Nunca me encontré con mi censor cara a cara, y él ya no existe más. Es lo mejor en muchos sentidos, pienso, pero también significa que ahora debo imaginarlo, debo inventarlo, y esto es lo que veo:
Un sesentón, flaco de hombros, un tanto panzón. Una calva mal llevada. Traje gris grasoso, medias blancas y brillantes zapatos negros. Un miembro del Partido Comunista, por supuesto, y un retirado reciente de uno de los más grandes diarios o revistas de China. Ha fumado dos cajetillas diarias desde la secundaria y tiene los dientes amarillos y una tos entrecortada para demostrarlo. Se sienta en la esquina del laberinto de cubículos de la revista de Beijing para la que durante los últimos cinco años colaboré enviando una columna mensual, y en la mayoría de días –en los buenos días– él no hace nada más que fumar un cigarrillo tras otro y dormitar.
Los días malos son aquéllos en los que él sí hace su trabajo. Hay dos o tres de esos días así cada mes. Él reúne las pruebas impresas a su alrededor, murmura y menea la cabeza, destapa su lapicero rojo. Entonces empieza la mutilación: es la única palabra posible. Él corta todo lo que considera adverso: cualquier cosa, digamos, alusiva a las Cuatro Eternas Innombrables (Tiananmen, el Tíbet, Taiwan, Falung Gong), o sobre cualquiera de los muchos Temas-No-Aptos-para-Discusión-Hasta-Nuevo-Aviso-y-Hasta-la-Subsecuente-Emisión-de-Líneas-Guías (por ejemplo, los fondos desaparecidos que debían aliviar los efectos del terremoto de Sichuán o el hecho de que dicho terremoto tumbara varias escuelas pero no los edificios del Gobierno que las rodeaban).
Y si usted, querido lector, desea ironía en este punto, aquí hay un poco: La revista le paga a este hombre por destruir los artículos que ella intenta publicar. No hay alternativa, por supuesto –cada publicación en China está legalmente obligada a contratar y mantener a un hombre como él, un hombre que sirve como primer filtro para los comités de censura del Gobierno, y como un enlace entre éstos y la citada publicación–, y aquí va el sentido en el que él ya no existe: ahora las revistas y periódicos con sede en China tratan directamente con el comité. Como toda la logística y las otras técnicas editoriales permanecen invariables, aquella situación es por supuesto trivial para la mayoría de personas, pero no para mí: es más difícil odiar a un comité que a un individuo; así que me quedo con mi fumador sexagenario.
Esos dos o tres días en los que el censor hace su trabajo siempre ocurren poco antes de la fecha programada para que la revista vaya a prensa: él no quiere que los escritores y editores tengan el tiempo suficiente para reescribir cualquier fragmento de texto observado. Lo que quiere es que ellos simplemente acaten sus cortes sugeridos. Esta estrategia suele funcionar, pero también puede ser usada contra él: si el editor y los escritores se las arreglan para mejorar el texto justo sobre el plazo de publicación, el censor no tendrá tiempo de volver a revisarlo y supongo que eso lo mantiene despierto toda la noche, la certeza de que simplemente hemos reformulado la frase y trasladado los puntos objetables en el texto a cualquier parte posible.
Y él…
Pero ¿por qué sigo hablando de mi censor en tercera persona?
Escúchame, viejo amargado hijo de puta. En primer lugar, soy consciente de que cualquier ejemplo de censura descrito a partir de mi experiencia en mi pequeña columna en inglés de mi lustrosa y forastera revista palidecerá inevitablemente, se sentirá y será minúscula e insignificante comparada con lo que tú y los tuyos le hacen cada día a textos escritos en chino o a temas mucho más importantes para el público del continente. También soy consciente de la extrema improbabilidad de que alguna vez leas este artículo, lo que hace un poco inútil que lo dirija hacia ti. Por último, soy consciente de que todo el mundo tiene que comer, que al censurar mi columna sólo estás haciendo tu trabajo, sólo sigues las reglas, y etcétera, etcétera. Pero el asunto se mantiene: tú mutilaste mi columna incluso mucho más de lo que tu jefe la habría mutilado, porque sabías que no había repercusiones por hacerlo, mientras que si cortabas menos de lo que tu jefe habría cortado, bien podrías haber tenido que explicarte ante él. Y simplemente no querías aburrirte. Y por eso –acércate, acerca tu oreja bien hacia mi boca y escúchame, escucha– jódete.
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Bueno, por lo menos la sección se llama cómplices.
Me asquean los tipos como Roy.