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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO


October 27, 2015

ES PELIGROSO
QUERER SEMBRAR ZAPALLOS
PARA COMER

Un portafolio de Sub Cooperativa
Un texto de Óscar Alcarraz Oré

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Cada vez que oyen la explosión de un petardo, los campesinos de 13 de Mayo, una comunidad rural al sur de Paraguay, huyen de sus cabañas. Los niños corren hasta el bosque más cercano y se trepan a los árboles. Los adultos cargan mochilas con víveres y medicinas para resistir durante la huída. Ese disparo seco y sonoro como un latigazo les advierte que los matones armados que vigilan los campos de soja merodean cerca. Para los empresarios de la soja transgénica, el principal producto de exportación del Paraguay, los campesinos son una plaga más que amenaza sus cultivos. En 2004, el gobierno paraguayo aprobó el uso de semillas de soja modificadas genéticamente para resistir el glifosato —un potentísimo herbicida—, y los campos cultivados con ella comenzaron a invadir comunidades rurales que no tenían títulos de propiedad sobre sus tierras. Con la soja transgénica, los empresarios podían usar químicos para ahorrar costos y explotar el suelo al máximo. Cada rincón de tierra se volvió una oportunidad de sembrar soja para exportar a Europa y Asia, donde este grano se usa como alimento de vacas y cerdos. Para las cuarenta familias del asentamiento 13 de Mayo, la parcela que ocupan es lo único que tienen, pero son como una isla a punto de hundirse en medio de un océano de soja: el ochenta por ciento del suelo cultivable del Paraguay, el cuarto exportador de soja en el mundo, está sembrado con este cultivo. Hasta hoy los campesinos han sido desalojados más de veinte veces por peones, policías y guardias civiles. Les disparan con escopetas. Incendian sus cabañas. Roban sus animales. Envenenan sus cultivos. Tapan con tierra los pozos de agua. Luego de unos días guarecidos en el bosque, los campesinos regresan para levantar cabañas precarias con pedazos de madera y paja, y vuelven a cavar sus pozos en secreto. Pero los matones siempre regresan. Por eso los campesinos siempre tienen un paquete preparado con sus pertenencias: como un pueblo que vive al pie de un volcán activo, han aprendido a estar listos para huir en cualquier momento.

Las cuarenta familias de 13 de Mayo son sobrevivientes de dos batallas: una visible y otra invisible. Si quieren visitar a un vecino o recoger frutos y leña del bosque, deben cruzar con cautela los campos fumigados con glifosato, el herbicida más usado en el mundo y que, según la OMS, puede generar cáncer. El glifosato elimina las plagas que amenazan los cultivos de soja, pero al mismo tiempo envenena todo a su alrededor. El suelo, las fuentes de agua, las personas. En 2003, a unos treinta kilómetros de la comunidad 13 de Mayo, un niño de once años llamado Silvino Talavera volvía a su casa con los alimentos que le había encargado su madre cuando una máquina fumigadora lo bañó en herbicida. Horas después murió por intoxicación grave. Su caso se convirtió en un emblema de los que luchan contra los agroquímicos. No sólo la exposición directa a ellos puede ser letal. El tóxico viaja en el aire y es absorbido por los campesinos, provocándoles alergias en la piel, problemas respiratorios y malformaciones en los recién nacidos. El gobierno de Paraguay todavía no aprueba una ley que permita que comunidades como 13 de Mayo sean dueñas de sus tierras y puedan cultivar sus alimentos. Porque a ellos, como a miles de campesinos en Paraguay, no les interesa el negocio de la soja. Ellos quieren cultivar yuca, maíz, maní y zapallo, cuyas semillas han pasado de mano en mano por generaciones. Los campesinos han sido amenazados para que vendan sus tierras. Pero muchos se han resistido. En 2014, Darío González, líder de la comunidad, fue asesinado de diecinueve balazos por denunciar la contaminación de los agroquímicos ante las autoridades. Sus vecinos lo repiten: en Paraguay, si eres campesino y quieres sobrevivir, tienes que rendirte a la soja o vivir preparado para huir.