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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El ex alcalde

¿Es normal que un político que protegió del narco a su ciudad
adorne con un tiranosaurio la sala de su casa?

Un texto de DIEGO OSORNO

Susana Torres

MONÓLOGO 1


Yo parto de una tesis que a algunas gentes les puede parecer rara y a otras no, pero a mí me da lo mismo: si yo hago el municipio más seguro del mundo, sin duda voy a tener muchos malos que quieran vivir aquí, así como también muchos buenos. Y los malos no creo que vengan en una visión de operar su maldad, sino que vienen porque simplemente ellos también valoran la seguridad familiar. Igual y tienen a un hijo bueno, me imagino yo. Si San Pedro fuera el municipio más inseguro del mundo, ni los narcos quisieran vivir aquí. En Colombia la sociedad fue más estricta en el sentido de decir: «No, los hijos de los narcos no entran a las escuelas». Pero aquí sí están en las escuelas y las escuelas saben que están los hijos de ellos. Con todo ese esfuerzo que hice, no siento que me esté confrontando con ellos, porque en este caso a todos nos une un mismo interés: la seguridad. Puede ser que me equivoque. Y si me equivoco, pues me mandas unas flores al panteón, chingado. Pero si no me equivoco, realmente creo que va a ser un caso de éxito porque les estoy llegando a los malos en un tema en el que tenemos coincidencias. Además, lo he dicho públicamente: a la venta pública de droga le doy en la madre, a los giros negros también, y también voy a pegarle a los casinos para sacarlos de aquí. Sé que en otros municipios, los narcos te buscan y te dicen: tú como alcalde no puedes hacer tal cosa, la policía es mía, el negocio de extorsión es mío y el de secuestros es mío. No te metas al caldito. Eso lo hacen. Yo creo que el crimen organizado tiene contacto con cualquiera que aspira a un cargo de elección popular en México, o cuando se sienta en la silla. A mí me buscaron cuando fui candidato a gobernador y ahora que fui alcalde también me buscaron. Me ofrecieron quince millones y no los acepté. Nadie me asegura que pueda salir vivo de estas cosas. Sin duda, estos son trabajos riesgosos. Pero hay que hacer algo: yo nunca he visto una guerra en la que hayan ganado los buenos. En cualquier guerra, siempre ganan los malos. Los que son más malos.

[Mauricio Fernández Garza. En su casa de San Pedro Garza García, noreste de México, julio de 2010]

VIAJE 1

La única turbulencia del Lear Jet que despega del aeropuerto privado de Monterrey aparece en el rostro de Mauricio Fernández Garza, cuando le pregunto sobre el nuevo gobernante de su ciudad. Hoy el ex alcalde que durante tres años evitó con éxito que la guerra del narco llegara a la ciudad más rica de América Latina luce molesto: hace unos días, el nuevo alcalde de San Pedro Garza García, su sucesor, no pudo imponer su autoridad a unos vecinos inconformes con unos puentes peatonales recién construidos en una de las avenidas principales, y tuvo que anunciar que la obra será demolida. Ese hombre, su antiguo secretario del ayuntamiento, quien se suponía iba a ser el puente que continuara con su obra y estilo de gobernar, dio marcha atrás a ese proyecto diseñado por un arquitecto Premio Nacional de Bellas Artes sólo porque a un grupo de señoras y señores les pareció feo. Los habitantes de esta ciudad del noreste de México tienen un ingreso promedio de más de veinticinco mil dólares al año, casi cuatro veces superior al de los mexicanos en general e incluso mayor al de España. Además de ser los mexicanos más ricos, suelen ser los más exigentes con sus autoridades. Un ex jefe de la policía local me dijo que trabajar ahí había sido una pesadilla porque todas las madrugadas recibía llamadas para ordenarle liberar a un chico detenido por conducir en ebriedad. Siempre «el hijo de» alguien. «Todos se sienten muy importantes —me recordó el policía—. Hay demasiado influyentismo». El actual alcalde, un joven muy formal y de temperamento moderado, no fue la apuesta inicial de Fernández Garza para relevarlo: prefería a un carismático directivo de Cementos Mexicanos reconocido por la hazaña de haber hecho campeón del fútbol mexicano a los Tigres, un equipo que no había ganado un campeonato en veintinueve años. Sin embargo, Alejandro Rodríguez Miechelsen, el favorito del ex alcalde, declinó la invitación de gobernar San Pedro: había aceptado un puesto en la Comisión Mundial de Fútbol de Clubes de la FIFA. Mauricio Fernández Garza cree que, si Rodríguez Miechelsen hubiera sido el sucesor, hoy esos puentes peatonales de la calzada estarían intactos. «Si no tienes carácter para gobernar, se te cuelgan», me dice el ex alcalde en su Lear Jet, atravesando el aire frío de un día soleado de invierno a principios de 2013. Viajamos hacia un rancho del pueblo de Lampazos. El ex alcalde supervisará las obras finales de su nueva casa de campo. Dice que allí vivirá su retiro.
La debilidad de su sucesor aburre al ex alcalde. Hoy tiene en mente una empresa más excitante: en la foto de perfil de su página privada de Facebook, Fernández Garza posa junto al cráneo de un monstruo que adorna la sala de su casa y que resume la obsesión a la que ahora dedica la mayor parte de su tiempo. Se trata de la cabeza de un tiranosaurio rex —un lagarto tirano— y no es el único animal prehistórico fosilizado que posee. La joya de su colección privada es Einstein, un apatosaurio —lagarto engañoso— que mide cuatro metros de altura y casi veinticinco de largo, aunque su cabeza tiene apenas el tamaño de un balón de futbol americano. El nombre que le pusieron los paleontólogos es una ironía a su cráneo diminuto respecto a la enormidad de su cuerpo. Einstein fue hallado en un cementerio de dinosaurios de Wyoming, y Fernández Garza dice que pagó veinte millones de dólares por él. Tuvo que esperar tres años a que terminara el refinado viaje de traslado y el lento ensamblado de las partes de un fósil de más de cien millones de años de antigüedad que, montado por completo, pesa unas cuatro toneladas. Einstein no cabe en la sala de una casa, ni siquiera en la del ex alcalde. Se le exhibe en el parque Fundidora, el más popular de Monterrey, donde los niños y sus familias lo visitan y se sacan fotos con él que también suben a sus páginas de Facebook.
Cuando era niño, Mauricio Fernández Garza perseguía animales menos fantásticos que dinosaurios. Se escapaba de madrugada por la ventana de su habitación para cazar liebres en un monte sobre el que años después sería construida una ciudad con índices de calidad de vida similares a los de Noruega. Sus compañeros de aventura no eran parte de su familia ni chicos millonarios como él. Eran peones y obreros, todos mayores, que trabajaban para su abuelo Roberto Garza Sada, un empresario que cerraba algunos de sus negocios en el campo de golf profesional que tenía en el jardín de su mansión. La adolescencia sirvió para que Mauricio Fernández Garza ampliara su horizonte de cazador: viajó por decenas de pueblos del noreste de México buscando presas que le exigían más destreza y riesgos. Durante aquellos viajes, que emprendía con lugareños a quienes contrataba como guías de caza, escuchaba relatos sobre los abusos del PRI, el único partido que mandaba en el México de entonces. El adolescente les aconsejaba matar a los caciques que los explotaban. En una ocasión, uno de los guías le dijo que habían seguido su consejo: iban a matar a un cacique local. El chico se emocionó con la noticia y recuerda haberse visto a sí mismo como un guerrillero. Se imaginó protagonizando actos de justicia por su propia mano contra todos los tiranos del noreste de su país. Tiempo después, su padre trató de canalizar su ímpetu. Lo registró como militante del naciente Partido Acción Nacional y lo llevó de cacería al Parque Nacional Tsabo, de Kenia, uno de los tres más grandes del mundo. En África, un joven Fernández Garza mató decenas de venados, cebras, tigres y un elefante.
Cuando regresó de África, el cazador veinteañero se casó y decidió edificar su casa en una montaña desde la que se domina toda la ciudad de San Pedro. En lugar de empezar la construcción por el piso y los cimientos, Fernández Garza buscó primero un techo para su casa. Tras enterarse que en una bodega de Nueva York estaban las vigas de unos techos de arte mudéjar del siglo XIII y XIV, llegó a un acuerdo con los propietarios, herederos del magnate William Hearst. Los techos estaban destinados a lo que sería el salón principal del castillo que construía en San Simeón, California, el hombre inmortalizado como Ciudadano Kane, por Orson Welles. Hoy están en La Milarca, un nombre con que el ex alcalde bautizó su propio palacio de casi dos mil metros cuadrados en el que tiene nueve recámaras, diez bodegas, dos galerías de arte, una biblioteca de libros antiguos y un archivo con sus fotos y documentos personales. En esa época su libro de cabecera era CÓMO GANAR AMIGOS E INFLUIR SOBRE LAS PERSONAS, de Dale Carnegie. El joven Fernández Garza estaba tan obsesionado con el libro que le había regalado su abuelo, que antes de cumplir treinta años dictaba cursos del método Carnegie a otros empresarios de la ciudad, como Alejandro Junco de la Vega, actual dueño del diario REFORMA. Como nieto consentido del patriarca de los negocios en Monterrey, Fernández Garza estuvo entre los candidatos a presidir el consorcio que formaron su familia y otras más de San Pedro para aumentar su poderío económico. El Grupo Alfa incluye negocios internacionales de salchichas, petroquímica y autopartes de aluminio. En lugar de ello, Fernández Garza decidió establecer negocios de puros, cerveza y telefonía con el gobierno comunista de Cuba. Varias veces se reunió con Fidel Castro, a quien hasta hoy considera su amigo. A su mansión, La Milarca, la fue colmando de objetos extravagantes como una espada de Hernán Cortés, cabezas humanas reducidas por jíbaros, el cráneo de un dinosaurio tricerátops, esculturas de Rufino Tamayo y Francisco Toledo, y una vieja metralleta usada por Al Capone. Su obsesión de coleccionista lo llevó a fundar cinco museos de numismática, arte popular, cerámica, pintura contemporánea y artes decorativas. Ahora quiere crear el sexto. El Museo de Historia Natural, donde exhibirá sus fósiles de dinosaurios.
Ahora, en el Lear Jet, el ex alcalde viaja con, además de su pareja, su hijo mayor, un prestigiado psiquiatra que lo mira a los ojos con suma atención cuando habla. Su vuelo anterior fue a Ciudad de México para reunirse con funcionarios del nuevo gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, a quienes les explicó su idea del Museo de Historia Natural. «Quiero que sea un museo de nivel internacional —me advierte—. No cualquier chingadera». Aunque se trata de un presidente que proviene de otro partido, al ex alcalde le prometieron respaldar su proyecto. El dinosaurio Einstein sería la gran estrella del museo y Fernández Garza sabe que no basta el dinero: necesita tantos políticos como millonarios aliados para hacerlo. Se mueve en ambos terrenos al mismo tiempo. Debutó en la política a principios de los años noventa, mientras hacía negocios en Cuba: fue por primera vez alcalde de San Pedro cuando la ciudad crecía y no enfrentaba ninguna guerra contra narcotraficantes. Luego fue senador y lanzó propuestas como la de legalizar la marihuana. Es probable que por eso haya perdido la posibilidad de gobernar en 2003 el estado de Nuevo León. Cuando por segunda vez tomó posesión como alcalde de San Pedro —delante del gobernador de este estado, del presidente del Tribunal Superior de Justicia y los mandos militares de la zona— Fernández Garza anunció que se tomaría atribuciones que no tenía para evitar que llegara a su ciudad la guerra del narco. Recibió una ovación de pie.
El coleccionista de dinosaurios creó un grupo de inteligencia financiado con dinero de los dueños de bares y restaurantes a quienes interesaba cuidar sus negocios de las extorsiones de la mafia. No hay mafia sin vida nocturna y él puso a trabajar a un ejército de informantes que espiaban quién es quién y le alertaban de sospechosos en toda la ciudad. Un día Fernández Garza anunció que la seguridad conseguida en su municipio podía beneficiar también a los familiares de los narcotraficantes. Hubo indignados que protestaron. Entre ellos algunos de los mismos vecinos que se opondrían a la obra peatonal que demolería el siguiente alcalde de San Pedro. Hacia el final de su administración, durante el rodaje de EL ALCALDE —un documental sobre su personalidad y su gobierno—, Fernández Garza dijo que el número de muertos en México a causa de la guerra del narco era mucho mayor que el que indicaban los conteos oficiales: sabía de operaciones gubernamentales y del crimen organizado que acababan con el entierro de cadáveres en predios abandonados sin dar reporte de ellos. Lo que sí supieron todos fue que durante su mandato tres mafiosos que quisieron matarlo acabaron muertos. También su jefe de inteligencia y su jefe de escoltas. El ex alcalde hablaba en público sobre la posibilidad de ser asesinado. Decía que su hijo mayor, el psiquiatra que esta mañana de 2013 viaja con él en el Lear Jet, le había pedido que si moría le permitiera quedarse con su cabeza para estudiarla. O para exhibirla en su consultorio como la del tiranosaurio en la sala de su casa.

MONÓLOGO 2


Cuando mi abuelo vendió su mansión en Monterrey a la Iglesia y se vino a San Pedro a construir una nueva casa y hacer su campo de golf, muy poca gente lo entendió. Les parecía extravagante irse a vivir a un lugar que no estaba nada desarrollado. Pero él me dijo que los mejores negocios que hizo fueron en ese campo de golf pues eran oportunidades de platicar muy bien con sus socios y clientes. Mi abuelo decía que, si te interesaban los negocios, tenías que aprender dos cosas: a tomar y a jugar golf. Me dijo que la maravilla del golf es que platicas de algo, le pegas a la bola y la única seguridad que tienes es que no van a caer las bolas en el mismo lugar, por lo que cuando platicas con alguien tienes oportunidad de hablar en capítulos, con espacios de tiempo y analizar las cosas. Así puedes recapacitar mientras estás ahí. Un campo de golf es el único lugar en donde haces tres o cuatro horas de juego y puedes tener amplios intervalos de asimilación de información. La otra cosa que había que aprender para los negocios era a tomar: me decía que es una idiotez cuando tú vas a la oficina de alguien y él está sentado en su escritorio enorme y tú eres el idiota que está enfrente. Esa es una posición diferenciada, muy canija, en cuanto a nivel de quién manda, quién es jefe, quién controla la situación. Mi abuelo me decía que cuando quisiera tratar negocios no los citara en mi oficina. Que fuera a un bar —por supuesto no a agarrar la jarra completa— pero que tuviera la cortesía de invitar a alguien a un bar en un plan neutro. Estas son dos lecciones de miles que le aprendí desde muy niño. Pero lo esencial en la escuela de mi familia es el no sólo darte. Es el ganarte las cosas, saber luchar y educarte por ellas. Se trata de una escuela de hace cien años, por eso mi familia es un caso insólito. Se opone al refrán de «padre millonario, hijo caballero y nieto pordiosero».

[MFG.Agosto de 2010]

VIAJE 2

En los primeros minutos del documental EL ALCALDE, una vecina le dice en tono muy serio a un reportero de televisión su opinión sobre los métodos del nuevo gobernante de la ciudad: «La verdad, creo que en el fondo todo el mundo lo apoya, porque es lo que San Pedro necesita y lo que necesita México: acabar con gente no deseable». En una ciudad que ve todos los días cómo en los municipios vecinos el narco cuelga a sus víctimas en puentes de bulliciosas avenidas, ataca lugares públicos con granadas o protagoniza tiroteos cerca de las escuelas, ha crecido una insana exigencia, entre cínica y desesperada, por tener autoridades con mano dura que eviten que la barbarie de la guerra llegue hasta ellos. En 2012, un par de meses antes de que Fernández Garza acabara su administración, se estrenó en Monterrey EL ALCALDE, un documental en el que intervine como uno de los directores. Todas las salas en las que se proyectó estuvieron abarrotadas y los organizadores del festival de cine debieron programar funciones extra. En cada una de ellas, al final, el ex alcalde y la película recibían una aprobación mayoritaria del público. Cada función era como una catarsis colectiva de adhesión del público a un estilo justiciero de gobernar. Si en el resto de México lo acusaban de «paramilitar», en el norte era visto como «alguien que sí está haciendo algo». Antes de volar con el ex alcalde en su Lear Jet, yo había presentado la película junto con mis compañeros directores en el Festival de Cine y Derechos Humanos de Varsovia. La recepción del público fue fría, no sólo por los quince grados bajo cero en que respirábamos, sino por lo chocante que les resultaba a los polacos sentirse atraídos a un personaje que, aunque con ciertas propuestas progresistas, parecía invocar una ley antigua para acabar con el narcotráfico. La del ojo por ojo diente por diente. Una de las preguntas que siempre nos hicieron al final de las proyecciones fue si el protagonista estaba consciente de las cosas que decía y hacía. En otro festival de cine —el Baja International Film—, corría el rumor de que el escritor Barry Gifford, guionista de David Lynch e inventor de personajes tan estrambóticos como Sailor o Bobby Perú, había visto la película y creído que Fernández Garza era un actor contratado para decir lo que decía. Desde Monterrey hasta Varsovia, uno salía del cine con la impresión de que el público, luego de ver el documental, admitía que la única solución contra el crimen organizado exigía una cínica simpatía con los instintos más primitivos. Mi madre, quien admira a Fernández Garza, dice que el ex alcalde le recuerda a Charles Bronson, su antihéroe cinematográfico favorito, en la película EL JUSTICIERO. El ex alcalde sabe de los sentimientos encontrados que provoca con lo que dice y lo que hace. Años atrás, cuando le comenté que varios entrevistados aseguraban que él estaba loco, respondió: «Normal, normal, nunca he sido».
Para Fernández Garza a veces todo se reduce a un juego de estirar y aflojar la cuerda con el público. El juego de decir en voz alta, durante tu toma de posesión como alcalde, que pasarás por encima de la Constitución porque de lo contrario no vas a conseguir nada. Que los demás políticos, jueces y empresarios presentes te aplaudan porque también lo hacen o quisieran hacerlo, pero son tan correctos y cobardes que jamás lo reconocerían. En ese sentido, Fernández Garza es un antipolítico, aunque ése sólo sea un eufemismo que significa otra forma de hacer política. En Monterrey hay quienes piensan que, si él hubiese ganado la gubernatura en 2003, Nuevo León no sería el casi narcoestado que es hoy. Aquella polémica propuesta que hizo de legalizar la marihuana y combatir el lavado de dinero de los grupos criminales, ahora son muy debatidas en México como posible solución, pero él ya las promovía una década atrás. Transgredir para conservar un orden es sólo un modo de explicar cómo el millonario Fernández Garza ve el servicio público. La mentalidad de los ricos es un cliché aún difícil de entender en América Latina. Los narradores han conseguido mostrarnos —desde la compasión o el enaltecimiento— a los latinoamericanos que tienen hambre, pero no a los que nunca les falta nada. En el documental EL ALCALDE, vemos a un millonario que actúa por una situación de emergencia de guerra: si en el sur de México proliferan grupos de autodefensa creados por indígenas y campesinos para cuidar a sus comunidades, Fernández Garza parece el hombre designado para defender a los ricos en el noreste del país.
La única vez que el hombre del tiranosaurio titubeó durante el rodaje del documental fue después de que declaró ante la cámara que la cifra oficial de muertos a causa de la guerra del narco era falsa. Fernández Garza dijo que había operaciones de arrase de militares y policías que se mantenían en secreto. Temía despertar aún más ira en el equipo del presidente Felipe Calderón, que ordenó investigaciones judiciales y financieras contra Fernández Garza durante su periodo de alcalde. No ha sido el único político que calcula que hay más asesinatos de los que ya se saben, pero sí el único que se ha atrevido a decirlo. Otros tres alcaldes aceptaron contarme cómo fueron testigos de entierros masivos y clandestinos. Los tres han pedido que no difunda los detalles hasta que mejoren las condiciones del país. Uno de ellos me ha pedido que, sólo en caso de que lo maten, lo haga público. En el circuito de los productores de noticias diarias, sobre todo en el círculo siempre sospechoso de los políticos, lo que se comunica al público es una ínfima parte, la punta del iceberg de un mundo siempre más impune. Narrar la política exige revelar lo abyecto que es ese mundo. Acabada cada función de EL ALCALDE, sucede un debate previsible entre los desesperados o los cínicos que celebran todo lo que hace Fernández Garza y los políticamente correctos que lo juzgan como un paramilitar o un asesino. El documental sólo muestra a uno de los personajes desmesurados que produce la desmesurada realidad de la guerra. Nadie, después de verlo, se ha sentido ajeno a esa desmesura. Durante el rodaje, cuestionado sobre lo que pensaba acerca de quienes lo veían como un jefe paramilitar del norte de México, Fernández Garza respondió: «A veces la gente cree que pienso fuera de mi tiempo. Los últimos cien años del planeta son gracias a grandes personas. El promedio de nuestra humanidad es mediocre, es destructivo y es envidioso. Cuando se trata de hacer algo diferente, te tratan de fumigar y eso es algo que desde niño he vivido. Si lo hago es porque veo diferente las cosas. Pero nunca me ha causado una crisis personal». Los admiradores del ex alcalde creen que sólo alguien con su estrategia y mano dura es capaz de impedir que la guerra del narco arrase a San Pedro. Los que a pesar de su éxito siguen creyendo en el discurso del respeto absoluto a las leyes lo miran como un salvaje carismático.

MONÓLOGO 3


Me aburro muy fácil. Cuando domino algo busco hacer cosas diferentes. Creo que la vida está llena de generalidades, no de especialidades y que la suma de especialidades es la más fregona. Una de esas cosas es la cacería. La cacería no se trata de matar por matar. Cuando ya buscas trofeos —que son los animales más grandes de su especie en un récord de cien años— es otra cosa que muy poca gente entiende. Me tocó caminar ocho horas entre cenizas para buscar un determinado antílope. Para cazar necesitas tener capacidad ocular e implica muchos conocimientos y yo soy muy clavado en muchos temas, pues me gusta dominarlos, ya que siempre he creído que si haces las cosas, las debes hacer bien. Cuando estuve en el Parque Nacional Tsabo, en Kenia, éste tenía la mayor densidad de elefantes de África y existía un problema serio de sobrepoblación, por lo que el gobierno organizó una matanza. En ese entonces no existían bardas ni carreteras, por lo que cuando comenzó la matanza oficial, los animales se salieron del área donde estaban y fueron a dar a un lote de cacería que era donde yo estaba. Me tocó estar entre cuatrocientos elefantes y nunca voy a olvidar ese momento: sentía que era un ser viviente cambiando de configuración. Cuando me preguntan que si creo en Dios respondo que sé que hay una creación más inimaginable de lo que pensamos. Estamos en dimensiones muy diversas y seguro existen millones de cosas que no conocemos. Nosotros estamos limitados a un espacio que no entendemos. Nos damos demasiado taco para la madre que somos. Nos sentimos muy importantes, pero somos una nada.

[MFG.Julio de 2010]

VIAJE 3

Hoy cuando el Lear Jet va a aterrizar en medio de una inmensa llanura en la que parece no haber nada más que mezquites verdes y grises, el ex alcalde me señala una enorme meseta en la que lo único que hay es un hombre enterrado. En la Meseta de Cartujanos, de unos quinientos metros de alto y una decena de hectáreas de extensión, hay una capilla donde está la tumba de Santiago Vidaurri, un antiguo gobernante de Nuevo León, muy popular en su tiempo por haber defendido esta región de los indios comanches en el siglo XIX. Vidaurri cayó en desgracia tiempo después cuando trató de separar las provincias del noreste de México del resto del país para fundar la República de la Sierra Madre y cuando decidió apoyar el fugaz imperio mexicano de Maximiliano I de México. «Es un personaje fascinante, muy polémico. Luego te enseño unas cartas muy interesantes que tengo de él, escritas con su puño y letra», cuenta Fernández Garza. El intento de independencia de Vidaurri fue combatido por el héroe Benito Juárez, pero fue el militar Porfirio Díaz, a la postre dictador, quien lo mandó fusilar y borrar de la historia oficial. Casi nadie recuerda que Vidaurri sigue enterrado allí. Desde su jet, Fernández Garza me señala la tumba del antihéroe, como si me revelara no una coincidencia sino que el destino lo ha llevado a construir su casa frente a la tumba de ese insurrecto olvidado por la historia oficial.
El viaje hasta allí es para que el ex alcalde supervise los detalles finales de la construcción de la que será su casa de retiro. De acuerdo con encuestas de popularidad, si quisiera, el ex alcalde ganaría las elecciones para gobernador de Nuevo León, pero ahora está más interesado en crear el Museo de Historia Natural y en pasar temporadas en esta propiedad. Le da pereza volver a administrar un territorio que no sea este feudo en el que quiere jubilarse. El piloto del Lear Jet hace unas maniobras de aterrizaje para estrenar una nueva aeropista de tierra en el rancho de Fernández Garza. Antes de que existiera esta pista, el ex alcalde debía pedir permiso a su vecino, un ex gobernador de Nuevo León, para aterrizar en la que él tiene al lado. El rancho del ex alcalde de San Pedro colinda con el de miembros de las familias Zambrano, accionistas de Cementos Mexicanos, y Milmo, accionistas de Televisa. Todos ellos comparten tierras en El Jabalí, como llaman a esta zona árida y alejada de la ciudad, en el municipio de Lampazos donde la población no suma ni cinco mil habitantes. Resulta intrigante que los hombres de poder de San Pedro hayan elegido este paraje seco y perdido para montar sus refugios. Cuando el Lear Jet toca tierra, una camioneta con dos escoltas espera a Fernández Garza, quien se sube solo en otra pick-up que él conduce hasta el sitio donde unos albañiles trabajan en los acabados de su nueva casa. Construir una casa en medio de la nada es otra de las nuevas especialidades del ex alcalde. Sin ser arquitecto diseñó sus planos. Las paredes de su mansión son una vitrina de trofeos disímiles: desde acciones de valores de Europa y México del siglo XIX hasta la cabeza disecada de un toro, el último de los animales que declara haber matado. El año pasado, durante una fiesta en el rancho de un amigo, ese toro se salió de control y, cuando estaba a punto de embestir a un peón, afloró el instinto cazador del ex alcalde, quien agarró una escopeta y le disparó. Ahora los ojos muertos de ese animal nos miran.
En la sala principal de su casa de retiro, no hay ningún cráneo de tiranosaurio rex. Sólo peces prehistóricos acomodados en sus paredes como si estuvieran en un estanque de piedra. Son animales marinos de la era cretácica, de los que ex alcalde posee una de las cuatro colecciones más importantes del mundo. Su afición por la paleontología es reciente, me dice, mientras explica en detalle la historia de cada uno de los peces de su pared. «Mucha de mi paleontología está más montada como arte», advierte. Afuera de su casa, aunque hace un sol rabioso, el frío se sigue sintiendo por el viento que pasea sin muros que lo interrumpan en este paraje árido. El paisaje más valioso desde allí es la meseta donde está enterrado el hombre que intentó que Nuevo León fuera un país independiente de México. Para ciertos empresarios del norte, Santiago Vidaurri significa lo que Emiliano Zapata es para los campesinos del sur: un símbolo de inspiración y autonomía, aunque se cuidan de decirlo en público. Zapata está en el Olimpo de la historia mexicana; Vidaurri, en una tumba recóndita protegida por una altiplanicie inaccesible. Dentro de cientos de años, tal vez, cuando otro meteorito como el que acabó con el reino de los dinosaurios sobre la Tierra se estrelle contra el mundo de los hombres, en esta meseta los paleontólogos del futuro descubrirán los huesos de otros seres humanos. Uno de ellos, por expreso pedido de su hijo psiquiatra, estará sin cabeza y nadie sabrá que se llamaba Mauricio Fernández Garza.