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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El actor que nos enseña a
pelear es invisible

James Lew es el experto en las escenas
de acción más espectaculares de Hollywood.
Orquesta peleas para John Carpenter,
padece las tretas de Steven Seagal
y rebota contra el asfalto por Steve Carell.
Pero nadie lo recuerda.
¿Qué busca un luchador cuyo
mayor talento es desaparecer?

Un perfil de Marco Rivera
Ilustraciones de Miguel Barrera

Lew

En las estampas lejanas de televisión en blanco y negro, hallamos a James Lew con un falso rapado Shaolin ayudando a Kwai Chang Caine con sus monacales actividades del templo de Kung Fu. También lo adivinamos concentrado entre docenas de anónimos monjes que practican solemnes coreografías de artes marciales. En realidad, no recordamos a James Lew porque su trabajo consiste en pasar inadvertido: la mejor prueba de la existencia de Lew es que Lew no exista. Es un doble y coordinador de escenas de artes marciales de Hollywood, uno de los más memorables coreógrafos de peleas de la historia. La sombra de Lew está en el puño pesado de Steven Seagal, en el combate en cámara lenta de David Carradine, en la gimnasia ultrarrápida de Jet Li. James Lew está siempre en las peleas que todos deseamos. Nadie en la calle se va a los golpes como en las películas. Nuestras peleas son horribles. Lanzamos patadas y puñetazos con una ridícula imperfección. Pegamos como podemos, sin armonía ni belleza. Las peleas que nos ofrece Lew son la batalla perfecta que siempre imaginamos y jamás tendremos: una coreografía violenta, espectacular y estilizada. Cada pelea de Lew es una demostración de cómo quisiéramos romperles el alma a un par de tipos.

Para no existir, para ser el fantasma que nos representa, Lew es una escultura viviente más vigorosa que la mayoría de nosotros. Es un tipo musculoso que no aparenta sus casi sesenta años. Nos hemos citado por primera vez en un apacible restaurante familiar de comida vegetariana en Studio City, cerca de Universal Studios y los estudios de la CBS en Los Ángeles. Lew atraviesa la puerta del restaurante caminando con suavidad, como flotando, un modo distinguido de disimular su corpulencia. Cada paso me lleva a un flashback. Las delirantes fantasías de kung fu en el film de culto Big Trouble in Little China de John Carpenter. Cada episodio de la legendaria serie Kung Fu, Rush Hour y Traffic. ¡El absurdo duelo de vale todo contra Charlie Sheen en Hot Shots Part Deux! Cuanto recuerdo de peleas en el cine se lo debo al anonimato implacable de Lew, al engranaje invisible de esa ficción-dentro-de-la-ficción que es una escena de violencia física. Lew está en escena sólo a través de otro que es él. Cuando Brad Pitt se eleva grácil en cámara lenta para liquidar a Boagrius al principio de Troya o boxea en El Club de la Pelea, cada fibra tensionada pertenece a Lew. Es quien decide dónde van los puñetazos. Pero esta tarde ya es la hora del almuerzo. Nos rodean meseras, abuelas y parejas de tercera edad: acción en cámara lenta.


Pelear, me explica Lew, es como un baile. Coreografiado y preciso: el pie izquierdo aquí, el derecho allá. Las escenas que creó para Carpenter en Big Trouble in Little China, por ejemplo, son tours de force en los que cada patada e impacto en el pecho fluyen con la gracia de un musical violento. En un momento, un miembro de la pandilla Wing Kong destroza una puerta con un golpe fallido y Lew devuelve el pas-de-deux en un escaparate adyacente. Una de sus escenas marciales es un virtuoso festival de extremidades. Los cuerpos trazan trayectorias fabulosas. Lew deja a un lado los huevos rancheros y panqueques de su desayuno en el restaurante de ancianos y me explica cómo es pelear en el cine. «Hay luchadores de verdad que en persona matarían gente, pero en la pantalla sus golpes se ven desaliñados, débiles», dice. «Si sólo lanzas un puñete descuidado, o si tu trabajo de pies no es limpio, pierdes impacto». Lew asegura que esa es la diferencia entre artes marciales reales vs. artes marciales para cine. En una pelea normal, anunciar los golpes de antemano es el camino a la paliza propia, pero en las películas —asegura— hay que telegrafiar las intenciones, exagerar las cosas. Su éxito, dice, es crear peleas perfectas. Fabulosas simulaciones.

Las coreografías de Lew combinan diversos estilos y escuelas. Lew ha dejado atrás la frondosa melena con mullet de sus antiguas películas, la imagen prototípica del macho de cine de acción ochentero, excesivo y bravucón. Ahora lleva el pelo cortado casi al ras y un bigotito que le da un compuesto aire de sabiduría y equilibrio. Habla bajo, pausando los modos y con el semblante sereno. Es el estereotipo del venerable guerrero de artes marciales. El hombre zen de toda película oriental. Pero en su juventud, como competidor de kung fu, sus katas mezclaban gimnasia y técnicas inusuales para los campeonatos tradicionales. Hasta ponía música para ambientar la presentación. En esos años, Lew aturdió al statu quo del deporte y sentó las bases de sus peleas para Hollywood, la verdadera batalla total de mentira. Cada una de esas bataholas es un ejercicio imaginativo: no puede haber dos peleas iguales. Donde el guión solo indica fight, Lew debe previsualizar una pelea en abstracto, imaginar la posición y el ángulo de la cámara para presentar de la manera más espectacular los golpes y momentos del conflicto. Lew dice que tiene un tercer ojo, una conciencia total. La industria llama a eso to sell the scene: que la coreografía mande sin que se vea la carpintería.

—Al final, si la película resulta fantástica, el director recibe el crédito. Si sale terrible, el director recibe el crédito.

Para que todo eso suceda, primero, todos deben dejar de pelear. O, más bien, desaprender el modo como cualquiera pelearía de verdad. La paradoja de las peleas en el cine es La Regla Número Uno de Pelear Sin Pelear: no puedes hacer contacto en el rival. Lew lo sabe de sobra. No quieres golpear al otro stunt ni que la producción pare y pierda millones porque le dejaste el ojo morado a la estrella.
Pero entonces aparece gente como Jet Li y Steven Seagal.

Li es el peleador que uno desearía ser, no sólo porque hace lo mismo que Lew sino porque lo hace de verdad y con su cara. Seagal es algo extraño: un hombretón golpeador devenido en gordo karateca y luego en sheriff vocacional en Arizona, pero, siempre, una mamba que pica en fracciones de segundo. Jet Li le dejó impresa la huella del pie en el pecho a Lew, en una de las incontables peleas de su debut americano con Lethal Weapon 4. Era un contacto innecesario: nadie debía golpear a nadie, y Lew se lo hizo saber a Li. Había roto el código de honor implícito de su trabajo. En circunstancias normales, un peleador callejero —cualquiera de nosotros— saltaría sobre el otro como tromba. Él no. Lew habló entre tomas con el equipo de Li ofreciendo enriquecer la escena con reciprocidad. Esto es, darle a Li una pateadura con aviso. La gente de Li declinó con cortesía.
Seagal, el gordo, es todavía más rápido. Como Jean Claude van Damme, Seagal se hizo fama de ser demasiado físico con los stunts. Lew trabajó con ellos en Timecop y On Deadly Ground, respectivamente. Me dice, sin sombra de dudas, que no le consta esa vocación por el roce en Van Damme, incluso después de haber sobrevivido una pelea a cuchillazos con él. Seagal, en cambio, tiende a usar el contacto con sus oponentes como una forma de motivarlos a que se muevan con él, a su ritmo. En esa suerte de baile, Seagal castigó a Lew de todas las maneras posibles. En la garganta, las pelotas, con el antebrazo. Su forma de saludarlo en el set era de una ternura ejemplar.
—¿Por qué cada vez que te veo siento que tengo que golpearte?