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Publicado 14/10/08 a las 10:58 pm

La memoria (o la grabadora inútil)

David Carr es un periodista de The New York Times que un día decidió escribir sobre el episodio más oscuro de su biografía: los años en que fue un adicto terrible a la cocaína y era capaz de dejar a sus hijas gemelas en el coche mientras él se drogaba dentro de una casa durante horas.

Recordar una historia, cuando uno es el protagonista absoluto de ella, parece un acto muy sencillo y autosuficiente. Escribir tus memorias, entonces, bien podría demandar algún tiempo de dedicación y quizá hasta el romántico aislamiento del mundo: uno toma su automóvil y se larga de la ciudad a un alojamiento frente al mar (o al campo) para recordar y escribir, recordar y escribir, sin que nadie lo moleste. ¿Acaso no se tratan de eso las memorias?

Pues no.

O al menos usted debería poner en duda su instinto de sentirse el infalible dueño de su propia memoria después de saber lo que le ocurrió a David Carr, el periodista que decidió reportear sobre su propia memoria. Como él cuenta en Me and My Girls, el extracto que publicó en The New York Times, nadie debería confiar en la veracidad de sus recuerdos si es que pretende aventurarse en el género de las memorias o las confesiones. Sobre la escena en que él entra a una casa para inyectarse cocaína durante algunas horas él sólo recordaba que ese día había dejado a sus dos gemelas recién nacidas, bien protegidas en su coche durante un día muy fresco. Eso creía él hasta que se aventuró a la tarea de cuestionar sus recuerdos. Entonces supo, alguien se lo dijo, que ese día en verdad nevaba con ferocidad y que sus gemelas pudieron haber muerto congeladas. Pero no murieron.

Carr también conservaba afiebrados recuerdos sobre su noviazgo con la madre de sus hijas. Y en esos recuerdos ambos inhalaban del suelo bolsas de cocaína made in Medellín durante prolongadas y casi inocentes fiestas de pareja. Sobre esos recuerdos él y su ex mujer, años después, sostenían un debate. Para él, ella lo había iniciado en el peligroso juego de inyectarse la cocaína para sentir un efecto más potente. Para ella, él había sido el demonio incontenible. En todo caso, David Carr sólo supo que su mujer ya estaba embarazada (durante todos los meses en que realizaban esos juegos) casi veinte años después de que nacieron sus gemelas. ¿Habría sido mejor no saberlo? ¿Habría sido mejor para su tranquilidad no atar cabos, no corroborar fechas, no acudir al hospital a averiguar esos y otros tantos detalles como que ambos padres ya consumían crac cuando sus hijas nacieron prematuramente? Las confesiones del reportero Carr son feroces (y rigurosas) porque su tarea de cuestionar sus recuerdos (tan selectivos) fue feroz.

La memoria es una grabadora muy complaciente y, a veces, tan inútil.

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