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Publicado 14/10/09 a las 10:01 am

Lima 2427

La capital de la gastronomía sudamericana también es la capital de la impuntualidad: en Lima, la gente llega tarde a todos lados, todo el tiempo, desde el Presidente cuando va a dar un discurso hasta el amigo que te citó para que le prestes algo de dinero; desde los taxistas que van a llevarte al aeropuerto hasta los bomberos que deben salvarte de un incendio; desde los impuntuales de verdad hasta los que nos asumimos muy puntuales. Descuida. Cuando crees que llegas muy tarde a una cita, recuerda que siempre hay alguien que puede tardar un poco más. Hoy llegué una hora tarde a una entrevista; pero mientras me llenaba de angustia, el entrevistado llamó por teléfono para decirme que aún tardaría media hora en llegar, porque estaba atrapado en el tráfico. Llegar tarde a causa del tránsito es una costumbre muy limeña, y disculparse por ello, una manera más limeña de iniciar el saludo. «Buenos días, perdone la tardanza». Llegan tarde los que van en autobús, los que viajan en una combi (furgonetas diminutas donde los pasajeros viajan como sardinas enlatadas) e incluso los que tratan de llegar a tiempo en su propio automóvil. Llegar tarde, en Lima, es la única manera de llegar a cualquier lugar. Si vas al centro de la ciudad, debes atravesar una vía cerrada por un tráfico denso, que gotea, entonces llegas tarde. Si sales del trabajo, por la noche, toda la ciudad está tratando de volver a casa en sus automóviles o en esos autobuses pequeños y achacosos llamados combis, y las vías parecen un mar petrificado de luces. En Lima, los vehículos se desplazan a una velocidad de quince kilómetros por hora; es decir, no más rápido que un niño de diez años en una bicicleta. Entonces llegas tarde. En cada distrito, a cualquier hora, por lo menos tres avenidas están congestionadas. Entonces llegas tarde. En Lima, por si nadie lo ha notado aún, no existen un metro, ni trenes ni un sistema de autobuses, y todos quieren comprarse un automóvil, y la ciudad llena de automóviles y sin metro es una máquina perfecta para que todos lleguen tarde: los que viajan en esas viejas furgonetas para quince pasajeros y también los que se deslizan en sus inútiles 4×4 del año. Quince kilómetros por hora. Tarde.

En esta ciudad que no avanza, una mujer decidió un día ir a pie y pegar afiches en ciertas esquinas. «La solución al transporte limeño es una realidad», predicaba Camila Bustamante, la diseñadora de esos afiches, una estudiante que solía pasar cuatro horas al día en una combi, yendo de la casa a la universidad, hasta que decidió poner fin a la tortura y se fue al extranjero. «El tren eléctrico está en marcha». El mensaje parecía una broma de mal gusto en una ciudad donde todos llegan tarde. «Tren eléctrico. Lima. 2427», decía otro afiche que lucía como un acertijo. ¿A qué se refería? En Lima hay un tren eléctrico, pero su existencia es una de esas bromas públicas de las cuales nadie quiere reírse: en veinte años, los políticos sólo han podido construir un pequeño tramo que no le ayuda a nadie a llegar al trabajo; así que cada día los vagones de ese tren circulan vacíos. Nadie los usa, salvo los maquinistas que, al fin de cuentas, tienen ese empleo. Cerca de ese teatro, un mensaje del alcalde advierte: «Las molestias pasan, las obras quedan». Créanme.

Bustamante, la diseñadora andante, hizo sumas y multiplicaciones. Si en veinte años los políticos sólo habían construido diez kilómetros de tren, la obra entera se concluiría en el siglo XXV, una época a la que ni siquiera las mejores novelas de ciencia ficción han podido acercarse con efectividad. Bustamante abrió una web para comunicar este descubrimiento (www.lima2427.pe), creó una página de Facebook, diseñó afiches, repartió planos, dio entrevistas para difundir su descubrimiento. Lima, la capital sudamericana de la gastronomía y de la impuntualidad, tendría su tren en el año 2427. Es cuando terminará las molestias. Y a partir de entonces llegaremos temprano.

MA-

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