lunes 06 setiembre 7:33 am.
No me gustan los domingos
Porque tienen tanto de la resaca y el arrepentimiento por la noche anterior, como del anuncio y la ansiedad por una semana más de rutina
Una diatriba de Héctor Abad | No. 22

No me gustan los domingos porque vienen después del sábado y son la víspera del lunes, lo cual los sitúa entre lo más alegre y lo más detestable, en una condición de puente que nos lleva indefectiblemente de la felicidad al desespero. Los odio porque se tiñen de las peores cosas, tanto de la resaca y el arrepentimiento por la noche anterior (bien bebida y mal dormida), como del anuncio y la ansiedad por el suplicio de una semana más en que seremos molidos por la rutina del trabajo obligatorio. Si no somos judíos saturninos ni musulmanes venusinos ni hinduistas jupiterinos ni animistas mercuriales ni extraterrestres marcianos ni budistas lunáticos sino simples cristianos dominicales, el domingo tiene esa condición espantosa de ser «el día del Señor». Al menos una hora del domingo habrá que dedicarla al fanático tormento de la misa. Si uno es ateo, peor, pues le toca ver pasar desde el balcón (los domingos son el único día en que la gente se asoma al balcón) a toda esa fauna endomingada que va a la iglesia con fingido recogimiento y regresa de ella con el corazón aliviado por la penitencia y la ilusión de haber cumplido con el deber, ese deber absurdo de venerar a un Dios tan vanidoso que pretende que los seres humanos lo veneren. Odio los domingos porque de hecho arrastran todavía la carga pagana de los adoradores del Sol, y por eso en latín se llamaban dies Solis, y en inglés, aún, Sun-day. Los detesto porque son largos y abominables desde que tenemos uso de razón, pues son los días en que los padres se quedaban en casa, cuando éramos pequeños, y se convertían en dictadores perpetuos desde el amanecer, decidiendo ellos los tiempos, los canales de televisión, las emisoras de radio, los paseos, la música y la horrorosa ceremonia de las visitas a la parentela. Si estamos en la escuela, los domingos son la peor pesadilla, porque la tarde va cayendo, silenciosa, ineluctable, con esa consistencia espesa que tiene el aire los domingos por la tarde, y cada minuto posponemos el comienzo de una montaña de tareas impostergables. Si uno es desempleado, la vida se convierte en un eterno domingo, sí, pero por eso mismo cada día queda untado de desesperación. Si en cambio uno es rentista, o vago de profesión, entonces el domingo deja de ser domingo, porque el domingo sólo es tal en relación con los otros días de la semana. Pero aunque para el vago todos los días sean iguales, aun así el domingo (el domingo ajeno) está contaminado por la actitud de los demás: esos voluntariosos del descanso y la alegría que disfrutan con todo, esos que quieren ver el lado positivo de las cosas porque estamos en domingo, y esos paseantes en traje dominguero que no son, no me digan, la imagen de la felicidad. Odio los domingos porque más vale no enfermarse ni tener accidentes, porque si es grave no hay médicos de turno (o los que hay son novatos). Los domingos aumenta la tasa de suicidios, y es normal, porque nada como el domingo para adquirir la conciencia de nuestra íntima miseria esencial. Son tan horribles los domingos que, conscientes del problema, los gobiernos de todo el mundo programan para ese día los partidos de fútbol. Sólo una cosa buena le concedo al domingo: es el único día que no se parece a los demás y uno lo reconoce hasta por ese olor que tiene a pudrición.


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2 comentarios   |  
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  • Carlos |  |  October 20, 2009 a las 12:28 am

    Ajjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj…putañera verdad¡¡

  • miguelitox |  |  October 18, 2009 a las 12:54 am

    jajaaj comparto tu punto pero, a veces de tanto aburrimiento, el olor a putrefacciòn es màs entretenido que cualquier olor a a smock lavanda del resto de los dias xD


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