Su taller de reparación de aparatos eléctricos ya casi parece un cementerio: esqueletos de televisores en blanco y negro, cables que trepan entre lustradoras oxidadas, un tocadiscos portátil, reproductores de casetes, tubos al vacío, transistores, radios de madera abandonadas en viejos anaqueles con arañas. El siglo XX y sus artefactos. Durante más de cincuenta años de trabajo, miles de artefactos desahuciados se han apoderado del taller de José Santos Pulido, un técnico electricista cuya vida profesional ahora se resume en una interrogante: ¿Qué debe hacer él con esos aparatos cuyos dueños hace tiempo los dejaron, pero que a veces, diez o veinte años después, reaparecen para recuperarlos como parientes afectados por la nostalgia? Sí. Son miles. Tres habitaciones llenas de artefactos que Pulido jamás podrá terminar de reparar. Tiene casi noventa años y, cada mañana, él abre su local en Barranco, ese distrito frente al mar de Lima, se sienta en una banca de madera, revisa sus viejos manuales de electrónica y, mientras ajusta algunos tornillos, espera a esos clientes que nunca llegan.
Un día de fines de los ochenta un muchacho llamó a la puerta del taller. Traía consigo dos pesados parlantes de casi un metro de altura, enchapados en madera, envejecidos y achacosos. Habían pertenecido a los padres del muchacho y animado sus fiestas familiares durante años pero, al morir sus dueños, fueron ganados por el desuso y terminaron desterrados en un rincón de la sala, cubiertos con un mantel y reencarnados en mesas para adornos. Pulido recuerda el diagnóstico: cambiar dos repuestos y un servicio de mantenimiento de rutina. El muchacho pagó por adelantado y exigió especial cuidado con la herencia. Pulido le entregó un comprobante de papel. El cliente debía volver la semana siguiente.
El día convenido, los parlantes esperaban junto a la puerta del taller. Pero el muchacho no llegó esa vez. No lo hizo la tarde siguiente, ni una semana después, tampoco el resto de aquel año. Quince años más tarde, Percy, el hijo y ayudante de Pulido, atendió a un hombre maduro que, con un comprobante en la mano, había llegado a recoger sus antiguos parlantes de madera. ¿Dónde estaban? El cliente levantó televisores, movió enormes radiolas, desordenó cables. Media hora después los encontró. Estaban ocultos bajo un amplificador. Habían envejecido, pero al hombre no parecía importarle mucho. Tranquilo, salió del taller. «En unos días regreso por ellos», recuerda Percy Pulido que le dijo ese extraño cliente antes de perderse al final de esa calle de casonas viejas donde aún funciona el taller de su padre. El cliente nunca más volvió.
Casi nadie vuelve. En la vida de José Santos Pulido aquel episodio es rutina laboral: los clientes llegan con sus reliquias electrónicas, le piden que los repare con cuidado, pero no regresan más. Ni una llamada. Ni una visita. Así pasan muchos años. Así su taller se ha convertido en el asilo de esos trastos de silicio, plástico y madera que ya sólo servirían para describir el pasado. La tecnología también muere. Y Pulido, técnico electricista, esposo de una mujer de casi ochenta años que lo espera cada tarde con el almuerzo caliente, rostro de abuelo disciplinado, memoria prodigiosa para recordar a los clientes, acude a su taller cada mañana para envejecer junto a esos aparatos a los que ya sólo puede brindarles compañía.
Percy Pulido, su hijo, recuerda que una vez su padre enfermó de gravedad. Un vecino corrió la noticia por todo el barrio. Dos días después, el taller estaba lleno de clientes que intentaban recuperar sus aparatos abandonados. Días más tarde, José Santos Pulido, que es un hombre fuerte, regresó sano al trabajo y sus clientes, al saberlo, volvieron a confiarle «la reparación» de sus reliquias.
Pulido viste un pantalón gris, un suéter grueso y una boina, y pasea por un rincón de su taller. Entonces, como un viejo guardián habituado a las sorpresas de la memoria, señala: «Televisor marca Sony con proyección en blanco y negro. Lo dejó un general del Ejército en 1988. Problemas con el encendido y el apagado. Además, la imagen se había deteriorado y había que regularle el brillo».
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