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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Una ingeniera viaja entre México y la India
para resucitar la basura del mundo

Hay una señora que se pelea en los supermercados
cuando le dan una bolsa de plástico.
Recibió el mismo premio a la innovación que
Thomas A. Edison y Stephen Hawking.
Odia tanto el derroche que usa el mismo lápiz labial
que hace dos años le regaló su novio.
Se llama Albina Ruiz y es la Reina del Reciclaje.
¿Qué gana alguien que no bota
casi nada a la basura?

Un perfil de Joseph Zárate
Ilustraciones de Omar Xiancas

Albina
Ilustración de Omar Xiancas

Albina Ruiz tenía dieciséis años cuando vio la basura por primera vez. Era una montaña de bolsas negras, cartones sucios y restos de comida que los perros hurgaban sobre un charco pestilente que atraía a las moscas: mezcla de fruta podrida, aceite quemado y orina que se esparcía por una avenida llena de gente apurada que maldecía el tráfico. Ella esperaba el bus. El distrito de El Agustino —cerros grises, calles de tierra, casitas de esteras— era sólo una de las tantas zonas pobres de Lima que a mitad de los años setenta crecía con la migración y parecía asfixiarse en su propia inmundicia. Albina Ruiz había dejado Moyobamba —la selva norte del Perú, cielo azul, río limpio, aroma a café y miles de orquídeas— para estudiar en la mejor universidad de ingeniería del país y cumplir el viejo sueño de la chica provinciana que llega a la capital: trabajar en una empresa importante, ayudar a la familia, comprar una casa, ser alguien. En la selva donde vivía, la basura no existía porque todo se reutilizaba: las cáscaras de plátano alimentaban a los caballos; los restos de yuca, a los cerdos; las sobras de maíz, a los pollos; la caca de los animales, a los huertos; con el papel usado se encendían fogatas. El bosque amazónico, a diferencia de las ciudades adictas al plástico y a lo desechable, nunca deja residuos. Todo lo aprovecha. Todo lo recicla.

Casi cuarenta años después de aquel día en El Agustino, en un puesto ambulante de comida, Albina Ruiz —jeans ajustados, blusa floreada, aretes de semillitas negras y rojas— recuerda aquella escena mientras coge los huesos de pollo que he dejado en el plato. Quiere dárselos a un perro negro y flaco que se ha acercado a la mesa con la lengua afuera. «Nada se bota, querido, nada», me dice, mientras el animal come de su mano los restos de mi cena. Albina Ruiz, cariñosa, le habla, le sonríe. Es una regla que sigue desde niña: nunca se deja comida en el plato. Tampoco se tira lo que queda a la basura. Para Albina Ruiz, la reina del reciclaje en el Perú, botar al tacho una pierna de pollo a medio terminar es un hábito condenable, un pecado ecológico, un atentado contra la madre naturaleza.
Nuestra otra madre, dice. La que nos da de comer.

Es de noche en Moyobamba, la Ciudad de las Orquídeas: más de tres mil quinientas especies, el diez por ciento de todas las descubiertas en el planeta. Albina Ruiz ha llegado hasta aquí, el barrio de Lluyllucucha, donde nació, para pasar dos semanas de vacaciones con su novio y una amiga catalana que viene por primera vez al Perú. Albina Ruiz es de talla mediana, tiene cincuenta y tres años, cabello lacio y negro, piel trigueña y te saluda con un beso sonoro, un abrazo sostenido y una sonrisa exagerada que le dibuja hoyuelos profundos en las mejillas. Albina Ruiz sonríe algo así como el noventa y siete por ciento del tiempo. La seriedad —dice— se la guarda para cosas que la indignan, como la corrupción y la política.

En el Perú la conocen como la ‘Reina del Reciclaje’: ha pasado la mitad de su vida fuera del país enseñando que los desechos que botamos al tacho, antes que un problema, es dinero, y sobre todo empleo y una vida digna para los recicladores informales: aquellos que hurgan en las bolsas de basura para vender o reutilizar las cosas que uno desecha. Albina Ruiz ha convertido a miles de recicladores en Latinoamérica y la India en microempresarios. Aunque esa —dice— no fue su idea original.

—Cuando empecé a trabajar con la basura no lo hice pensando en el reciclaje —me dice, mientras continúa alimentando al perro con los huesos de pollo—. Sólo me preocupaba la cantidad de basura que había cerca de mi casa en Lima.

Desde que conoció la basura aquella mañana, a mitad de los setenta, Albina Ruiz supo que el simple acto de tomar el bus sería un ejercicio de voluntad: salir a la ruidosa avenida Riva Agüero, pasar por aquella montaña de basura pestilente, taparse la nariz y subir de prisa al desvencijado armatoste de la línea 91, que la llevaría hasta la universidad donde estudiaba Ingeniería Industrial. Al correr, sus sandalias se ensuciaban en los charcos que descendían del botadero. Su ropa se impregnaba del hedor.

Mucho antes de querer ser ingeniera o emprendedora social, Albina Ruiz quiso ser monja. Le gustaba servir a los demás como lo hacían las religiosas del colegio donde estudiaba. Pero cuando su papá, un agricultor y cazador analfabeto, le explicó que las monjitas no podían casarse, ni trabajar ni salir y que estaban todo el día encerradas, supo que ese camino no era el suyo. Que tal vez podía servir a otros de otra manera. Aunque en ese momento —a los dieciséis— no sabía muy bien cómo ni dónde.

Esa revelación —la primera de varias— llegaría después.

Es curioso: si en esa época alguien le hubiera dicho que la basura podía convertirse en dinero —y que ella sería experta en hacerlo—, es probable que Albina Ruiz no lo habría creído. Ni que treinta años después la Schwab Foundation, una organización estadounidense, la nombraría la mejor emprendedora social del mundo por su trabajo con los recicladores. O que Robert Redford y Richard Gere le darían un premio y un beso, o que viajaría por el mundo y firmaría autógrafos, aunque no dominara el inglés. O que la elegirían la mejor ambientalista de América Latina o que ganaría el Albert Medal, un premio que recibieron Edison, Churchill y Stephen Hawking, gente que solucionó problemas mundiales con sus ideas. Tampoco que la invitarían al World Economic Forum cada año, o que Bill Clinton diría que sólo con ella podría limpiar el mundo. Digo: si alguien le hubiera dicho que ella, Albina Ruiz —dieciséis años, recién llegada de Moyobamba—, sería una celebridad en el mundo ecológico, una rock star del reciclaje, es probable que habría pensado que todo era una broma y habría estallado en carcajadas.

Como se ríe ahora cuando lo imagina: a carcajadas.

La basura es un recurso abundante. Dejarla ahí —dice Albina Ruiz— para que se pudra y contamine en un botadero es absurdo. En tiempos de cambio climático y crisis ecológica, las ciudades trabajan para crear un sistema de reciclaje completo de los desperdicios: un sistema circular donde todo se aproveche —y se reaproveche— y la basura —como la imaginamos— no exista. Pero no sólo se trata de cuidar el planeta: también es una cuestión de negocios. Un kilo de botellas de plástico PET vale sesenta centavos de dólar; el de latas de aluminio, hasta un dólar; el de papel bond limpio, medio dólar. Un solo reciclador, en una buena semana, puede ganar hasta cien dólares seleccionando los desechos de otras personas. En 2009 el Perú exportó cincuenta y dos millones de dólares en residuos sólidos reciclables: cuatro veces lo que exporta en fresas. Estados Unidos paga casi diez millones de dólares por año en plástico y cobre que se recicla aquí. China compra unos veinte millones de dólares al año en plástico recogido del Perú y lo convierte en ropa, tazas, frazadas y bandejas que muchas veces volvemos a comprar. La ingeniera Albina Ruiz tiene su propia versión de una ley de la física: la basura no se bota ni se destruye, sólo se transforma.

Son las nueve de la noche, las calles recién asfaltadas del barrio de Lluyllucucha, donde Albina Ruiz jugaba con sus amigas, están vacías. El perro negro de los huesitos de pollo camina a nuestro lado. Mañana, antes de visitar a sus familiares, la reina del reciclaje quiere ver a los recicladores de la Asociación Tigres del Oriente, una de las ciento veintisiete organizaciones de recicladores que hay en el Perú. Se ha enterado de que no les está yendo bien en el negocio. Eso me cuenta mientras caminamos.

De pronto suelta el brazo de su novio y corre hacia una esquina, como una niña que acaba de descubrir una moneda en el piso.

—Mi ojo ya está entrenado —dice, y sonríe mientras recoge algo.

Era una botella de plástico escondida entre los arbustos.


Albina Ruiz, la ‘Reina del Reciclaje’, cree que es vital para el planeta —para el hombre— saber cargar con lo inevitable: sus propios desperdicios. La Enviromental Working Group, organización que estudia los químicos tóxicos presentes en el medio ambiente, asegura que las enfermedades pulmonares, infertilidad, Parkinson, cáncer de mama o próstata y autismo infantil, se relacionan con la gran cantidad de sustancias tóxicas que arrojamos al aire, al agua y a la tierra.

Por eso para ella el reciclaje y el ahorro van más allá de cambiar los focos: en la basura de Albina Ruiz sólo hay papel higiénico usado y envoltorios de plástico imposibles de reusar. En su condominio, donde hay tres contenedores para separar la basura, ha enseñado a sus vecinos a reciclar. Pero también lo hace de puerta en puerta en Miraflores, el distrito donde vive. Camina veinte cuadras hasta Ciudad Saludable, la oenegé que dirige, y evita los taxis para no contaminar. Las sobras de su refrigeradora se convierten en compost para las rosas blancas que tiene en su huerto. Nunca toma café: dice que para hacer una tacita de expreso se gastan ciento treinta y seis litros de agua desde la siembra hasta la cafetera, y eso es demasiado. Tampoco pide comida para llevar ni usa el delivery para evitar envases y envoltorios. Detesta que le sirvan el helado en vasitos de tecnopor —siempre pide uno de vidrio— y jamás usa bolsas de plástico cuando sale de compras: prefiere las de tela, reutilizables. Es un hábito que le ha ocasionado más de un lío en la cola del supermercado: no todo el mundo entiende lo nocivo que es para el planeta que una inocente bolsita de plástico tarde medio milenio en degradarse.

Pero Albina Ruiz no ha querido hacer de su vida un laboratorio del ecologismo como Colin Beavan, aquel escritor de Nueva York conocido como No Impact Man que decidió vivir un año con su familia sin electricidad, ni envases de plástico ni papel higiénico para reducir su huella de carbono. Ella está convencida de que el reciclaje es la única forma de combatir esa cultura de lo desechable que nos ahoga. Una tonelada de papel reciclado salva diecisiete árboles y ahorra veintisiete mil litros de agua: cien veces la cantidad de agua que consume un limeño al día. Recuperar una tonelada de plástico ahorra quinientos litros de petróleo. Reciclar una tonelada de vidrio equivale a dejar de consumir más de dos mil kilovatios/hora de electricidad: suficiente para mantener un foco prendido de cien vatios por dos años y medio. El reciclaje es una cura para el derroche.

Ahora tiramos un objeto a la basura cuando se averió o pasó de moda porque es más fácil y barato reemplazarlo por otro igual o mejor. Según el libro Gone Tomorrow: The Hidden Life of Garbage, de la ecologista Heather Rogers, el ochenta por ciento de productos se fabrica para que se use una sola vez, como los pañuelos de papel, una lata de gaseosa, el vasito de tecnopor donde tomamos el café: son las evidencias de una vida desechable.

La ‘Reina del Reciclaje’, en cambio, cree en la reutilización, en la segunda vida de las cosas. Por eso cuando asiste a conferencias internacionales —como el World Economic Forum o el Clinton Global Initiative— siempre regala bolsos, monederos y collares hechos de papel reciclado por microempresarias que antes recogían desperdicios para venderlos y que ahora los transforman antes de hacerlo. Una vez, por ejemplo, Albina Ruiz le dio un bolso de papel a Dilma Roussef, la presidenta de Brasil. En la cumbre Río+20 de este año, Albina le regaló un collar de papel a Michelle Bachelet, la ex mandataria de Chile, que luego usó durante toda su ponencia. «Es bonito porque cada uno de esos objetos tiene una historia detrás, de quién los hizo», dice Albina Ruiz, que también suele lucir un bolso de tela reciclada de bolsas de harina en las conferencias. Dice que es la mejor manera de contar la historia de su trabajo.

—Comprarme ropa nueva no tiene mucho sentido. ¡Si acumulo tanto nunca voy a tener tiempo para ponerme todo! —dice, con su risa exagerada.

Hace un par de años, Albina Ruiz tampoco se maquillaba, ni se pintaba las uñas. «Para qué me voy a arreglar si voy a ir a un botadero», decía. Sus hermanas la animaban a dejar esos trajes sastre de colores pasteles aburridos que la hacían verse mayor. Hasta que su novio empezó a llegar con un lápiz labial, luego un rímel, luego un rizador, una blusa, un vestido.

Luis Sepúlveda fue el primer enamorado que tuvo Albina Ruiz. Lo conoció a los dieciséis años en El Agustino. Eran vecinos. Luego ella se mudó y se separaron. Cada uno hizo su vida: él se casó, ella también. Él tuvo seis hijos, ella dos. Él se divorció, ella también. Él no salía del Perú, ella viajaba por el mundo. Él se volvió odontólogo, ella la ‘Reina del Reciclaje’. Treinta años después la vio en televisión: la reconoció por los aretes y collares de la selva. Consiguió su número. Le envió mensajes de texto. Y Facebook terminó de juntarlos. Todo se recicla.

Ahora luce más joven que en sus fotos antiguas. Pero Albina Ruiz aún utiliza el primer lápiz labial que le regaló su novio después de que se reconciliaron.