jueves 29 julio 2:32 pm.
Todo es una copia de todo
¿Acaso la originalidad no existe?
Un texto de Jonathan Lethem | Traducción Jorge Villa | No. 62


Toda la humanidad es de un autor, y es un volumen;

cuando un hombre muere, no se arranca un capítulo

de un libro, sino que se traduce a una lengua mejor;

y todo capítulo debe ser así traducido.

John Donne

Siga este relato: hombre culto de mediana edad recuerda la historia de un amor loco, que empieza cuando, en un viaje al extranjero, se hospeda en una habitación. Cuando ve a la hija de la casera, se pierde. Ella es una púber cuyos encantos lo esclavizan de inmediato. Sin considerar la edad, él se vuelve íntimo de la niña. Al final, ella muere y el narrador –marcado para siempre– se queda solo. El nombre de la niña titula la historia: Lolita.

El autor, el alemán Heinz von Lichberg, publicó el texto en 1916, cuarenta años antes que la novela de Vladimir Nabokov. Lichberg, con el tiempo, se convirtió en un periodista destacado de la era nazi, y sus trabajos juveniles se perdieron de vista. ¿Nabokov –que estuvo en Berlín hasta 1937– adoptó un periodista destacado de la era nazi, y sus trabajos juveniles se perdieron de vista. ¿Nabokov –que estuvo en Berlín hasta 1937– adoptó el relato de Lichberg de manera consciente? ¿O acaso esa historia predecesora fue para él un recuerdo oculto y desconocido? La historia de la literatura no es tal sin los ejemplos de este fenómeno llamado criptomnesia. Según otra hipótesis, Nabokov, que conocía a la perfección el texto de Lichberg, se sumó al arte de citar que Thomas Mann –otro maestro del género– llamó «alta criba». La literatura siempre ha sido un crisol en el que los temas más familiares se funden de manera continua. Muy poco de lo que admiramos en la Lolita de Nabokov se encuentra en el relato antecesor; éste no puede deducirse de aquél. Pero la pregunta es: ¿Nabokov se prestó y citó sabiendo lo que hacía?

«Cuando vives fuera de la ley tienes que eliminar la deshonestidad». La frase está en la película negra que Don Siegel hizo en 1958, The Lineup [La alineación], y que escribió Stirling Silliphant. Todavía aparece en cineclubes nostálgicos gracias, quizá, a cómo Eli Wallach interpreta a un sociópata y asesino a sueldo y también a la extensa carrera de Siegel como autor. Pero, ¿qué importancia tenían esas palabras –para Siegel o Silliphant o para su audiencia– en 1958? ¿Qué importancia tenían cuando Bob Dylan las escuchó, las limpió un poco y las incluyó en «Absolutely Sweet Marie»? ¿Qué importancia tienen ahora esas palabras para la cultura en general?

La apropiación siempre ha cumplido un papel clave en la música de Dylan. No sólo ha tomado cosas de las películas clásicas de Hollywood, también lo ha hecho de Shakespeare, F. Scott Fitzgerald y de Confessions of a Yakuza [Confesiones de un Yakuza], de Junichi Saga. Se apropió del título del estudio de Eric Lott sobre los juglares y lo usó en su álbum Love and Theft, en el 2001. Uno se imagina que a Dylan le gustó la resonancia general del título, donde las pequeñas ofensas emocionales amenazan la dulzura del amor, como ocurre tan a menudo en sus canciones. El título de Lott es, por supuesto, un riff del tema de Leslie Fiedler Love and Death in the American Novel [Amor y muerte en la novela estadounidense], que identifica el tema literario de la interdependencia entre un hombre blanco y uno negro, como Huck y Jim o como Ishmael y Queequeg –una serie de refe-rencias negadas para el propio Dylan, usurpador y trovador–. El arte de Dylan tiene una paradoja: mientras nos urge a no mirar atrás, también guarda conocimientos de fuentes del pasado que, de otra ma-nera, tendrían poco espacio en la cultura contemporánea; por ejemplo, la poesía de la Guerra Civil del poeta confederado Henry Timrod, resucitada en las letras de uno de los últimos álbumes de Dylan, Modern Times. En este artista, la originalidad y las apropia-ciones son una misma cosa.


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lethem Jonathan Lethem
Estados Unidos. Escritor. Ha publicado siete novelas, dos colecciones de historias y un ensayo. Su libro Huérfanos de Brooklyn ganó el National Book Critics Circle Award.
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En 1916 el periodista alemán Heinz von Lichberg publicó un relato llamado Lolita. Cuarenta años antes que Vladimir Nabokov. Muy poco de lo que admiramos en la Lolita de Nabokov se encuentra en el relato original de Lichberg, cuyos trabajos juveniles se perdieron de vista con el tiempo. Pero la pregunta es: ¿Nabokov –que estuvo en berlín hasta 1937– se prestó y citó a propósito a ese colega?

La literatura es saqueada y fragmentada desde hace mucho tiempo. Cuando tenía trece años, descubrí a William S. Burroughs, autor de el ALMUERZO DESNUDO, y más tarde, descubrí que había incorporado en sus textos pedazos de otros autores, algo que mis maestros habrían llamado plagio. Entonces supe que el «método del corte», como Burroughs lo llamaba, era funda-mental para todo lo que él hacía. Burroughs interrogaba al universo con tijeras y un bote de pegamento.

Si los dibujantes nostálgicos no hubieran tomado préstamos de El Gato Félix, no existiría El Show de Ren & Stimpy. Sin Charlie Brown, no existiría South Park. Y sin Los Picapiedra, Los Simpson dejarían de existir. Si éstas no parecen pérdidas esenciales, entonces tomemos en cuenta plagios notables como la descripción de Cleopatra que Shakespeare copió casi palabra por palabra de Plutarco. Si éstos son ejemplos de plagio, entonces queremos más plagio.

La visión de un futuro mejor ha sido erosionada por los que ven la cultura como un mercado donde cualquier bien debe tener un dueño: los correos electrónicos que envías a tu hijo o las pinturas que éste ha hecho con los dedos. En Estados Unidos, el primer Congreso concedió a los titulares un periodo de catorce años de uso exclusivo de sus obras. Ahora el plazo cubre la vida del autor más setenta años. Cada vez que Mickey Mouse va a pertenecer al dominio público, la cobertura de derechos se extiende.




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