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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Amado sea el que suda de pena o de vergüenza

[Dijo Vallejo. Pero el sudor no es poético]

Un texto de Diego Fonseca

Manuel Gómez Burns

Sudamos cuando tenemos miedo. Sudamos cuando mentimos y no queremos que nos descubran. Sudamos cuando jugamos una partida de póker y vamos perdiendo. Suda el cirujano ante el laborioso tajo mortal, y la gota cae de la nariz del chef sobre los anticuchos. Transpiramos en las playas y paleando nieve. Si algo es el sudor es, siempre, una metáfora: del esfuerzo —Michael Jordan—, de la purificación —todas nuestras fiebres—, del triunfo —Michael Jordan—, del deseo —una gota que desaparece en un escote, y, bueno, Michael Jordan—. Somos seres superiores y necesitamos creer que nuestra existencia es más que un simple goteo biológico: ¿no es prosaico pensar sólo en el cuerpo transpirado cuando podemos jugar a que nuestra piel produce el propio mar? Pongamos cuerpo a un fluido democrático. Han muerto reyes bañados por la fiebre, sudó el traje de Tony Blair cuando lo nominaron para primer ministro y han transpirado atletismo, fuerza bruta y ballet Nadal, Mike Tyson y Zinedine Zidane. Sudan negros, blancos, chinos. La bella y fibrosa Halle Berry mojó las axilas de su vestido en la alfombra roja de los Óscar y lo mismo hace cada madrugada el robusto panadero de la esquina. Se sudan gotas sangrientas en toda la Tierra posible y sudó Tom Cruise una sola gota suspendido en el aire en MISIÓN IMPOSIBLE. Sudan los flacos, los gordos, niños, ancianos. Sudamos en las cavernas ante el descubrimiento del fuego, y lo hizo Neil Armstrong cuando la Luna se volvió tierra firme. Sudamos más en la paz —decía el diplomático indio Vijaya Pandit— para sangrar menos en la guerra. La historia humana es la historia de un mono que aprendió a refrescarse con más eficacia que otros mamíferos. La evolución obligó al cerdo a quitarse el calor en el barro, al elefante con la tierra y al perro con la lengua, pero, a cambio de que deje las plumas y los pelos de las bestias, equipó nuestra piel con un desagüe de tres millones de tuberías glandulares y poros invisibles y una buena dosis de melanina que nos permite caminar horas bajo el sol con mínimo daño. Desde entonces los monos superiores hemos trazado el rumbo al planeta. El genio —decía Edison— es casi todo sudor. El pensamiento místico halló en los cuerpos que expulsan agua formas del milagro y la esencia de la vida. Los egipcios antiguos creían que el Nilo había nacido de las gotas de transpiración del dios de la fertilidad: Sobek. Sidharta sudó frío durante el doloroso trance ascético para convertirse en Buda y Cristo, sangre en el jardín de Getsemaní. En la mitología escandinava, la Tierra nació de la carne de Ymir; los océanos, de su sangre y una mujer y un hombre gigantes, los primeros en pisar el mundo, de dos gotas de sus axilas. Que esos monstruos combatieran de inmediato a los dioses equivale a suponer que el único modo de discutir el poder supremo es siendo sujetos del sudor. Ryszard Kapuscinski descubrió la transpiración como último recurso para la vida en África, donde tanto de la vida surgió. En THE TRUCK, Kapuscinski narra que, a su paso por el oasis sahariano de Ouadane, el motor del auto murió y lo dejó sin recursos bajo el sol criminal. Recordó entonces que un escarabajo que los Tuareg llaman Ngubi escala las dunas cuando a su alrededor el sol es un tormento. Al cabo de un tiempo, en su abdomen se formará una minúscula gota de sudor y el escarabajo detendrá su carrera y se inclinará sobre sí mismo. El Ngubi salvará su vida bebiéndose los desechos de su propio ser. En nuestra especie, el sudor no siempre ha sido redentor: en la antigüedad, los médicos lo veían como un vil excremento. En LA HISTORIA NATURAL DE LA TRANSPIRACIÓN INSENSIBLE, E.T. Rebourn nos recuerda que sobrevivimos a mil quinientos años de experimentos de los sabios herederos de Hipócrates. Durante la Edad Media, cuando las pestes perdieron toda piedad, los galenos creían que podían liberar los venenos del cuerpo con purgas y vómitos, pero también convirtiendo la casa de los enfermos en un sauna de habitaciones calefaccionadas, bebidas y baños hirvientes y ropa de cama pesada. Al cabo el sudor sudó y nos salvó de nuestra propia ignorancia. Una piel húmeda es creación: no hay vida en la aridez. Humorista, una empresa británica creó una salsa sobrecargada de Naga Bhut Jolokia, el chile más picante del mundo, y la llamó «Satan’s Sweat». En la literatura, el sudor inunda con frecuencia los dramas. Manuel Machado recreó la cabalgata del Cid por la estepa castellana en un verso con tres sustantivos rancios: «polvo, sudor y hierro». La misma amargura halló Jorge Amado para su SUDOR en las desesperanzas de lavanderas, putas, obreros y vendedores ambulantes, oficios paridos con ropa enmohecida. Y en la vida real, Catalina de Medici, la esposa de Henri II de Francia, encontró en las esencias de flores prensadas y agua de fuentes naturales la manera de disimular la mugre de los aristócratas y nos legó piezas como el Clive Christian Nº 1 Imperial Majesty, un perfume de doscientos dieciséis mil dólares la botella. Esas frescuras hoy alimentan con paradojas a nuestras hormonas: reprimimos los aromas del sudor para conquistar, pero sólo para liberarlos sin vergüenza una vez consumada la conquista. Como sucede con la sangre, nuestro fluido más político, el sudor también comparte el vecindario del poder y la dominación económica. La Biblia llamaba a ganar el pan con el sudor de la frente, pero hoy también se puede ganar la producción global de pan en los mercados financieros sin mojar una axila. Y en rigor, aunque el mandato divino celebre la nobleza de alimentar a tus hijos doblando la espalda, la verdad es que todos evitaríamos sudar la gota gorda si nuestras cuentas bancarias transpirasen dólares. Pasa que, cuando se trata de trabajo duro, el mal olor ya viene en las palabras: sweatshops es el término inglés que designa a las fábricas clandestinas, y tiene mucho sentido que así sea, pues sweat significa ‘sudor’, pero también ‘paliza’ y ‘trabajo agotador’. En esos lugares vaporosos no se cumple la máxima de RayKroc, el fundador de McDonald’s: «La suerte es un dividendo del sudor: más sudas, más suertudo te vuelves». Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra109.