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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Los Fundadores del Barrio
[Cieneguilla]

¿Cómo discuten una escultora y un albañil para ponerle nombre a una calle?

Un portafolio de Edgar Benavides
Texto de Natalia Sánchez Loayza

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Uno de los primeros problemas de los vecinos que fundan un barrio es ponerse de acuerdo para ponerles nombres a sus calles. Algunas calles antiguas de Cieneguilla, conocido por sus casas de campo en las afueras de Lima, llevaban los nombres de las cosas que comían sus primeros habitantes: manzanal, chirimoyo, pelagato. Uno de ellos, Américo Chávez, recuerda cuando se reunía con sus vecinos para construir esos caminos de tierra rodeados de chacras, rebaños y árboles altísimos que habían sido parte de una de las más extensas haciendas algodoneras de Lima. A mediados del siglo XX, la hacienda donde Américo Chávez nació y trabajó criando caballos y vacas había caído en bancarrota. Mientras artistas de Lima y extranjeros adinerados compraban los terrenos cercanos a la hacienda, obreros sin empleo construían viviendas de estera y de ladrillo en la parte más alta de aquel valle. Todos aprendieron a convivir en el mismo vecindario que años después se convertiría en ese refugio soleado y verde que hoy buscan los limeños cuando sus playas se enfrían. Américo Chávez dice que, a pesar de que la población de Cieneguilla se ha triplicado en miles de habitantes, él todavía recuerda a sus primeros vecinos por nombre y apellido: José Leiva, quien manejaba el único bus que llevaba a los vecinos hasta Lima; Pilar del Avellanal, la artista que daba clases de pintura a los niños; La Hermana Virginia, que llamaba a las puertas buscando alumnos para el colegio parroquial; Juana Huamán, la abuelita que repartía el periódico; Rosario Barrientos, la pastora de ovejas; Miguel Hernández, el bodeguero; Felipe Cruz, el plomero; Delicia García, la costurera; Teófilo Vilela, el albañil. A veces los vecinos fundadores de Cieneguilla extrañan su antigua vida en comunidad: cuando hacían turnos para vigilar el vecindario por las noches, cuando construían puentes para cruzar el río repleto de camarones, cuando podían coger tomates de cualquier huerta, cuando protestaban juntos para exigir luz y agua potable a las autoridades, cuando las casas estaban cercadas por plantas y flores, y no por muros de concreto ni cámaras de seguridad. Los vecinos más jóvenes llegaron cuando ya estaban resueltos los principales problemas del barrio. Hace unos meses se pusieron de acuerdo para pedir a la municipalidad una Plaza de Armas. El sobrino de Américo Chávez, viejo criador de caballos y vacas, cumplió ese deseo: ahora es el nuevo alcalde del pueblo que su tío ayudó a fundar.