jueves 29 julio 2:45 pm.
Anales del trasero caribeño
El signo más celebrado del mestizaje latino nació del adulterio entre las nalgas africanas y las piernas de Europa. Puede el trasero de una mujer ser un motivo de orgullo cultural?
Un ensayo de Ronaldo Menéndez | No. 80

POTONunca la espalda ha perdido su nombre con tanta gracia como en el Caribe. Y es que esa zona donde el cuerpo pasa de autopista a desvío, de línea recta a enigmática bifurcación, de planicie a cerro vertiginoso, cumple sobre el cuerpo femenino una función muy semejante a la que cumple la diéresis sobre la u. Sin esas dos redondas coronas a media palabra, la sílaba «gue» suena a vocal recta, a tiesa convergencia donde la zona intermedia carece absolutamente de personalidad.

Lo mismo ocurre con aquel cuerpo femenino que en lugar de trasero ostenta un deprimido no-culo: pierde de un irreversible golpe genético su factor sorpresa, y probablemente esa mujer siempre nos va a mirar de frente porque intuitivamente «se niega a dar la espalda».

El trasero es el género, los culos caribeños son la especie y, dentro de la especie, el buen observador puede verificar una antológica proliferación de individuos. Nótese que he dicho «culo» caribeño, porque en el Caribe el trasero ha asumido única y exclusivamente sus cuatro desnudas letras. Quien llame trasero a esas gemelas redondeces hechas con la tierra sudada de África y los vientos que hincharon las velas de bergantines conquistadores, no sabe lo que está diciendo. Guillermo de Occam tenía toda la razón del mundo al afirmar que la palabra es la cosa, de modo que en el único lugar del mundo donde esa «cosa» no puede llamarse sino culo es en el Caribe. Las francesas pueden tener trasero o derrière, las rusas tienen glúteos y caderas, las inglesas de estirpe victoriana no pasan de las asentaderas (falaz nombre que alude más a lo funcional que a lo anatómico), y así sucesivamente. Pero en Brasil, Haití, Santo Domingo, Jamaica, Cuba, Colombia, Venezuela y Puerto Rico, hay culos y punto.

Ante la visión de unas nalgas mestizas, la cara de los colonizadores europeos cuando venían a hacer la América de su vida era exactamente la misma que la de los turistas europeos cuando hoy vienen a deshacer la América de sus vacaciones. Y la palabra «colonizadores» también es deliberada, pues ya se sabe que la colonia propiamente dicha es algo posterior a la conquista, y en la conquista todavía no había nacido el culo caribeño. Pero antes de hacer la historia de esa libido renacentista que encontró su mejor cómplice en la franca sexualidad africana, dándole a la humanidad el patrimonio de un hijo múltiple con su solo nombre de cuatro letras, los traseros se llamaron con muchos nombres y atravesaron por momentos sorprendentes.

Para una Europa con olor a pecana rancia y sacristía, Renacimiento es lo mismo que decir Conquista y Colonia. Pero también es lo mismo que decir Grecia y Roma. El desquiciado hombre renacentista que admiraba los resultados de las excavaciones en las ruinas griegas fue el mismo que llegó a América a hacer dinero y fornicar (dizque evangelizar). De modo que traía en su imaginario una extraña mezcla de nociones excluyentes con respecto a los traseros. De un lado, excavando en las ruinas grecolatinas, metió sus narices donde lo llamaban los traseros de las estatuas de Afrodita Kallipigos (diosa de las hermosas nalgas). Y ya que el europeo hablaba idiomas contaminados de griego, le fue fácil comprender que los antiguos helenos veneraban tanto esta zona del cuerpo, que tenían una palabra específica para designarla: kallipygia. Las estatuas muestran a la diosa de espaldas descorriendo su túnica para que el peregrino libidinoso contemple su lindo trasero, demostrando que no siempre fue necesario dar la cara.

Pero como el hombre renacentista era muy cristiano (por eso no se bañaba, así que es mejor pasar por alto ciertas cualidades de los traseros colombinos), tenía que darle una justificación teológica a su gusto pagano por los músculos de la retaguardia. Y aquí viene la noción contrapuesta: no puede ser que el origen de todo esté en griegos y romanos, libertinos empedernidos que daban diversos y delirantes usos a sus traseros. Pensándolo bien, la única parte del cuerpo que poseen los humanos a diferencia de los animales –elemental, querido feligrés– son las nalgas. O sea, ¡el trasero es muestra evidente y exclusiva de nuestra humanidad! Los primates tienen algo parecido a las manos, pero nunca nalgas. Así razonaron muchos doctos teólogos que no sabían qué hacer con sus culos, y luego empezaron a promulgar enloquecidas teorías, según las cuales el Maligno carecía de trasero y en muchas de sus representaciones era incapaz de adoptar la completa anatomía humana con su toque distintivo: el culo. De modo que en su lugar poseía un segundo rostro. Besar ese segundo rostro tenía la ofensiva connotación del célebre kiss my ass, y era un acto de sumisión practicado por brujas para congraciarse con el Demonio.


1 de 3
1 punto2 puntos3 puntos4 puntos5 puntos (7 voto, promedio: 3.86 de 5)
Loading ... Loading ...
comparte:
2 comentarios   |  
¿Cómo se hizo Inca Kola?
(el reportaje, no la gaseosa)

Por Daniel Titinger y Marco Avilés
Swingers
El detrás de escena

Por Gabriela Wiener
Ilustración en home: Dirty Drawings, por Craig Yoe.
El imperio de la Inca
Por Daniel Titinger y Marco Avilés
Dame el tuyo, toma el mío
Una experiencia de Gabriela Wiener (y Cía.)
El amor, por supuesto, no existe
[¿de qué ...

Un texto de José Antonio Marina
¿Cómo se hizo Inca Kola?
(el reportaje, no la gaseosa)

Por Daniel Titinger y Marco Avilés
El imperio de la Inca
Por Daniel Titinger y Marco Avilés
El amor, por supuesto, no existe
[¿de qué ...

Un texto de José Antonio Marina
Swingers
El detrás de escena

Por Gabriela Wiener
Ilustración en home: Dirty Drawings, por Craig Yoe.
Los fantasmas de la casa Matusita
Una visita de Carolina Martín
Fotografías de Armando Andrade


  • Querido Guareschi,
    No agotaré el tema ni mucho menos. Con afirmar que la negritud es asunto peliagudo en Argentina no digo nada nuevo. Pero quizás ilustro si menciono que, al menos hasta los primeros 30 del siglo XIX, un tercio de la población de Baires era morocha del pelo a la uña, Shummway dixit.
    No estoy para antropologías hoy, pero entre moros andaluces, morochos liberados y una buena cantidad de proteína vacuna deben haber porciones sueltas de teoría. En la modernidad es otro asunto: ahora las chicas se paran en puntitas de pie para simular que hay resto al final de la espina dorsal.

  • roberto guareschi | robertoguareschi.com |  February 12, 2010 a las 8:25 pm

    Agradezco este hermoso texto. Lo he leido con una sonrisa de disfrute y de admiracion y de anticipacion: esperaba una mencion a las maravillosas nalgas de Buenos Aires, dificilmente replicas de genes africanos; aqui hubo poca sangre negra y pocos esclavos. Mayor razon entonces para ahondar en el misterio: para mi que las nalgas de nuestras mujeres no son producto de unos genes europeos que se desbocaron en este ambiente propicio. Para mi que las construyeron las miradas de los hombres.


Nombre:
Email:
WebSite
 
Comentario: