Advertisement

Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El fotógrafo que llegó
tras la avalancha
sólo encontró el ruido
de las piedras

Después de un derrumbe en los Andes del Perú, Nicolas Villaume
subió al nevado caído para mostrarnos un desastre que nadie puede ver.
El calentamiento global es un fenómeno tan imperceptible como
un grifo que gotea: el planeta se calienta un grado por siglo.
¿Cómo fotografiar una catástrofe invisible?

Un texto de Juan Francisco Ugarte
Fotografías de Nicolas Villaume

Albina
Fotografía de Nicolas Villaume

El domingo once de abril de 2010, una montaña de hielo se quebró en los Andes del Perú. A cinco mil metros sobre el nivel del mar, un trozo de glaciar cayó sobre una laguna y originó una ola de veinticinco metros. El ruido fue el mismo que el estrépito de un trueno. En una catástrofe que ocurre a las alturas, el sonido es la única forma de medir el peligro. Eran las ocho de la mañana cuando el agua empezó a caer por el nevado Hualcán, desde donde se precipitó el hielo. En Carhuaz, departamento de Áncash, no era un buen día para la desgracia: el pueblo celebraba la procesión de Cuasimodo, una fiesta religiosa que sucede el domingo después a Semana Santa. En la plaza la escena estaba montada: alfombras de flores amarillas en las pistas, hombres en corbata y sombrero, y un Cristo metido en un altar, guardado para después. Desde allí, a quince kilómetros montaña abajo, el ruido del agua se escuchó como el motor de una excavadora Caterpillar. Ya no era sólo agua, sino una masa de lodo, maderas y piedras. Con los ojos mirando de un lado a otro, los habitantes de Carhuaz buscaron el sonido apiñados en las calles. No lo sabían, pero iban a ser testigos de un desastre que ninguno puede ver: un glaciar que se derrite como un grifo que gotea y nadie cierra. El agua llegó veinte minutos después. Un grupo de policías ordenó la fuga. Algunos escaparon de casa hacia lugares más altos. Otros partieron en camiones de carga a ciudades vecinas. A Huaraz. A Recuay. A Caraz. Lo que iba a ser una fiesta tremenda se convirtió en una diáspora imprevista. Pero la crecida sólo bajó por el río Chucchún, una corriente que traza la ruta desde el nevado hasta Acopampa, el distrito más cercano a la montaña. Y el más afectado. En menos de una hora se formó allí un paisaje de barro. Barro encima de los puentes. Barro en la entrada de las casas. Barro sobre animales muertos. Pero una ola en la montaña no es una noticia de último minuto para el planeta. En el siglo seis, una marea de ocho metros cubrió Ginebra después de que un montón de tierra impactara en el lago local. En Italia, una tonelada de roca cayó a la represa de Vajont, al norte de Venecia, y ocasionó un tsunami de más de noventa metros que destruyó el pueblo de Longarone. En el Perú, a sólo unos kilómetros de Carhuaz, un terremoto hizo que en el nevado contiguo se produjera una avalancha que sepultó a dos pueblos enteros. Pero esa mañana de abril, la ola gigante no pasó de ser un susto que estropeó la fiesta de Cuasimodo. Horas más tarde, cuando muchos de los que habían partido volvieron en los mismos camiones, la fiesta fue otra: reunidos a ambos lados del río, como forzosos asistentes a una despedida, los pobladores vieron al lodo llevarse parte de sus cosas. Fue sólo una cuestión de horas. Para la noche, el río sólo arrastraba a los mismos pasajeros de siempre: piedras, ramas y basura.

Un año después de la ola, en marzo de 2011, un fotógrafo francés se tropieza con el cadáver de una rata. Acaba de llegar a Carhuaz para conocer la laguna 513, esa masa turquesa de nombre tan técnico como olvidable de donde se levantó la ola de veinticinco metros. Pero lo primero que ve, tirado como un desecho cualquiera, es el roedor aplastado en la pista que nadie quiere limpiar. No es el único. Desde hace unos años se ha hecho común ver a estos bichos urbanos en la sierra del Perú. Nicolas Villaume —metro ochenta y cinco, pelo castaño, frente amplia— se detiene a mirar el cadáver. Levanta la cámara. Dispara. Años atrás, a casi tres mil metros sobre el nivel del mar, una rata era una anomalía. Hoy habitan las zonas más altas de la ciudad. En un lugar donde, con una lentitud de tres generaciones, los nevados han empezado a convertirse en aburridos paisajes de rocas, estos roedores sólo son un síntoma del desastre que se prepara todos los días y nadie percibe: el planeta se calienta al ritmo de un grado centígrado cada siglo. Esa tragedia en cámara lenta que llamamos calentamiento global. Una catástrofe muda que sólo conocemos por la estadística: en el último medio siglo, la Península Antártica —esa lengua blanca que abastece de agua a Sudamérica— ha perdido en hielo el equivalente a todo el territorio de Haití en el lapso de tiempo en que un hombre nace, crece y envejece. Y Nicolas Villaume, un francés obsesionado con el medio ambiente, ha venido hasta aquí para fotografiarla.
Este es su último viaje. Antes tuvo que recorrer el mundo para registrar la escena de un mismo crimen: los rastros de una calentura trastornada. En el Himalaya visitó a los Zanskaris, una comunidad que perdió todos sus nevados y que ahora está obligada a vivir en otra parte. En el pueblo de Doko, en Etiopía, fotografió los cultivos estropeados por las lluvias. Cuando viajó a Alaska descubrió que el frío ahí ya no es tan helado: el permafrost y los caribús están desapareciendo por la subida de temperatura. En Papúa Nueva Guinea retrató la isla de Manus después de que en 2008 una tormenta destruyera parte de la aldea. Nicolas Villaume ha dedicado cuatro años de su vida a elaborar versiones de una misma fotografía. Sabe que el cambio climático no sólo significa exceso de calor y nevados derretidos, sino también sequías en lugares donde antes el agua llegaba sin problemas, trastornos de lluvias en sitios de altura, incendios recurrentes en bosques, cultivos estériles y conflictos de hambre en zonas de agricultura. Pero para muchos todo esto no implica una preocupación actual, sino una serie de eventos que preparan su golpe de gracia para el futuro. Villaume entiende que documentar una catástrofe que la mayoría de gente no llegará a experimentar, puede parecer una tarea inútil. Su proyecto tiene mucho de cazafantasma: capturar aquello que no podemos ver. O lo que es igual: hacernos ver lo que preferimos ignorar. Decir que un fotógrafo es un observador entrenado parece un lugar común, pero Villaume, más que observador, es alguien condenado a llegar tarde. Su empresa es una paradoja: representar el futuro con el pasado. Cuando puede fotografiar el cambio climático, el desastre ya ocurrió. Un día un científico de la organización francesa IRD (Instituto de Investigación para el Desarrollo) le contó sobre una ola gigantesca en las montañas del Perú. Era lo que buscaba: un hecho insólito para llamar la atención sobre el calentamiento global. Quería mostrar que no se trata de una tragedia futurista, sino de una tragedia en directo, que ocurre en este mismo instante. Llegar tarde es su fatalidad: la única forma que tiene para hacer visible lo invisible.

Pero esta vez Nicolas Villaume llegará más tarde de lo normal.

Una noche antes de partir al nevado Hualcán, mientras paseaba por una calle mal iluminada, el fotógrafo que camina por todo el mundo para mostrar un desastre invisible se cayó. La pierna derecha en el hoyo de una canaleta. El cuerpo doblado en dos. La rodilla fracturada. Ese mismo día, temprano por la mañana, había hecho algunas entrevistas a los pobladores de Acopampa. El cielo era lechoso. No había sol. Sabía que sería difícil tomar las fotos con una luz como esa. Pero estaba decidido a subir la montaña. Meses atrás, en Ecuador, que unos insectos raros le comieran el pie no impidió que cruzara el páramo calcinado de Mojandita. Para llegar a la India tuvo que soportar un viaje de una semana, recorrer en jeep caminos sinuosos de arena, piedras y peñascos, y aprender a adaptarse en menos de cinco días a un clima imposible. Una caída al hueco de una canaleta es un inconveniente sólo para principiantes. Y esa misma noche, Villaume estaba empecinado en recuperarse. Un amigo de Huaraz lo llevó a donde un huesero. Fue peor: le doblaron la pierna, se la estiraron, el dolor aumentó aunque el hombre que se lo provocaba decía que era normal, que pronto pasaría. Sólo cuando escuchó el rechinar de los huesos tomó una decisión. Iba a esperar. Esta vez, llegaría quince meses más tarde.

El día de la ola en Carhuaz nadie pensó en el calentamiento global. Desconocían que la caída de hielo era consecuencia de un fenómeno llamado ‘retroceso glaciar’. Que ocurre desde los años setenta en la Cordillera Blanca, esa mancha pálida en los Andes que corta por la mitad al departamento de Áncash. Que las caídas a la laguna suceden casi siempre sin que nadie las perciba. Que la misma laguna se formó por el deshielo del glaciar hace cincuenta años. Que en 1992, por miedo a un desastre, un glaciólogo se empecinó en hacer un túnel para conducir el agua desde la montaña hasta el río. Y que, gracias a este túnel metido a veinte metros en el dique de la laguna 513, ese día la enorme ola no sepultó a la ciudad.

El hombre que salvó a más de sesenta mil personas con dos décadas de anticipación dice que los residentes al pie del Hualcán están mal informados. «Piensan que la desglaciación les conviene porque trae más agua a la ciudad», explica César Portocarrero. «Pero eso cambiará. En menos de cincuenta años se ha perdido el treinta por ciento de los nevados», advierte el glaciólogo que pronto se quedará sin trabajo por culpa de un planeta recalentado. Que tarde o temprano el agua se acabará es quizá la idea que más se repite sobre el calentamiento global. Desde la década de los sesenta, en que un nuevo concepto de cambio climático empezó a difundirse, el discurso ecologista ha adquirido popularidad en los países más desarrollados. Pero fue un documental —UNA VERDAD INCÓMODA, de Al Gore— lo que provocó aquel estallido de preocupación por el medio ambiente más parecido a un fanatismo religioso. Nadie ha visto el calentamiento global, pero hay una legión de creyentes que temen su poder.

Al día siguiente de la ola en Carhuaz, los noticieros de la televisión diferían tanto en sus titulares que un espectador distraído pudo creer que eran noticias distintas. Uno decía que lo que bajó por la montaña había sido un huaico. Otro, en menos de cinco minutos, describió el hecho como alud, huaico y aluvión, los tres juntos, arrasando con toda la ciudad. Y para otro ni siquiera existió un bloque de hielo: el aluvión era una lluvia insólita que rebalsó la laguna. Algo sí parece cierto: más allá de un discurso repetido, nadie está seguro de qué demonios trata el calentamiento global. Pensamos que es lo mismo al cambio climático. Y a fuerza de usarlo siempre, ignoramos que ‘cambio climático’ no se refiere a un solo fenómeno, sino a varios, y que entre ellos está el aumento en la temperatura del planeta. Calentamiento global es una expresión sin gracia metafórica, tan universal como intangible, que remite a calor excesivo y a fin del mundo, y nos confunde. Ahora hay evangelistas del medio ambiente en todas partes. Hasta en los concursos de belleza. Miss Tierra (o Miss Earth) es un certamen anual en Filipinas donde se elige como reina a aquella que sea más bella y tenga la mejor propuesta para no contaminar el mundo. Eso es el calentamiento global: una confusión desarreglada convertida en banalidad con maquillaje.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Verde 07