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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El gato
la niña
la artista plástica
y el crítico de arte

Fátima Buntinx es la protagonista de una película que ha ganado nueve
premios internacionales. Su papá, un crítico de arte criado en una familia atea,
la matriculó en un colegio de monjas. Su mamá es una artista plástica
que se preocupa porque a la niña no la confundan con su personaje. En su casa
desfilan sus dos hermanos, tres pericos, una tortuga, un perro y dos gatos.
¿Es más fascinante una niña de verdad que una niña de película?

Un perfil de Juan Manuel Robles
Ilustraciones de Giuliana Origgi

Fátima

Fátima Buntinx ha perdido a su gato. Desapareció de pronto y ella lo busca por todos los rincones de su casa. Eso ha variado los planes: a esta hora de la mañana yo debería estar sentado con ella, haciéndole preguntas y anotando cosas. Habrá que esperar. «¡Momoooooo!», grita la niña mientras entra y sale de las habitaciones arrastrando sobre el piso sus sayonaras, unas sayonaras que llaman la atención por su color dorado. Fátima tiene diez años y el motivo de esta visita es su debut en el cine, un debut que la ha convertido en una minicelebridad en Lima, la engreída de los críticos y una de las principales atracciones de los festivales a los que ha asistido.

Es posible que el alboroto tenga que ver con el personaje que interpreta, un personaje fuera de lo común. En Las malas intenciones, Fátima Buntinx es Cayetana de los Heros, una niña enigmática e introvertida que tiene el sentido del humor de Merlina Adams —versión Christina Ricci— y la malicia de Ana Torrent en Cría cuervos —el filme de Carlos Saura donde la protagonista trata de envenenar a su tía con leche y unos polvitos—. Las malas intenciones está ambientada en Lima, en 1982, en pleno inicio de la guerra interna del Perú, con Sendero Luminoso manifestándose en forma de bombas, apagones y perros muertos colgados de postes de luz. En la película, la niña ha decidido morir el mismo día en que nazca su hermanito menor.También mata a un canario amarillo usando penicilina y dice cosas como: «Quieren un bebé nuevo ¿por qué? ¿Qué pasa con el viejo? ¿Ya no sirve porque tiene asma?». «¿Cómo sabes que estás embarazada? ¿Y si es un tumor?». «Mamá, tengo malas noticias: te vas a ir al infierno». Esta última línea, dicha por Fátima Buntinx frente a un espejo, dejó fascinada a Rosario García Montero, la directora y guionista: «Fue increíble, se veía muy fresca y se acordaba de todo, era como si de verdad acabara de pensarlo», me dijo hace unas semanas. Y sí, Fátima Buntinx ha sido muy convincente —ganó el Colibrí de Oro a la mejor actriz en el Festival de Marsella—, y por eso algunos se confunden al verla. Susana Torres, su madre, me lo advirtió por teléfono: «Los periodistas piensan que Fátima es Cayetana y esperan respuesta llenas de humor negro. Pero ella no es Cayetana, ¿okey?».

Pero la ficción es poderosa, sobre todo cuando te abren la puerta de una casa campestre y aparece Fátima Buntinx, de pie, en un plano abierto que la hace ver aún más pequeña de lo que es, en la entrada principal, el ceño fruncido de quien estudia a un intruso y el pelo lacio y largo, negrísimo, que te recuerda cierta escena de El aro. Es una imagen inquietante: podría aparecérsete en un sueño de esos que anuncian cosas.

—¿Momo? ¿Moooooomo?

Llevaba algunos minutos en la casa cuando Fátima Buntinx me habló de su minino nuevo, Momo. Me agarró del brazo fuerte, con sus dedos largos y huesudos, para mostrármelo. «Tienes que conocerlo», me dijo.

Pero Momo no está.

MOMO: 56 MINUTOS DESAPARECIDO

La casa de la familia Buntinx queda lejos de la ciudad, en una zona campestre en la sierra de Lima donde no hay ruido ni humos tóxicos y donde el clima seco es una bendición para los asmáticos. Fátima vive aquí con sus padres, el crítico de arte Gustavo Buntinx y la artista plástica Susana Torres; y sus hermanos: Aura, de catorce años, y Santiago, de cinco.

Zélida, la joven niñera que la cuida desde hace seis años, ha buscado en todos los cuartos a Momo, sin éxito. La casa es una estructura alargada, con habitaciones en los extremos, y está rodeada por un jardín amplio donde alguien ha instalado una piscina inflable, hoy llena de agua. Al lado de la puerta de entrada, hay una buganvilia que trepa hasta el techo y una jaula con tres periquitos. Uno celeste, uno amarillo y uno verde.

—¿Alguien ha visto a Momo? —pregunta Fátima. Lleva un vestido negro y una malla marrón. Sus sayonaras de oro resuenan con más intensidad a medida que pasan los minutos. «¡Momooooo!». Sus padres no se encuentran en casa y su hermana mayor salió con su mejor amiga. Sólo están Santiago, Zélida y Lidia, quien fue niñera de Susana Torres y que ha venido de visita a llevarse unas lúcumas.

La sala de estar de una pareja de artistas suele tener obras de arte y un montón de objetos creativos, curiosos, lúdicos. La de la casa de los Buntinx no es la excepción a esa regla: es más, se diría que es la confirmación hiperbólica. Lo primero que salta a la vista son tres helicópteros hechos con quijadas de algún animal (luego sabré que son quijadas de carnero y que son obra de unos artistas ayacuchanos que combatieron contra Sendero Luminoso). Hay también un huaco en forma de Yoda, el personaje de Star Wars, y una combi de piedra. La chimenea ha sido convertida en un altar. Es un altar famoso: ha salido en revistas varias veces, porque papá es uno de los críticos más importantes del país y de vez en cuando sale en los medios, y a los periodistas culturales les llama la atención su altar, un altar abigarrado y exuberante, donde coexisten un muñeco de Karl Marx que levanta el puño, un Pancho Villa en miniatura, unos esqueletos ahorcados para santería, una batería Rayovac de los años ochenta, y un afiche con la Oración del Chofer: Dame, Dios mío, mirada vigilante y mano firme para poder llegar a mi destino. Arriba, dominándolo todo, está Sarita Colonia, la santa popular peruana nunca reconocida por la Iglesia, a cuyo estudio Buntinx ha dedicado buena parte de su trabajo y a la que él mismo le rinde devoción. (De vez en cuando, las chicas se divierten imaginando que uno de esos programas que arreglan tu casa visita a papá. Les da risa pensar en cómo reaccionaría él cuando muevan sus piezas de arte).

En la pared opuesta a la del altar veo unos huaco-retratos que —se me ocurre— pertenecen a la cultura Moche: los ceramios tienen asa y una cara esculpida. Quiero acercarme, pero una voz aguda llega nítida desde la cocina e interrumpe mi observación. Es como un rezo o un conjuro a toda velocidad:

—Piratas en una isla con mucho oro, con armas con lámparas. Un zombi pirata bajo el agua. Un zombi pirata bajo el agua. Un zombi pirata de tres cabezas. Un zombi pirata con un hueso. Un zombi pirata de un barco de zombis piratas…

Santiago es el hijo menor de los Buntinx, un inquieto niño de cinco años aficionado a los zombis y a los piratas, y desde que he llegado busca llamar mi atención.

«¿Conoces al Hombre Cactus?», me pregunta ahora, con los ojos saltones y la vitalidad de diez ardillas. Fátima lo interrumpe:

—¿Santi, me ayudas a buscar a Momo?

Los dos niños salen al patio trasero en busca del gato. Se les une Zélida, y caminan en grupo los tres. En el camino se les aparece la tortuga de la casa, Franklin, que ha vivido aquí desde que papá era niño (aunque ese nombre sólo lo tiene hace unos cinco; se lo pusieron por un personaje de dibujos animados) y que se esfuma por temporadas largas: Fátima dice que no la veía desde hacía cuatro meses y se alegra de saludarla. Siguen caminando. Nada. No hay rastro de Momo. Las ramas de los árboles se mecen por efecto del viento. Los pájaros cantan. Un perro ladra en la azotea. ¿Dónde se ha metido ese gato?
Llegamos al muro posterior: la frontera final de la propiedad Buntinx.

Zélida y Fátima observan el muro y luego se miran las caras, como si acabaran de tener una revelación siniestra.

—La vecina —dicen al mismo tiempo.

—¿La vecina? —pregunto, sin entender la situación.

Se están refiriendo a la señora de al lado, una mujer atolondrada que ha pasado toda su vida en esa casa y con la que —creo entender— tienen algunos conflictos territoriales. Zélida me cuenta que la mujer lanza objetos, amenaza a Susana Torres con tirarle ladrillos y ha tratado cinco veces de quemar aquellos árboles que están muy pegados a su lado del muro. La vecina también tiene gatos que de cuando en cuando cruzan la frontera buscando una vida mejor. No parecen ser gatos felices.

Fátima y Zélida temen que Momo se haya ido con esos gatos.

Pero ninguna de las dos quiere ir a preguntar. La vecina —empiezo a entender— es impredecible. Fátima empieza a preocuparse, pero no lo dice: la forma de manifestar esa preocupación es hablándome de su gatito.

—Momo me dice miau miau y me pone unos ojitos… nunca le puedo decir que no.

—Ya aparecerá —le digo.

Ella no responde. Se hace un silencio incómodo en el que oímos con más intensidad los ladridos del perro, que no cesan. Como para pasar el rato, Fátima decide mostrarme su colección de borradores con formas: delfines, ballenas, patos, pingüinos. «Me gustan estas cositas, ¿me entiendes?». Nunca los usa para borrar.

MOMO: 2 HORAS DESAPARECIDO

La hermana mayor de Fátima Buntinx acaba de retornar a casa. Se llama Aura. La acompaña su mejor amiga, Mayra. Las dos adolescentes fueron a dar una vuelta por el vecindario. Son los últimos días de las vacaciones y hace un tiempo muy hermoso como para desaprovecharlo. La temperatura bordea los treinta grados.

Fátima pone al tanto a las chicas de la desaparición de Momo. La amiga de Aura dice que la última vez que vio al gato estaba lamiéndole los pies. Aura recuerda haber visto cómo Zélida cargaba al gatito de las orejas y lo echaba al jardín, y que, después, ya no lo vio más. La niñera se defiende diciendo que sacó a Momo porque estaba molestando y no le dejaba limpiar las cosas. «Es demasiado travieso. A veces ya me cansa», se queja.

—Ni modo, Fátima. Olvídate de que tuviste un gato —dice Aura.

A Fátima la broma no le parece graciosa. En su vida, empiezo a entender, Momo lo es todo.

Momo llegó a la casa de los Buntinx en setiembre de 2011, poco después de que Las malas intenciones se estrenara en Lima. Fue un regalo. Los primeros días, Fátima le daba de tomar leche en biberón y el gato se ponía a llorar cuando ella se iba al colegio. En enero de 2012, Momo capturó a su primera rata y el momento fue celebrado con algarabía por Fátima y su madre. De hecho, le tomaron una foto a la cacería, y el buen Momo aparece con el roedor en la boca. Pura inocencia salvaje.

Pero quedarse con Momo no fue tan sencillo. Papá no estaba de acuerdo con la llegada de una nueva mascota a una casa donde ya había un perro, tres pericos y una tortuga. Por eso, cuando Fátima recibió el regalo tuvo que encontrar la forma de forzar la permanencia del gato. Ya antes había demostrado ser una niña tenaz y obstinada. Cuando audicionó para Las malas intenciones le fue bastante bien, pero la directora no se decidía por ella porque le parecía que era muy pequeña (en ese momento, tenía sólo siete años). Sin embargo, semanas después, el 11 de octubre de 2009, la segunda hija de los Buntinx llamó por su cuenta a la cineasta y le dijo:

—Por si acaso, ya cumplí ocho años.

Para convencer a papá de que Momo se quedara, Fátima concibió un plan. Con la complicidad de unas amigas, y sin consultarlo con la familia, imprimió e hizo circular en el colegio invitaciones para una gran celebración. Cuando su madre se enteró por otro niño del aula del evento que iba a haber en su propia casa, la fiesta de Momo, ya era demasiado tarde. No podían cancelarla y quedar como los malos (de la película). 

Fátima, además, imaginó un detalle inteligente para ablandar a su padre. La fiesta no sería exactamente una fiesta: sería un bautizo. El bautizo de Momo Buntinx Torres.

Gustavo Buntinx es un fanático de los rituales religiosos y su hija sabía que de ese modo no podría negarse. Tuvo razón. Papá participó activamente en la ceremonia.

La devoción de Gustavo Buntinx por los rituales religiosos puede causar extrañeza, si se tiene en cuenta que es un intelectual humanista, historiador de arte y crítico graduado en Harvard (magna cum laude), y considerando además el hecho de que su madre argentina, una instruida mujer de izquierda, no sólo no creía en Dios, sino que negó a sus hijos cualquier celebración cristiana.

Pero luego me enteraré, por Susana Torres, que fue precisamente esa ausencia de cultos en casa la que le habría provocado a Buntinx «un gran vacío existencial». De ahí sus estampas. Sus vírgenes. Su fascinación por ceremonias que tratan de darle sentido a la muerte, por la alegría melancólica de los velorios en los pueblos de los Andes peruanos. Buntinx no sólo hizo bautizar a sus tres hijos, sino que también matriculó a las niñas en un colegio de monjas.

—Yo quisiera —me dijo por teléfono el padre— que mis hijos sean más normales.

Ahora Fátima está en el jardín, junto a la piscina inflable. Ha olvidado por un instante la búsqueda de su gato y aguarda a su hermana con la manguera. Aura sale. Fátima le lanza un chorro de agua. Aura se cubre y grita, pero no puede evitar mojarse. En este punto aparece su instinto de hermana mayor y va al encuentro de Fátima. Las veo desde la entrada, al lado de la jaula de los pericos. Corren. Cuando Aura la atrapa, la levanta en peso y la mete en la piscina. El agua salpicada describe parábolas violentas.

Gustavo Buntinx es lo que podríamos llamar un apocalíptico carismático. Habla con el timbre de voz de maestro de ceremonias y la intensidad de un actor joven en plena interpretación de Hamlet. Se queja de lo que él llama «la ubre tecnológica» que nos tiene pegados a dispositivos electrónicos, vaticina que en unas cuantas generaciones seremos una especie incapaz de reconocerse en los clásicos occidentales. Que los clásicos de Homero no significarán nada para nuestros nietos. Quizás por eso, por lo de la ubre tecnológica, a Gustavo Buntinx le resulta mucho más tranquilizadora una imagen que solía ver hace unos meses, la de su hija menor dándole de tomar leche en biberón a Momo.

Pero ahora Momo no está.

Fátima sale de la piscina. Está empapada, aunque eso no debe ser un problema considerando el calor.

—Ni modo, Fátima —le vuelve a hablar su hermana Aura—. Te quedaste sin gato. Vas a tener que cerrar su cuenta de Facebook.

Consulto mi celular y es cierto, a Momo le abrieron una cuenta de Facebook. Fátima ha subido allí las fotos más saltantes de su gatuna existencia. En el momento de mi visita, Momo Buntinx Torres tiene ciento treinta y dos amigos, incluidos los connotados artistas peruanos Eduardo Tokeshi, Alice Wagner y Fernando Bryce.

Suena el timbre. Se escucha la voz de mamá.


MOMO: 3 HORAS Y 20 MINUTOS DESAPARECIDO

—Mami, Momo ha desaparecido, lo estamos buscando hace rato.
—¿Segura? —debe estar por ahí.
—No, ya lo buscamos.
—Ya aparecerá —dice mamá—; de repente está dormido, a veces se pierde y resulta que está durmiendo en un cuarto.
—Mamá, no está en ningún cuarto.
—Tranquila, hijita, varias veces se ha perdido y aparece.
—Pero nunca se ha perdido tantas horas.

Susana Torres ha llegado llena de canastas y bolsas y cara de haber tenido una mañana con demasiados ajetreos y embrollos como para detenerse en un gato desaparecido. Trata de tranquilizar a Fátima mientras acomoda sus cosas. Se extraña de ver a su hija mojada de pies a cabeza y le pide que se cambie. Me saluda apuradamente y se excusa: han sido días locos.

Vuelvo a ver los huacos de la pared. Uno de los rostros esculpidos me llama la atención porque tiene lentes y bigotes y expresión de chiste, cosa que no es común en los ceramios Moche, entre otras cosas porque a pesar de tener una gran civilización nunca inventaron anteojos. Sólo entonces me doy cuenta de que no son huacos prehispánicos, aunque lo parezcan. La cara del ceramio es la de Gustavo Buntinx y los otros huacos son el resto de las mujeres de la familia. Los antiguos peruanos dejaron huacos con retratos que sorprenden por su realismo y expresividad. Susana Torres quiso tomar la idea de nuestros antepasados y hacer su propio álbum familiar en 3-d.

—Fátima fue la más difícil —me cuenta, señalando el huaco de la hija menor.

Mamá es artista plástica y por eso conoce bien todas las líneas del rostro de Fátima Buntinx, puede describir la cara de la niña, dividirla en cuadrantes imaginarios con una precisión técnica parecida a la frialdad. «Si te fijas, sus facciones son toscas. Tiene la boca y la nariz demasiado grandes. Es como Sofía Loren: o sea, no digo que sea como Sofía Loren, pero si tú le ves la cara, todas sus facciones están un poco fuera de control… funcionan en conjunto». Pongo a Sofía Loren en el buscador de imágenes del celular. De alguna manera profunda que tiene que ver con líneas esenciales, vectores y caprichos de la genética, mamá tiene razón.
Susana Torres habla sin parar y se dispersa y se llena de digresiones, y es difícil que mantenga la vista en un punto fijo. Tampoco puede soportar los ruidos fuertes. Ella atribuye su personalidad a razones específicas. «Soy un poco Asperger», dice. No tiene un diagnóstico, pero su hermano Juan Antonio sí padece el síndrome —de hecho, lo descubrió tarde y ahora sale en los periódicos ayudando a las familias con niños que lo tienen—, y ella también cree tenerlo, parcialmente. El Asperger es una condición que se halla en el espectro del autismo, y que produce síntomas similares (dificultad de socialización, obsesión por ciertos objetos, repetición de rutinas), aunque sin los problemas del lenguaje. Es un síndrome de moda: desde El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, hasta la serie Touch, pasando por la novela Tan fuerte, tan cerca, de Jonathan Safran Foer (recientemente llevada al cine), la cultura pop viene explorando el fascinante mundo de los niños con condiciones autistas, que siempre son retratados con habilidades desconocidas y extraordinarias. Susana tiene sus sospechas sobre Fátima, que según sus profesoras siempre está «en la Luna» y que a veces entiende las cosas en un sentido demasiado literal —característica Asperger—, como aquella ocasión en que Susana le contó a su hija que a un amigo suyo se le cruzó un chancho en la carretera. Fátima se quedó atónita.

—¿Se le cruzó un chancho? ¿Y cuántos chanchitos tuvo?

Fátima Buntinx muere por los helados y los dulces; prefiere comer los chocolates de barra chupando un extremo de la envoltura y apretando el contenido con los dedos, de modo que el chocolate se derrite y se pone más rico, como mousse (esta modalidad de consumo es genial porque de rato en rato uno puede dejar la envoltura colgando en la boca y las manos quedan libres, libres para jugar). También le gustan los Jelly Beans, esas grageas duras gringas de colores, o el olluco con arroz, aunque siempre en la proporción exacta para que ni el arroz ni el olluco se queden solos en el plato. Le gusta patinar y nadar, sentir su cuerpo rodando en la arena o en el pasto y recogermonedasdel fondo de las piscinas, pero también se da tiempo para abrir la vieja Macbook de su hermana y ponerse a jugar Plantas vs. Zombies con su hermanito menor, el de la vida real, que nunca despertó en ella deseos homicidas. Fátima juega de una forma intensa, golpeando un botón para que ningún zombi pase. Y así, como si nada, deja la computadora, se pone de pie y pasa a otra cosa. Cuando era más chica le gustaba dibujar y era buena haciéndolo: quedó tercera en un concurso escolar de dibujo en segundo grado. Sus trabajos se expusieron en el hall del colegio.

Su hermana Aura me ha advertido que a veces a Fátima tiene su «Fase Enano Borracho». ¿Enano borracho?, le pregunté. «Se pone eufórica y grita, se da vueltas y vueltas, y llora. Luego se pone a dormir, como si nada».

El huaco de Fátima corresponde a una versión desactualizada de su rostro, de cuando era más bien una niña cachetona de cuatro años. En esa época, Fátima lloraba por cualquier cosa, sobre todo cuando querían ponerle una ropa que a ella no le gustaba. Lloraba tanto y tan fuerte que una vez una vecina tocó la puerta para preguntar qué ocurría. Así que era mejor dejar que se pusiera lo que quisiera. «Le encantaban usar las pantis de rayas con flip-flops. Arriba se ponía cualquier cosa, y por supuesto que no combinaba. Además usaba guantecitos de encaje que le encantaban, una capita y un chullo. Así se iba al nido. Parecía un Galliano». La madre dice que su hija menor también tuvo una etapa en que quería ser una princesita oscura. Se vestía toda de negro. La pediatra le dijo que su hija era rara, que parecía Merlina Adams. «¿Y cuál es el problema con eso? En el mundo hay espacio para las Merlinas Adams, ¿no?», dice ahora. Mamá se indignó y la cambió de doctora.
Ahora se oye la voz de Fátima, que se ha detenido en la entrada y grita.

—¡Mamá, el pajarito amarillo no se mueve!

MOMO: 3 HORAS Y 55 MINUTOS DESAPARECIDO

—¿De verdad no se mueve? —pregunta mamá. Aura, Zélida y Santiago se han acercado rápidamente a la jaula.
—No. Murió. —responde Fátima.
—Creo que sí se mueve… ¿O no? —dice Susana.

Fátima saca al perico de la jaula.

—No, míralo.
—Es cierto —dice Aura.
—¿Qué pasó? —pregunta mamá.
—No sé, cuando lo vi ya estaba así —dice Fátima.
—¿Está caliente? ¿O está frío? —pregunta Zélida.
—Dios mío —dice Susana—. Se habrá muerto de obeso, porque todos cuando llegan me dicen que estos pericos son unos obesos.
—¡Un obeso! —grita Santiago.

Aura y su hermana miran al cadáver. Fátima empieza a zamaquearlo. «Vamos, vamos, ¡respira!» —dice con la voz impostada, como jugando al paramédico. Su madre la mira escandalizada. La muerte súbita del perico le da estrés y también le da estrés que su hija no sea sensible ante la muerte.

—¡Hey! No es broma, Fátima. Pobre animal.
—¿Ves, Fátima? Eso pasa porque eres Cayetana, ¿no le habrás dado penicilina? —especula Aura, haciendo alusión a la escena de la película en la que la niña asesina a un perico. Logro ver una sonrisa en Fátima. Todos los niños alucinan que son personajes de ficción, y cuando nadie los mira interpretan a ese personaje frente al espejo. Debe ser divertido para Fátima creerse Cayetana de los Heros de cuando en cuando. Al fin y al cabo, Cayetana es ella.
—¡No! No digas eso. No tiene nada que ver —replica Susana, y cuando lo hace parece una niña que se defiende de una broma grupal. Lo último que quiere es relacionar esta muerte con el personaje que interpretó su hija delante de la prensa. Basta de confusiones. Fátima no es Cayetana.

Aura trae su cámara, una Diana de esas que están de moda entre la comunidad hipster de todo el planeta por su tecnología detenida en el tiempo (años sesenta) y su apariencia plástica, mas nunca digital. Últimamente Aura está interesada en la fotografía. Su madre le ha dicho que desarrolle temas. Mamá no sólo es una connotada artista. También fue la directora de arte de La teta asustada, de Claudia Llosa, la película más premiada de la historia del cine del Perú. Es una buena asesora si uno de los pequeños Buntinx opta por algún oficio vinculado a la plástica. Susana Torres tiene la casa llena de cuadros de sus amigos. En su habitación matrimonial, hay una pintura del artista Christian Bendayán que muestra a un enfermo de sida que agoniza en la cama de un hospital, con la imagen transparentada de Jesús de Nazaret al fondo. Lo primero que ve Susana Torres al despertar es ese cuadro, y mucha gente le pregunta si no le parece una imagen un poco tétrica.

—Al contrario, a mí me da tranquilidad.

Aura le toma fotografías al cuerpo del perico en distintas posiciones. El perro sigue ladrando con insistencia. «Hay que enterrarlo», dice Susana como quien recuerda un deber. Pero el único que se entusiasma es Santiago, que entra a la casa y saca su pala. Fátima decide ir a cambiarse; su ropa sigue mojada. Susana Torres busca un rincón propicio en el jardín. Luego le indica a su hijo cómo debe remover la tierra. Él sigue las instrucciones con diligencia y vigor.

—Estoy cavando como un pirata buscando un tesoro —dice, usando otra vez el modo conjuro.
—Sí, eso, piensa que eres un pirata cavando. Ahora hay que conseguir una cajita para el perico.

Zélida entra a la casa y trae la caja de un medicamento. Susana mete al canario allí y deja el féretro de cartón en el hoyo. La tierra va cayendo sobre la cajita. Tussis OM Expectorante. Dextrometorfano. No adictivo.

MOMO: 4 HORAS y 30 MINUTOS DESAPARECIDO

Fátima Buntinx ha conseguido contagiar a su madre la preocupación por el gato. ¿Dónde puede estar? Susana Torres me confirma la historia de la vecina, que tanto fascina a Fátima. En la casa de al lado viven dos hermanas. Están allí desde que nacieron. La madre de ambas daba lecciones de piano a los niños. Con los años, una de las hijas se volvió agresiva. Lanzaba maletas a la propiedad Buntinx y luego las pedía de vuelta. Una vez tiró un sillón. Ocasionaba pequeños incendios sólo porque no soportaba la vegetación colindante. O se ponía a limpiar el techo desnuda. La mujer vive, además, con su hija. La hija tiene más de cuarenta años, pero ella sigue vistiéndola como una niña.

El piano se incendió hace años en un confuso incidente.

Nada de esto tendría la mayor relevancia si no fuera porque la primera hipótesis sobre el paradero de Momo es que ha caído en la propiedad de esas mujeres. Por eso, Susana Buntinx se dispone a salir para allá. Fátima ya se cambió de ropa. Tiene un polo fucsia que dice Love y una falda negra. Estamos todos en la entrada. En la jaula, los dos canarios que quedan, uno celeste y el otro verde, actúan con frialdad hitchcockiana.

—¿Por qué ladra tanto ese perro? —pregunta de pronto Lidia.

Susana Torres mira hacia arriba, allí donde el techo se junta con el espesor de la buganvilia, un bosque en miniatura en el que todo es oscuro. «Es cierto, ladra mucho», dice. Una idea fija, como electricidad, se activa al unísono. A Fátima Buntinx se le ilumina el rostro.
Mamá trae una escalera de mano y sube.  Su pelo es crespo y muy largo, y a medida que ella aciende se enreda con la buganvilia, por lo que tiene que retroceder varias veces.

—Ya lo vi.

Momo está atrapado en la buganvilia. Allí ha permanecido todas estas horas. Esa era la razón de los ladridos. Alivio general: ya no hay que salir a buscarlo.
Minutos después, cuando Susana logra sacarlo, el gato tiene la carita negra, llena de tierra y sus bigotes están sucios. Fátima lo abraza y me lo muestra. Saluda, Momo.

Esa misma noche, alguien lanza una gata desde la casa de al lado. Tiene casi la misma edad que Momo. Fátima decide cuidarla, darle protección y cariño. Las dos hermanas están encantadas con ella. Le toman fotos. Le dan leche. Susana Torres no tiene problemas con el animal, pero sabe que papá no aprobará su estadía. Así que deciden no decirle nada. Pero cuando el señor Buntinx llega, encuentra a la gata en la sala. La lleva afuera, al lado de la puerta. La gata se esfuma.

Dos días después de la desaparición de Momo, vuelvo a visitar la casa de Fátima Buntinx por la mañana. Hay conmoción general: la gata visitante ha aparecido al pie del árbol de lúcuma. Está muerta.

EL ENTIERRO DE LA GATITA SIN NOMBRE

Los Buntinx tienen visita. Han llegado a casa Alejandro y Catalina, los hijos de un amigo de Gustavo Buntinx que está por unos días en la ciudad. El chico es un poco mayor que Fátima, y su hermana tiene dieciséis años. Estamos todos en el cuarto de Aura escuchando cómo Catalina toca la guitarra. Entonces recibimos la noticia. La gata ha muerto. Salimos a verla. Está al pie del árbol, tiesa, llena de moscas. Huele mal.

Nadie sabe qué le pasó. Una mala caída, quizás. El caso es que ahora hay que enterrar a la amiga de Momo. En los ojos de Fátima hay más curiosidad que tristeza. «Pensar que hace dos días lo tuve en mis manos. Le di leche», dice Susana Torres. Insiste en que hay que enterrarla juntos; es una obligación. «Un poquito de dignidad para el pobre animal, chicos».

Santiago coge su pequeña pala azul. Excava animadamente, de cuclillas. Los dos invitados lo ayudan. Hay silencio general.
—Ahora, cada uno piense en una oración para el gato —dice Susana.

Todos se quedan pensando. Catalina dice que el santo de las mascotas es San Roque y le lanza una plegaria improvisada. Se equivoca: el santo de los animales es San Antonio, San Roque sólo se ocupa de los perros, pero nadie parece saberlo o recordarlo. Mamá propone rezar un padrenuestro en honor a la gata. Todos lo hacen.

Susana Torres me dice que ha hecho la pequeña ceremonia porque le parece importante que se tomen en serio estas cosas. A ella le escandaliza que los niños de hoy en día no sientan empatía por los animales. «Es una cosa bien espeluznante», se queja. «Si son indiferentes por un gato muerto, luego lo serán con una persona».

La gata está ahora debajo de la tierra. Los pájaros cantan. Las ramas del árbol de lúcuma se mueven. Santiago permanece con los ojos abiertos, expectante.

—¿Mamá?
—¿Qué, hijo?
—¿Ahora se va a convertir en un gato zombi?

Fátima pasa el resto del día junto a Alejandro, con quien parece llevarse muy bien. Juegan en la computadora. Contorsionan sus elásticos cuerpos preadolescentes tratando de ganar en Twister (y soy yo quien gira la flecha y lanza las órdenes). Ella, además de las difíciles posturas, tiene que luchar contra su pelo, que se desparrama cuando está de cabeza y hace más difícil todo. Cuando él pierde, cumple estoicamente el castigo pactado, que consiste en hacer planchas. Cuando ella pierde, se rehúsa a respetar el acuerdo. «No me molestes —dice altanera—. Yo soy mujer».

La gente suele preguntar a Fátima Buntix si continuará con su carrera de actriz. ¿Actriz? Mamá y papá creen que es prematuro pensar en eso, pero los directores de cine la miran con codicia, como vampiros: la chica ha recibido seis guiones en los últimos meses. Sus padres los rechazaron todos. Ella no es actriz, no todavía, no sabemos si lo será, dicen. Algunos guiones que les enviaron son muy fuertes, y ella es sólo una niña. Ni siquiera tiene edad suficiente para ver su propia película: Las malas intenciones está clasificada para mayores de catorce, y por eso una vez a Fátima Buntinx no la dejaron entrar al cine. Salió en las noticias.
Más tarde, cuando mi jornada está por terminar, me acerco a Fátima y a su madre. Las dos miran mi libreta de notas y luego me miran a mí.

—Oye, siempre que vienes pasan cosas —comenta Susana Torres entre risas.
—Sí, tú traes la muerte —dice Fátima sin reírse. Podría perfectamente haberlo dicho Cayetana de los Heros.

Los siguientes días, me pongo a pensar en la muerte de los animales. En el Facebook de Momo, alguien ha subido un álbum fotográfico. «En memoria de la gatita sin nombre». Es un compendio de la estancia de la amiga de Momo en casa. En la última imagen, aparece un plano cerrado de la gata, con los ojos encendidos y una leyenda que dice: «Por su mirada supe que ya no la vería más». La gata. El perico amarillo. Empiezo a preguntarme si es posible llevar la muerte a alguna parte. O atraerla. Susana Torres me escribe un e-mail en que me dice que pronto comenzarán las clases de las chicas y que mejor termine mi reportaje ese mismo fin de semana. Irán a la playa. Si quiero, puedo acompañarlos.

Acepto. Veré por última vez a Fátima Buntinx al borde del mar. Eso me tranquiliza: nada como la brisa y el sol para olvidarse de los animales muertos.


Es sábado. Estamos en Santa María, un balneario ubicado a cincuenta kilómetros al sur de Lima. Hay sol. Gustavo Buntinx ha venido con su mujer y sus hijos, y también han llegado los hijos de sus amigos. Recostado sobre una toalla, el señor Buntinx me habla de la ubre tecnológica y el fin de la especie tal como la conocemos. Susana Torres me había prevenido de algo cierto: como su tono de voz es siempre el mismo, nunca sabes si el papá de Fátima está siendo irónico o no, lo cual es un problema porque Gustavo Buntinx es más inteligente que uno, es más inteligente que casi todo el mundo. Buntinx me habla de «usted», quizás consciente de que nadie usa «usted» en estos días. Me advierte que no quiere relacionar a su hija con el mundo del espectáculo. Si aceptó que saliera en Las malas intenciones, fue por la calidad del guion.

Voy a la orilla y ayudo a Santiago con una fortaleza de arena a punto de inundarse. Fátima se ha metido al agua con su hermana, y ahora es sólo una silueta. Luego vuelve y camina por la orilla. Tiene una ropa de baño con líneas turquesas, verdes y azules que ella misma escogió. Por efecto del sol, su pelo se ve castaño claro. Ha perdido toda oscuridad: de rato en rato, sus dos hoyuelos se vuelven nítidos y se le forma una sonrisa amplia que bien podría aparecer en un comercial de helados, de esos con luz de día y niños saludables.

De pronto, hay un alboroto. Un pelícano ha salido del mar y ahora camina por la arena hacia nosotros. Fátima va a su encuentro. Lo toca, extrañada y feliz de verlo allí parado con su pico largo: la carismática extravagancia de los pelícanos.

En Las malas intenciones, Cayetana de los Heros tiene una prima muy querida llamada Jimena. Jimena está enferma. El guion dice que la amiga va a morir, pero Fátima no lo sabía porque no había leído todo el guion, solo las partes que le correspondían. Hay una escena en una playa en la que esa niña le dice a Cayetana: «Yo siempre te voy a cuidar. Siempre me voy a preocupar por ti». Cuando le tocó rodar esa secuencia, Fátima se dio cuenta de que algo andaba mal y le preguntó a la directora qué iba a pasar con su prima. Lo preguntó con insistencia, con aprehensión y con miedo.

El sol sigue cayendo. Pronto, Fátima se enterará de la razón por la cual el pelícano ha salido a la orilla. Será una noticia triste. O extraña. Semanas más tarde, verá por la televisión que en el norte del Perú han aparecido más de mil pelícanos muertos, por razones misteriosas. Quizás con los años su memoria mezcle a este pelícano con los otros, vistos por televisión, y tal vez la niña acabe creyendo que ella observó y tocó al primero de los muchos pelícanos que ese verano iban a morir.