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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Una estudiosa de tortugas y tiburones
prefiere una dieta de anchovetas y sardinas

Creció en un puerto, estudió biología y vive entre un laboratorio
y el fondo del mar. Hoy se siente culpable de comer pescado.
¿Qué le quita el apetito a una mujer
que quiere salvar el océano?

Un testimonio de Ximena Vélez-Zuazo

Vélez

Son las diez de la noche y hay un sol de atardecer. Es verano y esto es Islandia, y en una época y un país así suceden cosas extrañas como que a esta hora la oscuridad sea luminosa y dure varios meses. Aquí, este sol alumbra un trozo de ballena que me voy a comer. Es 2010 y hace algunas semanas atravesé géiseres y glaciares sobrevolando un volcán de nombre impronunciable que paralizó los aeropuertos de Europa. Vine para un curso de conservación y manejo de pesquerías en Sandgerði, un puerto seguro y limpio a medio camino entre Groenlandia y Noruega. Mi trabajo en los últimos días ha sido analizar otolitos, esas diminutas estructuras del oído de los peces que revelan su crecimiento y su edad, y todo ha ido dentro de la normalidad hasta que pusieron la ballena frente a mí. La ballena no estaba en mis planes: soy bióloga, y nosotros, al menos para media humanidad, no comemos ballenas. El asunto es que en mi plato hay ahora un trozo de carne roja de ballena minke —una especie que no he estudiado— que me provoca ansiedad y curiosidad, y ni una sombra de asco. Mis papilas gustativas están listas para cada molécula de este bocado que, además de extraño, se siente prohibido, inmoral, antiético e ilegal.

Las ballenas son los mayores mamíferos del mundo y sus sofisticadas formas de comunicación incluyen clicks y silbidos que se detectan a cientos de kilómetros. Se sabe que aprenden, enseñan, cooperan y guían. Son buzos a pulmón por excelencia: alcanzan casi dos mil metros de profundidad y aguantan la respiración durante casi una hora y media. Aun así, son vulnerables a la sobrepesca: son longevas, tardan alrededor de año y medio en reproducirse y tienen pocas crías. Por eso las ballenas minke, así como las casi cincuenta especies de ballenas que hay, están protegidas: podrían ser los dinosaurios del futuro.

Hace más de una década que estudio animales marinos para que eso no suceda, pero hoy, junto con unos colegas, vamos a beber cerveza y a devorarnos un trozo de ballena, a la parrilla, de noche y con sol.
Ordenar ballena o tiburón en un restaurante no es una costumbre exclusiva de un remoto país de marinos con tantos habitantes como Tacna ni el capricho de un puñado de pudientes sibaritas, pues todavía hay bastantes comensales que saborean especies protegidas. Un portal de internet que reúne la lista de «Las diez especies protegidas que se comen» incluye ballenas, tiburones, tortugas, atún de aleta azul, gorilas y pangolines. Yo he probado varias de ellas. Mi excusa es simple: todo fue producto de una serie de curiosas coincidencias y eventos desafortunados, pero gracias a esas experiencias he reforzado mi vocación de conservacionista, que no es otra cosa que el siguiente paso lógico en la carrera de una bióloga preocupada por un planeta con los nervios alterados. Sucede que si las inteligentes ballenas desaparecen, el krill del que se alimentan se reproduciría con tal descontrol, que arrasaría con el fitoplancton, que es a su vez la comida del zooplancton, sin el cual, para seguir con la cadena de infortunios, el delicioso calamar se moriría de hambre. La falta de comida, entonces y por varias razones, le quita el apetito a cualquiera.

Desde antes de convertirme en bióloga tenía una relación muy cercana con las criaturas del mar y el equilibrio de cristal de su mundo. Crecí en Chimbote, un puerto pesquero que hizo del Perú el primer exportador mundial de harina de pescado en los años setenta y, al mismo tiempo, se convirtió en una de las ciudades más contaminadas de América Latina. Para la mayoría de los peruanos, Chimbote es un sitio donde siempre huele a pescado, y allí crecí yo, entre los humos perniciosos de las fábricas procesadoras de harina y de acero, y las anóxicas aguas de una bahía maltratada. Pero vivir cerca del mar tenía, para mí, más beneficios que dolores. Un carretillero pasaba a diario por debajo de nuestro departamento gritando su carga marina recién desembarcada. Probé peces, cangrejos, almejas, conchas, calamares, langostinos, pulpos, lapas, machas, erizos, y hasta esos exploradores de la arena llamados muy-muy a una edad en que otros niños aún no han pasado de sus primeras comidas aliñadas. A los quince años acepté una invitación de mi padre en un restaurante a la orilla de la carretera entre Lima e Ica, al sur de la capital. Este platillo prometía exaltar tus papilas y poner a prueba tus conocimientos porque era un corte de carne frita con siete sabores. Según por donde empezara a comerse, sabía a pollo, pescado, mariscos, carne de res, conejo, cerdo y otro sabor que hoy he olvidado. Era un bife grueso, bien dorado, no muy jugoso y humeante, coronado con papas fritas clásicas: era tortuga marina.

Después de catorce años estudiando tortugas marinas, sus hábitos alimenticios, sus rutas de viaje alrededor del mundo, su genética y su vida sexual, la creencia de que esta carne posee múltiples sabores sigue siendo para mí un misterio. Pero lo que sí sé ahora es que, para obtener unos cuantos bifes como el que yo comí, es necesario sacrificar una tortuga de unos sesenta kilos, pues casi todo su cuerpo es órganos y caparazón. Lo que sé también ahora es que, por fortuna, comí una tortuga verde y no un bife de tortuga carey. La tortuga carey no come pasto marino o algas como el quelónido sureño, sino esponjas, y algunas son tóxicas. Por eso es regular que las habituales comilonas asiáticas acaben con varios comensales internados de gravedad y, no pocos, muertos.

Comer aquella tortuga marina no sólo no fue chocante, si no que tampoco era ilegal en los años ochenta. Se podían capturar, vender y pedir en un restaurante, donde eran caprichos del paladar. En el colegio aprendíamos sobre animales silvestres que vivían en la sabana africana —leones, elefantes, hipopótamos—, pero las tortugas marinas no estaban en nuestras redes y radares. Sin embargo, para esa época, miles de tortugas eran capturadas sea por sus huevos, su carne, o su caparazón. Además de los siete sabores que se atribuyen a su carne, los pescadores piensan que la sangre de tortuga tiene efectos medicinales y que los huevos poseen poderes afrodisiacos. Con el tiempo, amparada en el esoterismo gourmet, aquella inocente costumbre ancestral arraigada en poblaciones costeras se convirtió en una actividad insostenible: hoy las siete especies de tortugas marinas que quedan en el mundo están en peligro de extinción. Hay pesca indiscriminada que busca el animal para llevar sus partes como suvenires a China y hay miles de tortugas que no pueden seguir su nado paciente al quedar enganchadas por accidente en los anzuelos que pescan atún y perico y en las redes que atrapan langostinos y peces. Algunas poblaciones, como la tortuga siete quillas del Pacífico oriental, han sido reducidas a dígitos. Un asunto de número: hoy sólo queda el diez por ciento de la población de tortugas siete quillas. A este paso, las supervivientes no regularán más el ecosistema marino. Su existencia podría confinarse a los tanques de los acuarios para los turistas y en las casas de los coleccionistas de mascotas excéntricas.