Publicado el 01/09/10 a las 8:15 pm

¿Puede alguien muy malo ser un buen cocinero?

El paladar no tiene moral. La idea de que los buenos cocineros tienen por fuerza que ser buenas personas —o a lo más, simples genios malhumorados— es un reduccionismo naíf. En la prisión de máxima seguridad de Lima hay diez restaurantes regentados por los propios convictos y uno más que puede darse ínfulas de gourmet, donde almuerzan presos famosos, sus abogados y hasta el director del penal. El administrador de este negocio es un hombre que ha cumplido cinco condenas. Puedo dar fe de que su plato, espaguetis con una salsa cuya receta literalmente robó en algún momento de su agitada vida, resulta una agradable sorpresa incluso fuera de la cárcel. ¿Puede cocinar muy bien alguien que se porta muy mal? La pregunta te rebota en la cabeza cuando entras a la cocina de Alcatraz, esa isla-prisión alguna vez considerada la cárcel más dura del mundo. El sitio parece un hangar viejo, acaso las instalaciones de un hospital desocupado. Las paredes lucen los mismos colores —blanco y verde agua— de los tiempos en que este lugar era considerado el más peligroso de la prisión más peligrosa. Hacia el fondo del amplio salón comedor, una reja blanca aísla lo que era la cocina. Sobre el dintel cuelga una pizarra que en su tiempo anunciaba el menú de cada día. El almuerzo del 25 de diciembre de 1948 consistió en un plato de consomé, acompañado de apio relleno con aceitunas verdes, pavo al horno con un aderezo de pecanas y pasas y puré de papas. Los internos pudieron elegir de postre una porción de pastel de manzana o helado. Y, de remate, un café del día. Ese menú fue preparado por un equipo escogido de entre los propios convictos. En la larga lista de hombres que pasaron por la cocina de Alcatraz hubo presos por asesinato, secuestro, tráfico de drogas, asalto de bancos, entre otras gracias. Varios estaban condenados a cadena perpetua. Imaginar a esa selección criminal preparando suculentas meriendas te causa una sonrisa morbosa. ¿Qué piensa un asesino mientras filetea un pedazo de carne? ¿De qué habla un narco cuando hornea un pastel? Y lo que es más: ¿se puede reformar a un convicto si le sirves buena comida? La historia oficial dice que en Alcatraz se comía bien. «Todos los internos podían comparar la comida que habían recibido en anteriores prisiones con la que se les daba en Alcatraz. Y la mayoría admitía que ésta era mejor», dice un folleto que te venden en la tienda de souvenirs. Eso no evitaba que se dieran entre seis y diez trifulcas en pleno comedor. Quienes parecían lejos de esa agitación eran los cocineros. «Yo tenía el mejor trabajo de la isla», dijo alguna vez, ya libre, quien fuera el interno AZ-1422, Darwin Coon. Las autoridades de la prisión detectarían muchas veces que allí se iniciaba un tráfico de pasteles y raciones extras de comida hacia las celdas, lo que podía granjearte algo de popularidad e influencia. Provoca imaginar un lema del tipo: «El buen sabor los hará libres». Y no será del todo falso: varios de los más recordados intentos de fuga empezaron en la cocina. En el artículo que escribió sobre su vida en esta cárcel, el ex convicto Jim Quillen cuenta que pidió ser asignado a la cocina porque «me daría tiempo libre para hacer cosas que disfrutaría mientras encontraba la oportunidad para escapar». El momento llegó cuando descubrió un ducto de tuberías de vapor que llegaba hasta esa zona de trabajo. Quillen, quien ya antes había fugado de San Quintín, organizó un grupo de cuatro internos para abrir un boquete subterráneo que los condujera a la libertad. Tras arduas jornadas secretas, parecían cerca del gran escape cuando él y otro de sus socios fueron removidos de sus puestos y sometidos a una investigación por intento de fuga. Al parecer, la otra dupla del equipo los había vendido. No deja de ser curioso que el último intento de escape de la isla, tres meses antes del cierre definitivo, también partiera de la cocina y tampoco tuviera éxito. Quién sabe si eso hable de la buena comida de Alcatraz: no se me ocurre mejor razón para retener a sus cocineros. El recorrido actual por lo que queda de las instalaciones termina con una visita a una tienda de regalos. Los turistas pueden llevarse distintos objetos con el nombre de la vieja prisión: lapiceros, llaveros, camisetas y hasta unas tazas de metal que te harán sentir como un reo cuando tomes desayuno. Ahora que lo pienso, tal vez el café en esas latas tenga otro sabor. Lamento no haber comprado una.

David Hidalgo

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Publicado el 11/08/10 a las 7:01 pm

Rascacielos imposibles

Un hombre llamado Simon Rodia se propuso levantar la torre más alta del mundo con sus propias manos. Un día tras otro, durante treinta y tres años, trabajó con un martillo y algunas pocas herramientas que podrían encontrarse en cualquier taller de mecánica o carpintería de cualquier ciudad de cualquier país. La gente de su vecindario, en un pueblo de Estados Unidos, solía verlo caminar un trecho de treinta kilómetros en busca de materiales: tubos de acero, varillas, pedazos de puertas abandonadas, vidrios, platos, botellas rotas. Iba siempre tan al tanto de lo que pudiera servir a su proyecto –y tal vez porque al principio debía parecer un simple excéntrico o un loco inofensivo–  que los niños de casas cercanas a la suya empezaron a llevarle piezas rotas de cualquier cosa por si podían servirle. Él descartaba la mayor parte de todo y seguía en su búsqueda, con la certeza de quien posee una secreta capacidad para detectar el verdadero valor de los objetos abandonados. La torre de Rodia empezó a crecer y de una banalidad delirante pasó a ser considerada una amenaza pública. A mediados del siglo XX, su estructura metálica bien podía confundirse con una antena para filtrar información hasta los «peligrosos» países comunistas y ya se sabe que el miedo a lo desconocido es el caldo de cultivo del prejuicio. En numerosas ocasiones, el solitario constructor autodidacta tuvo que hacer frente a vándalos adolescentes que, con el velado consentimiento de sus padres, se metían a su propiedad para destruir las estructuras. Rodia persistió en su esfuerzo con una determinación bíblica. Cuando dio por terminado su monumento, la torre constaba de diecisiete estructuras que alcanzaban los treinta metros de alto. «Tenía pensado hacer algo grande y lo hice», dijo en un documental de fines de los años cincuenta en que lo presentaban como un heredero de la tradición de Leonardo Da Vinci. Poco después, sin embargo, Simon Rodia se cansó de las peleas con sus vecinos y se marchó a otra ciudad. Más que las críticas, lo había vencido el desdén a su idea esencial: que la mayor felicidad de un ser humano puede estar en dar espacio a sus delirios. Por razones parecidas, pero diferentes, el ruso Nikolai Sutyagin no pudo terminar el primer rascacielos de madera de la historia en su terreno de Arkhangelsk, un pueblo al extremo oeste de Rusia. Sutyagin, un antiguo mafioso reformado, y para más señas el hombre más rico de la zona, empezó a construir una casa que al principio debía tener apenas un par de pisos (o al menos eso es lo que le contó al Telegraph de Londres). Sin embargo, un viaje a Japón le dejó en claro que no había aprovechado bien las posibilidades estéticas del techo, y para subsanar el error decidió poner tres pisos más. Entonces vio que tampoco le agradaba la forma de su edificio y añadió un piso más y luego otro y otro, hasta que la casa original alcanzó los trece pisos y Nikolai Sutyagin se convenció de que debía seguir hasta donde fuera posible. En las fotos que circulan por internet se puede ver una especie de castillo de apariencia siniestra, ancho en la base y puntiagudo hacia el cielo, como si fuese una pila de casas de distintos tamaños y estilos colocadas una sobre otra. Parece el refugio del personaje maléfico de un cuento. Sutyagin pensaba vivir allí con sus numerosas amantes. Lo llamaba «La octava maravilla del mundo».  A lo mejor hubiera seguido hasta las estrellas, de no ser porque seis años después de haber iniciado la obra fue encontrado culpable de actividades mafiosas y enviado a prisión. Entonces –según cuenta un reporte del Telegraph– sus enemigos criminales aprovecharon para destrozar el edificio y saquear su fortuna (hasta echaron sus cinco autos a un río). Al salir de la cárcel, pobre y sin poder, el ruso que soñó con un rascacielos tuvo que contentarse con vivir  en las primeras plantas de su armatoste, con una chica media vida menor y una amenaza de demolición solicitada por sus vecinos. ¿Por qué hay hombres que consagran sus vidas a estas modernas versiones de Babel? No hay una sola razón, pero todas tienen el poder de cambiar el mundo aún a costa de sus creadores. Minoru Yamasaki, el arquitecto que diseñó las Torres Gemelas de Nueva York, padecía de acrofobia, es decir que tenía miedo a las alturas. Aún así trazó con sus manos un símbolo que perdura aún en el vacío. Tal vez el mejor camino a la trascendencia está en subir un peldaño tras otro, sin vendas en los ojos. No importa el destino de la obra. Lo importante es subir. Y subir. Y subir.

 David Hidalgo

dh@etiquetanegra.com.pe

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Publicado el 08/07/10 a las 7:03 pm

Sobre el derecho a ser anticuado

A la velocidad con que los científicos reinventan el mundo cada día, pronto la industria más activa del planeta será la de los anticuarios. Tenemos que prepararnos para un futuro cercano en el que veamos nuestros primeros teléfonos celulares junto a los clásicos baúles y las escasas sillas estilo Luis XVI. Habrá vitrinas repletas con las primeras versiones del Playstation o el Wii, y no faltará el nostálgico que se tome varios minutos para decidir entre un fonógrafo o un iPod –ni qué decir del MP3 o MP4, que a lo mejor serán objetos de estudio en las escuelas de Arqueología–. Entonces la gente empezará a ver con curiosidad casi antropológica a la clase de sujetos que se mantiene lejos de las tecnologías vigentes. Incluso ahora ya resulta un poco extraño el individuo que usa un celular con menos de quince aplicaciones. El mío es así y apenas uso cinco. No me interesa el Facebook, no tengo cuenta de Twitter y si me pongo a contar, me he saltado por lo menos cinco generaciones de videojuegos. El último dispositivo portátil para escuchar música que tuve, digo, algo propio, fue un radio receptor de dos botones (para encendido y frecuencia) que me compré en la feria de un pueblo que ya no recuerdo. Aunque los he probado, nunca tuve un walkman, ni discman, ni MP3 o MP4 propio y ahora tampoco tengo esos bonitos gadgets con la firma de Steve Jobs. No voy a decir que me gustan las radiolas, mucho menos que soy un pasadista. Pero sí que prefiero los equipos de sonido que inundan una sala con mis ritmos y melodías favoritos en alta fidelidad. Soy salsero, y por eso no entiendo eso de escuchar música a solas porque para bailar salsa se necesitan dos. Ver una pareja que se trenza para un son con audífonos me parecería la escena más triste del mundo. Carezco del menor apego a los pasatiempos de la sociedad virtual: no me gusta que todos vean mis fotos personales ni me desespero por lanzar mensajes públicos sobre dónde estoy parado en este preciso momento. Antes que una consola para juegos en tercera dimensión, me compraría una cámara ultra sensible que me permita captar lo que mis ojos no ven. Antes que un lector de libros electrónicos, me compraría un televisor de esos que provoca colgar como un cuadro en la pared. Entiendo que hay por allí unos cuantos sujetos así, gente que prefiere lo realmente útil antes que lo sofisticado. Tiempo atrás reclamé por correo electrónico a un amigo, un destacado pintor peruano, lo difícil que resultaba ubicarlo. Incluso le hice una broma sobre su renuencia a las veleidades burguesas. Al instante recibí una lacónica frase de respuesta: «Me rendí. Mi cel es el…». Yo compré mi primera laptop sólo cuando fue estrictamente necesario, hace menos de un año. Pero no siento que me haya rendido. Más bien que he ejercido mi libre albedrío. He mantenido la gracia de ser melómano, cinéfilo y simpatizante de la ciencia ficción sin tragarme al instante los trofeos que la tecnología –su prima pragmática– va poniendo ante nuestros ojos. Quizá esto empiece a ser un arte tan sofisticado como el dominio de las lenguas muertas. Quizá un día no muy lejano se abran cursos de sociología para estudiar cómo es la vida con menos de tres aparatos electrónicos. Por ahora es un limbo agradable.

David Hidalgo

dh@etiquetanegra.com.pe

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Publicado el 18/05/10 a las 6:28 pm

Ropa que revela demasiado

Entre las pocas cosas que se conocen de Kim Jong-il, el paranoico dictador de Corea del Norte, está el que alguien lo considera un ícono de la moda. No es una burla aunque la evidencia sugiera lo contrario: en sus escasas apariciones públicas, suele lucir aburridas casacas de colores terrosos o grises y con frecuencia da la impresión de que ha perdido demasiado peso sin que sus sastres se atrevan a mencionárselo. Kim, un fanático del cine estadounidense –durante años se ha dicho que tiene una colección de veinte mil películas–, lleva siempre anteojos oscuros gigantes y se aumenta la estatura con zapatos de plataforma de doce centímetros de alto, acaso para parecer una estrella de Hollywood. Entre los rigores a los que somete a su pueblo está el haber uniformizado la manera de vestir, de modo que no es extraño verlo en las fotografías oficiales rodeado por partidarios ataviados exactamente de la misma forma. Nadie osa contrariar el gusto del «querido líder», como lo llaman en su imperio nuclear. Pero ya se sabe que el poder absoluto genera delirios absolutos: en abril del 2010 la página oficial del gobierno norcoreano informó de una súbita epidemia planetaria de imitadores de su dirigente. «El estilo de Kim Jong-il, que ahora se expande de un modo vertiginoso por todo el mundo, es algo sin precedentes en la historia universal», dijo el reporte. El responsable de tan categórica opinión era un supuesto modisto francés que, como era de esperarse, no fue identificado. Según ese experto fantasmal, la razón de semejante euforia es que «la augusta imagen del Gran General, quien siempre usa un modesto traje mientras trabaja, deja una profunda impresión en la mente de todos los pueblos del orbe». El rey no está desnudo, dirían con sorna los estafadores de una célebre fábula infantil. Sea consecuencia del culto a la personalidad que el propio Kim alimenta o a la temerosa adulación de sus súbditos, este insólito caso de conversión pop revela la verdadera naturaleza del fenómeno: la moda no es un artefacto, sino una idea que uno escoge creer.

En su tiempo, Mao Zedong impuso en China una sobria chaqueta como alternativa a la frivolidad occidental en el vestir. Apenas murió, la prenda empezó su éxodo al cementerio de los trajes olvidados. «El hombre contemporáneo, al fin abandonado por Dios y las ideologías, abandonado a sus propios medios, sólo dispone de una última cosa: de sí mismo, de su cuerpo humano al desnudo», dice la escritora croata Dubravka Ugresic, exiliada de otro régimen totalitario. En tiempos como éstos, explica, el sentido de la vida es dictado por una nueva corte de sabios integrada por gurús espirituales, cirujanos plásticos y diseñadores de moda.

¿Es coincidencia que la lista de los diez gobernantes peor vestidos del mundo –realizada en el mismo 2010 por la revista TIME– esté dominada por extremistas? Entre las cortinas de seda que viste el líder libanés Muammar Gaddafi y los desangelados cortavientos del iraní Ahmadinejad, el glamour puede convertirse en un nuevo campo para viejas batallas. Un espacio en el que usar una prenda puede empujarte al centro de una pugna ideológica: globalistas versus regionalistas, ecologistas versus industriales, esclavos del pasado versus místicos de la nueva era. Tu vestuario te inserta en una comunidad, y eso no es necesariamente un problema. «Hablar del kitsch pasó a ser una descortesía en el momento mismo en que el mundo se volvía kitsch», dice el escritor Milan Kundera. Pero si un hombre ya es esclavo de sus palabras, ¿tiene que ser prisionero de lo que viste? En el gabinete de Kim Jong-il debe haber alguien que lo tiene claro. Con seguridad es un sastre.

David Hidalgo

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Publicado el 20/12/09 a las 1:20 pm

Una tienda para piratas de verdad (adelanto de la edición 79)

En una calle de San Francisco hay una tienda para piratas. No es el clásico caso de un negocio destinado a la memorabilia con sello Made in China. Es una tienda que ofrece artículos de primera necesidad para piratas en actividad. El espacio parece una ventana en el tiempo. A un costado hay una pequeña sección de ropa donde uno puede escoger pañuelos negros, camisas rayadas, sombreros que parecen sacados de una escena de El Corsario Negro. Hacia el interior, hay una pared cubierta por cajones de madera en los que uno puede encontrar desde sextantes para ubicarse en plena navegación hasta arena especialmente preparada para enterrar tesoros. En un aparador cercano a la vitrina principal hay una serie de botellas con los productos más indispensables para esa vida tumultuosa que supone andar arrebatando riquezas por los mares: aceites para pata de palo, menjunjes para aliviar la fiebre de las aguas negras, sanguijuelas envasadas para tratar la gangrena de las heridas mal curadas. El detalle es que no se trata de un centro de abasto para morbosos de lo extraño, sino de una propuesta filantrópica.

La tienda funciona en el número 826 de la calle Valencia, en el Mission District de San Francisco. El lugar estaba pensado para ser un centro de apoyo a la educación de jóvenes pobres de la zona, una iniciativa impulsada por el escritor estadounidense Dave Eggers y algunos amigos suyos con sensibilidad social. También para montar las oficinas de McSweeney’s, la editorial alternativa que Eggers impulsa desde hace años. Pero cuando quisieron alquilar el espacio, el dueño les advirtió de un obstáculo: el recinto estaba calificado como local comercial y por tanto tenían que vender algo, lo que fuera. Mientras hacían la limpieza, con retiro de mayólicas y pisos de goma que dejaban al descubierto suelos y columnas de madera, alguien sugirió que parecía el interior de un barco viejo. La idea de montar una tienda para abastecer a piratas salió casi de broma. Pronto tomó la forma final.

El experimento fue un éxito. La curiosidad atrajo a jóvenes para participar en talleres de lectura y escritura y a voluntarios que querían ayudar. Así que el modelo no tardó en saltar a otras ciudades. Hasta ahora van seis sedes más, cada cual con un tema distinto. En Boston hay una tienda para aficionados a la búsqueda de Pie Grande. En Nueva York, un centro de abastecimiento para superhéroes. En el local de Seattle se pueden comprar aparejos para viajar al espacio y en Chicago uno encuentra los mejores aditamentos para ser un buen espía. La tienda de Michigan hace la vida de los robots un poco más confortable, y en Los Ángeles uno puede adquirir productos traídos de viajes en el tiempo. Las ventas de esos locales sirven para financiar más talleres educativos.

Alguien tuvo la idea de armar un catálogo con los delirantes productos que ofrece esta corporación de la creatividad. Allí se puede escoger desde un desodorante para vikingos hasta un paquete de comida para hombres de las cavernas. También es posible adquirir un frasco de imprescindibles lágrimas para robots o un aerosol que permite al superhéroe de turno moverse a la velocidad de la luz. Y en cuestión de arreglo personal, bien puede funcionar una barba postiza para piratas o unos zapatos de tap con dispositivos de espionaje ocultos en los tacos. Tengo por ahí mi lista de pedidos pendientes que debo mandar en pocos días. Lo haré con gusto y en secreto. No vaya a ser que otro me gane por puesta de mano. Hay cada loco en este mundo.

david hidalgo

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Publicado el 14/10/09 a las 10:01 am

Lima 2427

La capital de la gastronomía sudamericana también es la capital de la impuntualidad: en Lima, la gente llega tarde a todos lados, todo el tiempo, desde el Presidente cuando va a dar un discurso hasta el amigo que te citó para que le prestes algo de dinero; desde los taxistas que van a llevarte al aeropuerto hasta los bomberos que deben salvarte de un incendio; desde los impuntuales de verdad hasta los que nos asumimos muy puntuales. Descuida. Cuando crees que llegas muy tarde a una cita, recuerda que siempre hay alguien que puede tardar un poco más. Hoy llegué una hora tarde a una entrevista; pero mientras me llenaba de angustia, el entrevistado llamó por teléfono para decirme que aún tardaría media hora en llegar, porque estaba atrapado en el tráfico. Llegar tarde a causa del tránsito es una costumbre muy limeña, y disculparse por ello, una manera más limeña de iniciar el saludo. «Buenos días, perdone la tardanza». Llegan tarde los que van en autobús, los que viajan en una combi (furgonetas diminutas donde los pasajeros viajan como sardinas enlatadas) e incluso los que tratan de llegar a tiempo en su propio automóvil. Llegar tarde, en Lima, es la única manera de llegar a cualquier lugar. Si vas al centro de la ciudad, debes atravesar una vía cerrada por un tráfico denso, que gotea, entonces llegas tarde. Si sales del trabajo, por la noche, toda la ciudad está tratando de volver a casa en sus automóviles o en esos autobuses pequeños y achacosos llamados combis, y las vías parecen un mar petrificado de luces. En Lima, los vehículos se desplazan a una velocidad de quince kilómetros por hora; es decir, no más rápido que un niño de diez años en una bicicleta. Entonces llegas tarde. En cada distrito, a cualquier hora, por lo menos tres avenidas están congestionadas. Entonces llegas tarde. En Lima, por si nadie lo ha notado aún, no existen un metro, ni trenes ni un sistema de autobuses, y todos quieren comprarse un automóvil, y la ciudad llena de automóviles y sin metro es una máquina perfecta para que todos lleguen tarde: los que viajan en esas viejas furgonetas para quince pasajeros y también los que se deslizan en sus inútiles 4×4 del año. Quince kilómetros por hora. Tarde.

En esta ciudad que no avanza, una mujer decidió un día ir a pie y pegar afiches en ciertas esquinas. «La solución al transporte limeño es una realidad», predicaba Camila Bustamante, la diseñadora de esos afiches, una estudiante que solía pasar cuatro horas al día en una combi, yendo de la casa a la universidad, hasta que decidió poner fin a la tortura y se fue al extranjero. «El tren eléctrico está en marcha». El mensaje parecía una broma de mal gusto en una ciudad donde todos llegan tarde. «Tren eléctrico. Lima. 2427», decía otro afiche que lucía como un acertijo. ¿A qué se refería? En Lima hay un tren eléctrico, pero su existencia es una de esas bromas públicas de las cuales nadie quiere reírse: en veinte años, los políticos sólo han podido construir un pequeño tramo que no le ayuda a nadie a llegar al trabajo; así que cada día los vagones de ese tren circulan vacíos. Nadie los usa, salvo los maquinistas que, al fin de cuentas, tienen ese empleo. Cerca de ese teatro, un mensaje del alcalde advierte: «Las molestias pasan, las obras quedan». Créanme.

Bustamante, la diseñadora andante, hizo sumas y multiplicaciones. Si en veinte años los políticos sólo habían construido diez kilómetros de tren, la obra entera se concluiría en el siglo XXV, una época a la que ni siquiera las mejores novelas de ciencia ficción han podido acercarse con efectividad. Bustamante abrió una web para comunicar este descubrimiento (www.lima2427.pe), creó una página de Facebook, diseñó afiches, repartió planos, dio entrevistas para difundir su descubrimiento. Lima, la capital sudamericana de la gastronomía y de la impuntualidad, tendría su tren en el año 2427. Es cuando terminará las molestias. Y a partir de entonces llegaremos temprano.

MA-

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Publicado el 06/10/09 a las 9:22 am

Bye, bye, Gourmet

Vean. Esta noticia nos quita el apetito.

Sí, cierra la revista Gourmet, sesenta y ocho años después de que empezara a publicarse. Se queda sin trabajo Ruth Reichl, la autora de Lo más tierno: Memorias de una gourmet.

Ahí, por ejemplo, se publicó originalmente Consider the lobster, la crónica/debate ético sobre langosta de David Foster Wallace que dio luego título a la colección de ensayos…

Se recomienda guardar un minuto de silencio a la hora del almuerzo.

(Agradecimiento a Diego Salazar por el dato).

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Publicado el 05/10/09 a las 6:20 pm

Próxima edición: Lujo

Espérenla.

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Publicado el 10/08/09 a las 11:10 pm

La primera gran ciudad sin diarios

Podría ser Filadelfia. A principios del siglo veinte, este lugar de los Estados Unidos célebre por ser la ciudad del editor Benjamin Franklin y también la de Rocky, el boxeador, tenia unos diez periódicos diarios. Ahora sobreviven a duras penas dos. Y ambos soportan mal las deudas fruto de la crisis de ventas y de la publicidad. Todavía algunos “hombres de prensa” suelen ufanarse de una vieja frase que ensalzaba la nobleza de su oficio: “Para entender una ciudad hay que leer sus diarios”. ¿Aquí tendremos que leer para entender una ciudad cuando ya no existan los diarios?

Lea la historia completa de lo que ocurre con los diarios de Filadelfia en la última edición del New York Times Magazine.

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Publicado el 26/07/09 a las 12:50 pm

El editor Viggo Mortensen

Cuando deja de ser el rey Aragorn o un sicario ruso de buen corazón, el actor Viggo Mortensen, libre de sus personajes, se concentra en diversos pasatiempos que van en contra de la frivolidad que se supone caracteriza a los famosos. Uno de esos pasatiempos es la noble actividad de editor independiente. Su editorial, Perceval Press, produce unos doce libros al año de arte, fotografía, filosofía y política. En su catalogo se suman libros de autores hispanos, europeos, asiáticos estadounidenses. Pero esta no es una publicidad, sino una invitación a ver la delicadeza con que esa editorial trabaja cada uno de sus libros. Son cosas que sólo se pueden hacer al margen de los grandes sellos, donde cada vez hay menos tiempo para cuidar los detalles y menos interés por arriesgarse con los desconocidos. Las ventas por internet de esta editorial son su principal sistema de comercialización. Ni siquiera dependen tanto de las librerías.