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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Yoguiwood

Una bibliotecaria asiática contrata a dos yoguis mexicanos
para que la guíen por un tour a las escuelas de yoga de Los Ángeles.
¿Qué es esta disciplina en Occidente? ¿Un remedio espiritual?
¿O un método para bajar de peso
o poder ser mamá?

Un testimonio (inflexible)
de Maricarmen Sierra Laris

Yoguiwood

A los diecinueve años enseñaba yoga en Ciudad de México y fui contratada por una japonesa de nombre Sakura para llevarla a visitar las más prestigiosas escuelas de la disciplina en Los Ángeles. Éramos un cuarteto de viajeros, que incluía a su esposo y al director de mi escuela de yoga. Ella había llegado al DF acompañando a su marido, un empresario japonés que dirigía la oficina para América Latina de una transnacional de artefactos electrónicos. Como una mujer tradicional de su país, tenía el deber de ocuparse de las tareas del hogar y del bienestar de su esposo.

Vivían en un edificio con alta seguridad en las afueras de la ciudad, donde tenían alberca, gimnasio, y guardería. Las salidas de ella se limitaban al mercado japonés Mikasa, y a sus clases de canto, de golf y de yoga. Su esposo acostumbraba cerrar tratos de negocio en el campo de golf o en noches de karaoke y cuando ella le acompañaba, debía complacerle con soltura y talento frente a los futuros socios. Con él, ella era dócil y recatada, pero se alteraba ante cualquier situación fuera del orden que su esposo le había creado. Como no hablaba español, dependía de dos guardaespaldas para actuar y se sentía presa e impotente. Los insultaba en inglés. Era la paranoia de una japonesa de clase alta en un lugar tan extraño, contaminado y peligroso como Ciudad de México. Pero lo que más la atormentaba no era su seguridad sino entender por qué no podía tener hijos. Después de tratar sin éxito incontables métodos de fertilidad convencionales, decidió hacer yoga como una posible solución. En unos meses dominó la técnica de posturas y de meditación por lo que quiso viajar a Los Ángeles, el Hollywood del yoga en Occidente: quería entender cómo un grupo de hippies que predicaba la iluminación en vida traducen hoy una filosofía fundada hace más de dos mil quinientos años en la India. Conocer en persona a los fundadores de estas franquicias del bienestar moderno significaba para ella otra posibilidad: encontrar una explicación y la cura de su infertilidad.

Sakura se vestía como una niña. Solía llegar a la escuela Omyoga, ubicada en una adinerada colonia del DF, con mallas negras y una minifalda rosa, camiseta de Hello Kitty, frenos en los dientes y peinada en dos coletas. Su estatura y complexión, además de cierto acné,no permitían adivinar que tuviera treinta y tantos años. Llegaba siempre con quince minutos de antelación, acompañada de sus guardaespaldas, a quienes trataba con despotismo, y que le cargaban su Manduka, un pesado tapete de yoga que puede costar más de doscientos dólares por la calidad de sus fibras antideslizantes y antigérmenes. Dentro del salón sufría una metamorfosis: en sus movimientos diestros y precisos, habitaba el perfeccionismo de una civilización de genética disciplinada. Cual contorsionista de Cirque du Soleil, la japonesa ponía sin ningún esfuerzo las dos piernas detrás de su cabeza y tenía la fuerza para durar minutos parada de manos como una estatua al revés. Sakura creía en el yoga con devoción. Marcos Jassan, el director de la escuela y un yogui obsesionado con la arquitectura del cuerpo, vio que ella tenía el talento para convertirse en su obra maestra. Desde que colocaba su tapete en la esquina izquierda al frente del salón junto al espejo, iniciaba su ritual. Sakura lo desenrollaba como si estuviera deshaciendo una pieza de origami, ponía una botellita de agua a su lado derecho, una toalla blanca almidonada y un frasco con talco para que sus manos jamás resbalasen. Era una maniática del orden, y dentro de ese orden, no volteaba a mirar a nadie más que a sí misma en el espejo.

Las clases que tomaba a la semana no fueron suficientes para que ellaentendiera cómo el yoga podía transformar su cuerpo y su mente a un nivel celular.Sakura comprendió que su curiosidad necesitaba de una guía más personalizada, y optó por contratar a Jassan para que le impartiera clases privadas en su casa. Era un yogui que salía en programas de televisión, entrenaba a maestros de yoga por todo el mundo y salía en revistas de sociales rodeado de sus jóvenes alumnas de la clase alta mexicana. Con Jassan, Sakura perfeccionó su técnica: podía mantenerse parada de cabeza mientras estiraba sus dos piernas en el aire y las abría como tijeras, luego las bajaba como plumas que caen lentas por el aire y colocaba sus rodillas sobre sus codos doblados en posición de esfinge, y acababa levantando su cabeza del piso suspendida como un pájaro a punto de volar. «Ella estaba sana y aún así no podía embarazarse –recuerda Jassan–. Sabía que lo que tenía que hacer era aprender a dominar su carácter y su compulsiva exigencia personal. Intentamos a través del yoga desbloquear el cuerpo para después desbloquear la mente: resignificar la vida en positivo». Durante meses, Sakura se adentró en técnicas de meditación profunda, estudió textos clásicos hinduistas y los efectos anatómicos de las posturas en la circulación, la digestión y el sistema inmunológico. Su manía por dominar la técnica parecía incrementarle la obsesión por tener un hijo.

Sakura y su marido habían visitado varias clínicas de fertilidad y docenas de doctores. Su esperanza era que, a través de la disciplina del yoga, ella pudiera, como una alquimista, alterar la lógica de su cuerpo y quedar embarazada. En el año 2000, Alice Domar, una investigadora de la Escuela de Medicina de Harvard, había dirigido un estudio con mujeres infértiles. Seleccionó a algunas de ellas dentro de un programa de diez semanas que incluía yoga, meditación, nutrición y ejercicios para cambiar patrones de pensamiento negativos. Hoy siete de cada diez de esas mujeres a las que trata están quedando embarazadas. Al parecer, las secuencias de posturas del yoga regeneran los tejidos, activan las glándulas y secretan hormonas. En ese entonces Sakura no parecía conocer los experimentos de Alice Domar. La japonesa era una mujer ansiosa y de mal humor, dos de los síntomas más comunes que Domar señala en las mujeres infértiles. Cuando la japonesa se postraba ante un tapete de yoga en México, cada postura significaba una ofrenda a su fertilidad. Cada respiración consciente en ella era una voluntad de cambiar las actitudes que la aprisionaban. Tomar conciencia de algo tan natural y automático como su propia respiración le permitió a Sakura observar sus patrones de conducta, liberándose de su ensimismamiento.

Fue cuando Sakura, un año después de haber tomado clases privadas, decidió contratar a Jassan, por entonces ya su consejero espiritual, para que le organizara un viaje por escuelas de yoga de Los Ángeles. Había estudiado para bibliotecaria, una profesión que en Japón tiene un especial reconocimiento por su rigor académico y prestigio intelectual. Sakura tenía una virtud: cuando ignoraba algo, buscaba ir a la fuente de las cosas para entenderlas. El viaje lo haría junto con su esposo, quien ya para entonces tomaba clases de yoga para acompañarla en su búsqueda. La etiqueta de viaje japonesa exige que una pareja de esposos no debe viajar sola con un hombre o una mujer, y entonces me invitaron a completar el cuarteto. Sakura me instruyó sobre cómo debía comportarme con su esposo, ese joven y exitoso ejecutivo que vendía artefactos electrodomésticos. Debía caminar un paso más atrás que él. Cuando comiésemos, debía sentarme en diagonal. Debía esperar a que él iniciara el tema de conversación de la sobremesa. Sakura quería todo bajo control: nos había pedido un documento con la descripción del estilo de cada corriente de yoga, la biografía del fundador, artículos publicados sobre ella y dónde estaban ubicadas las escuelas que visitaríamos en Los Ángeles. Quería estudiar las particularidades de cada una. Uno de sus mayores pesares en México era la escasez de restaurantes japoneses: Sakura también buscó el mejor restaurante japonés cercano a cada escuela que visitaríamos.

Jassan y yo debíamos conseguirle citas privadas con los maestros fundadores. Fue como intentar arreglar una cita con la misma Madonna, pero a uno que otro profesor le pareció entre curioso y halagador recibir a dos japoneses y dos mexicanos como turistas espirituales. La meticulosidad del plan de Sakura era sólo una de las tantas diferencias culturales que habría entre nosotras durante el viaje. A mis diecinueve años, lo percibía como exótico, incluso fantasioso: era una oportunidad para aprender y divertirme, conocer nuevas técnicas de yoga y echarme un clavado hacia dentro de mi búsqueda espiritual. Para Sakura, en cambio, el viaje era su ritual de iniciación, la peregrinación donde se probaría a sí misma que el yoga tenía poder de sanación.