MarÃa y yo (parte tres)
La noche del sábado en que llamé a Peceros, seguà bebiendo con regularidad la cerveza que habÃa empezado en la tarde. Acabé borracho y pensando en MarÃa. Tuve ganas de llamarla al celular y decirle venga, MarÃa, estoy tomándome unos tragos y estoy solo. ¿Sabe qué, MarÃa? Usted es mi amiga. Si estuviéramos en Lima fácil le dirÃa larga, vieja puta, o loca de mierda, pero mire que acá no puedo. ¿O no la tratarÃa asà en Lima? No lo sé, aquà se me confunden las cosas, el anverso se me dobla entero y acabo siendo un solo lado oscuro, negro. Es una mierda. Un dÃa puede que amanezca con el corazón en el pie, y tal vez no sienta nada hasta que bese mi ciudad de nuevo y descubra mi alma dentro de un zapato. MarÃa, entre su celular y su bolso de plástico no existe lugar donde no pueda ponerme tranquilo, tal vez por eso me gusta. ¿Le conté lo que siento cuando veo a todos esos hombres altos, esos que usted también ve en las calles? No puedo con ellos, ni con sus planes enormes, ni con sus mujeres y esa piel blanquÃsima que los cubre. Mi mundo es pequeño, MarÃa, y usted está ahÃ. Es sólo una vieja que me habla en las clases de alemán, y sin embargo, es la única persona que recibirÃa con gusto en esta mesa.
Levanto la cabeza y veo que los suizos me están alucinando de nuevo: nadie viene a un bar a chupar solo. MarÃa me llamó en la mañana, ¿a quiénes más de ustedes los ha llamado? Nadie responde. Mejor me voy a casa.
Llega el lunes y de nuevo las clases. Tomo mi bicicleta y pedaleo fuerte: quiero llegar con tiempo para poder explicarle con tranquilidad todo a MarÃa. En el cuarto donde se toma café, reconozco sobre una silla su bolso desparramado. Saludo a mis compañeros. ¿Dónde estará MarÃa? Me preguntan si entendà lo que se explicó en la última clase. Un poco. Ay, yo he pedido vacaciones para venir a aprender alemán, me dice una dominicana, pero asà lo veo difÃcil. Y es que cuando uno se mete a trabajar ya ni queda tiempo para el deutsch. ¿Y nunca ha pensado en hacerse la muda y quitarle el trabajo a un suizo mudo? Yo lo he pensado, digo. La mujer se queda callada y creo reconocer en su rostro una mueca de disgusto: estoy concentrado en MarÃa, ya ni me doy cuenta de lo que digo. Hola, Sergio. Volteo y veo a MarÃa: pareciera que las tetas se le van a salir de la blusa, y la pintura que dibuja lo que alguna vez fueron sus cejas pica la vista como un par de gusanos. Oiga, MarÃa, ¿seguro que usted no es puta? Y ese sábado, ¿por qué me llamó tan temprano? Llamé al tal Peceros, me dijo que no el pendejo. Conchasumadre, he venido acá a limpiar waters e igual me dicen que no, que en dos meses mejor. ¡Váyanse a la mierda! Pero en la noche me la pegué solito, estaba asadazo; la quise llamar, hasta brindé en su nombre. Estoy jodido, ¿no? ¡No tengo otra que chupar solo, carajo! La hubiera llamado. Fácil de puro borracho terminaba cogiéndole las tetas; uno nunca sabe, MarÃa. Oiga, ya pues, no me joda, ¿por qué me llamó ese dÃa, por qué quiere ayudarme?, ¿usted es o no es puta, MarÃa?
La profesora llegó apagando un cigarrillo y dijo ya es hora, entren al salón, por favor. ¿Y llamó ese dÃa a la persona que le dije? SÃ, llamé al señor Peceros y me dijo que lamentablemente no, que por el momento no tiene nada. Ay, qué pena. Igual vamos a ver si le encuentro alguito. No se preocupe, mas bien muchas gracias por lo de ese dÃa. No tiene de qué, Sergio, dice y posa una mano sobre mi hombro. Siento que su misterio se abre y yo sigo ciego como un topo.


