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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Kina Malpartida campeona de autoayuda
pelea contra el espejo

¿Es boxear una venganza contra el pasado?

Un round con Daniel Titinger
Ilustraciones de Cherman

Kina

Kina Malpartida tiene un tatuaje en la pierna izquierda, una inscripción en inglés que dice Live and give best of your ability. Give and forgive. Vive y perdona. Se lo hizo en 1999, cuando huyó de Perú y se mudó a Queensland, en la costa noreste de Australia, sin intuir que su futuro tendría que ver con un ring de boxeo: la profesionalización del dolor. Tenía diecinueve años y había recibido tantos golpes emocionales que se sintió obligada a hacer las maletas.Algunos de sus amigos de esos años cuentan que Kina Malpartida se fue pensando en no volver a Lima. Jamás. Lima eran sólo malos recuerdos.Con esa certeza se fue a correr olas a Australia y, mientras tanto, a estudiar Administración de Restaurantes y Catering.  Dejó su pasado –para siempre– con una visión de lo que debía ser su futuro. Vive y perdona. Una década después, en 2009, sería campeona mundial de boxeo peso superpluma, y un ídolo súbito en el Perú, un país que nunca había tenido un campeón mundial de boxeo. Ahora Kina Malpartida quiere contar su vida como un libro de autoayuda. Ha sido ella una peleadora capaz de caerse y levantarse todas las veces, pero sobre todo fuera del ring. La vida es como el boxeo, y la metáfora es un lugar común tan evidente como un moretón en el ojo. Kina Malpartida ha vivido con los guantes puestos y ha peleado más veces contra sí misma.

–Me han pasado cosas feas, sí, es alucinante ––dice con vista al mar del sur de California–. Me ha pasado de todo.

Huntington Beach es una playa de surfers y sol centellante con un muelle largo anclado en tantas columnas que parece un ciempiés gigante de cemento. Kina Malpartida es una adicta al mar. Ahora vive en una habitación rentada, a unas calles de aquí. «La playa es lo más lindo que hay –dice, mirando hacia la orilla con sus redondísimos lentes oscuros marca Electric–. Es lo más lindo de toda la naturaleza, ¿no? El sonido es distinto, el sonido del mar, la arena, la calma, las olas, el sol, nunca voy a poder vivir sin mi playa. Por eso me fui a Australia y estuve cerca de la playa. Por eso vine a Los Ángeles y sigo cerca de la playa». Lima también tiene playa, pero su mar es de un color más turbio, como el pasado de Malpartida, y desde que es campeona del mundo la boxeadora vuelve al menos una vez al año, solo para volverse a ir. Hoy se ha sentado en la arena, bajo una sombra donde corre una brisa fresca que le permite conversar sin sudar. Hace unas horas estuvo entrenando en el Azteca Boxing Club de Los Ángeles, a unos cincuenta minutos de Huntington Beach, pero ahora luce como si estuviese recién salida de la ducha: el cabello mojado y amarrado atrás en una cola, la nariz hinchada, la cicatriz sobre su ceja derecha, el rostro delgado y encendido, rosado, como en un esfuerzo permanente y decidido, porque incluso cuando no está haciendo nada Kina Malpartida, campeona del mundo, está entrenando. Electric. Siempre está así. Se mueve intranquila casi todo el tiempo, juega con sus zapatillas en la arena, se frota los nudillos callosos de sus manos largas capaces de partirte la cara, y ese sonido del mar –las olas reventando contra la orilla– es el paréntesis que ella necesita en medio de tanta agitación. El gimnasio es bulla y caos, y la playa es, de alguna forma, el silencio, esos segundos luego de que suena la campana y el boxeador debe ir a su esquina. La playa es esa esquina. «Siempre voy a estar cerquita a la playa», dice, y vuelve a frotarse los nudillos con una sortija rosada y brillante que solo se quita para golpear. No está incómoda. Irá apaciguando sus movimientos conforme pasen los minutos, pero ahora se acomoda la camiseta negra marca Electric y la licra del mismo color que apenas le cubre las rodillas. ¿Seguirá sudando horas después de sudar? Se acomoda y se le ve el tatuaje en la pierna izquierda, un garabato difícil de descifrar. «¿Qué dice ahí, ah?», pregunto. Entonces ella habla de lo que llama «mis pensamientos», ese tatuaje, otro que tiene en el brazo derecho y dice Jehovah, the one and only –«Sí, creo en Dios y en la creación»–,  y me habla, sobre todo, de lo difícil que se le hizo el mundo después de que muriera su padre.

Si Kina Malpartida tenía algún futuro en el deporte, éste era el surf y no el boxeo. Su padre, el Chino Malpartida, fue tres veces campeón nacional de surf y una figura de los años setenta en los balnearios al sur de Lima. Era guapo, atlético y a veces parecía un rumor. No aparecía tanto en público. Quienes lo llegaron a ver en el mar cuentan que el Chino Malpartida no tenía miedo, que jamás se caía de una tabla y que era el más radical de los tablistas radicales. Solía lanzarse con su tabla a zonas peligrosas e inexploradas. En Punta Hermosa, su playa y centro de operaciones, dicen que fue el primero en correr El Paso, olas que te arrastran y revientan en un despeñadero. El Chino Malpartida corría olas en Hawái e Indonesia, mecas del surf mundial. Se casó con una top model, Susy Dyson, que aparecía en portadas de Elle y Vogue, y caminaba en las pasarelas de París. Los papás de la futura boxeadora eran hermosos y célebres. Kina adoraba a su padre y quería ser como él. Si él jugaba fútbol, ella quería jugar fútbol, y lo hizo en dos equipos de hombres. Si él hacía karate, ella quería hacer karate, y lo hizo a pesar que su madre trataba de inscribirla en clases de danza moderna y gimnasia acrobática. Si él era campeón de surf, ella también quería serlo: a los diez años corrió su primera ola, y papá le regaló su primera tabla, una Milton Whilar que ella recuerda como un tablón que la doblaba en tamaño, pero sobre todo porque «era una tabla de mi papá». A los doce años, Kina Malpartida compitió por su primer campeonato nacional y quedó segunda. «Mi niñez fue muy bacán», me dice enterrando las zapatillas en la arena. Hasta que una mañana, en las afueras de Lima, su padre se lanzó de una avioneta con un paracaídas que nunca se abrió.

La sombra se ha corrido y el sol de Huntington Beach empieza a darnos en la cara.
–Ahí empezó todo –me dice la boxeadora.
De pronto empieza a contar una historia con la rapidez de quien quiere sacársela de encima. Sus lentes oscuros y redondísimos no dejan ver sus ojos.
–Comencé a hacer cosas que no debía.
No hay tanta gente en la playa y a esta hora el sol es engañoso: brilla más, pero se va apagando con la tarde.
–Porque mi papá se murió y yo en mi casa tenía una relación con mi mamá que no era muy buena, y entonces preferí ir a la calle a vacilarme con mis amigos, y conocí gente.

Kina Malpartida tenía dieciséis años y salía con un grupo de surfers de Punta Hermosa, tipos sin mucho talento en el agua, pero «malosos afuera», me dice un viejo amigo de ella que también corría olas. «Un día la dejamos de ver», dice una compañera de su colegio, el Franklin Delano Roosevelt, de los más adinerados de Lima. «Desapareció o la botaron, ya no me acuerdo bien, pero todos sabíamos qué estaba pasando con ella: se malogró», dice otro de sus ex compañeros dos décadas después. Hoy, antes de venir a Huntington Beach, una reportera de la CBS de Los Ángeles, llegó al Azteca Boxing Club para entrevistarla para un segmento del canal llamado People to watch, sobre vecinos de la ciudad que hacen cosas extraordinarias. La boxeadora subió al ring con un micrófono. «Yo anduve por el mal camino –le dijo–. Con la gente equivocada». Dormían de día. A veces ibas a Punta Hermosa y los veías durmiendo a todos en un mismo auto estacionado por el malecón, o fumando marihuana con ella. Era tan adicta al mar como a las noches en las discotecas al sur de Lima –Kahunas, La Pólvora–. «Eran gente mala», me dice Kina Malpartida, se acomoda los lentes Electric, y mueve los hombros estirando el cuello.