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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Del click al trash

Reenviar esa cadena no salvará al planeta
¿Cuánto daño haces con cada click?

Un lamento de Luis Wong
Ilustraciones de Martín Elfman

Click

En la prehistoria del correo electrónico encontrar la casilla llena era inevitable. Esto nos obligaba a hacer una limpieza todos los días para tenerla disponible. El espacio de almacenaje virtual todavía era un bien apreciado que se medía en modestos kilobytes. Aceptábamos las bandejas con límite de espacio para ser parte de la era cibernética. Cuando surgieron los servicios que prometían que jamás volveríamos a borrar un mensaje, creímos avistar el futuro. La tierra prometida resultó engañosa: hace un par de meses entré en pánico cuando mi bandeja de entrada había llegado al límite después de siete años de enviar y recibir mensajes virtuales. ¿Cómo podía tener archivados casi ocho gigabytes de información? Si imprimiera cada correo superaría la extensión de la Biblia. La electricidad que se necesita para guardar los datos de diez cuentas de correo atiborradas mantendría encendido un foco de 100 Watts desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy. Después de una simple búsqueda apareció la basura. Decenas de archivos de música francesa. Eliminar. Publicidad de líneas aéreas. Eliminar. Recomendaciones de productos para comprar en eBay o Amazon. Eliminar. Cada vez que enviamos un correo electrónico usamos electricidad. Y no sólo para tener encendida la computadora. En alguna parte del mundo, otro equipo descifra cada mensaje que enviamos por Internet, sin importar si hemos cambiado nuestro estado de Facebook o descargado una película en alta definición. En 2010 Google utilizó el 0.01% de la energía gastada en todo el planeta. Es como si sumáramos las facturas de electricidad de todos los hogares de Islandia por un año.  Alardeamos de reciclar el plástico, clasificar nuestra basura y usar las dos caras del papel, pero acumulamos archivos y somos incapaces de borrarlos por el bien común.

Las madres, por supuesto, no lo saben. La mía suele recibir entre seis y ocho correos electrónicos que contienen series de imágenes relacionadas a pasajes religiosos o instrucciones para no ser víctimas de asalto en el estacionamiento del supermercado. Las cadenas de mensajes que enviamos parecen ser inofensivas pero en realidad contaminan.  Sólo los expertos en almacenamiento digital saben que un envío de cinco megabytes (el promedio usual del tamaño de un mensaje en cadena) equivale a veinte veces la energía gastada para hervir agua en una tetera. Reenviar correos pesados es uno de los peores hábitos porque duplican la información que debe pasar por las vías de Internet y terminan por congestionar y demorar nuestras conexiones. Esta es una práctica que se ha extendido entre las señoras que conocieron la Internet sin la supervisión de sus hijos. Algunos sistemas de correo electrónico ya utilizan técnicas que disminuyen el tamaño de las réplicas, pero es más recomendable enviar el hipervínculo a la foto o video que queremos mostrar. Los álbumes en línea como Picasa o Flickr son la mejor alternativa porque los datos no viajan ni se multiplican, sólo se almacenan una vez.

Pero es falso que el spam y las presentaciones en PowerPoint con paisajes y gatitos sean la única basura electrónica. Nuestros archivos personales también lo son. Desconfiamos de nuestras memorias y también de nuestros equipos, y quizás por nuestro deseo de estar siempre en el recuerdo de los demás, el correo electrónico es el servicio de Internet más usado. Todas las cuentas de Facebook y Twitter sumadas no llegan ni a la tercera parte de las cuentas de correo electrónico en el mundo. El tráfico generado por Google, Yahoo y Bing representa apenas el uno por ciento de la actividad que generan los e-mails, que se podría representar como si cada ciudadano de Brasil enviara un correo cada día. El cuadro más agudo de acumulación de basura digital lo presentan los llamados electronichoarderso cachivacheros electrónicos. Ellos atesoran sus pertenencias virtuales y no borran nada, nunca. Creen que por error podrían eliminar algo que necesitarán después y por ello almacenan miles de correos, incluso sin abrir. “Tengo miles fotos grabadas en mi iPhone, que van desde vacaciones en Brasil hasta imágenes de mis credenciales de seguro, mis listas de quehaceres, o una foto de un postit con mis pendientes garabateados encima”, admite una blogger del New York Times que para limpiar su escritorio real atiborra su archivero virtual. Como el cajón parece ser infinito, no encuentran razón para descartar nada. Pero entre tanta basura, es difícil ubicar lo importante. Quizás por ellos Gmail habilitó hace unos meses una alternativa que identifica los correos prioritarios y señala cuáles debemos leer primero entre la maleza. 

Para que podamos abrir nuestros archivos desde cualquier computadora, otra debe estar encendida siempre. En los inicios de la era de la informática, todos los programas estaban almacenados en computadoras del tamaño de una pared. Después, aprendimos a instalarlos a través de CDs en nuestras computadoras. Hoy podemos utilizarlos desde cualquier equipo a través de un nombre de usuario y contraseña. Esa es la computación “en la nube”. Es como si en todos los hoteles del mundo tuvieran disponible el mismo cuarto con nuestras sábanas, libros y muebles, y sólo fuera necesario registrarnos en la recepción para que nos den la llave. Es también más eficiente, como contratar el servicio eléctrico. Hace un siglo, muchas empresas - y algunos individuos- tenían sus propios generadores de energía diesel, pero con la llegada de las compañías eléctricas se dieron cuenta que era más eficiente que otra empresa se encargue del tema por ellas.  En estos tiempos de almacenamiento en la nube, aplicaciones en línea y juegos en Facebook, cada click contamina. Por no tener límites en nuestro consumo virtual, hemos guardado miles de correos en alguna de las granjas de servidores del mundo, que crecen cada año quince porciento debido a la tendencia de tener todo “en la nube”. Pero prescindir de maletas en nuestros viajes digitales genera una huella en el planeta.

Lo que sí es cierto es que estas cifras no toman en cuenta la energía que la Internet nos ahorra. Ya no damos vueltas inútiles en el auto gracias a Google Maps. Ya no tenemos que viajar en avión para reunirnos con un cliente, sino que usamos Skype para conversar y vernos. Ya no tenemos que ir a la librería a comprar un libro hecho de papel, basta descargarlo a nuestro Kindle o iPad. Ver una película en Netflix o en YouTube es más verde que ir al cine. La energía que nos ahorramos es la principal respuesta de las empresas de informática ante las críticas ambientales. Además, la mayoría de estas empresas tienen emprendimientos en la nueva industria de moda: la de la energía limpia. Los geeks de Silicon Valley han fijado sus cuatro ojos en nuestra mayor amenaza. Sergey Brin, co-fundador de Google creó una empresa de celdas solares. Jeffrey Skoll, el primer presidente de eBay, fundó una fábrica de carros eléctricos. Bill Gates, el fundador de Microsoft, abrió una empresa de producción de etanol como energía alternativa. Ellos piensan que el futuro será una mezcla de computadoras con paneles solares.

Tal vez deberíamos vaciar por completo nuestro buzón de correo electrónico. Esto remediaría el gasto eléctrico de mantenerlo y serviría de prueba real para los ambientalistas que inundan las plazas reclamando leyes verdes, que conducen autos híbridos y que se preocupan por su huella ecológica. Después podemos pasar a eliminar nuestra cuenta de Facebook, y por último, dejar de usar Google. En ese momento quizás habremos causado un impacto real y decisivo en la larga lista de problemas ambientales del planeta. Pero eso no lo sabremos porque estaremos viviendo bajo una piedra.