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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Vargas Llosa y el policía
que quería deportarlo

¿De qué sirve ganar el Premio Nobel
si un guardia te impide cruzar una frontera?

Un texto de Paola Ugaz
Fotografías del archivo de la familia Vargas Llosa

Vargas Llosa

Un día en la frontera entre Jordania e Irak un soldado le preguntó a Mario Vargas Llosa si él era el Premio Nobel de Literatura. Era 2003, hacía más de cuarenta grados de calor, y el escritor viajaba en un vehículo sin aire acondicionado. Llevaba al menos cinco horas varado detrás de una larga fila de coches y tanques que llevaban varios días esperando cruzar esa zona de conflicto. Lo acompañaba su hija, la fotógrafa Morgana Vargas Llosa, quien lo secundaba en la aventura de hacer un reportaje sobre el país de Sadam Hussein, entonces en guerra con los Estados Unidos. Un rato después, el mismo soldado asomó la cabeza por la ventanilla del coche y preguntó en francés: «Où est le Nobel Prix?». Vargas Llosa iba a decir la verdad. No, no era el Nobel. Algunos eruditos de las decisiones de la Academia Sueca incluso advertían que jamás lo sería. Aquel soldado no era clarividente, pero en aquella frontera había suficientes voluntarios y funcionarios de ONGs españolas que tal vez hayan reconocido al escritor. Quizás por eso a sus oídos hubiera llegado un rumor que traducido de boca en boca en aquella sofocante Babel se convirtiera en una involuntaria predicción. La escena sucedió siete años antes de que ganara el premio. Hoy la recuerda su hija, una tarde en su departamento frente al mar de Lima.  —Papá, cállate o te mato—le dijo ella—.  ¿A quién le importa si es verdad o no? Tú eres el Nobel por el día de hoy. Al falso Nobel y a su acompañante se les concedió el privilegio de pasar a una sala donde había un ventilador. «Un ventilador —diría él años después— me salvó del infarto». Allí pudieron recuperarse de la espera. Pronto los soldados les abrieron un paso preferencial entre el caos de vehículos en fila y, con ese privilegio diplomático, pudieron abandonar aquel atolladero en uno de los lugares más violentos del planeta. Ser el Premio Nobel de Literatura tuvo allí  el mismo efecto que un salvoconducto humanitario.

Siete años después, en la apacible frontera entre Estados Unidos y Canadá, Vargas Llosa iba a necesitar del poder de su fama para superar otro incidente migratorio. Lo acompañaba la tribu familiar: su esposa, dos de sus tres hijos, una de sus nueras y cuatro de sus nietos. Iban a conocer las cataratas del Niágara. Era una mañana de octubre de 2010, y los Vargas Llosa emprendían las primeras vacaciones familiares después de que la Academia Sueca anunciara que el Premio Nobel de Literatura de ese año le correspondía al escritor del Perú. Faltaban menos de dos meses para la ceremonia oficial de reconocimiento, y su vida se había convertido en un extenuante maratón de entrevistas, invitaciones y llamadas telefónicas. La visita a las cataratas suponía un paréntesis de cinco días de descanso junto a sus parientes. Los esperaba un hotel lujoso y discreto cerca de las caídas de agua más fotogénicas del planeta. Iban en una furgoneta de alquiler. Al llegar al puesto migratorio, un policía los detuvo en una inspección de rutina y descubrió una infracción: en el pasaporte peruano del flamante Premio Nobel no figuraba la visa para ingresar a Canadá. Según las leyes del país, correspondía deportarlo.

Dicen que la llegada de los nietos ha cambiado el estilo de las vacaciones de los Vargas Llosa. Las volvió más tranquilas y seguras para los niños, pero también más aburridas. Cuando ellos sólo eran cinco personas (dos padres y tres hijos), los viajes de descanso apuntaban a destinos perfectos para el riesgo. Visitaron Pakistán, Libia, Afganistán, Sarajevo y otras zonas ideales para tener una cátedra sobre la crueldad de la guerra moderna. «Eso eran nuestras vacaciones siempre. Era el mundo real», dice sin esconder la nostalgia el periodista Álvaro Vargas Llosa, el mayor de los hijos del escritor, una tarde en la casa de su padre en Lima. Un frondoso árbol de Navidad corona una montaña de paquetes envueltos en papel de regalo. Faltan tres días para Noche Buena, y en medio del ajetreo de la compra de obsequios, él se ha sentado un momento a beber una cerveza fría. Viste una camisa ligera, un pantalón de jean y un juego de mocasines ideales para el verano soleado que se advierte al otro lado de la ventana. Algunos surfistas surcan las olas y, desde la sala del departamento, lucen como puntitos sobre el agua. Álvaro Vargas Llosa contempla esa imagen. «No podemos ir a Egipto, por ejemplo», añade como un aventurero en pausa. «Ahora pensamos en viajes más convencionales y conservadores». En efecto, una semana después la tribu completa se trasladará a recibir el Año Nuevo en Santo Domingo, esa ciudad de resorts, playas de arena blanca y enjambres de turistas. Allí los Vargas Llosa se ponen ahora a salvo de las inclemencias del mundo.

El viaje a las cataratas del Niágara fue un desastre involuntario en el listado de sus últimas vacaciones. Álvaro Vargas Llosa recuerda que fue él quien planificó el viaje con cuatro meses de anticipación. Le atraían varias cosas de ese lugar: nadie en su familia había estado jamás frente a las cataratas; prometía ser un lugar «bonito, discreto con sabor local»; y, por último, le habían recomendado un alojamiento encantador en un pueblo a quince minutos de las caídas de agua. El hotel Prince of Wales revive al detalle el estilo de vida que los colonos ingleses llevaron a Canadá en el siglo XV. «Un oasis de elegancia victoriana con todos los lujos del siglo XXI», indica la web del establecimiento. Algo que un hombre que ha vivido varios años en Inglaterra, como Mario Vargas Llosa, sabría valorar. Si llegaba hasta allí, por supuesto.

Un programa efectivo habría exigido que la familia tomara un vuelo directo a Canadá, pero el hijo mayor del Nobel quiso añadir una cuota de aventura al viaje y propuso que todos se reunieran en el aeropuerto de Buffalo, en Estados Unidos. Allí alquilarían una furgoneta para seguir el camino por tierra, como en una especie de road trip de película. Mario Vargas Llosa y su esposa Patricia Llosa llegarían desde Nueva York, donde él pasaba unos meses dictando clases en la Universidad de Princeton; allí había recibido la noticia del Nobel. Esos días era el escritor más popular del planeta. Gonzalo Vargas Llosa, el segundo de sus hijos, iba a viajar desde República Dominicana, donde trabaja en una misión humanitaria que presta servicios en Haití. Las dos hijas de él volarían desde Suiza, donde estudian en un internado. Álvaro Vargas Llosa, su esposa y sus dos hijos aterrizarían en un vuelo desde Washington, donde viven. Los únicos ausentes serían Morgana Vargas Llosa, la hija menor del Nobel, su esposo y sus dos hijas. Ella consideraba que cuatro días de vacaciones no ameritaban el tedioso traslado desde el Perú. Ahora ella habla con humor de este pasaje de la historia familiar. Es la única que no conserva malos recuerdos.
A pesar de que los Vargas Llosa están dispersos en el mundo, mantienen la costumbre de reunirse algunas veces al año. Un viaje como el de las cataratas requería que todos hicieran coincidir sus agendas y horarios. Al escritor las vacaciones lo apartarían del asedio de periodistas, intelectuales y políticos, que continuaban celebrando que le hubieran conferido el Nobel.

El anuncio del Premio le añadió importancia a aquel inocente viaje familiar, tan parecido a otros que han realizado. La expedición a las cataratas del Niágara sería la primera vez que la mayor parte de la familia se reuniría para celebrar. El escritor aprovecharía el descanso para revisar el discurso que leería en Estocolmo, ante un auditorio integrado, entre otras personas, por los integrantes de ese viaje. En sus maletas llevaba consigo una copia impresa del texto que escribía en secreto. Había preparado cientos de discursos a lo largo de su carrera, pero aquel guardaba una diferencia sentimental. Por primera vez en casi medio siglo de matrimonio, Vargas Llosa no quiso mostrar a su esposa el borrador de ese texto. Quería que fuera una sorpresa para ella, y pidió a sus hijos que lo leyeran primero en algún punto de ese viaje. Álvaro Vargas Llosa confiaba en que el hotel elegido sería perfecto para esa tarea. Además, les serviría de refugio previo a la hecatombe mediática que iba a desatarse durante la premiación, en Estocolmo, en diciembre de 2010. Incluyó en su equipaje dos botellas de champagne Dom Perignon para animar el reposo.

Justo cuando su talento de organizador está a punto de adquirir una dimensión épica, la esposa del hijo mayor del Nobel se encarga de aclarar que él tiene mala memoria. Susana Abad ha llegado al departamento junto con su cuñada Morgana Vargas Llosa. Han pasado parte de la tarde haciendo compras de Navidad, y ahora se sientan a descansar en la sala. Abad es una mujer conversadora de cabello castaño y largo. Aclara que ella es la verdadera organizadora del viaje, aunque él siempre trata de llevarse los créditos de la aventura. En todo caso —dice— la contribución de su marido durante los preparativos puede resumirse con un par de frases que se repite: «Hay que hacer esto». «Hay que hacer lo otro». Álvaro Vargas Llosa sonríe sin negar nada.
—Hay que hacerle fact checking a mi hermano —sugiere Morgana.

De pronto también están en desacuerdo sobre cuánto tiempo duró el viaje. ¿Fueron tres días? ¿Cuatro? ¿Cinco?

Sin perder la sonrisa, Abad recuerda que había colegio y era un viaje de fin de semana que duraba tres días. Lo cierto es que los cálculos se cumplieron sin contratiempos y todos los que habían confirmado su asistencia aterrizaron en el aeropuerto de Buffalo. Luego alquilaron la furgoneta y partieron en ella hacia la frontera con Canadá. Álvaro Vargas Llosa conducía. Era el único del clan que tenía licencia de Estados Unidos. Llegaron al control de pasaportes dos horas después. En teoría nada debía salir mal.