Acabas de ganarte quinientos pesos y de salvar la vida», dijo el hombre mientras aventaba un billete por la ventanilla del coche. La mujer en el volante se sobresaltó. Había estado esperando a que cambiara la luz del semáforo en una concurrida avenida de la frontera norte de México. Frente a su automóvil, había una camioneta Lincoln Navigator cuyo conductor también parecía esperar. Pero cuando la luz cambió de color, la camioneta no se movió. La mujer pensó en sonar el claxon, en pitarle para que el despistado se moviera. Por alguna razón no lo hizo y ahora escuchaba sin entender a ese hombre fornido y bien vestido que, después de lanzarle el billete, le explicó: «Aposté con mi amigo que si no me pitabas te daría quinientos pesos, pero si me pitabas te iba a matar». El tipo acompañó la frase de una sonrisa satisfecha y un ademán a lo largo de su cintura para mostrarle la prueba de que no mentía. Estaba armado. Un hombre armado y risueño que regalaba dinero en medio de la calle y le devolvía su vida con el gesto arrogante de quien se siente dueño de todo, más allá de cualquier justicia, casi un inmortal que puede despreciar sin remordimientos.
Cuando mi madre me contó esta historia todavía no estaba en Internet, y nadie la recibía por correo electrónico escrita toda en mayúsculas a manera de advertencia. De la frontera entre México y los Estados Unidos se ha dicho siempre que es sucia y polvorienta. Fea. Lo sé porque crecí en el noreste. A cien kilómetros del Golfo de México, de donde toma su nombre el cártel más sanguinario del narcotráfico en este país. Esa tierra que dormita en la margen del Río Bravo y se acuesta con Texas cuando se apagan las luces. Es una tierra dura. Si los españoles no se detuvieron en Tamaulipas más que para las ceremonias de rigor, no fue sólo por lo inhóspito de sus cuarenta grados a la sombra sino también debido a la ferocidad de las tribus que la frecuentaban. A los más conocidos les decían comecrudos. Los colonizadores que al final se quedaron fueron igual de agrestes. Tenía que ser ahí donde en noviembre del 2008 el gobierno hizo el mayor decomiso de armas en la historia: había medio millón de cartuchos, casi trescientas armas largas, ciento veintisiete cortas, más de ciento cincuenta granadas, catorce fusiles antiblindaje, un lote de pistolas bañadas en oro, un lanzacohetes y varios miles de dólares, entre otras cosas de esas que usan los que se creen inmortales.
A fines de los años noventa, cuando me mudé a Monterrey, la gente bromeaba sobre mi procedencia: seguro mi papá tenía una pistola, seguro yo era ruda porque venía de una border town, de la frontera. Con certeza, a mí Monterrey, esta metrópoli industrial adonde vine a estudiar, me parecía súper segura. Nada me asustaría de aquí. Cuando en el 2002 las cosas empezaron a cambiar, cuando también aquí empezaron los ejecutados y las balaceras, los regiomontanos se contentaban en distanciarse: «Pero todavía no es como en la frontera, allá a cada rato matan gente». Recuerdo con rabia a un funcionario judicial que declaraba a la prensa, luego de un famoso tiroteo en un centro comercial nice, que si bien no tenían ninguna información sobre los responsables, no quedaba ninguna duda de que era un trabajo perpetrado por gente de afuera, de otros estados. O sea, de donde yo vengo. Aquí no hay eso, insistían los ciudadanos de Monterrey, como quien se niega a despertar de una vez a la realidad.
Pero no entendían. Allá, en la frontera, mataban sólo a cierta gente. Por eso no se respiraba eso que hace que la gente de aquí, de Monterrey, no quiera estacionarse lejos de la puerta cuando va al cine, o que las señoras adineradas tengan miedo de «hasta ir al supermercado». En la frontera, en esos años había tiros y hasta bombazos. Pero explotaba la casa del malo. Del que «andaba chueco». Si tú no tenías nada que ver con ese negocio, tu casa estaba segura. Y la excepción era también la regla: El cuento precautorio de la hija de aquel doctor que vivía en la colonia Ribereña, la que lleva el mismo nombre de la carretera donde ahora hay docenas de altares a la Santa Muerte. Esa chica de buena familia que hace veinte años murió en un accidente de coche. Porque se puso de novia del hijo de un señor que andaba en malos negocios. Y por un ajuste de cuentas le mataron al hijo, que ese mal día andaba con su novia. Por eso uno no se junta con ellos. Uno saluda en los restaurantes, se sienta en la misma banca en misa, pero hasta ahí. Era fácil también saber quién era quién. Fulano vivía frente a la casa de tu abuelo, y se conocían desde jóvenes, pero Fulano nunca iba a invitar a tu abuelo a su casa, y tu abuela no iba a ir a pedirle una tacita de azúcar a su señora. Hasta el narcotráfico era simple: un puñado de hombres controlaban un negocio que era básicamente de distribución y transporte.
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NADA RARO LEER QUE ESTE TIPO DE ACONTECIMIENTOS PASEN EN NUESTRO MEXICO…EL MIEDO HA LLEGADO A ESTADOS EN DONDE EN AÑOS NO SE VEIAN ESTOS HECHOS VIOLENTOS…AHORA ES CASI “NORMAL” SABER DE LA PRESENCIA DE MIEMBROS DEL GRUPO DE LOS ZETAS…ES UN SECRETO A VOCES, INCLUSO ENTRE LAS AUTORIDADES POLICIACAS QUIENES PREFIEREN NO INGRESAR A SU TERRITORIO POR INSTRUCCIONES DE ALTOS MANDOS ¿EN QUIÉN PODEMOS CONFIAR?…¿QUIÉN NOS CUIDA? ¿QUIEN PUEDE GARANTIZAR NUESTRA SEGURIDAD?…..NO CREO QUE LA PRESENCIA DE LOS MILITARES EN LAS CALLES SEA UNA BUENA OPCIÓN….LO QUE YA NO QUEREMOS MUCHOS DE LOS MEXICANOS ES VER TANTA VIOLENCIA EN NUESTRO PAÍS…
GRACIAS POR ESTE TEXTO, POR MOSTRAR ESTA REALIDAD URBANA QUE A DIARIO VIVIMOS ….
SIN DUDA ENTIENDO Y RESPETO TU ANONIMATO
Gracias por este texto. Lo mejor que he leído sobre el tema.
Es cierto. Los Mexicanos susurramos y compartimos historias, eso que le pasó a la amiga de mi primo, o a la socia de mi cuñado, o a mi vecino. La anécdota se antoja cada vez más personal, mas cercana, más terrible. En México tenemos miedo, y nadie nos cuida. Esta es una de las más impactantes crónicas que he leído sobre la ola de violencia en el noreste de México. La escribes como anónimo, pero se lee como una plática con un amigo, o con un vecino, o con un pariente. Como dices, ya nada sorprende, salvo la capacidad de seguir con la vida como si nada, a pesar de caminar en un campo lleno de minas.
HAY QUE ELIMINARLOS A ESOS MAFIOSOS DE LA FAZ DE LA TIERRA, QUE SE HAN CREIDO, QUE PUEDEN HACER LO QUE LES DALA GANA, MIREN LES DESAFIO EN UN DUELO A MUERTE LES ESPERO EN lIMA PERU EN LA CALLE COMANDANTE ESPINAR 570 EN EL DISTRITO DE MIRAFLORES BUSQUENME AHI EN ESE LUGAR LES MATARE COMO A HORMIGAS SEA QUIEN FUERE QUE ME BUSQUE ESE MAL NACIDO EL MAYO ZAMBADA LE ESPERO AHI, ESE QUE NO SIRVE PARA NADA