lunes 08 febrero 7:59 pm.
¿Cuánto cuesta matar a un hombre en Medellin?
Un reportero va a preguntárselo a un sicario. En su casa no hay muebles, pero sí cierta comodidad para contarle unos cuantos asesinatos. Esta es la historia de cómo vive (y de qué se avergüenza) un asesino a sueldo.*
Una crónica de José Alejandro Castaño | Fotografía de Alfredo Sur | No. 15


El disparo le entró por la espalda, atravesó el pulmón derecho y le salió por el pecho, por un resquicio entre la cuarta y la quinta vértebra. El hombre se derrumbó sobre la acera, con los brazos abiertos y la boca inundada de sangre. Narices, jefe de la banda «Los Pinochos», recuerda que se acercó y disparó dos veces más. Las balas golpearon la nuca y la oreja izquierda. Por esa puntería cobró un millón de pesos, unos trescientos cincuenta dólares. El encargo lo había recibido días antes de un vecino acorralado por una deuda que no pensaba pagar. Fue un asesinato fácil. La víctima andaba sola, desarmada y con una rutina calcada. Lo sorprendió en un callejón, saliendo de la casa de una mujer a la que frecuentaba. Eran las diez de la noche y no había gente en la calle, sólo un perro sin cola que no atinó a ladrar.

Narices, además de puntería, tiene olfato: en enero, recuerda, por una suma siete veces mayor, desechó un encargo porque le olió raro, a misión sin regreso. Debía matar a un comerciante dentro de su casa sin disparar un solo tiro, ésa era la condición. A los diecinueve años Narices había asfixiado a un hombre y, a los veinte años, apuñalado a dos más. Al primero, dice, lo mató sin darse cuenta, en una riña de calle, después de quitarle una pistola. Lo sujetó por el cuello con los nudillos y se le echó encima, esperando que se calmara. Eran amigos y ya no recuerda por qué se fueron a las manos. Estaban ebrios. Los otros dos sujetos apuñalados fueron drogadictos del barrio, sentenciados después de violar a una niña sordomuda. La banda de la zona decidió congraciarse con los vecinos y matarlos a pedradas. Narices dice que antes los acuchilló para ahorrarles sufrimiento.

Pese a sus antecedentes, el jefe de «Los Pinochos» dice que se negó a asesinar al comerciante sin la ayuda de un arma de fuego. La casa quedaba en un lujoso condominio de El Poblado, el barrio más exclusivo de Medellín. Debía hacerse pasar por un funcionario de Cable Unión, una empresa de televisión por cable. Le dieron, incluso, una tarjeta de presentación para entregar al vigilante de la portería, del que le habían advertido que iba a revisarle la caja de herramientas y los bolsillos. La empleada del servicio autorizaría su ingreso y, una vez en la casa, Narices debía asesinar al hombre, que era mayor y andaba en muletas según le dijeron. Pero fue otro muchacho de «Los Pinochos» quien aceptó el encargo. Luego Narices se enteró por la radio: un reconocido comerciante había disparado contra un supuesto técnico de televisión por cable cuando éste había intentado apuñalarlo por la espalda con un destornillador. Según la versión periodística, el caso era una prueba del nivel de inseguridad al que había llegado esa zona de Medellín y de la confianza excesiva de algunos ciudadanos que contrataban personal sin confirmar sus antecedentes. Narices sabía que la idea de matarlo era de la esposa y de su amante, un contador que administraba los negocios de la pareja. No fue la primera vez que se salvó por decirle no a un negocio lucrativo.

«Los Pinochos» no recuerdan a cuánta gente han matado. No se acuerdan y prefieren no esforzarse por precisarlo. Sienten, quién lo creería, un pudor por ciertos crímenes cometidos, como ése de una joven y su hermana a las que terminaron matando porque con la impresión del asalto no habían sido capaces de recordar las claves de sus tarjetas bancarias. Pero también hay muertes de las que hablan con desenfreno: aquélla de un conductor al que acribillaron lanzándole una granada por la ventana de su casa porque le estaba pasando información a la policía. Narices ha asesinado a un comerciante por encargo de uno de sus socios. A un taxista, a solicitud de un familiar. A un abogado, a pedido de un cliente al que éste había embargado su casa y el sueldo. A un brujo, por encargo de la mamá de una de las mujeres que había violado mientras les hacía supuestas regresiones con narcóticos. Hubo un caso que, de puro miedo a que les cayera una maldición, rechazaron Narices y los suyos: el de un joven homosexual que quería vengarse de un sacerdote porque, según les dijo, éste se había quedado con un dinero de ambos. Un conocido de Narices les llevó la petición del joven al que nunca llegaron a ver en persona. El muchacho les ofreció como paga los cinco millones de pesos, unos mil seiscientos dólares que el sacerdote tenía guardados en una caja fuerte de la casa cural. Narices dice que matar a un cura, así sea marica, es pecado. Lo demás, casi todo, se puede pagar con arrepentimiento.


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Los fantasmas de la casa Matusita
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En la casa de Narices, aunque suelen correr fajos de billetes, rara vez hay comida suficiente. La plata de los negocios ilícitos es «plata del diablo», dicen ellos. Por eso se apresuran a gastarla en farras de dos y tres días que incluyen aguardiente o whisky, cocaína, carne asada y muchachitas. Después de eso, los días vuelven a la incertidumbre de siempre.

Cuando el periodista francés pide ver sus armas, los chicos advierten su oportunidad. Una foto con revólver le costará quince billetes, le explican. Una con fusil o granadas treinta billetes. Por cien le sacan el arsenal que guste y le obsequian los ademanes que quiera: de ira, tristeza, desconcierto, dolor, gestos aprendidos de otros periodistas venidos antes. El periodista accede. Está encantado: Medellín es una gran fábrica de sicarios.



  • ¿Cuánto cuesta matar a &hellip | http://meneame.net/story/cuanto-cuesta-matar-hombre-medellin | meneame.net/story/cuanto-cuesta-matar-hombre-medellin |  February 11, 2009 a las 1:50 pm

    [...] ¿Cuánto cuesta matar a un hombre en Medellin?etiquetanegra.com.pe/?p=69 por carl111 hace pocos segundos [...]