Advertisement

Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Carlos Slim
un mecenas que usa calculadora

¿Puede el hombre más rico del mundo ser una buena persona?

Un perfil de Diego Osorno
Ilustraciones de Manuel Mendoza

Slim
Ilustración de Manuel Mendoza

Hace unos años, en un evento público de caridad, un hombre vio a Carlos Slim y se acercó hasta él para proponerle un negocio: hacer un libro de fotografías sobre Ciudad de México para regalar en Navidad. El hombre más rico del mundo según la lista de la revista Fobres, incluso más rico que Bill Gates, aceptó la oferta. Le pidió que preparara mil ejemplares para sus clientes especiales de Inbursa, el banco del que es dueño, como también lo es de la empresa de telecomunicaciones más gigante de Latinoamérica, una compañía industrial de cables eléctricos, hospitales, minas de oro, cigarreras, el predio alrededor de donde está la única pirámide prehispánica del Distrito Federal, tiendas Saks Fifth Avenue y fábricas de bicicletas, líneas de ferrocarriles y acciones del New York Times y la colección de esculturas de Rodin más completa del mundo. Semanas después de haber conversado con el multimillonario, el hombre del libro navideño obtuvo una cita con él. Slim lo recibiría en su oficina de Lomas de Chapultepec, la más tradicional colonia adinerada de la ciudad, donde exhibe la escultura de bronce de un Napoleón descansando en un sillón, una obra del artista Vincenzo Vela premiada a fines del siglo XIX en París. Según uno de sus empleados, Slim la tiene allí para recordarse que es un simple mortal. Cuando el empresario le entregó un ejemplar de su libro con fotografías de México, Slim lo revisó con detenimiento y miró la factura con un rostro agrio. Le dijo que no podía pagarle ese precio porque le parecía muy caro. El hombre de negocios le aseguró que no estaba ganando dinero con el libro, que sus costos de producción eran los reales. De su escritorio, donde no tiene ninguna computadora, Carlos Slim sacó un papel y un lápiz, hizo sumas y restas, hasta que escribió la cifra que estaba dispuesto a pagar. El empresario de un libro para regalar en Navidad cedió ante el regateo del hombre más rico del mundo.

Todos saben algo de Carlos Slim, pero no abunda gente dispuesta a hablar con soltura de él. En México hay más leyendas que reportajes acerca de este hombre que estudió ingeniería civil haciendo cuentas con calculadoras electrónicas, un objeto al que en su tesis para graduarse el futuro multimillonario le auguraría un gran porvenir. La historia del libro de Navidad es una de las tantas que se cuentan en reuniones de empresarios para recordar el estilo Slim a la hora de negociar. Otra historia que se esparce como un virus de risa en los mismos círculos es la del tiempo que Slim se pasó regateando con un vendedor de Venecia para conseguir un descuento de diez dólares por una corbata. Es normal que un multimillonario como Slim, tan omnipresente en la vida diaria de mexicanos y latinoamericanos, sea objeto tanto de adulaciones como de insultos gratuitos. Los juicios sobre él se dividen entre la complacencia de intelectuales, políticos y artistas que lo ven como un mecenas nacionalista, y la lapidación de ciudadanos comunes que no tienen más opción que ser sus clientes porque es dueño de la mayoría de productos y servicios que compran. Luego se desahogan con chistes, como el típico: «Mi amor, entiende que cuando discutimos por teléfono ni tú ni yo ganamos. Gana Carlos Slim». Los efectos de su fortuna creciente invaden hasta las peleas de pareja en clave de comicidad contra uno mismo.

El hombre más rico del mundo no tiene chofer y él mismo conduce su automóvil Mercedes Benz en el desesperante tráfico del Distrito Federal. Cuando viaja fuera de México duerme en hoteles, en casas rentadas o de amigos, porque decidió no comprar ninguna mansión en el extranjero para su uso personal. En eventos importantes se comporta sin sofisticaciones: prefiere Coca-Cola Light que vino tinto y aparece comiendo cacahuates japoneses con la mano. «No es generoso ni con él mismo», dijo un antiguo ejecutivo de Telmex, la empresa más conocida de Slim

Cualquiera puede volverse millonario de la noche a la mañana por azar. Pero estar en la cumbre de los que ganan más de mil millones de dólares, según la fábula de la riqueza occidental, cuesta media vida de esfuerzo y corresponde a la ilusión de un hombre de perfil generoso, creativo y audaz. Bill Gates es visto como un genio, Warren Buffet como trabajador incansable, George Soros como un millonario rebelde y chic. Slim es conocido por ser el hombre más rico del mundo en un país con cincuenta millones de pobres. Tal vez por ello, en lugar de creer en el valor de su trabajo, se le asocia más a los oligarcas rusos, que multiplican su fortuna por corrupción y reciben ventajas para hacer negocios bajo la sombra del poder. The Wall Street Journal atribuye la fortuna de Slim a sus prácticas monopólicas. El magnate lo ha negado una y otra vez, pero en México es muy popular la idea de que sin la ayuda que tuvo del gobierno, nunca hubiera llegado la cúspide de los más ricos del mundo.

Carlos Slim ascendió por un elevador privado al club de Forbes después de abrir su billetera para respaldar a un aspirante presidencial. Slim el magnate donó veinticinco millones de dólares para la campaña del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), a las elecciones de 1994. En una cena, Carlos Salinas de Gortari, el presidente saliente, les pidió esa cantidad a él y a otros multimillonarios mexicanos para asegurar el triunfo de su partido, que por primera vez temía perder las elecciones que hasta entonces había ganado con fraudes. Slim era un entusiasta defensor del PRI. En aquellos tiempos, su éxito se atribuía a sus buenas relaciones con los gobiernos del partido que se mantendría durante setenta años en el poder en México. En El Ogro Filantrópico, Octavio Paz dice que el Estado creado por el PRI era un amo sin rostro y desalmado que obraba sobre la gente no como un demonio sino como una máquina y que, a medida que crecía el mal, dejaban de ser excepcionales y se empequeñecían los malvados. Los mexicanos recuerdan esa época diciendo «El PRI robaba, pero dejaba robar». Durante el mandato del presidente Salinas de Gortari, se privatizaron casi mil empresas públicas y, de todas, la venta más rentable y polémica fue Teléfonos de México (Telmex), la única telefónica nacional. Hasta entonces Carlos Slim sólo había figurado como uno más de los empresarios que acompañaban a Salinas de Gortari desde la campaña electoral. Tenía menos de cincuenta años de edad y lo único que se sabía de él era que primero había trabajado como agente en la Bolsa de Valores y luego se había enriquecido comprando compañías en crisis, a las que volvía rentables en forma casi milagrosa. La adquisición de Telmex incluía cláusulas ventajosas que daban al empresario el control de la compañía y el monopolio de este servicio en la época de mayor contratación de líneas telefónicas en el país. Se rumoreó que había comprado Telmex actuando en nombre del mismo presidente cuyo gobierno vendia la empresa, que Slim era un testaferro de Salinas de Gortari. Comprar Telmex en 1991 lo catapultó como personaje de la vida pública en México, y tal vez lo empujó a esa normalidad del mal y la corrupción que Octavio Paz atribuye al PRI.