Siempre me gustó la palabra secreto. Cuando era chico jugaba a dejarme a mí mismo mensajes escondidos entre las tablas del piso o entre las copas de cristal que se guardaban en el aparador y no se usaban nunca. Eran mensajes cifrados o escritos con tinta invisible. Había que escribir con jugo de limón, o con leche, o con algún elemento del juego de química, y luego acercar el papel a la llama de una vela o pasarle la plancha por encima para que aparecieran las letras escondidas. Con un empeño que no demostraba en mis estudios me dedicaba a resolver los juegos de ingenio del diario, sobre todo uno que consistía en un texto extraído de alguna novela, en el que todas las letras habían sido reemplazadas por números. Me fascinaba el hecho de no tener al principio nada, sólo el dato de que algún signo se repetía más que otros (la frecuencia con que aparecían la a, la e, la n y la s era la clave para resolver el enigma). En los últimos años recuperé ese gusto por descubrir un mensaje secreto con un juego todavía más abstracto: el sudoku, rompecabezas lógico, ritual obsesivo, cuyo mensaje final son números que nada significan.
El modelo de escritura secreta es el diario personal, que con el tiempo se va convirtiendo en escritura secreta también para uno, o porque no se entiende la letra, o porque no sabe a quiénes corresponden esas iniciales que repartió generosamente a través de los años. Desde la adolescencia llevo acumulados y dispersos por la casa decenas de cuadernos escolares, con anotaciones a veces de películas o libros, un comentario oído al pasar, algo personal que el pudor lleva a hacer ininteligible, o fragmentos con conversaciones con los taxistas porteños, que son muy conversadores. Abundan tanto las anotaciones sobre películas que si alguna vez publico algo de este material podría titularlo: Diario de un aficionado al cine de terror. El género policial y el fantástico confían en el secreto: en el género policial lo que está oculto es una historia anterior, que condujo al crimen; en el terror lo secreto es una antigua tradición, un conjuro, algo del pasado que irrumpe en el presente y lo anula.
Ya de niños consideramos que la verdad es algo secreto, que lo auténtico, lo que vale la pena saber, es lo que está en un cajón bajo llave. Esta concepción que tenemos de la verdad como algo oculto y no evidente explica la fascinación de nuestra época por el relato policial. ¿Qué es la novela policial sino la idea de armar toda una narración alrededor de algo que no se sabe? Pero hay otra cosa: como el autor está obligado a mostrar a los personajes fragmentariamente (para ocultar por un lado que uno de ellos es el asesino pero para señalar también que cualquiera puede ser el culpable), el lector se acostumbra a una narración en la que sólo vemos imágenes fugaces de sus protagonistas, atisbos de su pasado. Así la novela policial ha fundado su propia psicología, basada en la oscuridad y la sospecha. El género policial, a través de su poética del secreto, nos dice: nunca conocemos del todo a nuestros semejantes.
Puse la palabra secreto en el título de un libro de cuentos muy breves: Rey secreto, que publicó la editorial Colihue en el 2005. Confiando en la tolerancia del lector, transcribo el texto que da título al libro:
En la ciudad hay un rey secreto. Nadie –excepto los Guardianes– sabe quién es. Ni él mismo lo sabe. Puede ser un barrendero, un abogado criminalista, el jefe de estación del ferrocarril. Sus decisiones mínimas son consideradas decisiones de estado. Sus palabras casuales se convierten en sentencias. Sin saberlo, ordena castigos y ejecuciones. Imaginemos: enciende un fósforo y ordena un incendio. Acaricia a un gato y es liberado un prisionero. Tira una piedra y derrumban una torre. Pero son ejemplos que imaginamos sin certeza alguna. Quizás no hay ninguna relación entre sus actos casuales y sus consecuencias: enciende un fósforo y derrumban una torre. Cada siete años la conspiración triunfa y el rey es asesinado. Entonces se elige al azar otro rey cualquiera: un médico, un equilibrista, un nombre raro en la guía telefónica, alguien que pasa, el que escribe esto, el que lee esta página.
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Ese pequeño parrafo me recordo a Borges sobre quien debió recaer en algun momento el reino, sospecho.
Es una pena que el error de compaginación (uno pasa a la página 2, donde no hay nada, rompiendo el hechizo del final del cuento:”el que escribe esto, el que lee esta página”), puesto que el cuento del final se lee como si no hubiera acabado.
¿Corregirán los editores de Etiqueta Negra este error?
Por lo demás, entretenido y genial De Santis, por más que uno no concuerde del todo con sus propuestas, divagaciones e ideas.
Excelente anotación: el diario personal como el modelo de la escritura secreta. Esas ‘iniciales’ son más crípticas y herméticas que todo el Manuscrito Voynich.