrieron cuando él mismo era gerente de Seguridad Ciudadana. Era la segunda renuncia en su círculo personal. Un año atrás había sido el gerente general de la ciudad, quien no sólo fue cuestionado por la súbita desaparición de la arena de La Herradura y la inundación del túnel de Vía Parque Rímac. También había saltado a los noticieros cuando Jaime Salinas, un regidor que investigaba compras irregulares del municipio, lo denunció con la copia de un e-mail en la mano: «Salinas es un veneno que debe extirparse de la buena práctica política. Jefa, sorry por compartir el veneno de este personaje —le había escrito el gerente desde su correo electrónico oficial—. Yo no veo otra salida que ponerle un perro de presa y sancionarlo desde el concejo por difamación». El gerente general había olvidado una máxima sagrada en política: «Nunca escribas nada si puedes decirlo. Nunca digas nada si un movimiento de cabeza basta». Más aún: había cometido la torpeza de reenviar por accidente el e-mail a Salinas. La alcaldesa esperó tres meses más para obligar a renunciar al hombre más tóxico de su círculo inmediato.
Susana Villarán ha construido una reputación de mujer honrada y leal, pero débil y compasiva al dirigir un equipo. El regidor Salinas, quien ha pedido la renuncia de la alcaldesa varias veces, aunque nunca con tanta insistencia como después de recibir ese e-mail, me dijo que no creía que Villarán fuera una mala persona. «Esta es la quincuagésima vez que lo digo. Ella es una mujer honesta; su entorno, no estoy tan seguro. Y la lealtad malentendida puede ser el peor de los defectos». Rolando Ames, el ex senador, me dijo: «Ella protege demasiado. En política cuando tú dices ‘ese patita metió la pata’, tienes que sacarlo. Y yo he sentido en ella una cosa tajante de que eso no se hace». Sofía Macher, quien trabajó con ella en la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, lo resume así: «Como ella es buena, cree que los demás también son buenos. Y la vida no siempre es así». Rolfien Haak, a cuya casa de San Juan de Lurigancho llegaron Villarán y su familia cuando se mudaron allí, lo confirmó: «Ella da libertad y autonomía. Esa confianza no siempre es retribuida y la factura se la pasan a la alcaldesa». Su cristianismo militante le hace creer en la superioridad de la buena fe por encima de la eficacia de los actos, y en eso se incluye a sí misma. Una bondad soberbia le impide admitir sus errores en público. En privado, frente a las fallas de su equipo, se ha excedido en perdonarlos. Es como si Villarán careciera de malicia y por eso a veces nos recordara más a una profesora que quiere enseñarnos a lavar las manos que a un político enfrentado al caos y la suciedad de una gran ciudad.
A los sesenta y tres años, Susana Villarán, una mujer separada que vive sola, se enfrenta a tres millones de vecinos que le exigen renunciar a su trabajo. Una mañana, frente al reloj detenido del presidente de Uruguay, le pregunté qué le molesta de la alcaldía. Con el ruido del centro de Lima de fondo, Villarán me dijo que a veces extrañaba tomar un taxi, ir al cine y caminar sin tener todo el tiempo que dar explicaciones. Dice que viene de una generación de mujeres que aprecia mucho la libertad. «Y la libertad se pierde cuando eres una persona pública». La alcaldesa quisiera tener menos obstáculos para hacer bien su trabajo. Su única hija mujer se llama Soledad. Cuando le dijo a su esposo que quería llamarla así, a él le inquietó que el nombre fuese una suerte de condena. «La soledad es hermosa —le dijo ella—. Lo triste es el aislamiento». Susana Villarán dice que disfruta estar sola. Pero no está dispuesta aún a abandonar el despacho donde su rectitud la ha vuelto tan impopular.