jueves 29 julio 2:30 pm.
Ruleta de Noche [En el casino con Julio Ramón Ribeyro]
Un vicio de Guillermo Niño de Guzmán | No. 47

RULETA 2Todo comenzó una noche de verano. El escritor Julio Ramón Ribeyro me había invitado a tomar unos copetines, como solía decir, y nos acomodamos en la pequeña terraza de su departamento, sobre el malecón de Barranco. La vista de Lima era magnífica y, aunque hacía calor, soplaba una ligera brisa que se elevaba del mar y remontaba el acantilado hasta llegar a nosotros. La bahía salpicada de luces parecía un inmenso árbol de Navidad volcado en la oscuridad y se podía sentir una extraña vibración en el aire, como si de un momento a otro fuera a producirse algo más allá de lo común. Y allí estábamos los dos, con sendas copas de vino tinto, un tanto aletargados, sin atrevernos todavía a sumergirnos en esa noche estival que prometía emociones intensas y que contemplábamos desde una atalaya privilegiada que nos libraba de cualquier amenaza, excepto la del tedio.

Ribeyro encendió lo que parecía el último cigarrillo y, entre nube y nube de humo, tuvo un arranque de inspiración. Chasqueó los dedos y me preguntó si me animaba a acompañarle a un casino. Podía ser una experiencia divertida, añadió. Me reveló que le gustaba la ruleta y que en una ocasión había jugado en Montecarlo, el famoso casino de Mónaco. En esa época –hablo de comienzos de los noventa–, los casinos habían empezado a surgir en diferentes lugares de Lima, sobre todo en los hoteles de Miraflores. Yo nunca había jugado, pero asociaba los casinos con un mundo glamoroso en el que pululaban mujeres bellas y misteriosas, tal como había visto en el cine. Por tanto, accedí a la sugerencia. Eso sí, le advertí, no pensaba gastar más de veinte dólares que, por otra parte, era lo único que llevaba en efectivo.

Nos dirigimos a uno de los casinos más conocidos y nos instalamos en la primera mesa de ruleta que hallamos libre. Ingenuamente, yo pensaba que íbamos a jugar en equipo, para poder dividir las ganancias o pérdidas. Sin embargo, mi amigo me atajó de inmediato:

–No, viejo, aquí cada uno apuesta por su cuenta. Además, yo tengo mi sistema.

Asentí un tanto desconcertado, pues yo no contaba con un «sistema». ¿A qué se refería Ribeyro? ¿No era la ruleta puro juego de azar? Hice memoria y me acordé de mis lecturas juveniles de la serie de James Bond y de El jugador, la novela de Dostoievski. En Casino Royale o en alguna otra de las historias de Ian Fleming, el agente 007 apostaba a las dos primeras docenas de casillas de las treinta y seis que tiene la ruleta, en lugar de hacerlo al rojo o el negro. ¿Por qué? Como me percataría más tarde, aunque con ambas fórmulas se ganara lo mismo (dos a uno), la primera suponía cierta ventaja: al cubrir dos docenas de números se abarca el sesenta y seis por ciento de las posibilidades, mientras que al optar por el rojo o el negro las oportunidades se limitan al cincuenta por ciento.

Cambié mis veinte dólares por un número similar de fichas e hice mi apuesta. Estaba claro que si perdía ya no tendría dinero para continuar. Crucé los dedos mientras giraba la ruleta y, cuando la bola se detuvo, comprobé que había ganado. Luego, en vez de quitar mis utilidades, dejé las fichas en los mismos recuadros del tapete verde y volví a ganar. Ribeyro me miraba de reojo, algo sorprendido. Su sistema consistía en elegir tres números de los treinta y seis, a los que se debía apostar toda la noche, pasara lo que pasara, en busca de plenos. Esto quiere decir que si uno de tus números resulta ganador, obtienes treinta y cinco veces la suma que has arriesgado, lo que te puede resarcir de las pérdidas anteriores. El problema de este sistema es que necesitas una buena reserva de dinero para mantenerte en la mesa y que tu selección salga con determinada frecuencia. La estrategia surte efecto cuando tus números son favorecidos desde las primeras rondas, situación que facilita un retiro a tiempo, antes de que la suerte te sea esquiva.

No voy a narrar en detalle esa increíble noche, ya que ello demandaría entrar en aspectos técnicos que aburrirían al lector que no es aficionado al juego. Sólo diré que al ver que el azar estaba de mi lado, pensé que podía darme el lujo de hacer apuestas extremas. Lo curioso es que ganaba. Ganaba sin cesar, para desesperación de los croupiers. Era una cosa de locos. Acerté varios plenos y, al final, decidí retirarme por cansancio. A la hora de cambiar mis fichas me entregaron mil cuatrocientos dólares; es decir, había ganado en una proporción de setenta a uno. Había entrado en el casino con sólo veinte dólares y me iba con catorce crujientes billetes de cien dólares.


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