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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Una comedora compulsiva
en un país enamorado de su cocina

¿Qué siente alguien cuyo vicio es comer donde todos hablan de gastronomía?

Un texto de María Jesús Zevallos
Ilustraciones de Gigi Salas Lúcar

Comedores

AP es una agente inmobiliaria bronceada, de cabello ensortijado y algo subida de peso, que se ha pasado los últimos cuarenta días comiendo sin pausa. Ha acabado con todo lo comestible en su casa. Come desde la mañana, cuando se despierta ansiosa a devorar cualquier cosa de harina o azúcar, hasta la noche en que se derrumba a dormir con el estómago repleto de todo lo que halló en su nevera. Si es de madrugada y la despensa está vacía, ella hurgará entre bolsas de frituras rancias que nadie quiere. Lo ha hecho antes. Alguna vez, dice, ha comido lo que otros botaron a la basura.

Un comedor compulsivo, como ella, nunca come porque tiene hambre ni antojos. Lo hace porque en su cabeza sólo existe un pensamiento: comer. Hoy es una noche de ésas en que AP ha logrado dominar su obsesión, y camina apresurada por las calles de Lima como quien busca un refugio. Se dirige a una iglesia de Miraflores, un distrito que reúne a los restaurantes más publicitados de la ciudad. Es difícil pasar delante de ellos sin oler a comida. AP avanza cabizbaja por el umbral lateral de la iglesia, e ingresa a un salón del tamaño de una cocina vacía, donde sesiona el primer grupo de Comedores Compulsivos Anónimos del Perú. Ha faltado a las últimas siete reuniones debido a una crisis brutal que la engordó medio kilo por día y por eso ya no quiere que su novio la vea. Todo comenzó cuando probó un inocente pastel de cumpleaños.

Los encuentros de comedores compulsivos son más secretos que los de cualquier organización de adictos al alcohol o las drogas. Allí no pueden ingresar familiares, amigos ni mucho menos curiosos. Ellos no ponen anuncios, no reparten volantes, no buscan reportajes en los periódicos. Me han dejado escucharlos con la condición de que no tomaré apuntes ni grabaré nada. Esta noche sólo hay cinco personas, y esa cantidad es un mal síntoma: los ausentes deben de haber sucumbido a su mal. AP se sienta al lado de una mujer de cabello castaño artificial, labios rojos, tacones negros, y el sobrepeso de un ama de casa descuidada. Llama la atención una mujer enorme como una modelo XL en reposo. Al lado de ella se recuesta un hombre pequeño, de barriga redonda y cabello rubio entrecano. Una mujer conducirá el grupo esta noche. Tiene la altura de una voleibolista y el cuerpo fofo, pero sin llegar a la obesidad. Ninguno es obeso. Sólo tienen el aspecto desbordado de quien —se diría— disfruta comiendo sin reparar en las consecuencias en su físico. AP los saluda apenas con una venia y una leve sonrisa. Conversan un poco. La conductora reclama la atención de los asistentes hablando en voz alta:

—Hola a todos. Mi nombre es A. Soy comedora compulsiva.

—Hola A —contestan los demás en coro.

El salón de paredes sin adornos transmite incomodidad. Parece una celda, un lugar que nadie se preocupó en mejorar. Sólo hay un armario con algunos documentos y folletos que los asistentes leen para entender su enfermedad. A sostiene el libro Doce pasos y doce tradiciones de comedores compulsivos anónimos con el cuidado de un predicador, y lee un fragmento: los comedores compulsivos —dice— tienen que dejar de pensar que pueden comer como una persona normal. Nunca lo lograrán. A entona algunas oraciones e invita a los asistentes a compartir lo que ha ocurrido en sus vidas durante los últimos días.

El hombre de la barriga redonda cuenta que su primer vicio fue el alcohol, y que no prueba una gota desde hace dieciséis años. Acepta que tiene una personalidad obsesivo-compulsiva, y que es bastante propicio a formarse hábitos. Su padre ha estado muy enfermo en la última década. Según él, la angustia de verlo así lo ha empujado a comer sin control. La mujer modelo XL dice que esta es la primera sesión a la que asiste. Ha ganado mucho peso desde que tuvo a su bebé, medio año antes, pero no recuerda ninguna etapa de su vida en que estuviera libre de la desesperación por comer. Sus ojos se llenan de lágrimas.

La tranquilidad de encontrarse con otros adictos a la comida motiva a los asistentes a realizar confidencias públicas que no harían en privado. AP empieza hablando de una fiesta a la que no debió asistir. Fue el cumpleaños de su exesposo. La curiosidad de sus antiguos familiares la puso ansiosa. Le preguntaban sobre su vida después del divorcio. Había cosas que ella no quería contar. Por ejemplo, que tenía un nuevo novio. Se refugió de las preguntas probando un bocado de pastel, luego otro y otro más. Desde entonces no pudo detenerse. Se encerró en casa y pasó el siguiente mes y medio hundida en una crisis. Dieciocho kilos después, AP no quiere que su novio la vea como está ahora. No es la primera vez. Cuando empezaron a salir, cuatro meses antes, ella acababa de liberarse de un episodio similar. Pesaba casi noventa kilos, y eso la cohibía. Le dijo al novio que dejarían de verse durante dos meses. En ese plazo, ella prometía bajar de peso. A él no le interesaba su aspecto, pero ella insistió, logró convencerlo y luego perdió veinte kilos gracias a las dietas y al ejercicio. Retomaron su relación. Entonces llegó esa fiesta de cumpleaños y aquel pastel que inició una nueva crisis que la devolvió a su peso inicial. Ahora evita contestar las llamadas de su novio. Se siente culpable.

—Los dulces me desencadenan la compulsión —me dirá unos días después en la sala de su casa—. No puedo comer sólo un «pedacito». No funciono así.

Nadie puede dejar de comer. Es elemental. Pero también es el drama del comedor compulsivo. Si no pueden evitar la comida, ¿cómo podrían sanar? Alcohólicos y heroinómanos terminan su adicción cuando dejan de consumir. El comedor compulsivo está condenado a vivir masticando la tentación tres veces al día. OM, uno de los fundadores de Comedores Compulsivos Anónimos en el Perú, fue alcohólico durante treinta años. Sanó. Luego se abandonó a la adicción de comer. «Uno puede dejar por completo la droga, puede dejar por completo el alcohol —me dirá otro día—, pero no puede dejar por completo la comida». Comer y hablar de lo que se come, en el Perú, es un hábito de identidad nacional. Igual que el fútbol y el sexo para los brasileños, la carne y el tango para los argentinos, la realeza y los Beatles para los ingleses. Intentar quedarse al margen del disfrute de comer, en el Perú, es abstraerse de una sensación de orgullo creciente. Negarte a pasar el tiempo con amigos que comen y hablan de lo bueno o malo que está lo que comen. Ser un paria.

Aunque la droga de un comedor compulsivo puede parecer peculiar, su comportamiento no es diferente al de otro tipo de adicto. La comida y cómo conseguirla son sus objetivos primordiales durante los periodos de crisis. AP dice que, en esas ocasiones, siempre está pensando en alimentos. «Si ya estoy comiendo, pienso en lo que voy a comer después». Uno de los fundadores de la organización me contó que había robado para comprar frituras y satisfacer su adicción. Casi nunca se trata del hambre sino de la necesidad de llevarse cosas al estómago, incluso sin disfrutarlas. Marlon Brando era un comedor compulsivo, dice un artículo de la revista Psychology Today. Los sastres tenían que modificar la talla de sus pantalones debido a sus constantes cambios de peso. También lo es el gurú medioambientalista Al Gore. Y lo es la extenista Monica Seles, a quien un hombre apuñaló por la espalda durante un partido, en 1993. Cuando se recuperaba, Seles pasó por una depresión y se volvió adicta a la comida. Ninguna de estas celebridades luce obesa cuando aparece en la televisión, aunque no se sabe tanto de las crisis que afrontan en privado. No todas las personas obesas comen por compulsión, ni todos los comedores compulsivos son obesos. Estas personas se entregan a etapas de gula debido a alguna emoción o reacción desproporcionada con la que no saben lidiar. Una persona sana puede pasar por momentos de angustia o estrés sin que le ocasionen daño. El comedor compulsivo trata de adormecer las sensaciones negativas, y usa la comida para ese fin. No suele comer mucho en público. Si los ves, jamás dirías que se trata de una persona enferma.

En la sesión de comedores compulsivos, nadie más quiere compartir su historia. Nunca es una obligación hacerlo. Hablas porque quieres y, si no quieres, escuchas a los demás. La reunión termina con abrazos y un deseo que se procuran los asistentes en voz alta: «Felices veinticuatro horas», se dicen el uno al otro. Se refieren al próximo periodo de abstinencia que deben afrontar. Es una costumbre que han copiado de manera literal de las reuniones de Alcohólicos Anónimos, que por lo general se realizan a diario. Los comedores compulsivos anónimos sólo se reúnen una vez por semana y sus buenos deseos caducan demasiado pronto. AP abandona la sala con la misma falta de entusiasmo con la que entró. Afuera de la iglesia flota el aroma intenso a pollo frito que mana desde una tienda KFC. Es de noche y los habitantes de la ciudad salen a cenar. A celebrar. Algunas camionetas se amontonan en la pista frente a un restaurante de pastas mientras los valets se esfuerzan por ordenarlos en un estacionamiento insuficiente. AP no sabe cuánto tiempo durará su «abstinencia».