jueves 29 julio 2:31 pm.
Los Premios Nobel de la risa
La Academia Sueca de la Ciencia ha premiado las investigaciones de extraordinarios científicos que parecen ser también los más aburridos. ¿Pero acaso no merece un premio el creador de unos testículos de plástico para perros?
Un reportaje de Wilbert Torre | Ilustraciones de Fito Espinosa | No. 35

PREMIO NOBEL 2La seriedad de Marc Abrahams parece una broma: es un matemático egresado de la Universidad de Harvard cuyo trabajo consiste en rastrear por el mundo los inventos más inauditos de la ciencia, o de la idea más aburrida que uno suele tener de ella. Abrahams lo dirá después: él busca inventos y descubrimientos bellos, feos, inteligentes, absurdos, asquerosos, simpáticos o ridículos. Así lo hace al menos desde 1991, cuando creó los Ig Nobel para premiar a esos creadores de lo absurdo que iba descubriendo en sus propias indagaciones. Un Ig Nobel es, traducido al castellano, un Innoble Premio Nobel: una parodia de la ciencia más seria y, en teoría, más efectiva. The Washington Post ha llamado a Abrahams «el gurú nacional de la Academia Sucia» y The American Medical Association lo ha apodado «el duende de la ciencia».

Abrahams vive en el último piso de una residencia de madera que alquila en una colonia de científicos, un confortable barrio de Cambridge, muy cerca de Harvard, ese planeta habitado por genios y estudiantes de política y economía que después mutan en presidentes. Allí convive con su esposa, una investigadora asociada en la Escuela de Negocios de Harvard, y con su mascota, un perro alegre que es parte rat terrier, parte jack russell y parte basenji, y tiene la cabeza y el lomo moteados en blanco y negro, como una vaca enana y flaca. Vivir tan cerca de Harvard significa para Marc Abrahams estar en un laboratorio motivador. «Es un ambiente que potencia tu imaginación y tu curiosidad», dice. Le divierte además que cuando un extraño toque el timbre buscándolo a él, quien abra la puerta pueda ser una vecina malhumorada: sucede que hay tres residencias en la calle Sacramento que tienen el mismo número 44. Cualquiera podría equivocarse de familia.

El inventor de los Ig Nobel es también un coleccionista de fetiches: en el comedor de su departamento hay un flamenco rosa de tamaño natural creado por Don Featherstone, ganador de un Ig Nobel en la categoría de Arte por haber hecho popular la decoración de mal gusto en los hogares norteamericanos. A un lado de la estufa descansa un carrusel de hojalata y sobre una mesa, junto al refrigerador, hay pedazos de lo que fue una pelota. Al costado de ésta hay un papel con un mensaje escrito con buena caligrafía: «Restos de la pelota destruida por Milo». Muchas paredes están cubiertas además con papeles y afiches: un periódico londinense que da cuenta de un maestro de ética que quiso matar a su esposa, una mandíbula batiente de hojalata, un cerebro humano de plástico y las fotografías de varios Ig Nobel.

Abrahams tiene cincuenta años, pero parece menor: viste como un estudiante universitario –camiseta debajo de un suéter gris– y en uno de los bolsillos de sus gastados jeans suele guardar un llavero incómodo: un par de testículos plásticos del tamaño de unas pelotas de golf. Dice que los inventó un hombre de Missouri, Gregg A. Miller, para ayudar a animales con problemas psicológicos: Buck, su perro, había sido castrado y estaba deprimido. Así que Miller decidió inventar una prótesis de testículos caninos para levantarle el ánimo. Tiempo después, Buck volvió a ser un perro alegre según su amo, y Miller ganó el Ig Nobel de Medicina en el 2005. No es un chiste. Marc Abrahams no es de esas personas que se ríen y hacen bromas todo el tiempo. Su fama se basa en el método científico más despreciado e inútil: el beneficio personal. No el suyo, sino el de los propios inventores. Los ganadores de los Ig Nobel no descubren curas a terribles enfermedades ni inventan artefactos interestelares. ¿Por qué nos reímos de ellos? Quizá la comedia científica en la vida de los Ig Nobel esté en que nadie piensa en buscar soluciones tan complejas a los problemas más banales de cada día. Sólo un Ig Nobel tiene una curiosidad a prueba de carcajadas: la falta de testículos de un perro no parece ser una obsesión de toda la humanidad.

El creador de los Ig Nobel trabaja en dos computadoras al mismo tiempo. Abrahams dice que nunca ha medido las horas que dedica a rastrear candidatos a su premio, pero que lo hace la mayor parte del día. Para encontrarlos, lee por Internet periódicos de Estados Unidos, Inglaterra, Australia, Irlanda, Chile, Canadá, Noruega y Alemania. Suele buscar las noticias más pequeñas o aquellas a las que los diarios dedican las últimas páginas. Así encontró, por ejemplo, la historia de un ex miembro del cuerpo de marines de Estados Unidos que luego ganó el Ig Nobel de Medicina por someterse a un descabellado método para controlar los efectos de las mordeduras de su mascota, una serpiente cascabel: luego de ser mordido por ésta, se conectó los labios a una de las bujías de su automóvil y mantuvo el motor del vehículo a tres mil revoluciones durante cinco minutos. El ex marine había leído sobre esa cura contra la mordedura de serpientes en una revista pornográfica. En vez de curarlo, el método agravó su estado, pero el paciente sobrevivió y su caso fue inscrito en el Centro Toxicológico de Oklahoma. Abrahams también encontró así los experimentos de unos médicos que trabajaron durante años en la elaboración de un extenso manual para liberar los penes atrapados en las cremalleras, y el increíble caso de John Keogh, un australiano que en el 2001 decidió patentar la rueda. Sí, Keogh decidió patentar un invento ajeno y de miles de años de antigüedad. Su invento, sin embargo, fue aceptado por la Oficina Australiana de Patentes. Keogh, al menos en Australia, es el inventor de la rueda. La tarea de Abrahams es casi detectivesca, y cuenta también con aliados que le envían información de periódicos de Japón, Corea y China.


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    [...] es el reportaje Los Premios Nobel de la Risa que escribi para la revista peruana Etiqueta Negra. Julio Villanueva Chang me pidió pasar algunos [...]


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