Publicado el 17/05/09 a las 12:49 pm

María y yo (parte tres)

La noche del sábado en que llamé a Peceros, seguí bebiendo con regularidad la cerveza que había empezado en la tarde. Acabé borracho y pensando en María. Tuve ganas de llamarla al celular y decirle venga, María, estoy tomándome unos tragos y estoy solo. ¿Sabe qué, María? Usted es mi amiga. Si estuviéramos en Lima fácil le diría larga, vieja puta, o loca de mierda, pero mire que acá no puedo. ¿O no la trataría así en Lima? No lo sé, aquí se me confunden las cosas, el anverso se me dobla entero y acabo siendo un solo lado oscuro, negro. Es una mierda. Un día puede que amanezca con el corazón en el pie, y tal vez no sienta nada hasta que bese mi ciudad de nuevo y descubra mi alma dentro de un zapato. María, entre su celular y su bolso de plástico no existe lugar donde no pueda ponerme tranquilo, tal vez por eso me gusta. ¿Le conté lo que siento cuando veo a todos esos hombres altos, esos que usted también ve en las calles? No puedo con ellos, ni con sus planes enormes, ni con sus mujeres y esa piel blanquísima que los cubre. Mi mundo es pequeño, María, y usted está ahí. Es sólo una vieja que me habla en las clases de alemán, y sin embargo, es la única persona que recibiría con gusto en esta mesa.

Levanto la cabeza y veo que los suizos me están alucinando de nuevo: nadie viene a un bar a chupar solo. María me llamó en la mañana, ¿a quiénes más de ustedes los ha llamado? Nadie responde. Mejor me voy a casa.

Llega el lunes y de nuevo las clases. Tomo mi bicicleta y pedaleo fuerte: quiero llegar con tiempo para poder explicarle con tranquilidad todo a María. En el cuarto donde se toma café, reconozco sobre una silla su bolso desparramado. Saludo a mis compañeros. ¿Dónde estará María? Me preguntan si entendí lo que se explicó en la última clase. Un poco. Ay, yo he pedido vacaciones para venir a aprender alemán, me dice una dominicana, pero así lo veo difícil. Y es que cuando uno se mete a trabajar ya ni queda tiempo para el deutsch. ¿Y nunca ha pensado en hacerse la muda y quitarle el trabajo a un suizo mudo? Yo lo he pensado, digo. La mujer se queda callada y creo reconocer en su rostro una mueca de disgusto: estoy concentrado en María, ya ni me doy cuenta de lo que digo. Hola, Sergio. Volteo y veo a María: pareciera que las tetas  se le van a salir de la blusa, y la pintura que dibuja lo que alguna vez fueron sus cejas pica la vista como un par de gusanos. Oiga, María, ¿seguro que usted no es puta? Y ese sábado, ¿por qué me llamó tan temprano? Llamé al tal Peceros, me dijo que no el pendejo. Conchasumadre, he venido acá a limpiar waters e igual me dicen que no, que en dos meses mejor. ¡Váyanse a la mierda! Pero en la noche me la pegué solito, estaba asadazo; la quise llamar, hasta brindé en su nombre. Estoy jodido, ¿no? ¡No tengo otra que chupar solo, carajo! La hubiera llamado. Fácil de puro borracho terminaba cogiéndole las tetas; uno nunca sabe, María. Oiga, ya pues, no me joda, ¿por qué me llamó ese día, por qué quiere ayudarme?, ¿usted es o no es puta, María?

La profesora llegó apagando un cigarrillo y dijo ya es hora, entren al salón, por favor. ¿Y llamó ese día a la persona que le dije? Sí, llamé al señor Peceros y me dijo que lamentablemente no, que por el momento no tiene nada. Ay, qué pena. Igual vamos a ver si le encuentro alguito. No se preocupe, mas bien muchas gracias por lo de ese día. No tiene de qué, Sergio, dice y posa una mano sobre mi hombro. Siento que su misterio se abre y yo sigo ciego como un topo.

Enlace permanente| Comentarios ( 10 ) | Trackback | Categoria: Uncategorized





Publicado el 08/05/09 a las 4:10 pm

María y yo (parte dos)

Mi abuela suele decir que todos sus dolores, desde el más fuerte hasta el más mínimo, son a causa de haber recibido una pedrada cuando era niña. Nadie le cree. Fue la pedrada, dice; con tal convicción que nadie se atreve a replicarle nada. Es cierto que la mayoría de veces la vieja termina riéndose de su propia idea, pero al rato vuelve a componerse y, muy seria, insiste: sí, hijo, fue la pedrada. El otro día recordé esto caminando por las calles de Zúrich y quise hallar urgentemente mi propia pedrada, el hecho exacto que explique porqué las cosas son aquí como son. No encontré nada, aunque todavía espere hacerlo, pues creo –y pienso que la abuela también, aunque nunca se lo haya dicho- que, en ocasiones, un dolor hay que explicarlo como sea para que así duela menos.

María podría ser mi mamá, no tanto mi abuela, pero definitivamente es mayor que yo. La primera vez que la vi, se me dio por inventarle una historia, tal vez porque resultaba muy sencillo hacerlo: vivía reventada por la carencia en su país; como alguna vez fue guapa, un suizo turista y culero le propuso casarse y vivir aquí, luego la abandonó y, sola y con esa lengua torpe, no le quedó otra que meterse al puterío. Eso explicaría las cirugías y sus tetas trucadas y enormes; también porqué después de quince años no habla ni pinga de alemán. Pero existe algo más, no sé. ¿La habré visto en la calles mientras jodía putas? Es posible, no recuerdo. Algo hay en ella que me resulta familiar, aparte de su pinta fatal que seguramente me arrecharía porque siempre me pasa así, pero no esta vez, esta vez no. Algo existe en ella que no logro reconocer. María, María, ¿qué cosa es?

Un sábado, el celular me despierta. Miro el reloj, las 7 y 15. ¿Quién carajos llama a esta hora? Aló. ¿Sergio? Sí. Soy María, de Colombia. Hola, María, ¿cómo está? Bien. Ayer hablé con un amigo y me dijo que podía tener un trabajo en limpieza, ¿usted trabajaría en limpieza? Me costó asimilar la pregunta estando medio dormido: sí, sí, trabajo en lo que sea; carraspeé tratando de aplastar un bostezo. Bueno, le doy su número. Me dictó una cifra y un apellido en español. Dígale que llama de parte de María de Colombia; dígale así, él me conoce. Ok. Muchas gracias, María. Con el papel en la mano, regresé a mi cama tratando de averiguar algo al estudiar ese número y ese nombre: ¿qué clase de trabajo será?, ¿y por qué María me llama a estas horas?, ¿por qué  quiere ayudarme? Con las dudas intactas, me arropé con la frazada. Llamo más tarde, murmuré.

Al abrir el refrigerador buscando algo para comer, recordé: verdad que María me ha llamado en la mañana. ¿Me dictó un número? Claro. Fui por el papel y tomé el teléfono. Las timbradas fueron largas -o tal vez sólo estaba impaciente por hallar respuestas-, cuando una voz ronca canceló mi espera: Peceros, raspó. Buenas, señor Peceros, mi nombre es Sergio Llerena, llamo por un trabajo de limpieza que usted podría darme. Llamo de parte de María de Colombia. El tipo calló un instante y lo aluciné bufando: ¡¿María?! Yo no conozco a ninguna María. ¡¿Qué María?! Entonces yo: ¡la Virgen María, huevón! Luego el lunes llegaba sonriente a contárselo a María: te defendí, María, huevón le dije; pero el tipo reaccionó: ah, claro, María. ¿Qué trabajo te dijo? Limpieza. Ya, ¿tienes permiso? Sí, todos mis papeles en orden, respondí seguro. Aunque igual, ahora no tengo nada, quizás si me llamas después pueda tener algo, ¿vale? Claro, ¿después, digamos, semanas o meses? El tipo apuró: en dos meses, mejor, dos meses. Gracias.

Al colgar el teléfono me sentí cargado. Llevando encima la falta de empleo, la ronquera de Peceros y el misterio de María; mi cabeza calculó agrupar todas esas preocupaciones y volverlas una enorme lata de cerveza. La idea de mear cada gota después, dejando mi cuerpo despreocupado y limpio, hizo que me ponga los pantalones a la carrera y saliera al tiro. ¿Qué le digo el lunes a María? !Ah, primero la cerveza!

Enlace permanente| Comentarios ( 6 ) | Trackback | Categoria: Uncategorized





Publicado el 25/04/09 a las 9:04 am

María y yo (parte uno)

Creo que en Suiza no existe inmigrante que no haya pasado por aulas a aprender alemán, a menudo son adultos como yo que cargan pesados libros llenos de dibujos ilustrativos y que maldicen la hora en que tuvieron que volver a poner el culo en una carpeta. La profesora, una suiza rechoncha, les dice digan así, y ellos dicen asá. Yo a veces me quedo pegado mirando sus labios, los malabares en que ocupan sus lenguas para dar con el sonido exacto que no logran; me quedo pegado, digo, y siento algo raro. A veces me parece que la tarea excede sus fuerzas y algo en mí quisiera detenerlos de inmediato: temo que vayan a sufrir un daño que desconozco pero que calculo irreparable; otras veces he tenido la idea de que, por ejemplo, uno de sus hijos va a entrar al salón de clases y que toda esa escena me va a resultar insoportablemente triste. No conozco cosa sagrada en este mundo, pero si algo se aproxima a ello es la altura de un padre frente a sus hijos, luego todo es allanable, cosa que pasa y luego se olvida. Sé que elaboro demasiado en estos asuntos, como en muchos otros, y que lo que digo sobre la altura de un padre lo digo porque alguna vez el mío cayó y fue peor entender que fue él quien se derribó a sí mismo. Luego un día lo quise levantar y ya no pude distinguir su cuerpo entre una masa de carne y locura. Fue imposible.

Ya veo que me estoy yendo en floro en esto, pues hablaba de los hombres que he visto en mis clases de alemán, y de las mujeres también, por supuesto. Y es loco, porque antes de entrar al aula algunos adivinan de dónde soy y me saludan en español, yo respondo muy gentil y sé que inmediatamente les voy a decir que vengo de Perú y ellos, ah qué bien, ¿y desde hace cuánto en Suiza? Y yo, bueno, no hace mucho. Ah ya, ¿y ya encontró trabajo? No, todavía. ¿Y cómo le va con el alemán? Ahí, difícil. Luego podemos hablar de otra cosa que nos sea común; y aunque sienta que no existe nada más en común entre esta gente y yo, un pensamiento así acá no tiene sentido. Tiene sentido, en cambio, decir algo gracioso -y lo suelo hacer- cosa que todos nos reímos y pensamos si acaso no sería mejor largarnos de aquí antes que tengamos que meternos a ese salón de nuevo para vernos tan chatos, tan tontos. Supongo que si regresamos a poner el culo es porque algo amamos en esto que nos es absolutamente ajeno, o algo esperamos amar, qué sé yo. Pero la cosa es que siempre regresamos, y una vez adentro nos ponemos colorados porque todos los demás nos están mirando y qué vergüenza porque no crea, yo soy padre de familia; y yo hice estudios de Derecho en mi país; y yo me vine acá por mi marido que es suizo, pero en mi país tuve educación y mi familia siempre estuvo bien, gracias a dios; pero ahora, ¡qué fregado este idioma!, ¿y usted sabe qué significa esta palabra? Y yo trato de atenderlos a todos porque algo capto mejor, y si no, pues todos nos echamos una mano y así vamos avanzando. Luego llega la pausa y qué alivio, vamos por un café y todos hablamos entre todos, y así es como conocí a María.

María es colombiana, vive hace 15 años acá y no entiende ni pinga de alemán; me habla con un dejo gracioso como si yo fuera un tipo respetable, y luego pide disculpas porque siempre está atendiendo llamadas en su celular, un aparato negro con bordes dorados, huachafo lo mismo que su bolso de plástico. Su maquillaje es excesivo y debe tener como 50 años. María, muchas cirugías y unas tetas enormes. ¿Usted tiene trabajo?, me preguntó un día. No, trabajé en una pizzería un tiempo y luego más nada. A ver si yo le puedo ayudar un poquito. Trabajo en lo que sea, le dije. Bueno, yo le ayudo, ojalá tenga algo por ahí. Gracias, María. Luego en clase, María enredándose porque su lengua es torpe y acaso muy vieja para aprender; y yo la miro y le sonrío con esa mueca de no te preocupes, cuando acabe la clase y estés sentada en el bus que te lleva a casa, nada de esto recordarás, ni siquiera a mí buscando tanto protegerte, aunque no tenga idea de qué.

Enlace permanente| Comentarios ( 12 ) | Trackback | Categoria: Uncategorized





Publicado el 25/03/09 a las 9:39 am

Gays en la Pista (parte cuatro y final)

Cuando cojo un chocolate de la bandeja, el cabro me mira y sonríe. Yo hago lo mismo y pienso que aun cuando esté masticando este dulce, nadie va a sobornarme si finalmente decido mandar todo a la mierda. Sergio, me dicen que también eres artista, que escribes. ¿Qué tipo de cosas escribes? La canadiense, la de las pichulas, suelta esa pregunta y yo me quedo mirándola chueco. Pienso: temo que te han informado mal, pero no, no hago arte; y hasta donde entiendo las cosas, las pichulas deberían usarse para revolcarte con el prójimo, o juntar esfuerzos con tus causas para ver quién le pone el nombre más gracioso. No hay más que ver con una pichula. No, yo no hago arte; respondo, la cola está avanzando; agrego. La canadiense se ha quedado un poco extrañada, eso quiero creer, y ha comenzado a hablar con la chica de Finlandia. Las dos parecen llevarse bien y no entiendo en qué punto, o entiendo dónde pero no me gusta ese punto. Las dos parecen entrarle a la huevadita, pero ahora que empiezo a alucinar a los cabros y las lesbis alrededor, eso me importa poco. ¿Qué chucha tiene esto de alternativo? No entiendo, veo por ahí a un causa que lleva un penacho color rojo y unos chancabuques negros. El broder se acurruca contra otro broder y quizás eso sea alternativo, no lo sé. ¿Qué diría el finado Strummer?

Hace frío y felizmente entramos a un pequeño espacio donde una chica nos recibe con una sonrisa y pide nuestro dinero. Pagamos, nos sellan las muñecas con una figura invisible. ¿Qué carajos me han puesto? Acá no dice nada, le digo a mi mujer. Ella acerca mi brazo a un rayo de luz violeta y mi piel, como un trozo de papel fotográfico, revela unas letras que se atropellan en mi cabeza hasta formar una palabra: Freundschaft.  Freundschaft, sonrío. Si dijera friendship –one love y la mierda- creo que estaría encabronado, pero estos conchas ponen Freundschaft. ¡La cagada! ¿De qué te ries?, pregunta mi mujer. Dice Freundschaft, leo ásperamente, es chistoso. ¡Amistad en alemán!, ¿qué sigue, el Führer protestando como ama de casa por la cuenta del gas en la guerra? Mi mujer se alivia porque, a mi estilo, poco a poco voy cediendo. Pienso que como están las cosas, en medio de todo esta escena confusa, alegrarme sería también una forma de protesta. ¡A la mierda! Voy por un trago, espérame en la pista. Las luces de la disco cruzan la imagen satánica de mi polo negro mientras desciendo hasta la barra frotándome con los maricas como en una resbaladera. Las chicas me esperan en lo alto de un escenario que nadie ocupa porque, me he dado cuenta, en esta disco nadie baila. Al fondo, en una pantalla gigante, se exhiben algunos videos para poner a la gente en onda.

Cuando trepo al escenario, la luz de un beso entre hombres se posa sobre mi pecho. Brindando con los tragos, las chicas me hablan: mira, un beso te cruza el pecho. Ajá, digo, ¡salud! Vamos a bailar, se anima mi mujer. Un momento, le pido mientras busco darle un poco más a la cerveza. Entonces veo que palma los bolsillos de su pantalón colorado como si hubiera perdido algo. ¿Qué pasa?, pregunto. Yo tengo tus llaves, por si acaso. No me dice nada. Acá está. Sostiene una gomita entre sus dedos y la aterriza sobre mi lengua. Ahora siento lo mismo que cuando era niño y tomaba la hostia para alejar al diablo por las noches, una metáfora heavy. Mientas el azúcar se disuelve, veo cómo Satán se pierde entre los rayos y el humo del tabaco, se larga de aquí; entonces suena una canción pajísima y estallo como locazo.

Ahora bailo con tres chicas a la vez, y lo que no parecía jamás formarse como una mancha son cuatro cuerpos que se sacuden iguales al ritmo del sonido. Sobre el escenario, la gente de abajo me mira buscando la causa oculta de mi contento. Tomo la iniciativa y le digo a la canadiense: en verdad sí escribo. Algunas cosas. ¿Ya ves? Sí escribes. Bueno, sí. ¿Y sobre qué escribes? Historias cortas, como la salida de esta noche, por ejemplo. ¿Vas a escribir sobre esto? No, no creo. Bueno, tal vez sí; sonrío. Ya ves, ahora ya te veo mejor, no como antes que estabas todo amargado, malhumorado; porque tú no eres así, ¿no? Entonces me quedo mirándola fijo a los ojos y veo cómo su cabeza se vuela del cuerpo y aterriza como un globo de sangre en medio de la multitud horrorizada. No, yo no soy así, y me sigo moviendo.

Enlace permanente| Comentarios ( 8 ) | Trackback | Categoria: Uncategorized





Publicado el 18/03/09 a las 11:04 am

Gays en la Pista (parte tres)

Haciendo cola para entrar a la disco, yo y mi mujer esperamos a las chicas que se han ido a buscar un lugar donde encadenar sus bicicletas. Van cinco minutos, ¿por qué tardarán tanto?; pregunta mi mujer. No sé, fácil se han ido a lanzar un huiro. Mi lengua se traba al instante y reconozco que mis especulaciones deberían ir por otro lado, al final me interesa saber si estas pendejas le entran o no a la huevadita. ¿Estas son lesbis o atormentaditas no más?, pregunto. Ni idea, son artistas, supongo. Artistas… ¡Me chupen la pin** los artistas! Tengo una idea sobre estos mierdas: o los disfruto o desconfío de ellos, no dan para más; digo esto y noto que Satán ha introducido su lengua por detrás de mi cráneo y asoma por mi boca una serpiente con la forma de mi aliento. Mi mujer, que sabe rescatarme a veces, me regaña con caricias, quiere darme calma. Igual ya me di cuenta de lo complicadas que he vuelto las cosas.

El frío duele y se mete jodido, pero yo me he quedado quieto mirando el piso. Las chicas han llegado, se han formado en la fila y yo sigo pegado mirando el piso. Siento que ya la cagué diciendo lo que dije, y aunque no me haya llevado a nadie de encuentro no es eso lo que me preocupa, sino prolongar la mirada hacia el resto de la noche y ver la mierda que se viene. Mi mujer se la juega por mí, trata de conectarnos el uno al otro en esta mancha que no entiendo. Miro alrededor y veo los cabros sobarse, soltar grititos, gallinas en gallinero; y las lesbis que se me antojan un chiste malo, hombres sin pene, basura del primer mundo. Entonces vuelves a ti y te preguntas cómo un hombre con tu corazón puede verse reducido a tan poco, cómo puedes pensar así. Un hombre como tú, Sergio. Ahorita mismo quieres explicar algo, disculparte con todos, hablar quizás de cuando eras adolescente y el demonio se acostaba contigo y tú te doblabas de las náuseas, decir de las muchas cosas que te han hecho ser lo que eres. Pero no, quieres pasarla bien, y tal vez sea mejor quedarse callado y que nadie sepa de ti, no decir nada y dejar que el alcohol te vuelva un fantasma en la multitud de maricas. Tu mujer te mira -te has dado cuenta-, y en su expresión paciente sólo quiere averiguar a dónde te vas cuando pones esa cara y lo único que sabes hacer es viajar hacia adentro hasta sacarte la mierda, a dónde chucha te vas y por qué no vuelves sino hasta aparecer, entre cansado y contento, a mostrar el intervalo de tus heridas: entre esta y esta, he estado contigo, negra; dices como si eso bastara para levantar una casa que luego vas a mirar caer mientras te vence la dejadez o el sueño. Sergio…

Un sujeto aparece a ofrecer chocolates y gomitas dulces en una bandeja mientras la gente se hiela en la cola, agradece el gesto, ríe y se pone en onda. Ves que el tipo viene hacia ti y sientes que toda tu alegría se reduce a tomar o no un chocolate, una gomita. Maldices la situación porque algo en ti se descomputa y tal vez querías pasarte la noche como puta dándole de comer al diablo, y ahora hay un mundo afuera que te quiere de vuelta. Piensas: si tomo una, esta noche me la paso espléndido y me olvido de mí y mis asuntos. Si dejo pasar de largo al cabro y su bandeja, entonces difícil decir dónde acabe yo en la noche. ¿Le dijiste cabro al cabro? Perdón, ahí viene el señor cabro, te ríes y al hacerlo estudias tu risa como si fuera el canto de un hombre o una bestia. La risa se detiene. ¿Un hombre o una bestia, Sergio?

Enlace permanente| Comentarios ( 7 ) | Trackback | Categoria: Uncategorized





Publicado el 05/03/09 a las 10:38 am

Gays en la Pista (parte dos)

En Suiza tiendo a perder la noción del tiempo. En principio, y creo que lo dije antes, en mi vida he visto cielo más intrigante que el de Zúrich: pareciera que está constantemente tramando nuevas formas de confundirme y explicablemente, dentro de mi peruanidad, termino como cuy en kermés: sol arriba a las 8 p.m., luego cayendo la noche a las 4 de la tarde. ¡¿A eso llaman cielo?! ¡No me hagan cojudo! Por otro lado, los días pueden sucederse sin distinciones. Me explico: mientras no termine de llegar a este país -¿llegaré algún día?-, dará lo mismo el sopor del lunes que la borrachera del sábado o la dormidera del domingo. Acá los días son iguales básicamente, todos son los mismos días sin amigos, sin ciudad. En Lima solía angustiarme si me hallaba quieto un sábado en la noche, pensaba que en las calles algo importante iba a pasar y yo debía estar allí; acá estoy ausente a tiempo completo y siento que no existe cosa que me eche de menos si no estoy en ella. En Zúrich soy la ausencia de Zúrich, y para nadie es gran cosa; lo sé. Aunque a veces sueño con el día en que esta ciudad me necesite de tal manera que si no me levantara, las teles se volarían de las casas, los diarios se derramarían en manchas y nadie podría desayunar completo. Entonces yo me quedaría quieto por joder, por venir a que me rueguen hombres y mujeres y decirles que es muy tarde luego: ya nada me devuelve el movimiento y todo es culpa de ellos. A veces sueño con días así y nadie sabe que sueño.

Pero hablaba de los gays. ¿Cómo así? Claro, porque empecé a contarle a Fernando que un viernes –que podría haber sido un miércoles o un día inexistente- mi mujer me habla al celular y me dice: dos chicas de la escuela están diciendo que hay una fiesta, ¡vamos! ¿Fiesta, qué fiesta? Mi mujer se detiene un rato y explica: una fiesta gay alternativa. Luego yo: ¡¿gay qué?! Alternativa. ¿Qué, hay que bailar Nirvana con tacones y camisa de franela?, bromeo malazo. En fin, la cosa es que luego de suficientes explicaciones, capto que lo alternativo es algo así como que todos los gays y lesbianas hacen cosas que no son típicamente de gays y lesbianas. O más precisamente -en mi cabeza: que los cabros hacen cosas que ni siquiera hacen los cabros que no parecen cabros: no bailan Alaska, no llevan pantalones con hueco en el poto; pero tampoco son fortachones ni locas con bigote. ¿Entonces qué hacen? Supongo que lo mismo que uno, pero con su sobadita entre iguales además. Yo atraco, vamos digo, con tal que haya cerveza y rock and roll, la vaina me da igual. Ok, voy para la casa con las chicas, me cambio y salimos; dice mi mujer. ¿Quiénes son las chicas? Julia, la canadiense, y Riikka, la de Finlandia. Trato de ubicarlas en medio de la fauna de esa escuela que conozco indiferentemente… ah ya, sí me acuerdo, una es la que da gracias al cielo porque su vieja se murió y la otra es la que hace pichulitas de lana y jebe. Esas mismas, responde mi mujer, ya llego.

En casa me quedan algunos minutos para decidir qué ponerme. ¿Se debe llevar algo especial para estas fiestas? Busco en mis cajones una camisa apropiada, algo alternativo. Entonces escojo un viejo polo negro con el logo de una banda de black metal en el frente y una oda a Satanás en el reverso. Esta banda de black metal: unos tíos que, básicamente, odian a la humanidad en su conjunto; han violado una que otra dama, profanado tumbas, quemado iglesias, empalado perros, amén de otras minucias. Me reviso vestido en el espejo, sé lo que estoy haciendo, me río como pendejo.

Mi mujer llega a la casa con las dos chicas. Hola, hola, ¿qué tal, cómo están? Un poco quedadas me dicen que bien, con ganas de bailar. Claro, bravazo, y pienso: ¿y éstas le entrarán a la huevadita? O no sé, son gente del arte, progre o lo que sea que eso signifique, ¿no? Además, una tiene la imagen materna hasta las huevas, o mejor dicho, su mamá ya está en el cielo y ella quisiera que esté en el infierno. ¿Me pregunto qué rollo sexual le chantaría Freud? Y la otra que tiene su taller inundado de pichulas; fácil tiene todo un rollo con la sociedad falocéntrica –¡qué pendejas las feministas, con ese nombre hasta la Virgen María es fea!-, pero ya pues, como diría mi vieja, ¡ni que mi poto fuera!

Mi mujer termina de alistarse justo cuando con las chicas terminábamos de hablar una huevada sin importancia. En el frío de la calle montamos nuestras bicis. Yo voy al último y aunque manejamos en fila es difícil distinguir un ánimo de mancha. Veo los foquitos traseros moverse entre la nieve y los autos detenerse en una forma rara de respeto. Siento que el polo negro se pega a mi cuerpo como una piel nueva, que tal vez Satán dicte esta noche mis palabras. También siento que quiero pasarla bien. Ruego a este cielo puñalero por que sea así.

Enlace permanente| Comentarios ( 10 ) | Trackback | Categoria: Uncategorized





Publicado el 03/03/09 a las 9:14 am

Gays en la Pista (parte uno)

Frecuentemente entro al Facebook, y cada vez que lo hago suelo reparar en los distintos caminos que cada persona que manyo ha seguido. Esto suelo tomarlo a la defensiva y con no poca aprensión. En el fondo temo que llegue el día en el que me sorprenda rebasado ocupando el asiento trasero. En Lima adoraba sentarme al final de la combi, desde donde podía mirar serenamente los culos de la calle o distraerme en los libros que llevaba y que lograba leer mientras no hubieran culos en la calle, pero a mis 34 años entiendo que una combi no es lo mismo que el tren de la vida, y que quizás no sea tan la voz ser el único huevas que se apoltrone sin remedio en el último vagón.

Por otro lado, cuando me quedo pegado mirando las fotos no puedo evitar sentir una extraña desazón al ver a la gente acomodarse al lado del gran monumento en la ciudad gringa o europea y, ¡click!, ya está listo el testimonio alto de una vida por encima del nivel de la vida. No sé muy bien qué trato de decir con esto, alguna vez lo consulté con un amigo y me dijo que tenía dos teorías para mi loco sentir: 1. Me deprime la esperanza que pone la gente en tales artefactos visuales, como si el transcurso de sus vidas fuera tan pobre que necesitara de atajos tan previsibles para llegar a arriba. ¿Arriba en dónde?, pregunto. Arriba arriba, pues huevón; me corrige. 2. A causa de una loqueante preocupación por el prójimo, siento que esas fotos son tan impersonales que me dejan vacío porque no me dicen nada sobre nadie. Entonces, estaría más contento si la gente pusiera fotos del pan que compra en la mañana, de sus baños, de la tele frente a la que cada noche se quedan dormidos; así, yo tendría formas efectivas de cotejar su avance real contra mi aterradora lentitud en la vida. Eso, además, haría sentido con la teoría del ocupante del último vagón, concluyó y al decir esto último pensé que esa es la huevada de tener broders que te manyan al milímetro y que, a diferencia de uno mismo, no puedes engañar y pasar piola.

Digamos que estar en Suiza tiene una ventaja monse, escuálida. Pero que quiero alucinar letal como portar revólver en una playa nudista: cuando alguien me viene con huevadas de cómo, y qué tal, y cuánto cuánto; inmediatamente escupo, a la defensiva: vivo en Suiza, centro de Europa, legal. Luego le agrego una huevada más –hoy comí fondue, por ejemplo – y ya, déjame en paz. Ok, no estoy seguro si tenga resultados, ni siquiera que sea un arma o una ventaja, pero cuando me atolondro es lo único que atino a hacer.

A propósito, justo hoy vino a mi casa Fernando, un causa mejicano, un cuate en sus palabras, para echarme una visita de la nada. Suena el intercomunicador, respondo: wer ist das, who is it, quién es? ¿Qué hubo, Sergio? Es Fernando. Sube, broder. A la mesa sentados, comenzamos a platicar –según Fernando- y es curioso porque este causa, que conocí por casualidades aquí, sabe perfectamente de qué hablo cuando digo Suiza. No lo puedo huevear. Por otro lado, el tío es un broder amable, muy buena onda, y sería innecesario sacar mi arma ahora. Comenzamos a echarle a un vino y, bueno, los dos comenzamos a darle a Suiza y a los suizos como a hijo. Nos reímos, a veces nos sorprendemos en situaciones idénticas y nos reconforta estar juntos en esa solidaridad después del daño. Hablamos, platicamos. Me comenta: oye, pero tú debes estar súper con eso de hacer cuates; digo, tu mujer es artista y puedes estar en contacto con gente más abierta, que saben más sobre esa onda de venir de Latinoamérica. Tamare huevón, no digas; respondo. Salí el sábado con un par de esas huevonas a una fiesta gay alternativa. Fernando no entiende, me mira como si en mi cara se alargara una vericueteada operación matemática. Ya pues, te cuento, huevas; y empiezo.

Enlace permanente| Comentarios ( 4 ) | Trackback | Categoria: Uncategorized





Publicado el 25/02/09 a las 9:11 am

Putas de Zúrich (parte cuatro y final)

Me es imposible hablar. Los suizos me están alucinando demasiado y estoy seguro que en su lengua de locos existe una palabra para definir mi situación actual, la de ahorita. ¿Cómo se le dirá al huevas que anda buscando putas como idiota y que al último momento se tira para atrás como un rosquete? No tengo idea, es probable que me hayan llamado varias veces así y yo ni cuenta. ¡Putos suizos!

Regreso a la cerveza y prefiero no mirar alrededor, tarareo una canción en español y me siento un poco más seguro. Pienso: al final, esta noche era para mí y las putas, por eso he salido de mi jato, por eso voy a retomar el camino. Las putas, la inmundicia, mi primo Carlos, una esquina de Risso en el centro de Zúrich, nada de eso me lo van a quitar los suizos. Pero necesito más cerveza, más cerveza. Ahora me voy por una tercera y pido la más fuerte, no entienden cuando digo fuerte, entonces digo grande, la más grande. Pasumadre, este vaso es gigante, me lo seco en una. ¡Zuácate!, en una te lo dije, Carlos. Tamadre, tío, si me vieras ahorita, estoy locazo uon, locazo. Quiero más. Dame otra cerveza, tú, suiza, le ordeno a la mesera. Pago y me dice gracias. Respondo: de nada, basura; de nada, putaza. Así, en español. Sonríe al desgano y le hago un gesto con la mano: paz, hermana. Sal de acá, pienso.

Ordeno un trago más, uno distinto para cortarla: vodka doble con jugo de naranja. Salgo del bar y veo que la ciudad se duplica en luces y mi caballo flaco me espera amarrado a su cadena. Vamos, cleta, vas a manejar por mí y llevarme directo donde las putas. Me abrigo fuertemente y avanzo apenas. Los suizos no me ganan, Suiza es una mierda. ¡Mi nombre es Sergio Llerena y vengo del Perú. Eso es todo, carajo! Voy tambaleándome, esquivando los rastros de nieve, mirando las formas de mi aliento en el aire frío de Zúrich. Me caigo. Mi cuerpo no siente nada, salvo una respiración honda que sale de adentro mientras me ensucio con indeferencia sobre el piso de concreto. Me incorporo. Pedaleo de nuevo. Sergio Llerena se va a joder putas en Zúrich, grito de pronto en medio de mi carcajada y le hablo a mi caballo flaco: no te caigas, pendejo, no te caigas. Entonces una avenida grande se abre ante mis ojos y veo a las putas muriéndose de frío. ¡Vamos, perucho!, me animo y luego me desplomo sobre las vías de un tren abandonadas. Me quedo tendido en el suelo, inmóvil. En silencio he dejado descansar mi cabeza, observando el cielo sin estrellas. No puedo hacer más nada. Entonces imagino una máquina pesada que pasa lentamente dividiendo mi cuerpo alcoholizado. Ya está hecho, me digo.

Enlace permanente| Comentarios ( 9 ) | Trackback | Categoria: Uncategorized





Publicado el 23/02/09 a las 3:22 pm

Putas de Zúrich (parte tres)

Desde que llegué a Suiza varias cosas han cambiado. Algunas para mal. A pesar de las tiernas protestas de mi mujer – no estarías mejor en Lima, no todo puede ser tan malo-, a mí me queda claro que, en ciertos aspectos, mi vida está como la mierda. Esto no le gustaría oír a la gente que me quiere, y espero que mi mamá no llegue a leer de modo alguno esto. Por mi padre, en fin, con él todo siempre da igual, dudo que dentro de su locura llegue a conectar con el dolor de cualquiera, incluso con el de su propio hijo; tu hijo, Oscar, ese muerto pesado que espero te lleves al hombro algún día hasta que te dobles y por fin te duela.

Acá la vida –mi vida- se acomoda malamente, atraviesa las ventanas de mi casa y se endurece en el aire como un rastro espeso de sal. No me deja ver nada. Eso sucede a veces, claro, no siempre; pero cuando pasa es como la mierda: busco huir como un topo hacia abajo, allí donde se reúnen esos a quienes busco llamar mis hermanos. ¡Pero qué mierda les voy a decir sino repetirles las mismas huevadas de mi lengua muda! Me gustaría que me entiendan cuando busco decirles: mejor mírame la piel, mira hasta dónde se alza y se va hacia arriba, ¿la ves perderse contra el cielo? Hasta allí llega mi alma. Las putas, los borrachos, los vagos, todos a quienes busco por hermanos porque de tan dañados no me podrían reclamar nada, y de tan desolados sólo a ellos podría entusiasmar lo poco que tengo para dar.

A veces estoy así, reducido, y ahora que me he sentado en este bar sé que quise encontrar a Lima en las putas, que es lo mismo que querer encontrarme a mí en las putas. Pero ya ves, Sergio, te entró miedo y te fuiste corriendo. Y yo te pregunto, huevas: ¿a dónde chucha te estás yendo todo el tiempo? Porque acá adentro se te extraña y quiero ir a buscarte cerca, ¿porque dónde mierda andas sino es en Zúrich? Tomo un sorbo de cerveza y siento que entra a mi cuerpo, algo le hace. Con el trago adentro, mi cuerpo se aviva y reconozco finalmente que es el único lugar que ocupo cuando atravieso por la gente y las cosas y me siento como un fantasma. Si quieres encontrarme, tócame en el centro del pecho, porque fuera de aquí no estoy.

¿Me da otra cerveza?, pido a la mesera. Veo que la primera se ha ido demasiado pronto y mi cabeza, por lo visto, anda a mil. A veces hablar con la gente me conecta de nuevo con las cosas y quisiera hacerlo ya, decir algo, lo que sea. Vengo de asustarme con las putas, por ejemplo, y es chistoso porque más allá de joderlas nunca he pasado. Así que ni siquiera sé bien qué son. Sólo que ando medio jodido porque busco a Lima en los rincones y ya ven que me pongo como una mierda y… ¡¿alguien en este puto bar habla español?! Llega la segunda cerveza y me piden que la cancele por adelantado. Es temprano, pienso, este bar no va a cerrar en horas y siento que me están echando. Arrojo el billete con desdén y vuelvo con los trancazos. Bueno, si estás tan cagado habla, Sergio, habla. Ves a los suizos alrededor, ¡habla, rosquete! No te atreves. Jódete por imbécil.

Enlace permanente| Comentarios ( 8 ) | Trackback | Categoria: Uncategorized





Publicado el 17/02/09 a las 9:42 am

Putas de Zúrich (parte dos)

Carlos es mi primo, que es como decir mi hermano. En Lima jodíamos putas en la calle, preguntábamos por el precio del servicio, por ver qué tipo de hazañas sexuales podían hacer a cambio de cuánto dinero. Teníamos un diálogo aprendido para transar con las putas y que luego repetíamos a solas, en joda, con tragos: hola, mi reina. ¡Qué linda luces hoy! Dime, ¿a cuánto el servicio? Luego: ¡fuera, mostra! ¡Muy caro! Apretábamos el acelerador del carro que volaba en heavy metal y lanzábamos botellas e insultos a los transeúntes, fueran putas o no. ¡¿Quién mierda no se ha refugiado en el amor maternal de la puta?!, gritaba Carlos siempre, endemoniado, era su frase. Yo me cagaba de risa, la ciudad no entendía. Qué chucha importaba.

Un día le digo a mi mujer ya vengo, voy por una cerveza. Miento. En la calle hago cálculos mentales para una noche perfecta, como cuando estaba Carlos, algo así. La música al queso en los audífonos y mi bicicleta como un caballo flaco para llegar donde las putas. Putas de Zúrich, putas ricas, putas blancas, repito en mi cabeza. Cuando empiezo a pedalear, puentes aéreos pasan por encima y la música me pone locazo. Conchasumadre, juro que hoy le encuentro onda a esta ciudad como sea, juro que me acerco a estas putas y las jodo, les pregunto a cómo a cómo; y si es con dos a la vez, a cómo a cómo. Y si es con tres, a cómo. ¿Y te tirarías a la ciudad entera? Te doy 100 mil francos. A que atracas. ¡A cómo, a cómo!

Una calle ancha se abre y pienso: Sergio, te estás acercando a la zona de putas. Me siento raro y luego: no pienses que la cagas, Sergio, no pienses. ¿Pero cómo no pensar si estoy pensando en no pensar, cojudo? Puta madre, ya me puse mal. Ahora siento que si les hablo a las putas me va a pasar lo de mi viejo, que de tan monstruo cuando lo veo no lo puedo mirar a la cara, balbuceo y me lleno de miedo y termino hecho una mierda. Y claro que me da ganas de gomearlo, directo a la cara, toma conchatumadre, igualito que a esta ciudad. Pero da lo mismo, eso no me quita el miedo, y ya me cagué porque estoy pensando en mi cuerpo delgado y limpio, y la tristeza honda de las putas, y la puta peruana o la puta suiza, puras cojudeces. Mejor para, Sergio, da la vuelta porque estás muy loqueado y fácil ya te dio la huevadita. Busca una cerveza, mejor, y piensa en otra cosa. O mejor pedalea, pedalea y tómate una cerveza, loco.

Cuando logro alejarme de la zona, veo que aparecen bares un poco vacíos. En Lima estaba el bar con el causa del Pomalca con limón y era fácil adentrarse en él, pedir una cerveza y no hacer más nada. Creo que acá podría hacer lo mismo, porque así como mis manos atraviesan el aire, lo mismo mi culo puede ponerse sobre un banco y decir luego que estoy sentado, que estoy en un bar, igual que en Lima, sin más nada. Decido entrar a uno y sin complicaciones pido una cerveza, grande, por favor. La gente me observa o eso creo. Cuando llega la botella me doy un tranco largo que me purga del miedo, de lo que sea que hace un rato haya sentido. Fijo los ojos en la barra y prefiero no mirar la calle, entonces siento la voz de las putas que me llama a lo lejos como una muerte que busca recogerme. Otro trancazo. Espérate un momento, le pido.

Enlace permanente| Comentarios ( 10 ) | Trackback | Categoria: Uncategorized