Esta historia cuenta, al menos, con dos versiones:
1
Según la primera versión, a media tarde paramos en un almacén cualquiera, a la salida de una aldea, a día y medio en coche desde Fez.
En las mochilas sólo llevábamos un par de tabletas de turrón y una botella de cava, de modo que teníamos que comprar algo para la cena de fin de año. Además de una gran foto del rey Mohammed VI, en la tienda había polvo, hortalizas, agua embotellada, naranjas, sacos vacíos amontonados en el interior de cajas vacías, queso de cabra, pan de pita, y una anciana que, sin mediar palabra, nos cobró el pan, el queso, tres tomates y un par de botellas de agua.
Proseguimos hacia el Sur.
Anocheció antes de lo que habíamos previsto.
Avanzamos durante un par de horas sin ver más allá de los treinta metros que alumbraban los faros; no había vehículos detrás de nosotros ni en sentido contrario. Éramos tres viajeros en un coche de alquiler, camino del desierto, sin farolas, gasolineras, restaurantes de carretera o señales luminosas que nos guiaran.
El 31 de diciembre de 2002.
Empezamos a buscar un lugar donde parar.
Como un perro, el desvío se cruzó a nuestra derecha. Nos detuvimos en seco. Dimos marcha atrás. Había un cartel, escrito en árabe, y una flecha. Bajamos por la pendiente, unos ciento cincuenta metros, hasta alcanzar una explanada, en cuyo centro se erigían las obras de un hotel. Había una luz muy débil en la caseta de los obreros.
Llamamos a la puerta.
Nos abrió un hombre de piel y barba blancas. Él y sus dos compañeros estaban comiendo carne de cordero con humus, a la luz de un camping gas. Intentamos comunicarnos, durante unos minutos, en francés; al tiempo que los mirábamos fascinados: el segundo vestía una chilaba y era negro como el carbón; el tercero, árabe de piel cobriza. Eran humildes; eran parcos; eran simpáticos pese a su timidez. Según entendimos o quisimos entender, nos autorizaban a acampar a unos doscientos metros del edificio en construcción.
Gracias a una vela y a una linterna, levantamos la tienda de campaña.
Pusimos música en la radio del coche.
Y cenamos.
Y brindamos por los tres reyes magos que dormían, en aquel mismo momento en que los vasos de plástico entrechocaban, en la caseta de los obreros.
Y comimos turrón.
Y nos sentimos aislados, en el fin del mundo, desconectados, ilocalizables, remotos.
Y nos dormimos cuando se consumieron la vela y la pila de la linterna.
Sin luz.
Nos despertó el sol, un par de horas después del amanecer. Fui el primero en sacar la cabeza por la ranura de la puerta: el coche y la tienda de campaña y nosotros estábamos en medio de la plaza de un pueblo. A treinta metros del coche, había una fuente de barro; alrededor nuestro, una decena de casas de adobe. Más allá, un telón de montañas rojas, que nos ubicaba en un cañón gigantesco y dramático, cuya inmensidad no habíamos ni imaginado.
Un hombre me saludó. Y al cabo de diez minutos, una niña de ocho o nueve años vino con una bandeja con pan caliente, aceite de oliva, tres vasos con menta y una jarrita con té.
Era Año Nuevo.
Éramos los únicos viajeros occidentales que habían vivido, en la historia de la humanidad, una experiencia tan cercana a la magia oriental.
2
Según la segunda versión, a media tarde paramos en un almacén cualquiera, a la salida de una aldea, en nuestro automóvil de alquiler (100 euros al día, más gasolina, tras una negociación absurda, en que ellos no cedían ni un céntimo de su precio inicial, pero nosotros insistíamos, convencidos de que en el mundo árabe había que regatear) y compramos la cena (los tomates a precio de oro).
Proseguimos hacia el Sur (en verdad, íbamos, aproximadamente, en dirección sureste).
Se nos hizo de noche y, bastante asustados por la falta de luz y de indicadores y de otros coches, nos metimos en un desvío y preguntamos en nuestro mal francés, a tres obreros, si era posible acampar allí.
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